Gabriela Guerra Rey, cubano-mexicana ahora residente en España, es maestra en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México y doctoranda en Letras por la Universidad de Salamanca. Autora de más de una docena de libros de diferentes géneros (novela, cuento, ensayo, autobiografía, viaje y poesía), su obra ha estado marcada por el tránsito, la nostalgia y la expresión poética del dolor. En 2016 ganó el premio Juan Rulfo por Bahía de Sal, reconocida como una de las obras más valiosas de la literatura actual escrita en español. Hablamos con ella de su obra pasada y su nueva novela.
Toni Montesinos
Con Bahía de Sal salió a la palestra literaria tras ganar el Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela en 2016. ¿Cómo surgió la idea de esa narración, que ya sentó las bases de su prosa de ficción posterior, hasta su última novela, Las puertas del tiempo?
De ese inicio creo que me queda sobre todo su condición germinal. Cada vez que cuento esta historia le agrego aditivos que terminan por hacerla memorable. Eso fue lo que pasó a partir de Bahía de Sal en realidad. Me dio un poder extraordinario para jugar con la ficción y la realidad como si fueran la misma cosa.
Bahía de Sal es esa novela que se alimenta de la vida entera, que una ha estado escribiendo sin saberlo desde siempre. Y que en medio de una crisis brotó sola, por arte de magia, sin que yo supiera que estaba haciendo una novela. Alguien tuvo que decírmelo. Entonces tomé otra conciencia de sus detonantes y sus derroteros. Allí estaba el pueblo en el que había nacido, aquel al que me fui a vivir al otro lado de la bahía de La Habana a los diez años. Los múltiples pueblos fantasmas que va dejando un país tan vasto en complejidades sociales y políticas como México. Allí estaban esas que después identificaría como las pequeñas aldeas que conforman la gran aldea del mundo a la que todos indistintamente pertenecemos.
Aquel libro fue el inicio de lo que da en llamar la «Trilogía del agua». ¿Qué simbolismo hay detrás de ello y qué elementos definitorios caracterizan a ese trío de novelas?

En 2015, cuando la escribí, Bahía de Sal era solo una novela, la primera. Una década después esta «Trilogía del agua» —el agua como un símbolo que me persigue— es una perfecta trilogía de la migración, de lo que a mí misma me sucedería. Bahía de Sal es un pueblo alrededor de una bahía, ese lugar que por sus condiciones de miseria intrínseca expulsa a su gente y, en este caso, los lanza al mar infecto de tiburones a buscar su destino, que nadie sabe cuál es.
Avándaro representa un pueblo continental, un valle alrededor de una laguna y entre montañas, que recibe a una familia emigrante de Bahía de Sal. Va a ser un lugar de tránsito entre la tierra natal y el camino. Un pueblo que enfrenta además las complejidades del siglo XXI de cualquier país hispanoamericano, digamos México: narcotráfico, violencia, jóvenes soldados, mujeres desaparecidas, alcoholismos y cualquier fatalismo, que arrasa a una familia enferma de nostalgia que ya no pertenece a ninguna parte. Es el lugar del desarraigo, donde se extravía todo.
Santa Cruz, que se publicará el próximo año, es una historia fantástica en un pueblo de mar y pescadores, la tierra prometida; ese lugar que atrae a los que escapan o están perdidos, recibe a todos, y de la que nadie se va nunca, hasta que algo extraordinario sucede.

En su trayectoria, también destaca poderosamente Nostalgias de La Habana. Memorias de una emigrante (2017). Resulta impresionante conocer allí su vida cubana y su salida de la isla para instalarse en México. Lo cual conecta con el concepto de transterrada, que suele usar. ¿Qué nos puede decir al respecto?
Nostalgias de La Habana es la historia de lo que me pasó a mí y a un pueblo entero condenado a las desgracias del encierro, las separaciones, el hambre, la migración y el desarraigo. Fueron años muy pesarosos: decidir salir de Cuba, después de haber despedido a tu propia familia casi antes de haber nacido, y a tanta gente querida que es imposible de contabilizar. Llegar a México, entender mi realidad absurda y por mucho tiempo hostil —así yo la percibía—; aprender a ser esta transterrada que termina por hacerse del lugar, o por dejar de pertenecer a ningún sitio, soltar las alas y volar… Un proceso que duró años y del cual me salvó la literatura. A mí emigrar me convirtió en escritora. No sé si en aquella isla en la que me sentía presa hubiera logrado serlo, tal vez otra, quién sabe.
