«…A las 6:25 sonó la alarma. Salté de la cama. Un temblor, otro grande, como el de 2031, pensé, y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Sin ponerme pantalones ni zapatos alcancé la puerta y ya iba a salir cuando me percaté de que la alarma era una nota única, ondulosa, y no el guaguagua de mi infancia. De que estaba en Madrid y no en México. De que no había temblores, pero sí días extremosos. Días de encierro. Era el tercero de ese verano en el que las temperaturas superaban los cincuenta y cinco grados centígrados. Hasta ese momento, el mundo se había adaptado para acomodar para catástrofe climática, las heladas del invierno, los calores del verano, la falta de lluvias en algunas regiones, los terribles huracanes en otra. Pero la vida diaria, especialmente en los Países del Bienestar, seguía sin demasiados contratiempos…»
Estas frases son de la novela Todos los fines del mundo de Andrea Chapela, publicada por Random House y que desde el 11 de junio está en todas las librerías. Una historia dividida en tres partes que se desplaza con gran inteligencia entre lugares, géneros literarios y temporalidades, e indaga la tenue división entre la amistad y el amor. Con fuerza y talento narrativo, Chapela nos devuelve con esta novela una esperanza de futuro incluso en medio del desastre.
Recordemos que Andrea Chapela (Ciudad de México, 1990) es escritora mexicana. Estudió Química en la UNAM, un MFA en escritura creativa en español en la Universidad de Iowa y una maestría en Estudios de Japón en El Colegio de México.
Ha recibido el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen de cuento por Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio, el Premio Juan José Arreola por Un año de servicio a la habitación y el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez por Grados de miopía. Es autora de la tetralogía Vâudïz y ha sido becaria del FONCA y de la Residencia de Estudiantes de Madrid.
Su obra ha sido traducida a varios idiomas y en 2021 fue seleccionada por Granta como una de las mejores jóvenes novelistas en español. Actualmente vive en Ciudad de México.
Por Todos los fines del mundo, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Andrea Chapela, en la magnífica librería La Mistral, al lado de la Puerta del Sol, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Andrea, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Bueno, Todos los fines del mundo trata de una chica llamada Angélica, una chica mexicana que viene a Madrid a estudiar Producción Teatral un año y conoce a dos personas, Manu y Susana, y entabla con ellos una relación que no comprende.
Y mientras está tratando de entender y saber qué son, qué van a hacer, tiene que volver a México y se acaba el mundo.
Pero el libro sigue.
¿Recuerdas qué hizo de resorte para escribir esta historia? ¿Una imagen, un recuerdo, una experiencia, una lectura?
Pues en realidad fue una cosa larga y vino de dos lugares.
Por un lado, de una conversación que tuve con una amiga escritora acerca de la importancia y la urgencia de escribir sobre la crisis climática, y comenzar a preguntarme cómo iba a escribir de ese tema y a darle vueltas.
Y por otro lado, esta pregunta que venía de un lugar muy personal, que era: ¿cuál es la diferencia entre el amor y la amistad?
Porque se me quedó muy claro, sobre todo cuando vivía aquí en España, entre el 17 y el 19, que yo había toda mi vida confundido el amor y la amistad y no lo tenía nada claro.
Y de repente dije: necesito sentarme a pensar, y escribir un libro es la forma que yo conozco, como más calmada y profunda de pensar algo.
Y ahí, y en algún momento, me di cuenta de que las dos ideas podían coexistir, porque había algo en esto del fin del mundo y en esta idea de una persona que ha quedado completamente aislada de su tiempo y de su espacio, y cómo eso, de alguna manera, extremaba y enfocaba más ciertos sentimientos que yo quería explorar, como el arrepentimiento de no haber dicho lo que tenías que decir, como una obsesión de entender en qué momento se te había ido la oportunidad.
Y un poco esa es la situación en la que está la protagonista cuando se pone a recordar su época de Madrid.
El título, Todos los fines del mundo, qué sugerente.
No lo puse yo. La mayoría de mis títulos no los pongo yo.
[Y Andrea Chapela sonríe y se detiene un momento; melena rizada, gafas, vestido a rayas azules y blancas; antes de seguir contando:]
El libro tuvo durante mucho tiempo otro título que era Anillos de Borromeo, que es una figura matemática de tres anillos, y había todo una línea medio argumental que hablaba sobre eso; pero a lo largo de irlo corrigiendo y trabajándolo, eso fue saliendo. Y, ya hacia el final de mi escritura sola, antes de la editorial, se lo mandé a muchos amigos, porque yo tengo muchos amigos a quienes se lo comparto, y lo mandé en un email diciendo: si alguien encuentra el título de mi libro, pues me avisa.
