«…¿Está la mamá?
El niño no contesta, desaparece y deja la puerta entreabierta. En la penumbra del fondo se adivina la cabeza de un gato legañoso que tampoco hace ademán de acercarse. Ramona y Dosinda esperan en el umbral. Aún no empezó a llover, pero el viento ya avisa de lo que viene y las golpea en la cara.
Antígona aparece con el niño que abrió la puerta y otro un poco más pequeño agarrados del mandil, se esconden detrás de ella chupando el dedo envuelto en un pedazo de lienzo. Los mismos ojos pasmados, los mismos cráneos levemente achatados, las mismas orejas despegadas y las mismas marcas de mocos secos encima del labio, los dos parecen el mismo con apenas unos meses de diferencia, vistos por separado son indistinguibles. En brazos lleva a su última criatura, que aún no aprendió a andar y es un fardo de carne que llora cuando no tiene su pecho cerca. Despeinada y con la camisa manchada de leche materna parece una santa matrona a la que arrastraron por el suelo.
Prepárate. Mañana a las once. Mañana paramos todo…»
Estas frases son del comienzo de Lar, novela de Bibiana Candia, publicada por Alfaguara y que desde el 8 de octubre está en todas las librerías. Una obra situada en A Coruña, 7 de diciembre de 1857, en donde las cigarreras de la Fábrica de Tabacos se rebelan contra la llegada de las máquinas y se alzan en una revuelta sin precedentes. Este es el punto de partida de una novela que habla desde la carne y la sangre de sus protagonistas: madres, hijas, viudas, ancianas y jóvenes capaces de enfrentarse a un ejército con tal de defender su sustento. El relato de las veinticuatro horas de un hecho histórico que deja al descubierto una tragedia cotidiana.
Recordemos que Bibiana Candia, poeta y escritora (A Coruña, 1977), es autora de la novela Azucre (2021), destacada en Babelia y en El Cultural como uno de los debuts del año, y galardonada con los premios Nollegiu, el de las librerías de Navarra, el Premier Roman du Chambéry, el Espartaco (Semana Negra de Gijón) y el I Premio Novel Almudena Grandes, que otorga el Gremio de Librerías de Madrid. Ha sido traducida al gallego, polaco, italiano, francés y ruso. También es autora de los poemarios La rueda del hámster (2013) y Las trapecistas no tenemos novio (2016), del libro de relatos El pie de Kafka (2015) y del artefacto literario Fe de erratas (2018). Ha colaborado en las revistas Jot Down, Letras Libres y Ctxt. Por su trabajo como periodista cultural, ganó en 2020 el XXVII Premio Carmen de Burgos de divulgación feminista que concede la Universidad de Málaga, y en 2021 el XLII Premio Internacional Afundación de Periodismo Julio Camba.
Por Lar, su segunda y reciente novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Bibiana Candia, para que nos hable de ella a los lectores de Qué Leer.
Bibiana, por favor, haznos una breve presentación de tu libro.
Bueno, Lar es mi segunda novela. Es una historia que parte de un hecho histórico. El día 7 de diciembre de 1857 las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de A Coruña se plantaron contra la imposición de la sustitución de su labor por máquinas para realizar las labores del tabaco.
Y parte de este hecho para hacer una reflexión mucho más profunda acerca de la condición obrera de las mujeres, de los condicionamientos del propio cuerpo y de la idea de la feminidad, a través de los siglos y a través de la memoria.
O era eso. Al menos yo, cuando entré en la novela, no estaba tan segura, pero realmente es a donde la corriente de la narrativa me ha ido llevando.
Y es una novela contada desde la carne y la sangre de sus propias protagonistas. Y es una exaltación, sobre todo de la necesidad de expresar la rabia y la ira como la expresión más humana posible ante la injusticia.
¿Y cuál fue la chispa para ponerte a escribir Lar: algo leído, una experiencia, un recuerdo…?