Nostalgias de La Habana se publicó hace muchos años en Argentina. Sueño con poder publicarla ahora en España. Habitualmente desde algún lugar del mundo alguien me pregunta por ese libro, que es de verdad el inicio de todo, el punto de partida. A veces me parece que esa ya ni siquiera soy yo; es lo que le pasó en otra vida a Gabriela y a su gente.
Además de su creación literaria, es fundadora y directora editorial de Aquitania Siglo XXI, y una de las responsables de la editorial Traveler. ¿Qué proyectos son estos?
Editorial Aquitania Siglo XXI nació en México en 2021. Buscábamos la calidad literaria en medio de la incertidumbre y la tormenta de la pandemia. Hoy día es un proyecto mayor, que llevo junto a Annia Galano y Gaby Fundora desde México. Es una editorial, una revista literaria: A4manos, una escuela de escritores y un proyecto de experiencias escriturales, literarias y viajeras de muy diversa índole. Tratamos de crear aquellos espacios en los que nos hubiera gustado formarnos, y mostrarles a quienes llegan y están interesados que aquí hay algo valioso por lo que luchar.
Editorial Traveler es un sueño de esta nueva vida, de España. Fue mi casa editorial primero. Le tenía tanta fe y confianza, que terminamos soñando juntos, con Wendy Barnet y Juan Laborda. Hoy estamos impulsando varios sellos editoriales de gran valor literario, entre ellos Aquitania —un puente con la editorial mexicana—, Propia —un sello para el rescate de la obra de mujeres olvidadas de la historia—, a cargo de Juan, y Homo Viator, que más que un sello se va convirtiendo en un gran proyecto cultural cuyo corazón es la narrativa de viajes como eje esencial de la vida del ser humano, su historia y culturas.
También da talleres de escritura y hace unos meses publicó Cómo me hago escritor/a. ¿Se puede enseñar a escribir realmente? ¿En qué consiste su enfoque para materializar tal cosa y enseñar la importancia de la lectura y de conocer las capacidades del lenguaje?
En los últimos años he trabajado proyectos muy diversos. Basados en géneros y temas literarios: literaturas del yo, literatura de viajes, cuento, novela, narraciones cortas, storytelling, incluso poesía. El centro de todo termina siendo la Tertulia de Desarrollo de Obra, un taller ahora dividido en dos grupos, adonde vienen escritores con más o menos experiencia para destrabarse, intentar el camino escritural y desarrollar sus obras literarias.
Es un trabajo lúdico, creativo y de guía. Cada uno aprende a escribir a través de su propio camino. Siempre hay cosas que enseñar, no yo a ellos, sino entre todos. Yo aprendo muchísimo. No sabría ya vivir sin esos momentos de intercambio, sin esas lecturas que marcan para mí el pulso de lo que se está haciendo y de los grandes escritores de los próximos años.
Hay mucha gente que quiere escribir y contar lo que tienen dentro, pero no ha leído y no ha conocido la tradición del lenguaje y sus historias. También en el auxilio a la lectura estos espacios de talleres y tertulias se vuelven fundamentales. Yo siempre me maravillo de que haya tantas personas invirtiendo tiempo de sus vidas en hablar de literatura y en intentar la creación de historias, y que al menos esas dos horas semanales sean felices fuera del mundanal ruido, las redes sociales y los Netflix. Me dan la genuina impresión de que hay esperanza. Y trabajo con algunos talleristas hace años que se han convertido en grandes escritores y han escrito y publicado incluso grandes obras. Es el trabajo más bello del mundo.
La nostalgia, el tránsito y el exilio son temas recurrentes en su obra. ¿Cómo se articula esa nostalgia: como impulso creativo, como interrogación íntima o como memoria histórica?
El exiliado tiene un campo traviesa por delante con los asuntos de la memoria y el olvido; la nostalgia es uno de esos asuntos, un tema casi inagotable, hasta que te cansas de él. Yo estoy allí; he dicho en tantos libros tantas cosas, que me da temor la repetición. La diáspora cubana vive en esa trampa de la cual quisiera escapar. Hay demasiadas cosas que me interesan y para las que tal vez no tendré tiempo…
Mi nostalgia ha pasado por todos esos estadios que mencionas. Yo la llamé un día enfermedad incurable, terminal. También mal menor. Hoy podría ponerla en el sitio de la memoria histórica, que tiene que ver con decir lo que uno sabe y ha vivido, ya fuera del dolor y la melancolía, con una consciencia crítica sobre los lugares que sufrí y las inconsistencias humanas que advertí, incluidas las mías.

