«…Las distopías ocuparon las pantallas como género de moda. Vivíamos una doble aceleración simultánea, pero nada contradictoria, más bien complementaria, como no tardaríamos en ver. Por un lado, un fulgurante hiperavance tecnológico, configurándose como un tecnoimperio. Por otro, un gran retroceso civilizatorio. También las distopías resultaron proféticas. La “larga directriz” ultraconservadora llegó a su meta. Las perseverantes redes y fundaciones reaccionarias, y con un fuerte respaldo de activismo financiero, se dispusieron a completar la “revolución conservadora” de Reagan y Thatcher. E ir más allá…»
Estas frases pertenecen a La revolución de las luciérnagas de Manuel Rivas, libro publicado por Debate y que desde el 17 de septiembre está en todas las librerías.
Un indómito manifiesto de esperanza para enfrentarnos sin miedo al envite reaccionario, en donde se denuncia el conformismo de las élites serviles, intelectuales y mediáticas, y desarma los negacionismos. Las palabras quieren volver a escuchar y decir. Resistir ante este feísmo inmoral. Ejercer el derecho a soñar sin miedo. La humanidad comparte con la naturaleza una esperanza sostenible, un reducto sagrado: la pulsión creativa, germinal.
Su autor, Manuel Rivas, nació en A Coruña. Desde muy joven trabajó en prensa y sus reportajes y artículos están reunidos en El periodismo es un cuento (1997 y 2015), Mujer en el baño (2003) y A cuerpo abierto (2008). En su extensa obra narrativa, que incluye novelas y libros de relatos, destacan los títulos Un millón de vacas (1990, Premio de la Crítica de narrativa gallega), En salvaje compañía (1994, Premio de la Crítica de Galicia), ¿Qué me quieres, amor? (1996, Premio Nacional de Narrativa, Premio Torrente Ballester), El lápiz del carpintero (1998, Premio de la Crítica, Premio Arzobispo Juan de San Clemente), Los libros arden mal (2006, Premio de la Crítica, Premio de la Crítica de Galicia, Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid), Todo es silencio (2010, finalista del Premio Dashiell Hammett), Lo más extraño (2012), El último día de Terranova (2015, Premio de la Crítica), Vivir sin permiso y otras historias de Oeste (2018), La tierra oculta (2023) y Detrás del cielo (2024). Algunas muestras de su amplia creación poética son El pueblo de la noche (1997), La desaparición de la nieve (2009), La boca de la tierra (2016) y Lo que queda fuera (2023, Premio de la Crítica de Galicia). También es autor de la narración autobiográfica Las voces bajas (2012) y de los ensayos eco-literarios Contra todo esto. Un manifiesto rebelde (2018) y Zona a defender (2020). En 2022 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, y en 2024 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas.
Por La revolución de las luciérnagas, su último y recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Manuel Rivas, para que nos hable de él a los lectores de Qué Leer.
Manuel, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Es un libro que, el arranque, era una necesidad personal. Es una necesidad personal que después compartes. Pero, de entrada, era la necesidad de responder a esa pregunta, en medio de una cierta zozobra, estupor, miedo, interrogantes, de dónde estamos.
Yo ahí cito a Albert Camus, que en vez de utilizar la palabra compromiso hablaba de embarque, del derecho al embarque.
En una conferencia, un texto ahí maravilloso, con motivo de que, cuando le dieron el Premio Nobel, fue a la Universidad de Uppsala, él reflexionaba sobre el oficio de escribir y del arte. Citaba la historia de un sabio oriental que le pidió a la divinidad que lo dispensara de vivir una época interesante. Entonces, decía Camus, a nosotros, que no debemos ser tan sabios, no nos dispensó la divinidad de vivir una época interesante y estamos viviendo una época que, venía a decir, te pone los pelos de punta.
Hablaba de la necesidad de que es imposible desinteresarse. Era tan interesante el tiempo del que hablaba él, se refería al que le tocó vivir a esa generación, la guerra, la lucha contra los totalitarismos. Y decía que, aunque uno quisiera, no podía desinteresarse, desatarse del mundo. Hablaba de embarque, del embarque, más que de esta palabra: compromiso, que es más sartriana. Él hablaba de esta otra, en que decía que, aunque quisieras no comprometerte, estabas embarcado…
Bueno, en este caso, me parecen interesantes las dos palabras: el compromiso y el embarque, y fundirlas. Y decidí embarcarme en este libro, en esta reflexión ante un mundo que no te pudieses desinteresar de él, que presenta un rostro despiadado en muchos aspectos.
