Termino de leer un libro maravilloso: se trata de Cantos barrocos y otros poemas del autor siciliano Lucio Piccolo (Palermo, 1901 – Capo d’Orlando, 1969), en insuperable edición bilingüe (italiano-español) de Acantilado (enero de 2026), con Prólogo de Eugenio Montale, Edición, Noticia Biográfica y traducción de José Ramón Monreal Salvador. Debo reconocer que poco sabía de este autor, apenas de oídas al no tener a la mano nada de su no tan extensa producción lírica, y que hoy llega a mis manos por cortesía de la impecable casa catalana.
Entre otras curiosidades, hallamos que Piccolo era primo hermano del afamado escritor Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de El Gatopardo, con quien tuvo una estrecha relación y correspondencia, y sus padres fueron los barones Giuseppe Piccolo di Calanovella y María Teresa Mastrogiovanni Tasca Filangeri di Cutò, fue autodidacta, gustó, amén de la poesía, también de la música, de la filosofía y del esoterismo, era políglota: además de conocer las lenguas clásicas, hablaba inglés, francés y español, leía alemán y estudió el árabe, su padre abandonó a su familia y fue su madre, Teresa, la que tuvo que hacer frente a la familia para evitar las amenazas de ruina que se cernían en el horizonte, razón por la cual se mudaron a Capo d’Orlando (lejos de la mundanidad de Palermo), del que nunca se irían, aunque su casa no estaba en la ciudad, sino en el campo, era majestuosa y con una magnífica vista al mar, y era llamada por los lugareños “a casa da Barunissa”, por su abundancia y nobleza secreta, y fue en ella en la que nuestro poeta desarrolló su lírica, y desde allí lanzó su incisiva y detenida mirada al mundo.
El tomo (de 268 páginas) está dividido en nueve partes: Prólogo, Cantos barrocos, Bosco el prestidigitador, Poesías, El juego del escondite, Plumería, La seda, El rayo verde y los Apéndices.
Es la poética de Piccolo, densa y sugerente, se interna con fuerza y contundencia en los múltiples territorios del ser, nada de lo humano le es ajeno, y en este periplo se mece entre las ataduras propias de la época y su ejercicio libérrimo de la lírica, lo que confluye en una suerte de ejercicio denodado del intelecto las musas y el discurrir en los sutiles territorios del espíritu, y en este mecerse ahonda y ausculta, discurre y serpentea, muestra y esconde: juega con la palabra hasta que con ella alcanza una autonomía inaudita para su tiempo, en el que la poesía estaba sujeta a los corsés propios de la métrica, que en Piccolo no existe desde la grafía, pero está presente en la cadencia que le insufla a sus versos, que se dejan leer, pero de manera detenida y reflexiva, porque su verbo es erudito, complejo a veces, sin caer en las honduras de lo inextricable, razón por la cual su obra llega a nuestros días ajena a la afectación propia de su tiempo, y nos habla en el “ahora” con fuerza y sutileza a la vez:
Mira el agua inexplicable: / a su contacto el Universo es lábil. / Y cuando has apagado la lámpara / y todos tus pensamientos se sumen en la ingrávida sombra, / sientes que ligera y profunda corre / y que tras sus sueños canta. (El reloj de sol)
Hay en la lírica de Piccolo una atmósfera misteriosa y evocadora, y en estos predios se mueve con holgura, por ser, no solo un esteta de la palabra y de lo barroco, sino además un redimido ocultista, que hurga más allá de lo obvio para adentrarse en los sutiles territorios de lo inasible, de lo enigmático y fantasmal: en sus descripciones hallamos silencio y memoria, como si en sus versos el tiempo se hubiera suspendido, hay además lo simbólico y un lenguaje sugerente (desde las imágenes y las metáforas) y sensorial: Reverberos de ecos, fragmentos, memorias no saciadas, / reflujo de vida desvanecida que desborda / de la urna del Tiempo, la enemiga clepsidra que se quiebra, / es boca de aire que busca un beso, ira, / es mano de viento que ansía una caricia. (La noche)
A pesar de estar su lírica libre de los jubones propios de la rima, hay musicalidad, ritmo y movimiento: un permanente fluir en los meandros de la existencia de la que absorbe hasta la última gota, y esta vida que palpita en sus versos está impregnada de lo misterioso y de lo mágico, como si en cada tentativa de la palabra, ésta se reconociera como puente entre dimensiones o estados del ser, que se entretejen sin más en cada verso, con el que cincela la existencia más allá de lo obvio para adentrarse en los densos territorios del espíritu: y los días cambian de rostro / y cambia de rostro la vida / los cuadrantes hablan de signos / de las imposibles recurrencias / en la eterna partida. (Las cartas en marcha)
Hay en muchos de los versos de Piccolo tono elegíaco y nostálgico, da cuenta de un mundo que existe y que se perderá, o que ya se ha ido, y en este hiato que se abre frente a lo que está en la memoria y lo que la realidad muestra, emerge un sentimiento de desazón, producto de saberse testigo de excepción del paso de la vida y de sus contingencias, de allí la fuerza de su lírica, de su relación con la naturaleza (los campos sicilianos), que es además hogar y familia, de lo oculto como telón de fondo de una manera de existir más allá de lo irrebatible: Aunque tú trates de que tu misma fugacidad / sea arpa, flauta, arroyo, / sabes que grabada está en la frente / la señal de una melancolía infinita: / y si el aire de la noche que avanza / descompone la mejorana, los arrayanes, / y el claro cáliz del estramonio / en húmedo humo de fragancia, / a fábula sabes que cual flor / se abre, dura poco, se aleja, / y lo amargo es de la última gota. (El alma y los embelecos)
Ricardo Gil Otaiza







