Yesica Montes es una terapeuta integral argentina que llega al mercado del libro español con su obra Desde la herida a la identidad, un trabajo que le ha permitido descubrir que la literatura ya estaba presente en su vida como una forma de conocerse y conocer al otro. En esta entrevista la autora nos deja reflexiones sobre la identidad como algo cambiante, el dolor como un punto de referencia que nos conviene identificar, la confusión actual entre conexión e intimidad y otros temas que, sin duda, interrogarán a los lectores.
Por: Andrea Lugo.
Pregunta: – ¿Por qué el libro Desde la herida a la identidad?
Respuesta: – Porque llega un momento en la vida en el que ya no alcanza con enumerar lo que nos pasó. También necesitamos preguntarnos qué hicimos internamente para atravesarlo y qué quedó de todo eso en nuestra manera de vivir. Todos atravesamos pérdidas, duelos, crisis, frustraciones, amores, desamores, períodos de estrés y etapas en las que sentimos que algo de nosotros cambia. Crecer deja huellas. Algunas son evidentes; otras se vuelven tan cotidianas que terminamos naturalizándolas. No nacemos siendo controladores, desconfiados, complacientes o incapaces de poner límites. Podemos desarrollar esas respuestas a partir de experiencias, vínculos y contextos en los que, de alguna manera, fueron necesarias o funcionales.
El problema aparece cuando una respuesta aprendida deja de ser una herramienta y empieza a organizar nuestra vida. «Desde la herida a la identidad» nace justamente ahí: en la posibilidad de mirar aquello que nos marcó sin convertirlo en una sentencia sobre quiénes tenemos que seguir siendo. No quise escribir sobre cómo borrar el dolor. Quise escribir sobre qué hacemos después de haberlo atravesado. Porque una experiencia puede habernos cambiado profundamente y, aun así, seguir existiendo una pregunta esencial: ¿qué quiero construir ahora con la persona en la que me estoy convirtiendo?
P: – ¿La idea del libro surge a partir de heridas personales o de la experiencia en terapias?
R: – Surge de ambas. Hay algo de mí porque, como cualquier ser humano que está vivo, también he atravesado tormentas. A veces fueron apenas lloviznas. Otras veces, temporales. Y en determinados momentos, verdaderas catástrofes internas que obligan a preguntarse cómo continuar cuando aquello que parecía sostener nuestra vida deja de hacerlo. No me interesa presentarme como alguien que llegó a un lugar donde el dolor ya no existe. Eso tampoco sería humano. Lo que sí aprendí es que vivir implica aceptar cierta incertidumbre: no podemos elegir todo lo que va a sucedernos, pero con el tiempo podemos empezar a decidir qué hacemos con aquello que sucedió. Después apareció mi experiencia acompañando a otras personas. Y allí encontré historias completamente diferentes que, sin embargo, dejaban interrogantes parecidos: una pérdida que seguía presente muchos años después, un perdón que no llegaba, un enojo que contaminaba nuevos vínculos, una decepción que había modificado la manera de confiar, alguien que había aprendido a sostener a todos y ya no sabía cómo sostenerse a sí mismo. Eso me hizo comprender que las heridas no permanecen únicamente como recuerdos. A veces permanecen en nuestras elecciones. En nuestros temores. En aquello que evitamos. En los vínculos que repetimos. En las decisiones que no nos animamos a tomar.
El libro nació en ese encuentro entre mi propia experiencia y todas esas historias que tuve el privilegio de escuchar. No desde la certeza de tener respuestas para todo, sino desde la convicción de que existen preguntas que pueden cambiar profundamente la manera en que nos relacionamos con nuestra propia vida.
P: – ¿Las heridas cambian según las épocas?