Y un amigo me escribió y me dijo: repites mucho en el libro esta idea de todos los fines del mundo. Yo creo que es tu título.
Y le dije: tienes toda la razón.
Y es chistoso porque un poco así lo elegí. Porque fue cuando me lo dijo, [que] dije: sí, es verdad, este es.
Pero ha sido con el tiempo que me he dado cuenta de que es verdad que en el libro se plantea un fin del mundo, a lo mejor a nivel civilizatorio, pero también un fin del mundo pequeño, íntimo, el fin del mundo de una relación; esta idea de que el mundo se acaba muchas veces para muchas personas de muchas maneras. Y sobre todo, que hay tantos fines del mundo porque cada fin del mundo es el comienzo de uno nuevo.
Y esa un poco es la idea en el centro del libro, aunque yo no supiera verlo.
El argumento, con un libro así, supongo que no lo tendrías todo preparado, que lo fuiste encontrando a medida que escribías.
Pues la estructura del libro la tenía desde el principio, un poco porque yo comienzo por ahí, y porque quería escribir un libro como los que a mí me gusta leer, donde quería varias partes y que cada parte fuera una apuesta distinta y cada parte te recontextualizara a lo anterior y cada parte fuera una cosa escrita que tú en la siguiente vieras cómo se había escrito.
Eso estaba y los giros estaban, pero en mi proceso, y este fue un libro que tardé mucho tiempo en escribir, cuatro años, en parte por la pandemia y demás, porque comencé en el 19, pero [en mi proceso] era un libro en el que yo necesitaba mucho tiempo de pensar y de que la vida pasara y de profundizar.
[En] Mis primeros borradores siempre hay ya todo un argumento y más o menos siempre eso se queda. Esas ideas, los personajes, sobre todo la construcción de un mundo de ciencia ficción, [eso es] lo que voy como desenterrando, desenterrando…
Con cada versión, como que cabo un poco más profundo.
Angélica: la protagonista. Qué personaje.
Mis personajes muchas veces comienzan con una intuición de cómo esos personajes son parecidos a mí, cómo son distintos, sobre todo mis protagonistas.
Tenía claro qué de mi vida iba a usar. Bueno, ella era una mexicana en Madrid, igual que yo había sido, y tenía esta característica que yo considero mía, de sentir que siempre había estado confundiendo el amor y la amistad y encontrarse en una situación que ponía esa idea al límite.
Pero también, en un principio, yo creé a Angélica como un vector para poder pensar. La novela en algún momento fue mucho más ensayística. Y era para pensar todas estas ideas. Y a lo largo de pensar, encontré su voz, sobre todo para la primera parte, la manera en la que hablaba, que contaba las cosas, y fui encontrando cada vez más, que es cuando para mí se va creando un personaje, todas las maneras en las que ella era ella y no era yo. Porque hay varias cosas parecidas. Pero luego ella es mucho más joven en el libro de lo que yo fui cuando vivía aquí y cuando llegué a muchas de las conclusiones que ella llega.
Y sí, creo que también tiene más miedo, es un poco más como que le cuesta trabajo accionar. Al final creo que todo el libro se trata de cómo ella por fin puede tomar decisiones, y accionar cosas en el mundo, mientras que antes deja más que las cosas le pasen.
Es a lo largo de los borradores, y sobre todo un personaje como Angélica a través de su voz, porque ella es la que cuenta todo el libro, como la fui encontrando conforme la escribía.
Y Manu y Susana: sus dos amigos. ¿Siempre estuvieron en Todos los fines del mundo?
Siempre estuvieron ahí. Siempre fueron dos. Sabía, muy desde el principio que yo quería explorar estas ideas.
También me parecía que, en una relación a dos, el lector iba a suponer y a esperar muchas cosas. Es una relación que todos sabemos. Si tienes un personaje masculino, un personaje femenino, todo el mundo va a querer que sean una pareja.
Y entonces yo decía: no, de a tres, [porque] me da suficiente juego para explorar unas relaciones más complejas, menos manidas.
Y luego, no sé, por ejemplo, Susana. El nombre viene de uno de mis personajes favoritos, un libro que se llama Pánico o peligro, de María Luisa Puga, que también se nombra por ahí, y además el tono de esta novela está muy en conversación con esa novela, y ahí la protagonista se llama Susana, que tiene una amiga que escribe.