Yo defino la época como una atmósfera dominada, una atmósfera intoxicada por un nuevo DDT. Hago un paralelismo con lo que fue aquel producto químico, que al principio fue muy bien recibido, porque iba a acabar con las pestes y las plagas y todo eso [que comenzó a comercializarse y utilizarse de forma masiva a principios de la década de 1940], y después resultó ser en sí mismo la peor de las plagas. Y este nuevo DDT de ahora abarca, digamos, es todavía más amplia la gama de plagas que contiene, porque vendría a ser un acróstico del Despotismo, de la Depredación y del Terror semántico.
Y volviendo a Camus, él decía que lo que no soportaba era la política, que la política o que algunos políticos mandatarios convirtieran esa herramienta en una Máquina de Hacer Desesperar. Yo creo que sí es una característica de este tiempo que vivimos esta sensación de que está copando el mundo, y muy activa, esa Máquina de Hacer Desesperar. Y que estamos en una situación que podríamos definir Mayday [de socorro], una situación en la que se han sobrepasado los límites planetarios en cuanto a la propia supervivencia, a la propia vida, y cuando hablamos de la naturaleza y de nosotros, que formamos parte de esa naturaleza.
El libro surge de esa reflexión, en la que, como comentaba antes, intento describir este mundo en que vivimos, del que parece haber desaparecido el horizonte, en el que hay una extinción de las luciérnagas real y metafórica.
Pero también es una respuesta, desde donde yo escribo, porque las palabras todavía quieren decir. Es una respuesta desde la pulsión frente a esta sensación de dominio de la excitación destructiva, de esa oleada reaccionaria que abarca no solo la política, sino que crea un estado de que vivimos en una especie de estado de malestar, en que hasta los que ganan muchísimo, yo creo que ya no es propio hablar de capitalismo, sino que creo que todos tenemos la sensación de que, el mundo, lo que manda, es un puñado de neofeudales, de grandes oligarcas que están por encima de las fronteras y de los estados, viendo esta situación, lo que surge es la pulsión que más define al ser humano, que es la de rebelarse contra este estado de cosas. E intentar escuchar, escuchar a uno mismo y a las voces que hay dentro de uno mismo, y que hay en el mundo, la de la excitación creativa, porque siempre ha habido esa pulsión.
Una de las cosas que se cuentan en el libro, de las referencias que me sirven de luz, hablando de luciérnagas, es que hay un dicho azteca, perdón, zapoteca, que citaba Rulfo, de que con una luciérnaga en la palma de la mano pudiese atravesar la noche.
Entonces, ayudándome de esa luciérnaga zapoteca, intentas ver qué se ve en la noche.
El libro tiene esa segunda parte, digamos, esa pulsión del pequeño salvaje, que detecta la injusticia.
Y yo creo que hay dos cosas que nos definen. Siempre se habla de qué viene a ser el ser humano en relación con lo que ha sido la historia del planeta, la vida, y qué pintamos, qué somos, cómo de singular es esta especie.
Llegué por lo menos, con la ayuda de esta luciérnaga, a dos conclusiones de lo que realmente nos definiría. Serían: que nos gusta mucho contar cuentos y que, por otra parte, nos rebelamos finalmente siempre contra la injusticia.
Entendido. Empiezas el libro, el capítulo 1, con: “…Y Caín mata a Abel. Así comienza la historia de la humanidad…”.
Es el relato dominante. El libro es el intento de, justamente, encontrar otro relato, contrarrestar ese relato.
Visto lo que estamos viendo, y cómo nos suelen contar la historia, las ideas que parecen dominar esa idea es otra vez que el que manda en el mundo es el más fuerte. El instrumento que te da seguridad es el miedo. Estoy hablando de lo que domina el ambiente; parece desaparecida la diplomacia, el oficio diplomático no sé si se sigue estudiando, ¿no? Pero en el mundo que vivimos da no solo la impresión, sino parece constatarse, que vuelve a regir en el planeta el derecho internacional de espada. Y después la política internacional parece una especie de escenario de las artes marciales mixtas, que son, por cierto, muy del agrado de algunos de los grandes poderosos, de magnates.
