Con el lema Del laberinto se sale leyendo, Alfaguara, del Grupo Editorial Penguin Random House, sorprende a los lectores de habla española a comienzos de este año, con la magnífica edición de la Poesía completa, los Ensayos completos y los Cuentos completos del gran Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986), cima de las letras en lengua española en ambas orillas, lo que vendría a significar las obras casi completas del autor universal de origen argentino, y digo “casi”, porque solo faltarían las clases y conferencias, así como la correspondencia, que aglutinan también sendos tomos publicados de manera dispersa en la última década, y que, me imagino, estarán ya contratados por la editorial y saldrán a corto plazo, para el disfrute de los amantes de lo mejor de la literatura, y que complementarán los tomos que hoy reseño con entusiasmo, que llegan a modo de homenaje al cumplirse a mediados de este año el 40 aniversario de su fallecimiento.
Empero, debo decir, y esto a favor de la prestigiosa casa que hoy los edita, que el compendio de estos tres volúmenes genéricos de Borges, ha sido considerado por la tradición literaria y el canon, como sus Obras Completas e, incluso, aceptado por el mismo autor, ya que varias de ellas se prepararon cuando aún vivía, por lo que podría afirmar que hallamos aquí a todo Borges.
En lo formal, que para mí es relevante, los tres tomos están magníficamente editados: tapa rústica, papel de primera calidad y letra legible, traen un cintillo que para mí es una novedad, porque al desplegarse nos regalan un poster del autor con la imagen harto conocida por todos (y que se halla por cierto en la portada de los Cuentos completos), en la que está de frente con sus manos en el regazo sosteniendo las gafas. En la foto hallamos a un Borges cuarentón, no había perdido la vista, pero ya se observa su ojo izquierdo ligeramente fuera de foco. Es, qué duda cabe, el Borges en pleno proceso creativo, que está a punto de dar el salto cualitativo que lo ubicaría en la cima de las letras, y en la que prosigue a pesar del tiempo transcurrido, porque su obra no es predictiva, sino elusiva, lo que se erige en un punto a su favor, ya que en sus laberintos y meandros se van descubriendo ricas vetas que no se agotan, y que buscan nuevos lectores y asombros.
Hablaré un poco acerca de cada tomo, siguiendo el orden de sus Obras Completas, es decir: primero la poesía, luego los ensayos y de último los cuentos.
Poesía completa
De entrada, Borges fue un poeta enorme, y aunque su poesía no halló en sus inicios el mercado deseado por él (y que, por demás, era constreñido en su contexto y para la época eran los propios autores quienes se costeaban sus incursiones literarias), al punto de tener que buscar quien le publicara el primero de sus libros que tuvo un tiraje de 300 ejemplares (lo financió Jorge Guillermo Borges, su padre): Fervor de Buenos Aires marcó una ruta ultraísta que pronto abandonaría, pero que dejó bien sentado que el autor era un joven talentoso y visionario, que buscaba con cierta timidez su lugar en las vanguardias de las letras argentinas.
El tomo de 643 páginas abarca todos sus poemarios que aparecen en orden cronológico, y les antecede un Prólogo: siempre sucinto y concreto, y al pie sus siglas: J.L.B. El primero, ya citado, en 1923, le siguen: Luna de enfrente (1925), Cuaderno de San Martín (1929), El hacedor (1960), El otro, el mismo (1964), Para las seis cuerdas (1965), Elogio de la sombra (1969), El oro de los tigres (1972), La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976), Historia de la noche (1977), La cifra (1981) y Los conjurados (1985).
Halló Borges en sus poemas el espacio propicio para el clasicismo, la metafísica y la lírica reflexiva, y luego, sus temas y formas se hicieron más universales y al mismo tiempo tradicionales. Ni qué decir, que sus referentes literarios y existenciales como el tiempo, los espejos, los tigres, las rosas, la historia, la cábala, la muerte, los héroes, los antepasados, la erudición libresca, Beppo (su antológico gato) y los clásicos, se hicieron presentes en disímiles envoltorios, como quien se regodea en lo amado y en lo pasional, para desde allí articular sus creaciones, pero siempre en evolución, dejando atrás aquello que sentía innecesario (las metáforas, por ejemplo), y alcanzar así un estilo depurado y limpio, hasta el extremo de hacerse incontrastables sus últimos trabajos con sus primeras obras.
Ensayos completos
Como ensayista, Borges sigue siendo insuperado, su estilo le insufla a cada trabajo una impronta de hondura implacable, que exige del lector una mente bien amueblada para no perderse en sus intrincados callejones. Borges es en este campo puntilloso y certero, conciso y agudo, exigente y erudito, aunque a veces se atreva a dudar y a poner entre comillas sus propios dictámenes apriorísticos, lo que pincela sus textos de una flexibilidad inaudita al sopesarse, en su justa dimensión ontológica, verdad y conjetura, ciencia y ficción, intelecto y espíritu. El tomo alcanza las 858 páginas y conjunta, también desde lo cronológico, todos sus libros, precedido del infaltable Prólogo, y ellos son: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926), El idioma de los argentinos (1928), Evaristo Carriego (1930), Discusión (1932), Historia de la eternidad (1936), Otras inquisiciones (1952), Siete noches (1980) y Nueve ensayos dantescos (1982).