Vamos a ver, esta memoria histórica está muy presente en todos los gallegos y en los coruñeses en particular. Evidentemente, este recuerdo de cuando las cigarreras coruñesas se subieron al tejado y se enfrentaron con el ejército, etcétera, está muy presente para nosotros.
De todas maneras, la chispa vino cuando yo estaba escribiendo mi primera novela, Azucre, que yo en principio pensaba que esa novela sería esencialmente una historia autocontenida, que a mí me había obsesionado justamente por ser poco conocida, la idea de aquellos gallegos que llevaron a Cuba a trabajar en la caña de azúcar y los vendieron como esclavos. Y de repente, mientras estaba en el proceso de escritura y documentación, me di cuenta de que las fechas estaban muy próximas.
Y eso creó una conexión muchísimo más grande, en cierta manera multiplicó la dimensión de la historia. Y, al mismo tiempo, yo acababa de descubrir en mí misma una voz narrativa que no sabía que tenía. Y de esta manera, este modo de narrar creció y se convirtió casi en un río que me arrastró y me ha traído hasta aquí ahora.
Yo puedo explicar todo esto ahora, que tengo la segunda novela, y que realmente sí se ve cómo esta narración crece y se multiplica. Pero realmente esta idea lleva conmigo desde el año 2019, gestándose en cierta manera en mi cerebro y en todo lo que he ido escribiendo y leyendo a partir de ahí.
Estupendo lo que explicas… En tu novela hay capítulos cortos o muy cortos; sin título o sin numeración. ¿Por qué has utilizado esta estructura tan sencilla?
Primero, yo quería eliminar todas las transiciones que pudiesen, a lo mejor, llevar a una pérdida de tensión narrativa.
Todo el rato la novela lo que pretende es aumentar la tensión, aumentar, aumentar, aumentar, hasta que, en el tercer acto, digamos, todo estalla por los aires.
Entonces era necesario quitar todo lo accesorio, eliminar todos los momentos que pudiesen hacer que el lector se relaje o que la narración se relaje.
Para eso, como además hay un cruce de voces, es una especie de flujo de conciencia colectivo, que está hablando todo el rato y se está hablando y se está respondiendo y a veces se está contradiciendo, yo quería que el lector, a medida que fuese entrando en la novela, se sintiese en cierto modo envuelto por esas voces y que apareciesen esas imágenes como flashes todo el tiempo. Y que, de esa manera, cuando llega al final de la tragedia, que es el subtítulo de la obra, la catarsis realmente fuese en el lector y por acumulación de imágenes. O sea, que realmente él se sintiese exhausto al terminar, como ellas, y decir cómo se puede cargar con todo este peso, cómo es posible cargar con todo esto.
Hay una búsqueda, claramente, de eliminar el sobrante, de quitar la grasa de la narración, digamos, dejar el magro y que solamente esté aquello que es imprescindible.
Y también aprovechar de esa manera al propio lector. O sea, que el lector complete tanto los diálogos como las escenas, como los ruidos que se pueden escuchar de fondo, etcétera, utilizar la mente de los lectores. Yo creo que además nosotros somos, de todas las generaciones de la humanidad, la que tiene una memoria visual y auditiva más grande de la historia. Entonces hay que jugar con eso también. A mí me gusta intentar, al menos lanzarle, digamos, un anzuelo al lector y a ver qué saco, ¿no?, y ver si consigo pincharle que él haga el resto.
Porque esa es la manera en que las historias se quedan con nosotros. Las historias que a nosotros nos han marcado cuando las leemos son aquellas que nos han tocado donde no pensábamos que teníamos, a lo mejor, herida o memoria o lo que fuese. Y esas son las historias que se quedan dentro de tu corazón.
Yo creo que eso es lo que hay que intentar. A veces aciertas y a veces no. Pero eso es lo que hay que buscar.
El título: ¿lo encontraste fácil?, ¿siempre fue así, siempre se llamó Lar?
El título vino en la última parte del proceso.
Tuvo otros títulos.