Me hizo gracia porque, escribiendo el libro, ya lo tenía, ya estaba corrigiendo y tal, y tenía esa reflexión de las artes marciales mixtas en las que vale todo o prácticamente todo, veo una noticia en la que Trump celebra su aniversario en la Casa Blanca con una velada de combate de MMA [Artes Marciales Mixtas], en el que estaba el Topuria y estos, y digo: ¡coño, mira tú, es mejor a veces no escribir!
Tal vez… Oye, la trama de tu libro está estructurada en tres capítulos, o tres partes. Este primero: “Caín mata a Abel”. El capítulo 2 se titula: “La Maquinaria de Hacer Desesperar”, que ya has mencionado. Mmmm, “desesperar”, Manuel, palabra muy parecida a “despertar”: desesperar/ despertar: tan cercanas y tan lejanas, ¿no?
Sí. Es difícil hablar de la esperanza, porque lo que ocurre con estas palabras, digamos, grandilocuentes es que ves que, justamente, como que han perdido.
Está también de moda entre los chavales, así en las redes y todo eso, “farmear aura”. Parece que, en este caso, habría que “farmear aura” de palabras como esperanza, como tantas otras, paz y democracia, todas estas palabras que serían parte de la confianza básica común y todo eso.
Todas estas palabras parece que están en extinción. Hablamos de extinción de las luciérnagas y también de las palabras. Hay palabras que yo, a propósito, en el libro, reflexiono sobre la compasión, sobre la cooperación, la solidaridad, estas palabras que han sido víctimas de lo que se llama la “mierdificación”, y están en muchos casos escondidas, o han sido manipuladas, y significan a veces lo contrario de lo que realmente, en su etimología y en su naturaleza, significa. Pensamos en una palabra como libertad.
Creo que es una buena razón de ser de la literatura, del periodismo, del escribir, hacer un trabajo ecológico de recuperación del sentido de estas palabras, que están tan afectadas por el DDT, y muy en peligro.
Yo creo que es una tarea, como decía María Zambrano, que un libro sirva para desafiar la falsedad.
Otra palabra es la verdad, en esta familia de afectados. Y ahí yo creo que está bien la ironía de Steiner, cuando respondió a la pregunta de: ¿tiene futuro la verdad?, y decía: yo creo que sí, que la verdad tiene futuro, lo que no sé, a estas alturas, si nosotros tenemos futuro.
Hemos hablado de que La revolución de las luciérnagas está estructurado en tres capítulos. Hemos hablado de los dos primeros. El tercero se titula: “El derecho a soñar sin miedo”. ¿Por qué has elegido también, para tu libro, este subtítulo?
Es clave el limpiar el miedo, yo creo, para escribir y para estar en el mundo. Para estar también en esa parte, se habla del derecho a ir a contracorriente. Y cito a Chesterton, diciendo que a los seres muertos los arrastra la corriente. Realmente, un signo de estar vivo es ejercer ese derecho a ir a contracorriente.
Y bueno, hablo de una serie de derechos a ejercer, incluso jugando con lo aparentemente contradictorio, con la ironía, frente al peor de los peligros que tenemos, que es el acostumbrarnos. Hablamos de acostumbrarnos al estado de las cosas. El acostumbrarse a los negacionismos, acostumbrarse al conformismo, acostumbrarse a lo incluso inaceptable, acostumbrarse a las extinciones.
Llega un momento, y hay términos en biología para describir esto, los estándares, base cambiantes, en que vemos como normal lo anormal. Es decir, allí, en ese cielo donde veíamos una nube de estorninos, desaparecieron los estorninos. Y llega un momento, además, que, con la desmemoria, no sabíamos que ahí había estorninos. Y entonces se acepta ya ese cielo sin aves.
Eso lo digo como ejemplo de cómo puede pasar también con nuestros derechos. Por ejemplo, de que van siendo limitados o van siendo amputados. Y llega un momento que lo que nos parece la realidad, o aceptamos como realidad, es algo absolutamente traicionado. Algo absolutamente sustraído.
Desaparece el horizonte y llega un momento que no nos acordamos del horizonte.
