«Habrá quien piense que esta habitación es minúscula y a quien le parezca más que suficiente. Es la habitación en la que vivo. Una cama individual pegada a la pared entre un armario y una librería. En la pared opuesta, dos estantes colgados y un escritorio cerca de la ventana. No me gusta el escritorio, es pequeño e incómodo, y no pienso cambiarlo.
Lucas fue la primera persona en visitarla. Lo que más ilusión le hizo fue el colgador que hay detrás de la puerta para soltar la chaqueta al volver de la calle. Eso, a Lucas le pareció casa. La habitación podía convertirse en un hogar por la simple existencia de este detalle. Tal vez por esa razón tardé semanas en decorarla. Me bastaba con observar la sombra del colgador desplazarse con el paso de las horas. El día que el olor a cerrado por las mañanas se volvió excesivamente cotidiano, traje una planta y una lámpara. La planta la coloqué frente a la ventana para que le diera el sol, y la lámpara junto a mi cama para leer. Contemplar y leer. Este es un lugar en el que pasaré mucho tiempo y algún día lo echaré de menos, pensé. Ambas ideas me produjeron angustia.»
Estas frases son de la novela La grieta de Rodrigo Gervasi, publicada por Sexto Piso, y que desde el 9 de marzo está en todas las librerías. Un libro muy breve, narrado de forma obsesiva y poética, sobre la precariedad tanto afectiva como económica, el consentimiento y la soledad ante el intento de construir una vida propia en una ciudad que no espera por nadie, de un autor muy joven y al que le preocupan temas muy actuales.
Rodrigo Gervasi (Madrid) crece en Andorra y se gradúa en Derecho Franco-español por la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad de Estrasburgo en 2020. Ha trabajado de librero, redactor, traductor y gestor cultural. Ha disfrutado de una beca CULT en la embajada de España en Dakar, Senegal. También participa en proyectos musicales y artísticos con el pseudónimo Gervalesi y, sobre todo, escribe. Es autor de Recorridos mínimos (Ediciones Menguantes, 2022).
Por La grieta, su primera y recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Rodrigo Gervasi en Cervantes y compañía, en el altillo de esta conocida librería de Madrid, en la concurrida calle del Pez, para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Por favor, Rodrigo, haznos una sinopsis de tu novela.
De acuerdo. Supongo que La grieta tiene dos lecturas, entonces dos sinopsis.
Una es un retrato de la cotidianidad de la vida en sí. Yo quería retratar la vida a través de las cosas más anodinas y cómo de ahí puedes llegar a ver lo más de lo macro, de lo micro a través de lo macro.
Luego, al final, [otra sinopsis] es la convivencia de unas personas que viven juntas durante el espacio de tres años en un solo piso.
Todo el libro sucede dentro de un piso y entonces es lo que sucede dentro de esa cotidianidad. Y en algún momento, hay una grieta que la rompe un poco.
La vivienda tiene un gran papel en tu novela, como tú has dicho. O, más que un gran papel, tiene el peor papel, reflejo de lo que es vivir en un mini espacio o en un espacio muy compartido. ¿Pero ahí puede haber intimidad?
Pues es un poco el quid de la cuestión de este libro. Cómo intentar conseguir una intimidad a través de compartir los espacios y, finalmente, darse cuenta de que probablemente es muy complicado encontrar una intimidad real.
Hay el intento de hallar una intimidad, que se consigue solo por momentos, diría yo, que es un poco más artificial que real, con la ilusión de intentar aferrarse a algo.
¿Y cómo se resuelve la intimidad, viviendo en sitios así?
Pues se resuelve intentando imaginártela y creándola.
O sea, Hugo intenta crearla a través de fingir que la gente con la que vive es gente con la que él escoge vivir y con la que él quiere vivir; y forzándose a creerse él mismo la historia de que son una familia, cuando en realidad simplemente están unidos por una precariedad y una obligación de compartir espacio.
Dentro de conseguir esa intimidad y de convivir en esos mini espacios, hay varios asuntos que tú tocas: el consentimiento, los roces, incluso la culpa.
Tocar el tema del consentimiento viene de que yo quería añadir un momento que incomodara dentro de la novela. Porque la literatura me interesa mucho que incomode. Me interesa la literatura que haga reflexionar, que haga pensar.
Se trataba de [hacer] algo que fuera como un poco sutil y que no hubiera como un malo o bueno claro, y diera lugar a una fricción tanto dentro del piso como entre los personajes, y diera paso a una reflexión más sobre cómo somos como humanos, si somos buenos o malos o, en realidad, somos ambos. Mostrar ese reflejo de que las personas son ambas cosas y que cuando están conviviendo en un espacio, al final sale resaltada la persona en su esplendor, que da ambas cosas.