Yo sabía, sí, que iba a ser una sola palabra, del mismo modo que Azucre fue una sola palabra. Y si hay más novelas que tengan que ver con esta voz narrativa y con este flujo narrativo, todas van a tener una sola palabra, porque es una búsqueda, búsqueda de esencias de las bases, digamos.
Entonces sabía que iba a ser una palabra. Y hay una frase, ya al final de la novela, que dice algo así: somos un naufragio envuelto en llamas, somos un lar que arde… Y de repente yo estaba en la propia escritura de la novela y dije: aquí está, es esto; porque además los lares eran los dioses domésticos de la antigua religión romana, se ponían al lado del fuego para proteger y bendecir, y de esa manera por eso el lar acabó llamándose Lar, digamos, y es donde está el fuego y es donde nos reunimos y es donde está eso, la casa es eso, ¿no?
Y me gustaba mucho ese juego de significados y también la idea de que tenemos un fuego dentro de nosotras y no hay que dejar que nadie nos lo apague. Ese es el fuego que hay que alimentar y no dejar que nadie nos diga a dónde tiene que ir esa fuerza y esa fortaleza.
Bueno, todo ese juego de espejos, de significado, me convenció. Pero vamos, llegó en realidad cuando tú buscas, haces una búsqueda muy exhaustiva y después hay algunas cosas que te caen casi por casualidad, por la propia inercia de la búsqueda. Y en ese sentido, Lar llegó muy al final. Eso, casi por casualidad. No vamos a decir por casualidad, pero casi.
Los personajes: Lar es una novela coral: Madalena, Estigie, Rosario, Amadora, Cordelia, Antígona. De estos personajes, Bibiana, dime a cuál le tienes un cariño especial.
A ver, a mí me gusta mucho Antígona.
Me gusta mucho porque, cuando estaba planteándome la antiheroína perfecta, yo pensaba que, claro, la antiheroína perfecta es una madre completamente sobrepasada. Es una mujer exhausta que tiene que dar de mamar, que tiene a los niños en el medio interrumpiendo todo el tiempo, que no es capaz de pensar, no es capaz de tener un hilo de pensamiento durante más de dos minutos, porque tiene que atender a alguna cosa.
Incluso hoy en día sería la antiheroína perfecta: una mujer sola, con tres, cuatro niños, y completamente sobrepasada.
Yo le tengo mucho cariño a ese personaje. Las quiero mucho a todas, de todas maneras. Pero a Antígona le tengo mucho cariño.
Por eso también se llama Antígona, por la referencia a la Antígona original, a esa mujer que entiende que da igual lo que la ley de un rey imponga, lo que está bien es lo que hay que hacer.
Y esta mujer, mi Antígona, que está sobrepasada, que está cansada, que tiene que estar dando de mamar a sus hijos sin parar, es la primera que se pone de pie, porque es la que está más sobrepasada de todas ellas. Es la que tiene más furia dentro.
Y a mí me encanta darle ese espacio de libertad, de, bueno, venga, rómpelo todo, ya está, tírate y rómpelo todo, aunque luego tengas que volver a casa y hacer la cena. Pero hazlo por una vez, seamos libres por una vez.
Perfecto… Bibiana, qué bien nos muestras a todos estos personajes, a todas estas mujeres. Pero el argumento del libro, ¿lo tenías definido así desde el principio o ha tenido variaciones mientras escribías?
Vamos a ver, la base era el hecho histórico, vamos a contar esto, vamos a contar este conflicto laboral.
Lo que pasa es que, claro, cuando yo empiezo a investigar, empiezo con la parte canónica, cómo funcionaban las fábricas, los reglamentos, etcétera y tal. Y luego me fui a la hemeroteca a leer noticias acerca de las cigarreras.
Porque la otra referencia que tienes a cigarreras es la Carmen de Mérimée, que es una cosa folclórica directamente ya. Es un arquetipo que, bueno, no es humano.