Asimismo, su obra está preñada de un fuerte acento poético, del tratamiento del erotismo, y de lo que se podría llamar realismo mágico. En este sentido, ¿se podría adscribir su obra a esta corriente que tanta fortuna encontró en el mundo editorial-literario?
No corren los mismos tiempos, ni el realismo mágico tiene la misma suerte ante la crítica o el mundo editorial. No sé bien por qué hay este sentir denso de que después de unos cuantos autores poderosos y sus obras el realismo mágico está moribundo o ha quedado en la trasnoche. No me concibo escritora sin un trabajo cuidadoso y novedoso del lenguaje, y ese fue uno de los grandes aportes de este movimiento. Yo crecí con la lectura de esos mundos y esas poéticas. Los sigo encontrando en obras menos conocidas del siglo XX, que aún estamos por descubrir, lo mismo en Hispanoamérica que en Asia. Creo que en este proceso de recrear realidades a través de la ficción, lo increíble, lo mágico, tiene más caminos y posibilidades que nunca. Sin ir más lejos, la «Trilogía del agua» busca retratar los diferentes estadios del tránsito humano, y también del realismo americano: Bahía de Sal es el realismo absurdo; Avándaro, el realismo mágico; y Santa Cruz, el realismo fantástico.

Usted está marcada, inevitablemente, por su procedencia cubana y su exilio, por las calamidades sufridas en el Periodo Especial, la falta de libertades y la vigilancia política. ¿Cómo vivió todo ello y de qué forma se ha asentado en su narrativa? Una narrativa, por cierto, en que Cuba se soma metafóricamente por medio de lo que es vivir en una isla-cárcel de continuo. Es más, en Las puertas del tiempo leemos: «Nací en una isla sin tiempo ni lugar en los mapas. Isla maldita como yo. Isla Cadenas. Soy un pretexto. La que no será dicha ni nombrada ni sabrá cómo nombrar a los otros. La que no suena, la que no escucha, la que no huye» (pág. 19).
A veces me sucede que un lector comenta una obra, Bahía de Sal, o Luz en la piel, y da por hecho de que los cubanos normalizamos todas esas circunstancias que nos impuso la Cuba de los noventa en la que crecí. Claro, la ficción normaliza y hasta sacraliza los Macondo o Comala. Pero nacer allí es un fatalismo geográfico. Yo ya no me siento marcada por esa procedencia, porque ya no me siento de ningún sitio, y no lo digo con pesar. Aprendí a fuerza de exilio a convertirme en una ciudadana de mundos, y ahora me parece que nadie es más rico que yo en ese sentido, y en tantos otros en consecuencia. Los pesares y todas las condiciones que la isla lacra en la piel de sus hijos solo quedan ya en lo literario y en la afición al mar, la necesidad del mar. Yo estoy curada, pero mi literatura tal vez no.
Ahora, de la falta de libertades y toda la injusticia que eso implica para un pueblo no se cura nadie. Hay cosas que merecen ser olvidadas, el hambre, por ejemplo, y otras que no puedes atreverte a olvidar: las familias separadas por ideologías y millas, y las tantas vidas destrozadas de quienes no lograron trascender ese destino manifiesto, adentro o afuera. Esta pregunta lleva una charla interminable: una que he tenido muchas veces pero nunca es la misma.
Esa vida cubana y ciertas experiencias se notan sensiblemente en Luz en la piel, donde aborda cinco voces femeninas y el sexo desde la libertad. Su obra, como no podría ser de otra manera, afronta lo que es ser mujer hoy. ¿Se siente identificada a este respecto con cierta literatura que hoy se llamaría feminista o precisamente se aleja de ese tipo de etiquetas?
Creo que en casi todo lo que escribo, al menos en la novela, hay una visible literatura de lo femenino. Tiene una razón fundamental, que yo entiendo el mundo desde ese lugar, ahí está mi mirada. No ha habido una etapa en la que no tuviera que tratar de ubicarme como mujer frente a la vida, sus delicias y adversidades.