R: – Las heridas humanas probablemente cambien menos de lo que cambian sus escenarios. Seguimos necesitando pertenecer, sentirnos queridos, seguros, vistos, reconocidos. Seguimos sufriendo ante el abandono, la pérdida, la exclusión o la humillación. Lo que cambia es el contexto en el que todo eso ocurre. No procesa igual una experiencia dolorosa un niño que todavía depende emocional y materialmente de los adultos que una persona adulta que, al menos potencialmente, dispone de otros recursos, otras palabras y mayor autonomía. Pero tampoco creo que una herida desaparezca simplemente porque envejecemos. El hecho no cambia. Lo que puede cambiar es nuestra posición frente a él. Podemos pasar años mirando una experiencia desde el lugar exacto en el que ocurrió. Y un día, quizá después de mucho trabajo, logramos verla desde otro lugar de nuestra vida. Eso no modifica el pasado. Modifica quién está mirando ese pasado. Y esa diferencia puede ser enorme.
P: – ¿Cuáles son las heridas características del individuo actual?
R: – Veo mucho miedo al rechazo, al abandono y a no ser suficiente. Pero hoy esas heridas conviven con algo particular: estamos más expuestos que nunca a la mirada ajena. Podemos saber en segundos cómo vive alguien, qué compró, dónde viajó, cómo se ve, qué logró, qué piensa, con quién está. Nunca tuvimos tanta información sobre la vida de los demás y, sin embargo, eso no necesariamente nos hizo sentir más acompañados. A veces ocurre lo contrario.
Tenemos cientos de contactos y muy pocas personas a las que llamar cuando algo realmente nos duele. La tecnología no es el problema. El problema aparece cuando confundimos conexión con intimidad. Podemos estar permanentemente disponibles y, al mismo tiempo, emocionalmente ausentes.
También veo una enorme dificultad para tolerar la incomodidad de los vínculos reales. Porque un vínculo verdadero exige tiempo, frustración, conversación, diferencias, límites, espera. No tiene botón de bloqueo ni respuesta instantánea. Por eso digo muchas veces que hoy vincularse de verdad requiere cierta valentía. No porque amar sea más peligroso que antes, sino porque estamos acostumbrándonos a una velocidad que los vínculos humanos no siempre pueden sostener.
P: – ¿La salud mental hoy está en mayor riesgo que nunca?
R: – No me animaría a afirmar que está en mayor riesgo que en cualquier otro momento de la historia, porque sería comparar realidades sociales demasiado diferentes. Pero sí creo que estamos ante una urgencia que merece mucha más atención de la que todavía le damos. Vivimos bajo una presión permanente por producir, responder, cumplir, mejorar, mostrarnos disponibles y sostener un ritmo que muchas veces supera nuestra capacidad de recuperación. Y quizá lo más preocupante sea que estamos empezando a considerar normales estados que deberían invitarnos a detenernos. Dormir mal. Vivir irritables. Sentir ansiedad permanentemente. Estar agotados. No poder dejar el teléfono. Tener la cabeza ocupada incluso cuando el cuerpo intenta descansar.
Cuando una forma de vivir se vuelve habitual, dejamos de preguntarnos si realmente es saludable. Por eso considero imprescindible que, en este momento histórico, podamos ofrecer herramientas concretas de gestión emocional. No alcanza con hablar de salud mental. Necesitamos enseñar a identificar emociones, tolerar frustraciones, pedir ayuda, atravesar conflictos, desarrollar habilidades vinculares, aprender a poner límites y reconocer cuándo algo nos supera. Estamos expuestos a una enorme presión social y también a cambios tecnológicos y culturales que avanzan a una velocidad extraordinaria. La pregunta no debería ser solamente cuánto podemos adaptarnos. También deberíamos preguntarnos qué costo emocional estamos pagando por intentar adaptarnos a todo.
P: – ¿Qué recomendarías a una persona que atraviesa una severa crisis de salud mental, pero solo escucha la repetición del término sin soluciones?
