«…Yo no conocí a mi hermano. Conviví con él. Compartí tiempo y espacio con un niño y con un hombre que siempre estaban lejos. Era uno de mis hermanos mayores. Todos mis hermanos son mayores que yo. Mis recuerdos no tienen nada que ver con los suyos. A veces, cuando hablamos, y hablamos muy poco, me da la sensación de que durante muchos años solo estuve en mi familia de visita. Mi memoria es más pequeña que un erizo. Pero igual de espinosa. En realidad, no es que recuerde menos que los demás. Lo que pasa es que tengo menos tiempo en común. Yo era lo bastante pequeña y mi hermano lo bastante mayor como para que yo no supiera nada de su infancia. Solo que era un niño con el cabello negro y una sonrisa encantadora. Querría quedarme para siempre en esa infancia. Porque cuando miro las fotos encuentro a alguien a quien reconozco. Después solo veo a un hombre perdido. Lo que queda de un hombre…»
Estas frases son de La última vez que te digo adiós, libro de Natza Farré, publicado por Sexto Piso y que desde el 7 de septiembre está en todas las librerías. Una obra en donde, con lucidez, pero también con ironía, ternura y elegancia, la autora disecciona sus vivencias como hermana pequeña de un drogodependiente. Lo hace en primera persona, con un relato honesto y valiente que no esquiva ni edulcora la incomodidad. La suya era una familia de clase media que, como tantas otras, en los años ochenta tuvo que enfrentarse por primera vez con la heroína y todas sus consecuencias.
A partir de los recuerdos y de la correspondencia familiar, dibuja una época y traza, al mismo tiempo, un retrato muy personal de una vida llena de pequeñas esperanzas, victorias efímeras y recaídas. Con una precisión brutal, narra el silencio como un pacto colectivo y el peso de la culpa como una prisión emocional.
Recordemos que Natza Farré (Barcelona, 1972) ha trabajado como periodista, guionista, presentadora de televisión y comisaria de exposiciones. Ha escrito un libro de feminismo (Curs de feminisme per microones, 2016), un libro infantil (Que no t’expliquin contes!, 2020) y un recopilatorio de artículos (Tinc algunes certeses i molts dubtes, 2022).
Por La última vez que te digo adiós, su último y reciente libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a David Szalay, para que nos hable de él a los lectores de Qué Leer.
Natza, por favor, haznos una breve presentación de tu libro.
Pues, mi libro trata sobre ser hermana, diría yo, básicamente. En este caso, especialmente ser hermana de un heroinómano en los 80-90.
Una historia que se alargó en los años, en una familia numerosa de la Barcelona de esa época.
Y es un poco esta historia personal, que es la historia colectiva por la que pasó mucha gente durante esos años.
¿Y cuál fue el desencadenante para ponerte al fin a escribir La última vez que te digo adiós: algo leído, una experiencia, un recuerdo…?
Yo tenía el libro en la cabeza desde hacía muchísimos años. Pero no era capaz de escribirlo.
Pero llegué a un punto que me molestaba. O sea, era físicamente molesto y me impedía hacer otras cosas. Entonces noté que lo tenía que sacar ya.
Había hecho mucha terapia, terapia previa. No es un libro terapéutico. Yo eso ya lo trabajé y necesitaba poner un poco en palabras y contar lo que había sido, sobre todo desde la visión de una hermana, que para mí es una visión muy poco contada literariamente en cualquier caso, pero en este en absoluto. Y que somos unos seres que hemos estado siempre en primera línea, pero nadie ha contado mucho con nosotros. Y creo que literariamente era una visión muy interesante.
La trama: capítulos cortos, con títulos también cortos, para contar desde el yo de la narradora, en presente y en pasado. Entre medias: las cartas de tu padre a tu hermano, de tu hermano, tu diario personal. ¿Por qué has utilizado esa estructura?
Porque mi cabeza es así.
Yo tengo esta estructura en la cabeza, tengo una estructura desordenada, pero también soy guionista y para mí era importante atrapar la lectura. O sea, que no fuera una cosa ordenada, porque a mí no me gusta mucho el orden, pero que tuviera esa cosa de querer seguir en el otro capítulo, aunque fueran cortos, pudieras pararte y tal.