En sus ensayos, hallamos a un Borges de prosa certera y precisa, aunque con respecto a la extensión veamos textos de mayor envergadura que otros, dependiendo de la temática y de sus intereses autorales. Los ensayos exhuman autenticidad y, si bien es cierto, que en algunos de ellos encontramos un molde a la usanza académica y posturas acabadas, hay en muchos otros, tanteo, elucubración y asomo al abismo, y a veces el ensayista es superado por sus propias ideas, pero ello no es problema para un maestro de la técnica, que echa mano del fino humor, de la ironía y del sarcasmo, y se mueve en estos vastos territorios como pez en el agua, pero no siempre presume de ello (aunque la vanidad siempre estará presente en la obra de todo autor): Borges se ríe de los otros y de sí mismo, se sabe experto y erudito, pero no desea apabullar (aunque a veces lo consiga), y discurre sin que ello traiga una conclusión o cierre, porque quien ensaya otea, acierta y se equivoca, avanza y retrocede, y deja en manos del lector que asuma su propio derrotero, pero en este lo acompaña, a veces de la mano, y otras tantas lo deja en libertad: como quien asume una verdad que no necesariamente deberá ser la del otro, y aquí acierta y le insufla al género una autarquía deliciosa e insospechada.
Con respecto a los temas de sus ensayos, pues en esencia son los mismos citados para la poesía, aunque aquí deje sentada cátedra en su conocimiento libresco, en el estudio de los autores emblemáticos de su tiempo y de quienes le antecedieron, en la crítica literaria, así como en el discurrir por los extensos paisajes de su propia curiosidad y osadía.
En estas páginas Borges se deshace de los corsés, se deja llevar por la voz y la intuición, permea lo humano y lo divino con gracia y soltura, se interna en sus afectos y en sus fobias, sondea en lo filosófico y, desde tal noción, que domina como pocos de su generación, crea y recrea, debate e impone, desmonta viejos sobrentendidos y arguye nuevas e inauditas hipótesis, y siempre (esto es infaltable en su prosa y en los géneros que aborda): la pasión por la palabra como cantera y como excusa para construir su obra.
Cuentos completos
El Borges narrador se pierde vista, al mecerse en distintas dimensiones tempo-espaciales, sus textos están escritos en claves tan complejas y densas, que solo él pudo ser su artífice, porque se requiere para ello de su profusa y peculiar imaginación, de su exasperante erudición, de su conocimiento de la lengua que rebasa por completo lo comprensible para una vida; ergo, se requiere ser Borges. En él convergen lo metafísico y lo filosófico, lo lúdico y lo atávico, para hacer de sus textos campos minados que pueden hacernos volar la imaginación hacia remotos confines, que se pierden en los orígenes de lo humano, en lo cosmogónico y lo telúrico, y en todos estos territorios se mueve con una cautela no exenta de ingenio, para transformar cada historia en un universo autosuficiente y autárquico, en el que todo está por contarse, pero que ya ha sido contado o sencillamente intuido.
El tomo cuenta con 474 páginas y, al igual que en los géneros anteriores, los libros están ordenados cronológicamente y, a qué dudarlo, hallamos un Prólogo que es a su vez una pieza literaria en sí misma y al propio estilo borgeano, que a veces rompe con la cuadratura para extenderse más de lo acostumbrado (como en Artificios), en el que apenas asoma el rostro de su intención como autor sin caer en el territorio de lo inexcusable, como sería adelantar nudos y desenlaces (que a veces hace, quizás, inadvertidamente), para regresar al hilo que teje todas sus páginas introductorias: contar y contarse, criticarse acerca de su propia escritura con tono ceremonioso pero circunspecto, así como para mostrar una falsa modestia, que arranca en quienes lo hemos leído toda la vida (me declaro irremediablemente borgiano, mis lectores lo saben desde siempre) sonrisas socarronas y condescendientes.
Componen este impagable volumen, los siguientes libros: Historia universal de la infamia (1935), Ficciones (1944), con sus dos secciones: El jardín de los senderos que se bifurcan (publicado de manera independiente en 1941) y Artificios (1944), El Aleph (1949), El informe de Brodie (1970), El libro de arena (1975) y La memoria de Shakespeare (1983).
Ni qué decirlo, es el cuento el género que le ganó a Borges fama universal, porque en cada pieza articula un sinnúmero de variables y de técnicas, que rompen con lo establecido hasta entonces (y aún hoy), para instalarse en los territorios de la ficción y de lo insondable. Sus cuentos son una suerte de ilusión que nos conduce con mano maestra por universos paralelos, y en su camino nos lleva por lo metaliterario, haciéndonos dudar acerca de la naturaleza de lo que se nos cuenta y de la propia realidad, en la que lo metafísico y el juego de azares se conjuntan en un aparataje delicioso (aunque también grandilocuente), para hacer de cada texto pieza única e irrepetible. Sus laberintos y espejos son artificios de los que echa mano, y con ellos impera la confusión y el extravío, aunándose elementos como el tiempo y el infinito, que convergen a la perfección en esa suerte de desvarío (desdoblamiento del yo) que son sus narraciones, y en la nada como fin último.
Celebro con alegría el regalo que nos trae Alfaguara en el año nuevo, con estos tres tomos borgianos de cuidada y hermosa edición, que abren así una estela en la que lo baladí y lo meramente comercial no son necesariamente lo apetecible y anhelado por el lector contemporáneo quien, aunque parezca increíble por los tiempos que corren (de la instantaneidad y lo superfluo), se halla en una búsqueda de referentes epocales, que le permitan comprender el presente para avanzar al futuro, siempre de la mano de un gran maestro. Y Borges lo es, sin asomo de duda.
Ricardo Gil Otaiza