R: – Le diría que una crisis severa necesita mucho más que frases correctas. Cuando una persona está profundamente desbordada, escuchar “tenés que cuidarte”, “pedí ayuda” o “pensá positivo” puede incluso aumentar la sensación de soledad si nadie la acompaña a entender qué hacer concretamente con eso. Lo primero es reconocer la gravedad de lo que está ocurriendo. Hay momentos en los que necesitamos acompañamiento profesional y, si existe riesgo para la propia vida o para la de otra persona, atención urgente. Después viene algo que muchas veces olvidamos: ordenar. ¿Qué está pasando?; ¿Qué necesita atención primero?; ¿Qué recursos tiene hoy esa persona?; ¿A quién puede recurrir?; ¿Qué puede dejar de exigirle al cuerpo y a la mente mientras atraviesa esa crisis?
A veces hablamos de salud mental como si bastara con tomar conciencia. Y no. Cuando alguien está en crisis, necesita contención, evaluación, herramientas y tiempo. Necesita que alguien pueda ayudarlo a transformar un caos interno en algo que empiece a tener nombre y orden. Porque cuando todo duele al mismo tiempo, la primera tarea no es resolver la vida. Es encontrar por dónde empezar.
P: – ¿Qué encontrará en tu libro un lector que jamás haya asistido a una terapia?
R: – Espero que encuentre algo que no depende de haber pasado antes por un consultorio: la posibilidad de reconocerse. Porque hay preguntas que pertenecen mucho antes a la vida que a la terapia. ¿Por qué vuelvo al mismo tipo de vínculo?; ¿Por qué me cuesta tanto decir que no?; ¿Por qué puedo ocuparme de todos y no saber qué necesito yo?; ¿Por qué algo que ocurrió hace años sigue teniendo tanta fuerza cuando tomo determinadas decisiones?; ¿Por qué me siento culpable cuando finalmente me elijo? No hace falta conocer teorías para vivir esas contradicciones.
Quise escribir un libro que pudiera acompañar a alguien que quizás jamás puso estas cuestiones en palabras. Un libro que no mirara al lector desde arriba ni le ofreciera una fórmula de transformación, sino que pudiera sentarse simbólicamente a su lado. Porque cuando una persona comienza a reconocerse en una página ocurre algo muy particular: deja de leer solamente la historia que tiene delante y empieza, inevitablemente, a leer la propia. Y ahí la lectura puede volverse incómoda. Puede llevarnos a recordar. A cuestionar. A enojarnos. A reconocer algo que durante años preferimos no mirar.
Pero también puede devolvernos una posibilidad que a veces olvidamos: la de participar activamente en aquello que queremos construir a partir de ahora. Si alguien que nunca hizo terapia termina el libro con más preguntas sobre sí mismo que cuando lo empezó, para mí el libro ya hizo algo importante.
P: – ¿La identidad no es un punto fijo? ¿Puede cambiar en el tiempo según las experiencias?
R: – La identidad cambia porque la vida nos cambia. Nosotros mismos no pensamos, necesitamos ni deseamos exactamente lo mismo a los veinte, a los treinta, a los cuarenta o después de atravesar determinados acontecimientos. Sin embargo, tenemos una tendencia muy fuerte a definirnos con frases cerradas. “Yo soy así.” Y esa frase puede parecer una descripción, pero muchas veces funciona como una renuncia anticipada a revisar algo. Hay respuestas que llevamos tantos años utilizando que olvidamos que alguna vez fueron aprendidas. Entonces una conducta deja de sentirse como algo que hacemos y empieza a sentirse como algo que somos.
Para mí, una identidad consciente no implica estar modificándonos permanentemente ni desconocer aquello que forma parte de nuestra personalidad. Implica conservar la capacidad de preguntarnos si la forma en que estamos viviendo sigue siendo congruente con la persona que somos hoy. Porque cambiar no siempre significa convertirnos en alguien nuevo. A veces significa dejar de sostener aquello que ya no necesitamos para seguir siendo nosotros mismos.
P: – ¿Qué propones en tu Método EJE Neuroregulación™?
