«…En la oscuridad la gente se desorienta, todos necesitan tocar algo. Agarran el brazo de su compañero, pellizcan el interior de sus propios bolsillos, se aprietan los cachetes con las manos. Aquí estoy, le aseguran las palmas frías al rostro sudoroso. Cuatrocientos humanos enterrados vivos, pero aliviados de estar fuera del rojo, todos ellos, fuera del fuego: idos y volviéndose cenizas. ¿Alguien los recordará? Y entonces se acuerdan.
La oscuridad trajo algunos gritos, pero después de unos segundos el orden se reinstaura. Visitantes de museo. Apreciadores de arte. Seguidores de las normas. Esta parte siempre pone nerviosa a V. ¿Saldrá mal? ¿Aguantarán la pausa? Dura sesenta segundos y el público recibió claras instrucciones de guardar silencio. Era la única regla impresa en la tarjeta que recibieron al entrar en el museo esta noche. Cuando oscurezca, por favor guarda silencio. Un minuto de silencio por los desaparecidos. Por el abismo que cada uno ha dejado tras de sí. Y por quienes luego han caído en esas grietas. ¿Puedes tenerlos a todos en tu mente durante el minuto oscuro? A los muertos y a sus vivos y a los que no están ni vivos ni muertos, sino en medio. Por favor, respeto para todos ellos: silencio.
Silencio largo.
Y luego unas gotas.
El color regresa a cuentagotas…»
Estas frases son de la novela Wishbone de Laia Jufresa, publicada por Random House y que desde el 14 de mayo está en todas las librerías. Una obra que, después de Umami, la confirma como una de las mejores escritoras latinoamericanas del momento.
En Oaxaca, Tor Sima ha creado un museo dedicado al color. En Edimburgo, Vica Luft trabaja como secretaria y cría sola a su hija. Comparten una herida, un amante y una curiosa devoción por los pulpos. Lo que las une no es una anécdota, sino una corriente subterránea que atraviesa años y geografías.
A lo largo de dos décadas y siete ciudades, Wishbone retrocede en el tiempo para indagar en lo que permanece y en lo que se pierde. La maternidad y sus ambivalencias, la amistad como refugio y como tropiezo, la tensión entre el arte y la supervivencia. La parte de nosotros que se extravía cuando un ser amado desaparece y los lazos tentaculares que tejen las familias que elegimos.
Recordemos que Laia Jufresa creció en el bosque de la niebla de Veracruz y pasó su adolescencia en París. Cuando en 2001 se mudó a la Ciudad de México descubrió que no sabía cruzar la calle. Desde entonces escribe narrativa. Es autora del libro de cuentos El esquinista, el libro álbum La apuesta y el audiolibro Veinte, veintiuno.
Umami fue su primera novela. Se ha traducido a nueve idiomas. En el festival de Primeras novelas de Francia, en 2016, se le votó como la mejor primera novela en español de ese año. En inglés, traducida por Sophie Hughes, ganó el premio PEN Translates Award y fue finalista del Best Translated Book Awards 2016.
Se le ha nombrado como uno de los mejores escritores de Latinoamérica (Bogotá39) y de Mexico (Mexico20). Su ficción ha aparecido en Vogue, Words Without Borders y McSweeneys, su no-ficción en El País, Netflix, la BBC. Vive en Edimburgo, Escocia, donde cría una hija, escribe, y dirige Escribir es un lugar, un programa para escritoras hispanas de todo el mundo.
Por Wishbone, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Laia Jufresa, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Laia, por favor, haznos un breve resumen de este libro.
Wishbone es una novela que sigue a dos mujeres durante varias décadas. Va saltando el punto de vista de una y la otra. Ellas no se conocen, pero vas descubriendo que comparten, es como una especie de juegos de espejos.
Y una de sus peculiaridades es que está narrada hacia atrás. Te vas adentrando en el pasado de ambas. Y es como un rompecabezas de pensar qué las une a estas dos mujeres. Y va por muchas ciudades y muchos años.
¿Y qué hizo de espoleta para que algo estallara en ti y te pusieras a escribir esta novela?
Yo empecé esta novela el día que hice mi primera prueba de embarazo. Así que he estado durante diez años y un mes embarazada también de este libro. [Por tanto] Toda mi vida como madre he estado escribiendo este libro. Mi hija no puede creer que ya es un libro real ¡por fin!
Creo que esto fue el interruptor, sin duda, porque ahí empecé a escribir, pero luego me tardé tanto tiempo, fue un proyecto tan largo, que se fue convirtiendo en el depositario de muchas otras inquietudes. Algo que pensé que iba a ser un libro muy sobre maternidad, la maternidad quedó hacia el final del libro y se volvió en realidad un libro principalmente sobre creatividad, arte, creación y sobre una desaparición.