Y tenía que probarlo. Y al final, cuando lo armé todo, era una estructura que funcionaba. Y es un tipo de estructura que a mí me funciona y ahora he visto que también para muchos lectores. Porque a mí me cansa esa estructura mucho más clásica. Me aburre leerla.
Yo siempre hago las cosas que a mí me gusta consumir. No le puedo dar a la gente algo que a mí no me gustaría.
Y ha sido esta la decisión, sí.
Tu libro tiene un estilo claro, muy directo, de gran sensibilidad, tanto para contar la vida de tu hermano como las cosas tuyas y de tu familia…
Es muy fácil caer en la sensiblería. Yo tengo una lucha permanente contra la cursilería. Y este libro era muy complicado porque tenía muchas emociones que contar y una temática que fácilmente podías caer en lo lacrimógeno.
Y puedes llorar leyendo el libro, pero no porque es sensiblero.
He andado todo el rato por este filo en el que el humor me ha ayudado mucho, que es con lo que yo trabajo normalmente. Me ha ayudado mucho también para mantener el equilibrio. Y creo que también ayuda mucho para conectar con los lectores.
Es decir, estás todo el rato allí, ha sido un trabajo muy siendo un libro corto y tal, como muy de precisión. Pero a mí me gusta mucho hacer estas cosas, buscar, llegar al límite este, al borde, caminar por el borde y buscar la palabra precisa.
Esto a mí me parece un juego muy chulo para hacer.
La sensibilidad, sobre todo en tu relación con tu hermano, con qué intimidad y emoción lo cuentas… Aunque odiabas parecerte a él. Deseaste muchas veces su muerte…
Lo odié profundamente, lo odié mucho.
Se odia mucho la situación, no tanto a la persona, seguramente. Pero se odia mucho la situación.
Es una situación muy dura. Las que lo hemos vivido lo sabemos. Y claro, a mí me cogió durante una de las épocas más fuertes. Yo estaba en la adolescencia. Es un momento también difícil, personal. Se juntó todo mucho, el silencio de la época, la vergüenza. Se iba haciendo allí una montaña bonita.
Pensando en lo que debías odiar a tu hermano, pensaba en lo de la trompeta… soportar su puñetero aprendizaje de trompeta, ¡tararí!, ¡tarará!, qué atroz, ¿no?
Sí, sí, lo de la trompeta lo recomiendo poco.
[Y Natza Farré; pelo entrecano, gafas, camisa negra; se ríe al recordar esto]
O vives en una casa aislada, o no tengas a nadie cerca tocando la trompeta.
Lo comento porque yo también he tenido a alguien al lado con el acordeón… y no te quiero decir.
Lo único que se soporta para mí es el piano, un estudiante de piano.
Pero los otros instrumentos son difíciles. Y la trompeta es que es una cosa bastante mortal de necesidad.
En tu libro no hay muchos diálogos. Pero cuando los hay, iluminan la trama.
A mí me gustan mucho los diálogos.
De hecho, como guionista, he escrito muchos. Pero no me gusta abusar. No me gusta abusar de nada. Y los que he puesto son muy precisos.
Encuentro que lo de los diálogos es de las cosas más difíciles de hacer. No sé si te pasa a ti, pero yo leo muchos libros con diálogos que son muy malos, están mal hechos, no son creíbles.
Yo creo que llegaría a escribir un libro que todo sea un diálogo, porque es un ejercicio también. Esto que decíamos de la precisión es un ejercicio muy entretenido y que, como lo imaginas, no ves el diálogo.
Y yo soy muy gráfica con estas cosas. En seguida pongo la escena y me doy cuenta si funciona o no funciona. Y creo que en el libro, los que hay, funcionan bien. Funcionan bien y son también muy directos. No hay un sendero. Vas al camino más directo.
En La última vez que te digo adiós, hablas también de cuando estuviste en Berlín…
Esa fue una grandísima experiencia que recomiendo a todo el mundo que la pueda hacer, no Berlín, eh, cualquier parte, esto de salir de tu zona de confort y meterte en un berenjenal idiomático complicado y tal.