Entonces, agarro esas dos ideas, de que no sea la prota la que escribe necesariamente o la que quiere ser escritora, sino su amiga, y eso permite que una hable de la escritura.
Y luego Manu, es científico, un poco, que también lo soy yo, como [que] agarro partes de mí y las voy revolviendo.
Y también hay [otras] partes, o sea, estando aquí en España tuve muchas amistades que tenían estos tintes de confusión. Entonces [hay partes donde] fui agarrando cosas de esas personas y, ahí así, metiendo todo a la licuadora.
Fueron personajes que, en un primer momento, eran mucho más planos y que, a lo largo de ir escribiéndolos, de ir acercándome a ellos, van creciendo.
Hablemos del estilo. Todos los fines del mundo, para mi gusto, está contada con “serenidad” (por Angélica). En primera persona y en pasado mayormente, incluso en presente. ¿Por qué esa forma verbal?
Cada una de las partes tiene cierto tipo de apuesta estilística.
La primera es esta sensación, más de casi autoficción, de una persona contándote sus recuerdos.
Y luego, en la segunda parte, ves que en realidad eso es algo que Angélica escribió ya estando lejos, y como haciendo memoria. Y ahí lo que tenemos es un diario más o menos, que sigue estando en pasado, pero de alguna manera el tiempo se acorta, que es para mí un poco lo mismo que sucede, de repente se acaba el mundo y queda sólo el presente y sólo puedes ir un día atrás o dos días atrás. Ya no hay esta sensación de mucho tiempo que contar, como en la otra, que además los recuerdos vienen y van.
Y luego en la tercera, con el giro, pues cambia un poco las cosas.
Pero sí, para mí era importante que, aunque las tres partes tenían, digamos, su propio sabor, la voz de Angélica se mantuviera. Siento que eso es lo que le da unicidad y su punto de vista, la manera en la que ella ve las cosas.
Y eso fue saliendo. De hecho, en algún momento reescribí toda la tercera de cero y me di cuenta de que, si bien cuando había comenzado a escribir el libro no tenía muchas cosas claras, cuando reescribí ya varios años después la tercera parte, la voz salía ya muy completa; como que si uno vive suficiente tiempo con un personaje y con su voz y ya de repente puede acceder a él, luego hay que quitárselo de encima para escribir otra cosa.
Qué bien… Hemos hablado de la serenidad con la que cuenta Angélica. Y también quería comentarte su “inocencia”. Angélica sabe el mundo en el que vive, de catástrofe climática, pero hay cierto “optimismo infantil” en su mirada, ¿no te parece?
Sí, supongo. O sea, yo quería escribir, y a lo mejor es de ahí de donde viene esto, tenía muchas ganas de escribir un fin del mundo, pero que fuera un libro de ciencia ficción de este tipo, que fuera esperanzador, que no necesariamente se fuera hacia la catástrofe.
Y creo que para eso este personaje, que es relativamente joven, que ha estado siempre muy segura en su vida y que de alguna forma está teniendo muchos descubrimientos, desde cuál es su lugar socioeconómicamente, y cómo ese lugar cambia cuando te mueves por el mundo, por lo que muchas cosas que ella había dado por hechas no lo son tanto.
Pero también quería crear cuando hablaba de este fin del mundo, sobre todo de esa primera parte que sucede en Madrid, esta sensación de un mundo que, aunque está en crisis, no está en urgencia. Porque yo me preguntaba mucho sobre cuál es el fin del mundo que a mí más me parece espeluznante. Y esta idea de hacemos lo mínimo para que todo siga igual, aunque cada vez es peor, esta sensación de “no, pero nos vamos de cañas, todo sigue igual”, como de fantasía colectiva de tranquilidad, eso era algo que quería crear y creo que, desde la mirada de Angélica, no hay una sensación de “se va a acabar”.
Bueno, hay una sensación de “se nos está acabando el tiempo”, pero la vida sigue y no hay esa, creo, sensación más de “están pasando cosas terribles”. Pero eso, más allá de la mirada de Angélica, me interesaba esa atmósfera, porque siento que es un poco más extremo en lo que estamos a veces, como que seguimos por el mundo sin pensar que se está terminando de tantas formas todo el tiempo.
Lo has mencionado tú, la primera parte, hablando de catástrofe climática, ¡menudo Madrid nos presentas!, a cuarenta grados de madrugada.