Me cuesta identificarme con el feminismo o con cualquier movimiento de masas. Yo vengo de un país donde se usaban esos mecanismos ideológicamente y sé el daño que pueden hacer. Divide y vencerás. Me sobrarían los ejemplos para exponer mi posición, pero la historia ahí está. Baste decir que me dan miedo los apartheid. Mi sentir tiene que ver con la armonía, con la reconciliación, con la comprensión de unos y otros y nuestras necesidades diversas. Con el apremio de educarnos en modos de vida de bienestar.
Su voz es lírica y a veces desgarradora, con un tratamiento de la lengua española que linda con la prosa poética, algo que en el presente cada vez se ve menos, pues los escritores se suelen limitar a un lenguaje y tono simples, sin elaboración artística. ¿Se siente una rara avis?
No lo sé. Para mí esto es lo natural, y es lo que trato de trasmitir también a los que vienen a trabajar en mis talleres. La importancia del lenguaje y no solo de la historia. La manera en que una metáfora puede detener el mundo y hacernos cuestionarlo todo. El impacto emocional que llega a producir una elaboración lingüística, una poética determinada. Es la magia del lenguaje una de las cosas que le da sentido al universo y a la vida. Ningún otro animal puede hacer esto. Me aterra que la literatura lo pierda en este proceso comercial despiadado de vender libros a no lectores.
Se ha atrevido incluso con la novela epistolar, con todos los desafíos técnicos, argumentales y de ritmo narrativo que ello implica. Fue en Hellena de Todas Partes, donde el amor y el viaje por tierras remotas convergen por medio de un hombre maduro exiliado y una mujer joven en tránsito por África y Grecia. ¿Cómo concibió esta historia tan conmovedora y de desenlace tan sorprendente?
Hellena es la joven que, cansada de las bellezas del mundo creado por los seres humanos, hastiada de la soledad impenetrable del siglo XXI, se lanza a los mares a buscar algo, a buscarse. ¿Qué ser humano no se ha visto ahí alguna vez, extraviado de la vida sin saber para dónde coger? Ella se atreve. Encerrado en una buhardilla parisina, Tassos es el personaje que no lo hubiera hecho jamás de no haber conocido a Hellena. Los dos encuentran una vida, y una historia que los unirá a través de cartas: un rescate más a la palabra escrita. Yo estaba en el tránsito como ella, buscándome seguramente. Las dos partimos de Italia y las dos llegamos a Grecia. Luego el personaje adquirió por el camino su personalidad propia, sus conflictos y dolores, que también eran los de su tiempo. Hay historias que son un misterio incluso para quien las escribe; Hellena de Todas Partes para mí lo es.
En esta novela aparece la afición a correr. Esto, más el montañismo y el contacto con la naturaleza, compusieron los elementos de un libro tan inspirador como El sermón de la montaña. ¿Qué trató de demostrar o mostrar en este texto de carácter autobiográfico?
Escribí Hellena de Todas Partes y este otro libro al unísono. Y corrí imparablemente en ese tiempo. El sermón de la montaña es la historia de cómo superé la nostalgia del destierro. Es casi una terapia para el exiliado que no logra encontrar su lugar y enferma. Enferma metafórica y realmente, como había enfermado yo esos primeros años fuera de la isla. Cuando estaba a punto de ahogarme fuera del mar, conocí la montaña, me volqué a la naturaleza y encontré allí lo que necesitaba para reconstruirme, para escribir, para sanar, seguir siendo y ser nueva cada vez. Todo lo que allí aprendí me cambió la vida y me convirtió en otra. Correr en el fondo de las Barrancas del Cobre, junto a los rarámuris, se convirtió en mi descenso al inframundo; de allí salí renacida y lista para todo lo que venía después, que era muy valioso.
Solo intenté contar cuál fue la crisis que me salvó a mí y cuál el camino, como una guía para que quienes están en medio de la tormenta sepan que es posible. Por eso lo llamé «Un sueño imposible por las barrancas de la vida». Quería mostrar que siempre se puede salir adelante y cambiar tus circunstancias.

En este libro se lee una serie de experiencias asombrosas que tienen que ver con la supervivencia de ciertos pueblos perdidos en las montañas, lo que significa una filosofía de resistencia y, en su caso, de espiritualidad. En su obra, lo que podría llamarse espiritual tiene una presencia destacada, ¿no es así?