Entonces, cuando lees noticias acerca de las cigarreras, especialmente acerca de sus peleas, de sus conflictos, etcétera, siempre están contadas en un tono entre jocoso, arrogante, hablando de estas mujeres que son unas salvajes, o sea, siempre hablando de ellas de una manera terrible. Y eso a mí me enfureció mucho personalmente también. Me pareció, bueno, muy digno de la época, por otra parte, pero terrible.
Y entonces fue cuando pensé: hay que despojarlas, digamos, tanto del elemento folclórico como de esta superioridad moral, hay que contarlas lo más humanas posibles.
Vamos a contarlas desde la humanidad más cruda, desde la suciedad doméstica, porque, además, yo creo realmente que es por ese lugar en el que ellas vivían por lo que no tenían barreras ni para el pudor, ni para la violencia, ni para nada. Porque cuando tú vives en ciertas condiciones y además vives en una ciudad, en un entorno urbano, porque además esta es una novela urbana, donde no tienes una red de protección, como puedes tener a lo mejor en una aldea, que es otra cosa, que hay más comunidad, claro, esas mujeres vivían literalmente a la intemperie, no tenían tiempo para comportarse bien, no tenían tiempo para eso.
Entonces esta fue la determinación.
Y todo fue fluyendo de una manera muy orgánica. Si tú empiezas a contar desde la humanidad absoluta, tienes como dos ruedas narrativas. Por un lado, la de la cuenta atrás para el estallido de la revolución. Y, al mismo tiempo, la del ciclo de la muerte y la vida, que nunca se va a parar. Y entonces tú tienes que armonizar esas dos especie de ruedas.
Y el propio ritmo me lo fue dando ya la narración. Está dividido en tres actos, como las antiguas tragedias, o sea, vamos a dividirlo en tres momentos: la víspera, la noche y el día, el Dies Irae, el día de la ira.
Y, en realidad, no necesitaba nada más. Como decía antes, hay que quitarle todo lo que estorbe. Eso me bastó. Y yo espero que se haya podido entender bien así, que de esa manera ayude a los lectores a entrar en ella fácilmente.
Es lo que te iba a preguntar ahora. Tu libro está contado con un estilo claro, preciso, poético, con muy buen ritmo, que hace que se lea fácil… Que se lea fácil, no significa que haya sido fácil escribirlo, ¿verdad?
No, desde luego que no. Pero ese es el objetivo también.
La escritura tiene como sustratos, ¿no? Tú sabes que hay lectores que van a llegar hasta cierto punto. Y hay otros que van a llegar a una parte más profunda.
La lectura fácil muchas veces es muy complicada de construir y, sobre todo, cuando, como es mi caso, a mí me interesa mucho que el ritmo de las frases, en cierta manera, se coordine con lo que está contando. Hay una especie de búsqueda ahí, de coordinación, porque yo pienso, y ésta también es mi búsqueda literaria, que la forma sin fondo no tiene sentido y el fondo sin forma tampoco. No basta solamente contar las cosas, hay que contarlas de una determinada manera.
Por ejemplo, en las partes que hay un velatorio, hay un cierto ritmo como de rezo en todo lo que se está contando, yo trataba de buscar que se oyese ese bisbiseo por detrás de alguien que está rezando. O las partes del mar, que es como más balanceada.
Hay un trabajo poético, porque al final, cuando buscas el ritmo, lo que te ayudan son los resortes poéticos.
Y hay también un tono, me parece a mí, un tono a veces un poco bíblico también, casi como de profecía cumplida, de esto va a pasar y esto va a ser así. Es un poco apócrifo, por supuesto, pero es un poco ese tono, sí, es un poco ese tono.
“…es necesario explicar muchas cosas para entender el instante…”, esto se dice en la página 196, a la vez que, líneas más abajo, se pregunta por la debilidad o ineficacia de las palabras para contar algo.
Esto es el desafío de todos los que escribimos, ¿no? Pero concretamente, son necesarias muchas palabras para contar el instante.