Sí. Primero el calor de Madrid para mí fue una sorpresa, el verano madrileño fue una sorpresa cuando vivía aquí, el calor nunca es así en la Ciudad de México, y sobre todo muchas sensaciones, como esa sensación de estar de madrugada y que todavía haya calor y que el viento esté caliente. Eso sólo lo siento cuando vengo aquí. Y pensaba en, bueno, ¿qué pasa?
Al final lo que hace el cambio climático es sólo extremarlo todo, no es sólo el calor del verano, también es que haga mucho frío en invierno, que las lluvias sean peores.
Entonces pensaba eso, como subirle el volumen a todo.
Pero no necesariamente subirlo socialmente, como que todo está controlado y pensaba, bueno, sí, pues los edificios los habrá manera de prepararlos y de no sé, poner un domo en El Retiro, porque es importante que haya árboles en El Retiro, pero en ningún otro lugar.
Y, sí, escribí ese Madrid y luego, claro, era la pandemia cuando lo escribí y luego vine, y también cambió un poco de nuevo el libro, y lo pensé cuando vine, digamos, yo vine a finales del 21, donde todavía había muchas de las medidas, y ver cómo eran distintas las medidas que habían tomado en España y en México, cómo se había tratado la cosa de manera muy distinta.
También como que quise agregar un poco de esas cosas, como de esta necesidad muy española de seguir en la calle, a pesar de que sea peligroso, de cómo haces eso. Quería construir un poco desde allá.
Entonces es verdad que la pandemia cambió mucho el libro, haberla vivido y luego haber visto cómo reaccionó cada país.
El libro está dividido en tres partes: en varios lugares, en distintos entornos: hay un par de llamadas entre Angélica y Manu, y algunos diálogos a tres voces. ¿Por qué los introduces? ¿Para iluminar la trama?
Bueno, Angélica estudia en el libro Producción Teatral y el teatro termina. Yo eso lo decidí un poco caprichosamente, porque cuando estuve en Madrid, tengo amigos que tienen una compañía de teatro, y como que vi mucho teatro, más que nunca en mi vida.
Y cuando decidí que quería que la primera parte sucediera en Madrid, para mí era imposible escribir de Madrid y no escribir sobre el teatro.
Tomé esa decisión para poder hablar de eso, pero luego el teatro fue tomando condiciones metafóricas, se fue volviendo una imagen, un leitmotiv en la novela. Y, bueno, irrumpe ahí hacia el final.
Pero para mí, la novela es una novela de ciencia ficción, una novela sobre las posibilidades. Y para mí el teatro, en el momento en que sucede, es como otro lugar de posibilidad, otro lugar de especulación, porque permite que los personajes se puedan decir cosas que a lo mejor nunca se van a decir, pero que están en el subtexto de lo que se quieren decir.
Y eso me parecía interesante, como otra manera de acceder a ciertos mecanismos que yo encuentro en la ciencia ficción desde otro lugar.
Ya por finalizar, ¿junto a qué libros colocarías Todos los fines del mundo en una estantería?
Para mí hay tres, que era como lo que estaba buscando.
Uno es Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro.
Bueno, cuatro.
Mugre rosa, de Fernanda Trías. Estación Once, de Emily St. John Mandel. Y El emisario, de Yoko Tawada.
Es un poco de todos lados, pero es el tipo de ciencia ficción como más intimista, más literaria.
Todos esos libros me ayudaron mucho a entender el tipo de ciencia ficción que yo quería hacer.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Fabiola Menchelli
Andrea Chapela
Editorial Random House, 280 pp., 19,90 €
Sinopsis:
«¿Con quién pasarías el fin del mundo?» podría parecer una pregunta hipotética, pero para Angélica, que vive en un mundo dominado por la catástrofe climática, con estaciones extremas y días de encierro, se vuelve una obsesión. En Madrid, Manu y Susana, sus vecinos, amigos, amores, representan una opción posible: los tres juntos, acostados en el parque; juntos, abrazados viendo alguna película en el cuarto de Manu; juntos, durante la emergencia, en el bar que atiende Susana. Antes de responder, Angélica debe regresar a México llevándose con ella esa pregunta, que la acompañará incluso después del colapso global.
Todos los fines del mundo es una historia dividida en tres partes que se desplaza con gran inteligencia entre lugares, géneros literarios y temporalidades, e indaga la tenue división entre la amistad y el amor. Con fuerza y talento narrativo, Andrea Chapela nos devuelve con esta novela una esperanza de futuro incluso en medio del desastre.