Cito a [Italo] Calvino también en el libro, que decía que hay dos formas de enfrentarse al infierno. Una sería no ver el infierno donde hay infierno; y entonces acabamos viviendo como si ese infierno no existiera, acomodándonos, conformándonos con ese modo de vida. Pero hay otra forma, que sería ver lo que no hay de infierno en el infierno.
Frente a ese relato inicial que golpea la primera parte del libro, que sería el relato como más oficial de que Caín mata a Abel, la historia del mundo es una historia en la que manda la fuerza, en la que domina eso, el más fuerte, el más violento, es una sucesión de guerras y de embates por parte de la excitación destructiva, cabe un momento en que utilizo un relato imaginario, pero que para mí es muy verosímil, y para eso la imaginación también es un instrumento de conocimiento, en que aparece un encuentro del que fue gran jurista nazi Carl Schmitt, que tanto tuvo que ver con España, su primera fuente de inspiración fue Donoso Cortés, y, en su primer viaje a España en el año 29, lo que relato en el libro es un encuentro imaginario en el debate de una conferencia que sí fue real, que dio él sobre Donoso Cortés en ese año 29 en el Instituto Germano Español de Madrid, en el momento del final de la conferencia, del coloquio, y alguien levanta la mano y resulta ser un personaje muy perturbador para el conferenciante por el aspecto, una mujer con el pelo de colores y purpurina y con una barra de pan en la mano, con un vestido que tiene forma de traje pantalón, y quien resulta ser Maruja Mallo.
Y es Maruja Mallo la que le dice que no está de acuerdo de que sea el relato fundacional del mundo el de que Caín mata a Abel, porque antes de eso está el relato de Eva. Y entonces cuenta el relato de Eva, que antes, como comienza el mundo, es con un acto de desobediencia ante el gran poder. Y ese acto de desobediencia, que significa lo que llamamos en nuestra cultura el pecado original, resulta ser la libertad.
El libro está atravesado con esa idea: en la historia, puede mucho más la cooperación, la ayuda mutua, la solidaridad; ha hecho evolucionar mucho más eso, que no la violencia, el despotismo y la depredación.
Manuel, entresaco de la página 133: “…Permiso para cometer ese gran error que es la esperanza…”. Es de la conversación que mantuvieron George Steiner y Cécile Ladjali. Qué frase, ¿no?
A mí me parece que hay derrotas de la humanidad y hay, lo contrario, victorias de la humanidad.
Es propio de una luciérnaga, decir eso. Sí, porque contiene además ese componente de ironía y afecto que es tan importante en el lenguaje. En sí mismo, es un relato.
John Berger decía que hay que ir con la esperanza entre los dientes. Pero también decía que conviene esconder algo de esperanza, como hace el perro con un hueso, para saber dónde tenemos reservas de esperanza.
Y creo que estamos en un momento que estamos buscando. Lo que pasa es que, a veces, por la desmemoria, olvidas el lugar donde has dejado escondido la esperanza. Hay que hacer un esfuerzo de memoria.
Pero eso no está mal. Yo creo que, en cuanto a memoria, aquí también se habla bastante de memoria, siempre es mejor el exceso de memoria que no la desmemoria.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Sol Mariño
La revolución de las luciérnagas
Manuel Rivas
Editorial Debate, 144 pp., 12,90 €
Sinopsis:
Un indómito manifiesto de esperanza para enfrentarnos sin miedo al envite reaccionario.
Como en la peor pesadilla de ciencia ficción, una maquinaria de hacer desesperar se ha hecho con el rumbo del planeta. Una apisonadora de aceleración retrógrada. La descivilización. La atmósfera se ha intoxicado con un «mal de aire», un pesticida del pensamiento, un herbicida de las palabras, un nuevo DDT con los ingredientes del Despotismo, la Depredación, y un Terror semántico que proclama «La guerra è bela!». ¿Dónde se han ido de vacaciones las conciencias?
La revolución de las luciérnagas denuncia el conformismo de las élites serviles, intelectuales y mediáticas, y desarma los negacionismos. Las palabras quieren volver a escuchar y decir. Resistir ante este feísmo inmoral. Ejercer el derecho a soñar sin miedo. La humanidad comparte con la naturaleza una esperanza sostenible, un reducto sagrado: la pulsión creativa, germinal.