Y se volvió un juego de cómo hacer algo original con algo que es un tropo literario muy gastado, que es la desaparición de una mujer joven.
Además, por supuesto, de una tragedia humanitaria real, constante: cómo poder mirar eso de una manera muy pausada, deteniéndonos realmente en cómo eso afecta a las vidas alrededor y cómo es un duelo muy particular.
Ya lo has mencionado tú, la trama va de delante hacia atrás, de 2038 a 1983. ¿Por qué contarla de este modo?
Por un lado, creo que hay algo que es un error de fábrica, donde mi cerebro funciona un poco así.
Estuve escribiendo este libro los primeros tres años. Era un libro muy distinto, lo estaba escribiendo en español. Luego, este libro en realidad lo escribí en inglés, pero esos primeros años lo estaba escribiendo como diarios en primera persona. Y eran dos libros. Y yo tenía que resolver cómo los iba a juntar en uno solo. Y un día estaba nadando en el mar y se me ocurrió contar la historia para atrás y pensé: esto es brillante, nadie lo ha hecho. Y luego salí del mar y pensé: yo ya hice esto con Umami, que es mi novela anterior, que por cierto escribí en Madrid, pero Umami va hacia atrás, pero va y vuelve, va y vuelve, va y vuelve cinco veces.
Creo que era una deuda conmigo misma, o con mi inconsciente, ver si se podía contar realmente una historia solo hacia atrás, sin que eso significara perder las cosas más básicas de la narrativa, que es: qué pasó entonces y quiero darle vuelta a la página.
Y cómo esa pregunta de: ¿y luego qué pasó?, se vuelve: ¿y antes qué pasó?, como un rompecabezas que quiero que el lector vaya construyendo, pero usando siempre este impulso narrativo.
Para mí es muy importante sentir que construyo un barquito lo suficientemente sólido como para que el lector se suba y confíe y vaya, a pesar de que hay momentos incómodos y de pensar: no estoy entendiendo qué está pasando, porque [eso] es el rompecabezas de este libro.
El final, ¿estaba previsto así o lo cambiaste según escribías?
Nada estaba previsto, en realidad. Yo no planeo. Todo lo fui descubriendo.
Doy muchas clases de escritura y estoy constantemente invitando a la gente a que piense en sus libros como un dinosaurio que quedó ahí enterrado y que confíe en que se va a ir encontrando un huesito por aquí, un huesito por allá, nada va a tener mucho sentido, tiene que sacar todos los huesitos y luego ver dónde se acomoda todo.
Ese es mi proceso. Y no digo que sea el correcto, pero creo que relaja esta idea de: tengo que construir un mundo, tengo que inventar una historia. Se relaja mucho el ego cuando uno piensa: esto existe en algún lugar del éter y yo lo estoy desenterrando.
Entonces, todo fueron pequeños descubrimientos. Y para mí es muy importante que si yo me emocioné tanto cuando dos piezas encajaron, eso va a suceder para el lector. Es como: esta pieza encaja, esta pieza encaja, esta pieza encaja, más que planear una historia.
Wishbone es una novela muy dialogada, los diálogos “alumbran” momentos de la trama.
Sí, por supuesto. Es una novela muy densa porque le quité doscientas páginas. Me pasé todo 2023 cortándola. Era una novela de seiscientas páginas y fue un ejercicio muy doloroso, pero que me enseñó muchísimo sobre escritura, sobre todo me enseñó mucho sobre qué realmente era esencial para esta historia.
Y, a pesar de que los diálogos parecían lugares evidentes para cortar, porque quitas esta conversación y que el narrador diga esto, para mí los diálogos son donde un personaje cobra vida. E ir inventando cómo, o descubriendo cómo se expresa cada uno de los personajes, creo que entrega a los personajes de manera que la voz narrativa no siempre puede hacer.
Y, por otra parte, es un libro que sucede en muchos lugares. Son todos lugares donde yo he vivido. Hay muchas expresiones lingüísticas en distintos idiomas que a mí me parecen esenciales para cómo un personaje reacciona, etcétera. Y eso me gusta tenerlo en el diálogo. Incluso, si alguien no conoce la expresión en alemán o no conoce la expresión en francés, ver que regresa, se vuelve una muletilla del personaje.
Los diálogos, que además no son sólo palabras, sino también qué está pasando con la gestualidad del personaje mientras las dice, yo creo que nos entregan mucho sobre la relación entre los personajes, no solo sobre quién es este personaje, sino quién es este personaje respecto a este otro y cómo se están relacionando en este momento de la historia, porque luego los vemos cómo se relacionaba hace diez años y hace veinte.