No sé si me he explicado.
Yo creo que sí… ¿Y la culpa, como indagas en la culpa?
Pues, indago en la culpa, intentando convertirla en una forma de encontrar una responsabilidad y una forma de seguir avanzando, más [que] como llave.
Al principio, quería que el personaje se enrocara un poco y no avanzara. Y luego que fuera más como la llave que dijera: ok, este es el mal, vamos a intentar avanzar hacia lo bueno.
Entonces, la culpa es un poco el medidor de lo que te dice que haces mal para saber cómo ir hacia lo bueno. Porque aunque todo el mundo es bueno y malo, sí que estaría bien tender hacia la bondad.
Yo creo que por ahí va.
«En la habitación oscura vive Santiago, quien reemplazó a Andrés, que en su momento había ocupado el lugar de Valentina. En la grande han vivido Paloma, luego Natalia, y ahora está Gabriel. Eso significa que cuando me mudé aquí, hace tres años, Valentina y Paloma fueron las encargadas de entrevistarme para la vacante de la habitación exterior. Hasta entonces, todas las habitaciones que había visitado con mi presupuesto de trescientos euros carecían de ventanas, puertas u otros elementos básicos necesarios para calificar un espacio de habitación. Y yo podría haber vivido sin ventanas, puertas y otros elementos básicos, y de hecho llevaba un año haciéndolo en el piso del que la casera me echaba, pero la idea de soportarlo, esta vez con desconocidos, me aterraba.»
Además de la vivienda, Hugo es el protagonista. ¿Qué hay de autobiográfico en él?
[Rodrigo Gervasi se toca el pelo ondulado, moreno, y dice:]
Ideas. Yo tengo pequeñas cosas mías en él y otras que voy ampliando muchísimo.
Pues yo, quizá que soy un poco perfeccionista, quería que fuera un personaje más monotemático, incluso psicorrígido.
Era como llevar al extremo diferentes personalidades mías y de gente que me interesa alrededor.
Es un poco un collage de personas reales.
La grieta es una novela de poco más de cien páginas. ¿Reflejo del poco espacio en el que se mueven los personajes?
Es un reflejo de la conciencia con la que usamos el espacio y de lo que ello implica, tanto material como más en lo abstracto.
Yo quería hacer un libro que fuera muy consciente del poco tiempo que tiene la gente, pero no tampoco como algo malo pensando que va a ser un libro pequeño, sino porque yo creo que condensarlo todo en algo, que cada página sea buena, para mí era el mérito y el éxito.
Yo admiro mucho a escritoras que escriben libros breves, como Annie Ernaux [Rodrigo Gervasi dice otros dos nombres, que al intentar transcribirlos ahora, lo siento, me resultan ininteligibles]. Todas escriben libros breves y todas dicen muchísimo en esos libros.
Yo bebo de eso y era un poco mi intención entender que la gente tiene un tiempo limitado y entender que yo creo que las historias se pueden contar en un espacio limitado y llegar a ser igual.
En lo burdo, pongo el ejemplo de la paella. A mí me encanta la paella, pero no por eso me como una paella entera. Me gusta comer una porción. Era un poco eso.
Es una novela muy dialogada.
Quería que hubiera pocos personajes y que fueran muy dialogados.
Claramente hay cinco personajes; o seis; bueno, siete, quizá, contando al novio de Hugo; que están dentro de la cotidianidad, pero que no se solapan mucho porque van yendo y desapareciendo. En cada escena hay máximo tres todo el rato.
Era un poco un reflejo de la vida, de cómo la gente aparece y se va.
Y era un ejercicio de no querer seguir a los personajes más allá de su vida dentro de la casa, fingir que no existen las redes sociales y que vemos la vida de todo el mundo como es en realidad. Volver un poco más a una vida en la que tú ves con lo que te topas, que yo creo que es como más orgánico.
Y aunque hay muchos diálogos, los diálogos están integrados en la narración.
Yo, cuando empiezo a escribir un libro, siempre pienso primero en la forma, antes que en el contenido, porque es lo que más me interesa.
Me gusta tener una forma muy definida que pueda sustentarse por sí sola, más allá de si el libro luego tiene un contenido mejor o peor. Yo lo intento con el contenido también, pero la forma es fundamental.
Entonces, cuando empecé a escribir este libro, quería que tuviera una forma muy específica, de ser un periodo de tiempo, todo, las escenas, todas las escenas dentro de una casa. Y que fuera todo de un tirón, incluidos los diálogos.
Esos diálogos marcan un poco un cambio de ritmo, porque es verdad que muchos momentos introspectivos, que son más densos, se aceleran con los diálogos.
Me gusta también que estén todos mezclados, que no sepas realmente quién habla, porque no hay guiones. Que el lector tenga que imaginar quién cree que dice qué.
