Cuando ya no esté transcurre en el año 1918, en Wharram, un pueblo ficticio de Yorkshire. Para entonces, la Gran Guerra no ha terminado y la gripe española empieza a extenderse. Estos grandes acontecimientos son contados desde la realidad íntima de la pareja de Emily y David. A estos ingredientes, el autor le suma dos acompañantes creativos como son un videojuego y una web. Víctor Baldoví (Barcelona, 1977), guionista y proyeccionista, escribió esta obra durante la pandemia del COVID. En su estilo va más allá de la novela histórica convencional, para abrirle las puertas al lector a las vivencias de un determinado presente.
Por: Rafael Betancourt.
Pregunta: – El proceso vivido durante la pandemia del COVID te sirvió para crear una novela. ¿Surge del encierro o de la reflexión?
Respuesta: – De ambas, aunque cada una llegó en su momento. El encierro fue la chispa. De pronto estaba viviendo en primera persona algo que llevaba media vida viendo en libros y películas, rodeado de palabras recién aprendidas como confinamiento, incidencia acumulada o PCR. No dejaba de preguntarme cómo había sobrevivido el mundo a la gripe española de 1918 sin vacunas, sin apenas medios y con una guerra mundial de fondo. La reflexión fue el estallido, y llegó al sumergirme en los archivos históricos y descubrir una tragedia de dimensiones apocalípticas que la censura de guerra barrió bajo la alfombra. Ahí entendí que tenía entre manos una novela, no sobre una epidemia de gripe sino sobre las personas que se enfrentaron a ella.
P: – El título de Cuando ya no esté parece un testamento. ¿Lo es? ¿Qué cuentas?
R: – Más que un testamento es un testimonio. Un testamento reparte lo que dejamos, pero un testimonio defiende lo que vivimos y eso es exactamente lo que persigue Emily, mi protagonista, dejar constancia escrita de lo vivido antes de que la enfermedad la borre para siempre. En el título hay muerte pero sobre todo una advertencia: cuando una voz se apaga sin ser escuchada, muere dos veces.
La novela transcurre en 1918 en Wharram, un pueblo ficticio de Yorkshire cuando la Gran Guerra no ha terminado y la gripe española empieza a extenderse. Emily y David, dos supervivientes del frente, se encierran en casa con la esperanza de empezar de nuevo. Pero la enfermedad acaba llamando a su puerta, y con ella los secretos, la culpa y los traumas que creían enterrados. “Cuando ya no esté” es una historia de amor, duelo y memoria pero también de esperanza, porque esta es, sobre todo, una historia de personas que se niegan a rendirse cuando el mundo les supera.
P: – Atraviesas la historia, la desnudas, a través de una pareja: Emily y David. ¿El miedo colectivo a través de la vida íntima?
R: – Exacto. Quise contar lo grande a través de lo pequeño, porque así es como todos vivimos los grandes acontecimientos históricos. Todos recordamos dónde estábamos el 11-S cuando cayeron las torres. La pandemia de COVID la vivimos con aplausos desde el balcón, excursiones disfrazados al supermercado para cazar rollos de papel higiénico y videollamadas con nuestras familias. Y el apagón del 2025 fue una cena a la luz de las velas con una radio a pilas. El ser humano normal y corriente conoce la Historia con mayúsculas, pero siempre la vive en minúsculas.
En mi novela, la guerra y la gripe española están ahí fuera pero se cuelan en el hogar de Emily y David a través de sus silencios, de sus pesadillas, de su forma de cuidarse, de la vida que ven interrumpida y modificada para siempre. Me interesaba descubrir cómo una relación evoluciona cuando un todopoderoso enemigo se interpone entre ellos y la persona que amas puede desaparecer de un día para otro. Emily está dispuesta a arriesgarlo todo para que ni la verdad ni los conocimientos mueran con ella; David haría cualquier cosa por mantenerla con vida.