Entonces los diálogos son importantes.
Siguiendo con que los diálogos son importantes y alumbran la trama. Hablando de alumbrar, la portada me ha parecido deslumbrante, ¿qué son, dos bengalas, dos rayos?
Son, me parece, dientes de león, les llamamos en México.
Aquí también. Se soplan y desaparecen. Se llaman vilanos, con uve [estructura plumosa o en forma de paracaídas unida a la semilla del diente de león].
Que extraño, es casi como “villano”.
Sí, más o menos…
Yo busqué imágenes de esta ilustradora, porque puse una imagen de ella para la portada de Umami, que es un collage también, son hongos con piernas. Y me gustaba la idea de volver a trabajar con los mismos ilustradores en los distintos idiomas. Eso es lo que estábamos buscando. Y me puse a ver.
Se llama Amy Ross. Y me puse a ver su trabajo y encontré dos imágenes que tenían la forma del wishbone. Una era con hongos y otra era esta, que por la presencia de los ojos me pareció ideal, porque la novela no solo va hacia atrás, sino [que] está estructurada como un wishbone [en inglés, literalmente «hueso de los deseos» (también conocido como fúrcula). Es un hueso en forma de «Y» ubicado en el pecho de las aves. Sin embargo, el término tiene varios significados populares según el contexto].
O sea, toda la novela es dos historias que se van acercando y se juntan. Es como una “Y”. Por eso también hay un wishbone separando cada fragmento, además de que wishbone significa muchas otras cosas en el libro.
Esta imagen la vi y además ella [Amy Ross] ya la tenía con ese fondo azul. Lo único que le puse yo fue el rosa y le dije a la editorial: ¿qué les parece? Y la aceptaron. Jugamos un poco con los rosas, nada más. Y no hubo que pensarlo, como que esta imagen vino, que es quizás un poco nostálgica, pero que entrega la parte un poco divertida, el humor del libro.
Por ahí dudé, pero me importaba mucho que quien va entendiendo la estructura del libro, de quien va entendiendo el juego, pudiera luego ver la puerta y decir: ahhh, esto es lo que está pasando.
Los dos dientes de león de la portada tienen dos ojos. No sé si son los de Tor y Vica, los personajes principales. Háblame de la primera: Tor Sima.
Tor Sima, cuando la conocemos, es una museógrafa, es una selfmade museógrafa, se creó ella un museo, el Museo Internacional del Color, que es algo que todavía no existe en el mundo, pero seguramente algún día existirá, espero. Por lo pronto, habría que inventarlo.
Una de las razones por las cuales me tardé diez años en escribir este libro es que me lo pasé bomba inventando exposiciones que luego había que quitar. Ese primer capítulo, que ahora mide, no sé, treinta, cuarenta páginas, en algún momento medía ciento cincuenta, porque yo te llevaba por cada sala de exposición, etcétera.
[Tor Sima] Es una mujer que ha pasado su vida muy obsesionada con el color, pero que ha ido renunciando a su propia creación y, cuando la conocemos, está por primera vez rompiendo esa regla y montando una exposición, y tiene mucho miedo, y se basa en una posición de poder, de líder, de estar dirigiendo este museo, a encontrarse de nuevo en esta posición muy vulnerable de mostrar tu obra y además estar hablando de algo que para ella es muy duro, que es la desaparición de su hermana.
Es un personaje que, de entrada es, a la vez, muy fuerte y muy vulnerable, y que vamos siguiendo hacia su pasado para entender por qué se hizo así y de dónde viene y qué fue lo que soltó y por qué lo intercambió. Y cuáles fueron sus concesiones y dónde dejó de pintar y empezó a darle espacio a otras pintoras.
Para mí es un personaje que, ahí está la expresión en inglés de likable character [personaje que cae bien], y Tor no era un likable character para nada, tiene un carácter fuerte. Para mí fue muy importante irla conociendo, irla respetando, ir entendiendo por qué tomó las decisiones que tomó.
Que también es cierto para Vica, que es el otro personaje [principal]. Pero quizás Vica tiene una vida un poquito más parecida a mí. No me costó tanto el acercamiento.
Fue como encontrar el balance entre que Vica, con una vida más pequeña y cotidiana, fuera también un personaje rico y complejo, interesante.
Toda la novela es un juego de espejos entre ellas y lo que yo quería es que, cuando abandonas a una, estés suficientemente contento de perderte en la otra, que no estés pensando: ¿y cuándo volvemos a Tor?, ¿cuándo volvemos a Vica?, según tus preferencias.