Yo creo que las personalidades están suficientemente definidas como para que sepas quién está diciendo qué y se quede por ahí.
Y claro, el que sea muy dialogada y que los diálogos estén integrados dentro de la narración, nos lleva a que las frases son cortas.
Sí, correcto. Corto y conciso.
No quiero una palabra que no aporte nada. Toda palabra dentro de una frase tiene que aportar un matiz importante. Si la puedo quitar y se sigue entendiendo la frase y el matiz, yo la quito.
En ese sentido, minimalismo.
«Cuando mis compañeros de piso han salido y estoy solo en casa, deambulo por las estancias vacías. Cruzo descalzo el pasillo hasta la cocina y miro la encimera sin migas, el patio de luces al que da la ventana y el baño de la vecina, grande y elegante. Esta casa es mía porque yo pago el alquiler. Paseo por el salón, recuerdo a mi madre viéndolo la única vez que me ha visitado. Mira, mamá, esta es mi casa. Esta casa es mía.»
Las ventanas apagan el ruido de la avenida, una cuesta de tres carriles en cada dirección. Nunca abro las ventanas. Las ventanas cerradas. Así, la avenida es bonita.»
¿Tardaste mucho en escribir La grieta?
Sí, dos años.
Y uno a jornada completa, el resto un poco más compaginando cosas.
¿Y a partir de qué idea te lanzaste a darle a la tecla?
Pues de la idea de decir: voy a contar algo que suceda todo dentro de una casa.
La idea fue una casa y todo lo que suceda dentro.
¿Así de claro?
Así de claro. Y de ahí ya nació todo el resto.
¿Y cuál fue la mayor dificultad?
Buena pregunta.
Pues, mirándolo con retrospectiva, creo que la mayor dificultad fue hacer como el intercalar los pasajes en pasado y en presente, y hacer los saltos para intentar generar un dinamismo que diera un punto de ruptura.
Eso a mí me costó más porque quería encontrar el punto exacto para que no se hiciera pesado. [Que] Fuera entretenido.
Creo que lo he conseguido.
Sí, eso es lo que más me costó, porque luego, lo que es la escritura en sí, creo que lo tengo más dominado ya de mi libro anterior, que era una cosa a la que no me enfrentaba de nuevo, o sea como cosa nueva.
¿Y junto a qué otros libros colocarías esta novela?
A ver, la puedo colocar junto a libros de muchísima literatura francesa, que es lo que más bebo, por ejemplo, Una familia en Bruselas, de Chantal Akerman.
También, no sé cómo se dice en castellano, Slouching Towards Bethlehem [1968], de Joan Didion. Quizá “El camino a Belén”, no sé si está traducido así. Es un libro muy guay de ensayo suyo.
[Rodrigo Gervasi se refiere a Los que sueñan el sueño dorado, editado en castellano por Random House en 2012, un capítulo del libro mencionado por él y que da título a una antología de los mejores artículos y ensayos de Joan Didion.]
Pero hay muchísimos libros que he leído. Leo en cuatro idiomas y yo creo que eso me ayuda un montón a nutrirme para la escritura.
En la literatura catalana, que creo que tiene como un ritmo muy chulo, Roser Vernet tiene un libro que se llama Lo mig del món, que creo que tiene la capacidad para mostrar el mundo muy bonito.
Carlos Castrosín
Rodrigo Gervasi
Editorial Sexto Piso, 120 pp., 17,90 €
Sinopsis:
Hugo vive sus primeros años de independencia en Madrid, donde la realidad se impone y lo único que se puede permitir es una habitación en un piso compartido. Las rutinas, los compañeros que vienen y van, la lucha diaria por pagar el alquiler de una habitación y escapar de la precariedad conforman su realidad. Pero la intimidad y la estabilidad que tanto ansía se vuelven misión imposible en un espacio en el que nadie echa raíces. Por el piso desfilan Paloma, Valentina, Andrés, Natalia, Gabriel, Santiago… Con cada nuevo compañero que llega, Hugo recupera la ilusión y la esperanza de una convivencia amable. Comparte con ellos planes, risas y complicidad. Sin embargo, una salida nocturna inesperada terminará abriendo una grieta en la convivencia.
La grieta es una novela sensible y profunda sobre la soledad, la amistad, los límites y las contradicciones humanas, en una etapa de la vida en la que aún se busca cómo habitar el propio cuerpo y la propia existencia. Una historia que se atreve a mirar de frente temas como el consentimiento, la culpa y la responsabilidad.
Con una voz honesta y contenida, Rodrigo Gervasi nos invita a reflexionar sobre esa pena –tan cotidiana como profunda– que habita en quienes todavía intentan entenderse, sin importar el momento vital en que se encuentren.