Claro, en las montañas de la Sierra Tarahumara, estas tribus aborígenes tienen una forma de vivir muy distante a las occidentales enseñanzas. En algunos sentidos muy violentas si somos nosotros, los chabochis —así nos llaman a los de afuera— quienes las juzgamos. En otras, demasiado sabias para que podamos comprenderlas y menos practicarlas. Es en esos mundos, lejanos a nuestras concepciones, donde construyo mis propios mundos, que a su vez me salvan de este en el que vivimos y obramos y me gusta tan poco. Pienso que solo allí, en la naturaleza, en la raíz de la vida, en lo esencial, sea la tierra, la montaña, el mar, o el otro, está el verdadero conocimiento. Eso es lo espiritual para mí, el acceso a esos mundos esenciales.
En Las puertas del tiempo la protagonista canaliza el dolor a través de lo sexual y pareciera que con ello descubre el amor, aun cuando tiene que invencionarlo. Siempre en su literatura el sexo se convierte en algo muy revelador, directo e impactante, y en especial en esta novela.
Es así, ella se toca buscando una forma de atenuar el dolor y consigue descubrir su sexualidad a muy temprana edad, tiene diez años apenas. El sexo onanista es el medio espiritual de Remedios, porque no solo le duele el cuerpo, le duele el ruido, le duele su familia y su isla, el ambiente es opresivo y anodino por donde quiera que se mire. Un país sin libros, sin arte, sin delicadezas, acostumbrado a la indigencia mental… Pero Remedios es una inconforme que no tiene idea de cómo enfrentarse a su mundo, lo padece, y en medio del ahogo recurre a lo único que tiene, la imaginación. Con ella inventa el sexo primero y el amor después.
Como en el libro de Paul Auster, invenciona la soledad y el dolor, y ese otro mundo donde tendrá otra vida: una promesa para ella misma y para la humanidad. Su viaje es interior, como creo que lo son todos los viajes valiosos. Hasta que no atravesamos las tinieblas más absolutas, y aprendemos a reconocernos en la penumbra, no sabemos quiénes somos y cuál es nuestro propósito, que es lo que busca Remedios y lo que buscamos todos.
Por otra parte, como creo que la literatura es el lugar donde nadie me puede decir lo que tengo que hacer, escribir el sexo es jugar a romper con los tabús personales, sociales y de la lengua. Es un tema que vengo trabajando desde Luz en la piel, también en Hellena de Todas Partes. La literatura en general, y Las puertas del tiempo en particular, son mi alegato en defensa de la libertad, sexual y de cualquier tipo, y contra los prejuicios humanos. Esta es la novela del dolor y de la libertad.
En su narrativa tiene un gran peso el dolor y la locura, como en Las puertas del tiempo. «Soy la que descreyó de todo, la sin esperanzas, la SinRemedios; la que no sabiendo ya vivir sin el dolor de las pesadillas, lo admite y lo busca con desasosiego. Soy la que no sabe estar sana…», se lee en la página 20. De hecho, se ha hecho uno de los asuntos de estudio que desarrolla en su faceta de investigadora de la literatura.
Esto tiene muchas causas, por supuesto. Abuelas enfermas de Alzheimer, mucho dolor a mi alrededor, mucho dolor propio y ajeno en esta época y este mundo, que me han llevado a eternas preguntas sin respuesta. Ahora tal vez ya no busco las respuestas, sino comprender el dolor, tan humano, tan natural.
El asunto es que, además de descubrir la manera extraordinaria en que el dolor nos lleva a la creación artística, y en particular literaria —creo que casi toda la literatura nace de algún desgarramiento—, también he visto cómo somos capaces de construir dolores, los existenciales, y muchos de los emocionales, y que esas construcciones sirven a veces para crear y otras para autodestruirnos o destruir a otros. Es demasiado complejo lo que ocurre en nuestro cerebro.
Hoy la neurociencia da pasos significativos en este sentido. Si tuviera más tiempo estudiaría un poco más de esto, para poder comprender la mente creadora, la mente artística y en definitiva la humana. No sé bien a dónde va a llevarme, a qué conclusiones —en esto baso mis estudios de doctorado—, pero me parece otra forma de leer la historia de la humanidad, otra historia que no sea la de los poderosos, una que tiene que ver también con el lenguaje, sus desdoblamientos y manifestaciones, con la poética de la vida, el amor, la muerte, el paso del tiempo, la salud y la enfermedad… todos esos grandes temas que rigen nuestro destino mortal.