Buena explicación… “Toda vida tiene un núcleo, un eje, un epicentro del que todo brota y al que todo vuelve”, palabras de Maggie O’Farrell, que colocas al principio. ¿Cuál es el núcleo de Wishbone?
Sin duda, el momento de la desaparición de la hermana es uno. Y el momento de, bueno, esto es un gran spoiler…
¡Alto, un momento! Te he preguntado por el núcleo, el tema de Wishbone.
El corazón.
A eso me refiero.
Wishbone hace algo original con este tropo literario de la mujer que desaparece. Eso es una cosa importante. Y otra cosa importante es que mira de muchas maneras, por un lado la desaparición, pero por otro lado la creación y cómo estas mujeres se relacionan a su creatividad y se enfrentan a las dificultades, ya sea la autocensura, o las dificultades materiales, por ejemplo, en la vida migrante de Vica. Y cómo la creatividad les brota por todos lados.
Wishbone es un libro sobre artistas, pero yo creo que es más un libro sobre creatividad, porque ellas están haciendo, con las herramientas que tienen y las decisiones que toman, actos creativos que van más allá del arte. Tiene que ver con construirse una vida después de una pérdida.
Hablemos ahora del estilo: ¿por qué Wishbone está contada en presente?
Hay una razón técnica muy básica, que es que el libro va hacia el pasado. En el momento en que estás narrando el pasado, estás eligiendo desde dónde estás narrando. Y eso le ponía una capa extra de dificultad al lector. Mientras que si estás en presente, el lector está con el personaje en este momento, basado hacia el presente, aunque la estructura global vaya hacia el pasado.
De por sí, es una un ejercicio exigente para el lector que tiene que pensar: a ver, esto pasó antes, aunque pasó antes en el libro, pasó después, Y que para mí, si lo narraba en pasado, metía ruido, metía pero este pasado bla, bla, bla. El presente me entregó ese momentum que era necesario para que, ok, la novela va hacia atrás, pero yo ahorita estoy aquí con este personaje, avanzando.
Perfecto… Sobresale lo ambiciosa que es tu historia, tanto por sitios, como por personajes, fechas. Sobresale lo bien que llevas el timón de ese barquito que no se te desvía con tantas cosas. ¿Ese fue uno de tus mayores retos, el que no se te desviara?
Sí, por supuesto. Para mí la ambición tiene que ver con invitar al lector a un juego. Yo pienso mucho en la figura del lector como cocreador y no ceder ante una relación con la literatura que tenemos, que es cada vez como más formulaica, más pasiva, que nos entreguen, que estamos scrolling, que no leí el libro, pero sé de qué se trata.
Es poder decir, es un contrato con el lector, yo me pasé diez años, te estoy dando esta pieza que no le sobra nada, pero tú te tienes que meter y jugar y poner atención, estar presente con el libro. Y no es exigente en el sentido de que son fragmentos cortos en realidad. Entonces, te pido presencia por un ratito. Así está hecho para el cerebro de hoy. Yo sé que vas a ir a ver tu teléfono cuando termine este fragmento, pero si te quedas conmigo en este fragmento, te prometo que al siguiente te doy otra pista, porque yo, como todo el mundo, soy adicta a mi teléfono y entiendo cómo estamos funcionando.
Tiene que ser algo que me atrape a mí. No puedo exigirle al lector que se quede conmigo cuatrocientas páginas, sino es algo que yo siento totalmente engaging [atractivo], es la palabra que me viene, o sea, que me que me pida estar.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Anja Poehlmann
Laia Jufresa
Editorial Random House, 424 pp., 22,90 €
Sinopsis:
En Oaxaca, Tor Sima ha creado un museo dedicado al color. En Edimburgo, Vica Luft trabaja como secretaria y cría sola a su hija. Comparten una herida, un amante y una curiosa devoción por los pulpos. Lo que las une no es una anécdota, sino una corriente subterránea que atraviesa años y geografías.
A lo largo de dos décadas y siete ciudades, Wishbone retrocede en el tiempo para indagar en lo que permanece y en lo que se pierde. La maternidad y sus ambivalencias, la amistad como refugio y como tropiezo, la tensión entre el arte y la supervivencia. La parte de nosotros que se extravía cuando un ser amado desaparece y los lazos tentaculares que tejen las familias que elegimos.
Onírico y preciso, lúcido y vibrante, Wishbone es un hechizo narrativo que se despliega en un elenco de personajes irresistibles, una estructura que desafía las convenciones de la narrativa y una revelación final impactante. Con esta novela, Laia Jufresa se consolida como una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea.




