La novela histórica tiene algo de resistencia silenciosa, sigue ahí, ajena a modas, empeñada en demostrar que el pasado no es solo un museo polvoriento, en muchas ocasiones es una suerte de espejo bastante incómodo. En esa línea se mueve el IX Premio Edhasa Narrativas Históricas, que este año ha recaído en Emma Lira por La luz de Medina.
La propuesta de Lira no es exactamente la típica postal de al-Ándalus que uno espera. Sí, está la Córdoba brillante del siglo X, el califato en su mejor momento bajo al-Hakam II y ese símbolo casi obsesivo que sigue siendo Medina Azahara. Pero lo interesante ocurre un poco más abajo, fuera del foco oficial. Ahí es donde se cruzan Lubna, una escriba con hambre de saber, y Abi Amir, el joven ambicioso que acabará convirtiéndose en Almanzor.
Lira juega bien esa doble partida, por un lado, el gran relato histórico con el poder, la sucesión, las tensiones internas del califato; y por otro, algo mucho más reconocible hoy, como es la gestión del talento y la ambición. Y eso, más que medieval, suena bastante actual.
Se nota que la autora sabe de lo que habla. No solo por el contexto que está bien armado, sino por los detalles: la importancia del conocimiento en la Córdoba califal, el peso real de la biblioteca que se creó, la mezcla cultural de las tres religiones que definía la Córdoba de la época. Todo está integrado sin que parezca una clase de historia.
Uno de los aciertos de la novela es Lubna, un personaje que se mueve en ese terreno complicado entre la lealtad y la verdad. Su conflicto no va de grandes gestas, sino de decisiones incómodas, de esas que no tienen una salida limpia. Frente a ella, Almanzor aparece menos como mito y más como producto de una inteligencia muy afinada y una ambición sin demasiados escrúpulos.
Durante la entrega del premio, hubo algo curioso, más que hablar de pasado, se hablaba constantemente de presente. De cómo ciertas dinámicas, como el poder, la propaganda, las alianzas frágiles, no han cambiado tanto. Y quizá ahí esté la clave de La luz de Medina, en usar una historia de hace mil años para contar algo que sigue pasando.
Emma Lira confirma con su novela algo que a veces se nos olvida, que la buena narrativa histórica no consiste en recrear el pasado, sino en hacerlo legible.
Lorena Pizarro Durán