En la novela hay una impronta intertextual muy clara, con referencias a obras poéticas o narrativas, por ejemplo de Chantal Maillard o Cristina Rivera Garza. Esto se une al tratamiento metaficticio, pues el punto de vista narrativo se refiere a la autora «Gabriela», lo cual hace todo tan interesante como complejo. ¿Es un reto cada novela para usted en ese sentido, en el de componer una voz narrativa diversa o polifónica?
Temo siempre a esa repetición de uno mismo que puede ser cada escritor. No quiero narrar eternamente la misma obra ni poetizar las mismas circunstancias, por más que uno escribe de lo que sabe o lo que quiere saber. Esta novela es el resultado de mis estudios sobre la expresión literaria del dolor y la capacidad humana no solo de padecerlos y usarlos, sino de construirlos. A veces construimos tan bien, que termina por sucedernos eso que en la cabeza hemos imaginado. Tenemos siempre esa dicotomía, esa permanencia en los opuestos y en lo incoherente que termina por ser la vida. Es lo que sucede a Remedios, para mal y para bien.
Por otra parte, me interesaba desdibujar las fronteras entre lo que es real y lo que es ficción, porque la verdad, no tenemos ni idea. Vemos mundos construidos por nosotros. El mundo es como tú lo ves. Hay mil teorías científicas y metafísicas sobre esto. Y claro, para la expresión artística esto es oro. Por ello también me interesan aquellos autores que, pasando por dolores verdaderos o instaurados literariamente, han creado a partir de sus «universos reales» la inabarcable cosmogonía de las ficciones.
En Las puertas del tiempo juego con la figura del escritor que narra, del narrador omnisciente que se hace equisciente para comprender a su protagónica y se identifica con ella; del narrador en primera persona que construye todo y al que me pregunto si debemos creerle o no, porque está un poco loca y un poco cuerda, sufre y disfruta, vive la realidad opresiva de Cadenas pero construye un mundo imaginario que la eleva y la salva, y es a través de todos esos caminos que acaba por comprender el mundo, la vida, a ella misma. Ni más ni menos que lo que ocurre todos los días a Gabriela en su más cotidiano y su más excelso andar. Me parece que el gran reto está en contarnos a nosotros mismos, pero ser en cada obra uno diferente, contar los otros yoes.

A este respecto, la protagonista Remedios, que a lo largo de la novela se desdobla en otro personaje del mismo nombre, es del todo cervantina, por cuanto «se le ha secado el cerebro» por la lectura. Esta mujer obsesionada por el sexo, y cuya vida resulta tan vacía, tiene que inventarse amores y lecturas que la llevan a viajar en el tiempo; ¿es el personaje más difícil que ha compuesto en su trayectoria literaria?
Nunca pensé antes en cuál era el más difícil. Es posible, porque es el que menos se parece a quien soy. Pero he sido Remedios, como he sido Rebeca y Hellena y María y otros tantos. Hay un puente muy próximo entre Remedios y Rebeca, la protagonista de Santa Cruz. Tal vez el conjunto de ellas dos aglutina esa complejidad que mencionas. Lo rarísimo en Remedios es que es capaz no solo de sufrir sus dolores y somatizarlos en dolor físico, sino que también lo hace con los ajenos, incluso con los de otros personajes de otras obras, seres que no existen más que en ese metamundo, el de la literatura. ¿Y acaso no nos pasa esto también a los humanos? Cuando lo pongo así por escrito parece un poco loco, pero un descubridor del cerebro me revelaría sin duda cosas que ni siquiera alcanzo a imaginar de los infinitos que ocurren arriba en ese hogar que son nuestras neuronas.
«Has de escribir hasta la extenuación, para que se derrame el dolor contenido desde el inicio del mundo, me dice la voz que tiembla más allá de muslos, antes de las piernas», se lee en la página 29. ¿Tal cosa sería su ars poetica, su modo de estar en el mundo y experimentar la vida conectada con la escritura? Y en la página siguiente: «Has de escribir, repite, como quien deja la luz encendida y duerme de pie sobre sí mismo para saldar las cuentas con el miedo».