Me gusta mucho que saques esa frase porque define mucho la búsqueda de esta novela. Hay mucho aquí de silencio, de silencio de generaciones, de ese modo de hablar sin hablar que han tenido las mujeres durante muchas generaciones, de esos momentos en que a lo mejor una madre miraba a una hija así y la hija ya sabía lo que tenía que hacer, sin decirle absolutamente nada. Y eso se menciona varias veces en la novela.
Hay una especie de sistema nervioso que las recorre a todas y que les dice a todas qué es lo que tienen que hacer en algún momento. Y es una especie de memoria dormida que está dentro de todas ellas.
Entonces, sí, era necesario contar para explicar por qué se desata la ira, como se desata en el tercer acto. Es necesario contar, por ejemplo, cómo se vela un muerto, cómo se te muere un niño, todos esos pequeños detalles de vida que se acumulan y que, cuando llega el momento de la ira, ellas ya no estallan solo porque sea injusta la situación en la fábrica, sino por todo el peso que arrastran, por todo el sustento que tienen que aguantar.
[Y Bibiana Candia; melena pelirroja, gafas, camisa blanca; hace un inciso en el torrente en que se convierte lo que nos está contando, para en seguida proseguir:]
Efectivamente, hacen falta muchas palabras para llegar al momento de la ira y que el lector entienda por qué está sucediendo esto y por qué una mujer desarmada se sube a un tejado y se enfrenta a un ejército y no para, quiero decir, no para hasta que el ejército toma esa fábrica y la obliga a bajar. Que fue exactamente lo que pasó. Porque eso está documentado, que pasó exactamente así. Y a mí era el momento que realmente me obsesionaba pensar en él. Yo escribí toda esta novela para contar ese momento.
Y para entender por qué alguien sin armas tiene esa fortaleza y esa locura y hace eso, hay que explicar muchas cosas antes. No tiene sentido, justamente, tomarlo como una broma de periódico y decir, mira, estas salvajes cómo se suben al tejado.
Había que darle la dignidad, [y para eso] era justamente contar todo lo anterior, decir de dónde vienen ellas, cómo tienen que limpiar todos los días, cómo las miran todos los días, cómo aguantan todos los días, etcétera.
Y ya por último, menuda portada, de Magali Cazo.
Preciosa, preciosísima.
Yo la conocí [a Magali Cazo] por la portada realmente. Luego nos hemos seguido y además hemos hablado. Incluso tiene algunos trabajos que tienen que ver con la invisibilidad de las mujeres. Es decir, ha habido una conexión realmente.
Estábamos buscando algo artístico, conceptual, que no fuese muy literal, justamente porque la novela, en cierto modo, trasciende la historia literal.
Y bueno, yo estoy encantadísima con ella. Si pudiera tener este cuadro en mi casa, lo tendría realmente.
Me encanta, me encanta, me encanta…
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Cortesía de Fundación Telefónica
Bibiana Candia
Editorial Alfaguara, 328 pp., 19,90 €
Sinopsis:
Tras el éxito de Azucre, la nueva novela de Bibiana Candia.
La épica de unas mujeres que, defendiendo lo que es suyo, se convirtieron en símbolo colectivo de lucha y resistencia.
A Coruña, 7 de diciembre de 1857. Las cigarreras de la Fábrica de Tabacos se rebelan contra la llegada de las máquinas y se alzan en una revuelta sin precedentes. Este es el punto de partida de Lar, una novela que habla desde la carne y la sangre de sus protagonistas: madres, hijas, viudas, ancianas y jóvenes capaces de enfrentarse a un ejército con tal de defender su sustento. El relato de las veinticuatro horas de un hecho histórico que deja al descubierto una tragedia cotidiana.
Con una voz coral y un lenguaje de gran carga simbólica, Bibiana Candia construye un relato sobre la maternidad, la ausencia, el trabajo, la resistencia y la memoria, en la que lo íntimo y lo común se entrelazan. Lar es una ficción visceral que reivindica la ira como única respuesta humana ante la injusticia.