P: – También tu obra es un homenaje al personal sanitario.
R: – Es el corazón del libro. Investigando la pandemia de 1918 encontré historias de médicos y enfermeras que hacían interminables jornadas con medios ridículos, que decidían quién recibía qué recurso limitado y que muchas veces morían en su puesto sin que la censura de guerra permitiera que se diera a conocer su valentía. Un siglo después los vi de nuevo: agotados tras el plástico de un EPI, sosteniendo un teléfono para que alguien pudiera despedirse o cogiendo la mano de los que no tenían a nadie. Les aplaudimos cada tarde a las ocho y luego pasamos página. Esta novela es mi manera de seguir aplaudiendo.
Emily es enfermera y no por casualidad. Las enfermeras están junto al paciente cuando todo empieza, cuando todo se complica y cuando ya no hay nada más que curar pero sí mucho que cuidar. Las grandes crisis sanitarias no se superan gracias a las máquinas o a las grandes compañías farmacéuticas sino gracias a las personas que se quedan cuando el instinto les grita que deben huir. Si algún sanitario lee esta novela, me gustaría que sintiera que va dedicada a él o ella.
P: – ¿Cómo fue el proceso de investigación y luego el creativo para desarrollar la novela?
R: – Obsesivo y muy difícil, lo confieso. Buceé en cientos de archivos online, libros de la época, informes y testimonios de pacientes y sanitarios para retratar con exactitud la epidemia de gripe española. Todo lo que cuento sobre ella, sus síntomas y el infierno que provocó, está rigurosamente documentado. Solo me permití una gran licencia: proponer un origen de la pandemia distinto y mucho más inquietante, porque el verdadero sigue siendo un misterio. Acabé dibujando planos de un campamento militar y de un pueblo que no existe, calle a calle y negocio a negocio, para poder ubicar a los personajes. Como guionista no concibo una historia si no puedo caminar por ella.
Y en mitad de todo eso, la vida me puso a prueba. Con varios meses de diferencia perdí de forma repentina mi trabajo de toda la vida y a mi suegro, alguien a quien admiraba y quería. El teclado dejó de ser una herramienta y se convirtió en mi tabla de salvación. Cada escena de pérdida y despedida adquirió un peso que no había planeado, por lo que es mi novela más personal.
P: – Pero te interesa ir más allá de la novela histórica convencional.
R: – Así es. No quería que el lector leyera 1918, quería transportarlo allí. La novela histórica convencional a veces cae en la tentación de explicar demasiado, de contar la época desde fuera, como en un documental. Yo prefiero la máxima del show, don’t tell. No te digo que la gripe era terrible, hago que huelas el desinfectante, que sientas el frío de la habitación y que oigas la respiración de Emily volviéndose cada vez más difícil. La ambientación no es un decorado, es una herramienta narrativa para que el lector sienta el barro en sus pies y viva la Historia.
P: – ¿Te consideras un cineasta haciendo literatura?
R: – De niño, las salas de cine fueron mi refugio. Huía del bullying metiéndome en mi cine de barrio y allí, a oscuras y frente a la pantalla, los problemas desaparecían durante unas horas. Y cuando no tenía un cine cerca o una película de estreno, leía. Aquel Víctor que luego devoró cine sin parar como parte de su trabajo en el Cine Comedia no lo sabía, pero estaba recibiendo clases magistrales de narrativa, de ritmo, de atmósfera, de cómo un silencio en el momento justo puede decir más que mil palabras. Luego estudiar en el ECIB y el ESCAC me permitió dar forma a los conceptos que ya llevaba dentro.
Por eso cuando escribo no pienso en párrafos, sino en planos. Decido dónde está la cámara, cómo entra la luz, qué se oye de fondo y a qué huele la escena. Pero la literatura me permite entrar en la memoria, en los miedos y los pensamientos de los personajes. Así que me considero un narrador que conoce el valor de las imágenes para contar una buena historia. Y mi mayor satisfacción es que quien lea mis novelas acabe proyectándolas en su cabeza como si fueran películas.