Son versos del poema «Escribir», de Chantal Maillard, y sí, ese es mi tratamiento, mi remedio, mi forma de pararme frente al dolor del mundo y el propio y solucionarlos. Para mí hay tres caminos, la naturaleza, el amor y la literatura. Por supuesto que vinculado a esos caminos está la búsqueda esencial de la belleza, de la poesía de la vida como una filosofía del ser, la inherente curiosidad que hace inabarcable el mundo. En aquellos momentos terribles de la pandemia en que me vi lejos de las montañas, encerrada, sola, desmembrada y traicionada, tuve la literatura. Siempre digo que el que tiene esto es ya muy rico de por sí. Y que la literatura me permite hacer lo mejor que puedo, con lo mejor y con lo peor que me sucede.

En sus obras crea microcosmos míticos en los que desde lo simbólico se adentra en los grandes asuntos humanos y problemas sociales y políticos, pero sutilmente, haciéndolos universales. «¿Por esto luchamos? ¿Son la India y el mundo sitios como Cadenas? ¿Son todos los lugares islas a la deriva que nos persiguen como un presagio, una pesadilla o somos los humanos quienes transformamos cualquier entorno en eslabones de cadenas que forman islas suicidas donde sin embargo está prohibido suicidarse?» (pág. 76). ¿Es un deseo expreso objetivar en su literatura su forma de ver la sociedad y cuestionar nuestros modos de comportarnos?
Por supuesto. Si alguna de estas obras alcanza la posteridad, como es el deseo de todos los que creamos algo, eso será lo valioso. Tal vez haya otros movimientos y encuentren los escritores del futuro otras formas de transformar el lenguaje en universos… Las historias de hoy serán entonces un testimonio de los dramas de nuestro tiempo, y de las similares formas en que el ser humano enfrenta sus tragedias. Así ha sido desde la antigüedad a la fecha, no creo que eso cambie, pero a esta altura quién sabe.
Me preocupa el mundo. Me preocupa cómo somos. Me duele todo eso, como a la mayoría. Y a la vez hay siempre materia viva ahí afuera para escribir y conectar con otros humanos en cualquier lugar. Me parece que hay que cuestionarnos todo, todo el tiempo, que las verdades son cada vez más relativas, que todo está por ser descubierto. Me da miedo quedar atrapada en una verdad.
Anteriormente ha escrito, sobre la protagonista: «Aislada de todo desde su nacimiento, está terriblemente sola, sufre un dolor existencial, y en su cabeza construye bibliotecas» (pág. 31). ¿Es ese el gran objetivo del vivir: aprender a estar solo, alrededor de lo cual la literatura, escrita o leída, puede ser un asidero fuerte para emprender el día a día?
Para mí sí. Aprender a estar solo me parece demasiado valioso. Hay que cuidarse de no estar tan solo que después no sepas estar con otros. De todo tenemos que cuidarnos, porque nuestra mente establece referencias y se instaura con mucha facilidad en cualquier lugar y luego sufre para salir de ahí. Yo he sido una mujer muy solitaria. Tuve que aprender a fuerza el día que me fui sola de Cuba, con veintiocho años. Fue otro descenso a los infiernos, pero me curó el espanto. Ahora jamás me siento sola. Estoy sola cuando lo necesito, pero estoy muy preparada para estar con otros y disfrutar de la otredad. Ambas cosas me parecen igual de relevantes, para la vida y aún más para la literatura. He aprendido a escribir hasta en un avión rodeada de cientos de personas y en movimiento. Sin embargo, estar sola es una decisión de mi cabeza, no una realidad del cuerpo.
Las puertas del tiempo

Gabriela Guerra Rey
El Desvelo, 140 pp., 17 €
A los 16 años Remedios escapa de Cadenas, su isla, donde llevaba una vida anodina que termina por condenarla a los dolores de la existencia, la mente y también físicos. A partir del descubrimiento de su cuerpo y un sexo onanista que hurga en las fronteras entre el dolor y la vida, inventará el amor y la soledad. Atravesará entonces las puertas del tiempo para construir en su cabeza todo lo que puede salvarla: una biblioteca proscrita, un barco y el largo viaje. Viaja por el mundo buscando un lugar para morir en paz. Cuando lo encuentra tiene 40 años y está en otra isla, llamada La Eternidad, en la que descubre algo todavía mejor, un lugar para vivir.
«Aprieto fuerte y comienzo a sentir dolor. Un dolor que entra por sus bordes y atraviesa el pecho hasta clavarse en los nervios, siempre a punto de estallar. Me duele, me duele tanto que solo atino a seguir apretándolos, a ver si con ese dolor me borro el resto de los dolores y el resto de los días que me quedan por vivir.»