Pero en este caso, también para la historia, para mí supuso alejarme de mi familia, literalmente con kilómetros por medio. Y eso no lo había hecho durante tanto tiempo. Nunca. No. Y para mí fue una liberación.
La experiencia de Berlín me liberó, me dejó ser otra persona en Berlín, sin ser otra persona, o sea, siendo yo, pero sin el peso que traía de casa.
Lo dejé en Barcelona ese peso. Y fueron unos meses de un aprendizaje muy profundo.
Fueron pocos meses muy condensados. Pero en los que aprendí. Yo creo que para mí hay un antes y un después de mi etapa en Berlín. Aparte que aprendí mucho alemán y eso aún lo conservo.
En el libro, hay pocos datos y pocos nombres: tu hermano, tus padres, apenas El Vaquilla, año 84, tu hermano muerto con 45 años, la organización El Patriarca… como si una membrana lo cubriera todo. Y, en cambio, detallas perfectamente el día del tanatorio, o el de poner las inyecciones.
Sinceramente, yo, que soy muy poco aficionada a la gran historia, creo que es la manera de contar las historias. Es mi manera de ver el mundo.
A mí me gusta, por ejemplo, mucho la fotografía. Y yo fotografío siempre cosas muy concretas, detalles muy precisos. Me gusta fijarme en cosas muy pequeñas.
Yo creo que las historias personales se cuentan a partir de lo que no se presuponen las historias mayores.
Y lo bueno de esto, creo que también es, por un lado, que empatiza mucho con el lector, porque se reconocen muchos de estos rincones y luego te sirve para, con tan poco, que no haya necesidad de más, para entender toda una historia, ¿no? Y de una historia colectiva.
Y esto me parece muy interesante porque, por ejemplo, hay muy pocas descripciones de cosas. A mí no me gusta leer descripciones, porque me pierdo, me acabo perdiendo, ya no sé si es verde, si no sé qué, no sé cuántos. Y hay muy pocos rincones descritos.
Y lo que me ha dicho mucha gente es que, con solo estas imágenes, se ha hecho una idea del conjunto.
Y eso yo, que soy una persona de cortar, de cortar, me parece muy interesante cuando con muy poco puedes contar tanto.
Y esto lo tengo mucho yo de la poesía, que soy muy lectora de poesía, he escrito también mucha poesía, que en muy poco puedas contar tanto. Y ahora que hay una cierta moda, bueno, no sé si siempre, de estos libros tan largos y que a mí me cuestan, me cuestan, y siempre me sobran páginas. Yo siempre recorto y que esto no, esto no, esto no, pues quería ir contándolo todo, pero a lo mínimo, a lo mínimo.
[Y Natza Farré hace una pequeña pausa, antes de seguir diciendo:]
Es que en esto lo pienso mucho. Cómo construir una historia para crear estos momentos. Visualizo mucho las imágenes.
Y lo mejor de todo es que, cuando acabas el libro, esto funciona. Esto es muy mágico y muy gratificante.
Yo creo que para los dos lados es gratificante. Y más en una historia tan dura como esta. Porque hay muchos momentos que puedes rebajar la tensión, ayuda mucho a no estar todo el rato allí.
Lo de la sensiblería era un tema. Pero también al principio hubo un primer manuscrito, que no estaba terminado, que era mucho más duro. Y tanto mi mujer como mi editora me dijeron: hostia, Natza, esto, dale un poco de aire a la peña, porque si no se van a ahogar.
Y tenían razón. Yo no lo veía desde esta perspectiva, porque para mí la historia está tan interiorizada. Entonces aflojé con unos cuantos capítulos y le di este aire que ayuda a la historia, ayuda a la lectura y me ha ayudado a mí a hacer un libro mucho más redondo.
A ver, antes estábamos hablando del momento del tanatorio, o del de las inyecciones. A propósito de las inyecciones: la consulta de tu padre: todo un mundo, Natza.
Sí, todo un mundo, que ya no existe.