R: – El Método EJE nació de una frustración que tuve primero como paciente y que después observé muchas veces acompañando a otras personas. Podemos comprender muchísimo sobre nosotros mismos y continuar exactamente en el mismo lugar. Podemos saber por qué elegimos determinado vínculo, reconocer dónde empezó un miedo, identificar una herida o entender racionalmente un patrón. Y después llega una pregunta que puede ser profundamente incómoda: ¿Y ahora qué hago con todo esto que entiendo? . Esa pregunta fue tan importante en mi recorrido que terminó dando nombre también a mi podcast: «No alcanza con entender». Porque comprender es necesario. Pero hay un punto en el que necesitamos convertir esa comprensión en experiencia, decisiones y nuevas respuestas. EJE propone tres movimientos: Evaluar, Jerarquizar y Expandir. Evaluar significa mirar qué está ocurriendo en el presente: qué siente la persona, qué piensa, qué expresa el cuerpo, qué vínculos está sosteniendo y qué respuestas continúa repitiendo. Jerarquizar implica ordenar. Cuando alguien está desbordado suele sentir que tiene que resolver todo al mismo tiempo. Y muchas veces esa necesidad de resolver también forma parte del propio desborde. Expandir significa desarrollar otras posibilidades. No se trata de eliminar respuestas anteriores. Muchas tuvieron una función y fueron necesarias en determinado momento. Se trata de que dejen de ser la única alternativa disponible. Porque si ante cada conflicto solamente puedo controlar, huir, complacer, callar o anticiparme, mi margen de elección se vuelve muy pequeño. El objetivo del método es justamente ampliarlo. Que comprender lo que nos pasa no sea el final del recorrido. Sea el comienzo de lo que hacemos con ello.
P: – ¿La literatura ha ganado una terapeuta?
R: – Quizá la literatura ya estaba presente mucho antes de que yo pensara en escribir un libro. La escritura forma parte de mi manera de acompañar desde hace años. Después de una consulta, muchas veces una persona se lleva un ejercicio escrito, una pregunta o una hoja en blanco que tendrá que enfrentar cuando esté sola. Y digo “enfrentar” porque una hoja en blanco puede ser profundamente incómoda. Mientras hablamos con otro podemos explicar, justificar, desviarnos, cambiar de tema. Frente a una página, en algún momento queda solamente aquello que somos capaces de escribir cuando nadie está respondiéndonos. Y ahí pueden aparecer cosas que hasta entonces tenían forma de angustia, enojo, miedo o confusión, pero todavía no tenían palabras.
Escribir permite ubicar una experiencia en el tiempo. Nombrar un dolor. Encontrar contradicciones. Leer una frase propia y descubrir que ya no estamos de acuerdo con quien la escribió. No creo que la escritura cure por sí misma. Pero creo profundamente en su capacidad para hacer visible. Y hay cosas que empiezan a transformarse justamente cuando dejan de ser una sensación difusa y podemos mirarlas frente a nosotros.
Cuando escribí Desde la herida a la identidad ocurrió algo distinto. Hasta entonces, mi trabajo sucedía fundamentalmente en el encuentro con otra persona: alguien frente a mí, con una historia, una pregunta, un dolor. El libro rompió ese límite. De pronto podía existir una mujer leyendo de madrugada después de una separación. Alguien atravesando un duelo. Una persona sintiéndose sola en una ciudad que yo jamás conocería. Y mis palabras podían llegar hasta allí sin que nosotros dos llegáramos a encontrarnos. Eso cambió profundamente mi manera de pensar la escritura. Entendí que un libro también puede ser una presencia. No reemplaza un proceso terapéutico. No debería intentarlo. Pero puede acompañar una pregunta. Puede hacer que alguien se sienta reconocido. Puede abrir una conversación interna que estaba esperando palabras. Por eso, si la literatura ha ganado una terapeuta, yo encontré en la escritura otra manera de estar cerca de quienes atraviesan sus propios procesos.
A veces alcanza con dejar una palabra en el lugar correcto y permitir que otro la encuentre cuando la necesita.