P: – Escribes gracias a imágenes, tanto es así que la novela viene acompañada por un videojuego y una web.
R: – Hay historias que no caben en un solo formato. Cuando escribí la palabra “fin” sentí que quedaban emociones y preguntas pidiendo otras formas de ser expresadas, así que construí un proyecto transmedia con dos piezas más, independientes y autoconclusivas. No hace falta consumirlas todas ni en ningún orden, pero juntas forman un universo mayor.
La novela es el corazón, el espacio donde el lector imagina y acompaña a Emily y David. El videojuego gratuito, Campamento 60, funciona como precuela. Te convierte en uno de los médicos responsables del hospital de campaña británico que aparece al principio de la novela, tomando decisiones imposibles con recursos limitados. Y la web 1918.es es un recorrido interactivo por la pandemia de gripe española. Sus cifras, su censura, y un memorial para los que desaparecieron de este mundo sin dejar rastro.
No pretendo ser el Marvel de los libros ni contar lo mismo tres veces. El juego te permite sentir la época; la novela, vivirla; y la web, recordarla. Tres idiomas para responder una misma pregunta: ¿qué quedará de nosotros cuando ya no estemos?
P: – ¿Dirías que tus referentes son más cinematográficos que literarios o se encuentran en ambas direcciones?
R: – En ambas, sin remedio. Lo mío es sesión continua, entro en cualquier historia que me prometa un buen viaje, da igual el formato.
Del cine me quedo con la capacidad de entretener de Spielberg y Lucas, la crudeza de Scorsese y la plasticidad de Michael Bay, al que tanto se critica pero que tanto enseña sobre el poder de las imágenes. De la literatura, la imaginación de Michael Crichton y el ritmo endiablado de Dan Brown, aunque mi momento fundacional como escritor tiene nombre propio: “Fantasmas”, de Dean R. Koontz, la novela que me hizo pensar “quiero ser escritor”. Y aquí estamos, llamando a las puertas editoriales del cielo con cientos de historias en la recámara.
Para Cuando ya no esté hubo, además, tres referentes muy concretos que me acompañan desde los noventa: Zona caliente, de Richard Preston, y las películas Estallido y Contagio. Ellas sembraron mi fascinación por las pandemias; el COVID solo hizo germinar lo que llevaba décadas plantado.
Siempre estoy abierto a cualquier buena historia, venga de donde venga, como los contenidos de la gurú del marketing de contenidos Eva Sanagustín, una experta que marida a la perfección pedagogía, narrativa y ficción.
P: – En el futuro, una persona que no haya vivido el COVID y se enfrente a una hipotética pandemia, ¿qué crees que sentiría al leer Cuando ya no esté?
R: – Sentiría lo que sentí yo en 2020 al leer sobre 1918: que alguien le escribió una carta hace mucho tiempo sabiendo que algún día la necesitaría. Descubriría que su miedo no es nuevo, que otros ya escucharon toser al otro lado de la puerta, ya desinfectaron pomos, ya aprendieron a despedirse a través de una máscara. Y espero que eso, lejos de asustarle, le abrigue, le comunique “no estás sola, esto ya lo atravesamos y salimos de ello”.
Y hay algo más, casi mágico. Esa persona del futuro haría realidad el sueño de Emily. Ella se juega la vida en la novela para dejar testimonio antes de que el silencio la borre, convencida de que su relato salvará a alguien que aún no ha nacido. Si dentro de cincuenta años una persona confinada abre Cuando ya no esté y encuentra en sus páginas consuelo, compañía o una advertencia que le ayude a proteger y cuidar a los suyos, la misión de Emily se habrá cumplido de verdad. Ese día el libro dejará de ser una novela histórica para convertirse en lo que siempre quiso ser: la prueba de que mientras alguien recuerde, nadie desaparece del todo.