Ese mundo que se creó en esos años en el que el pediatra era una figura importantísima. Bueno, tan importante que, a día de hoy, a mí me ha contactado mucha gente para decirme lo que se acuerda de mi padre. Ya no te digo la gente que ha leído el libro, sino gente que, como yo he hecho radio, he salido en la tele y tal, dice: hostia, es que tu padre nos salvó la vida. Para que veas la importancia del médico de esa época.
Y aparte, mi padre tenía un carisma que también entiendo que la gente lo recuerde porque era un tipo especial, dentro de la familia y fuera de la familia.
Era un tío que daba una seguridad, que esto era muy importante como padre y como médico; un pediatra, que tiene que dar tranquilidad, sobre todo a los padres que van con los hijos enfermos y tal.
Y yo recuerdo en el entierro de mi padre, por ejemplo, multitudinario, que yo no había visto tanta gente en mi vida, de lo importante que puede ser una persona con su trabajo.
Era un tío muy de principios. Y con su manera de ver la vida, a mí esto me ha influido muchísimo.
Yo soy hija de mi padre, muy hija de mi padre. Y la consulta es un tiempo pasado en el que compartíamos la vida privada y la vida pública.
Sí, nos acostumbramos a vivir así. Era una cosa como normal, yo estaba hasta los cojones, también te lo digo, porque entre los hermanos, las abuelas, el no sé qué, la consulta era las Ramblas todo el rato en mi casa. Pero era un tipo de vida que hoy en día ya no existe. Y no sé si tengo nostalgia, pero crecer así supongo que te hace crecer distinto también.
Hablemos de eso, de la muerte de tu padre, el pilar de la casa.
Totalmente, el pilar de la casa, el pilar de mi vida y el pilar de todos mis hermanos.
Esto es muy interesante también, lo que decíamos de contar poco, pero contar mucho, porque cuando cae este cimiento del edificio, el edificio se va a la mierda.
Y esto se ve mucho en las familias, que al final te das cuenta de que había alguien que lo estaba aguantando todo. Y cuando este alguien no está, no hay un substituto.
Y esto en las familias es clarísimo, porque hay gente que lo intenta, pero no da con el truco.
Y, en el caso de mi familia, fue especialmente doloroso. Fue una cosa muy rápida. Él era muy joven, yo era muy joven. Nos desmoronamos todos. Mi hermano, el que estaba enfermo, se quedó también sin un interlocutor, que le había ayudado mucho, y se quedó con el sentimiento de culpa de que tenía que haber sido él, que había comprado muchos más boletos, que no mi padre [quien muriera].
Bueno, son las cosas que ocurren. Pero, sí, es una muerte que yo no he superado nada, porque superar estas historias nunca se superan. Yo no creo en la superación en estos términos. Aprendes a vivir con esto.
Yo aprendo a vivir con mis muertos. Y con mi padre llevo ya más años viviendo sin él que con él.
Por lo tanto, lo que hablamos [antes] de los diálogos, tengo muchas conversaciones pendientes con mi padre.
“En nuestra familia, nadie se ahogaría en el mar…”. Ese es el final del libro, Natza. ¿A partir de ahí, vuestra familia, qué es…?
Un mar muy grande, donde no nos encontramos mucho, esa es nuestra familia actual.
Que yo lo desdramatizo también, porque hay esta idea tan fija y tan persistente de las familias unidas.
Yo creo que la gente siempre tiene que estar unida, si quiere estar unida. Si no, seas familia o no, no hace falta estar tan unido, hay que dejar aire a los demás y que cada uno, para no ahogarse, respire en su propia isla.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Muriel Palma
La última vez que te digo adiós
Natza Farré
Editorial Sexto Piso, 168 pp., 18,90 €
Sinopsis:
Con lucidez, pero también con ironía, ternura y elegancia, Natza Farré disecciona sus vivencias como hermana pequeña de un drogodependiente. Lo hace en primera persona, con un relato honesto y valiente que no esquiva ni edulcora la incomodidad. La suya era una familia de clase media que, como tantas otras, en los años ochenta tuvo que enfrentarse por primera vez con la heroína y todas sus consecuencias.
A partir de los recuerdos y de la correspondencia familiar, dibuja una época y traza, al mismo tiempo, un retrato muy personal de una vida llena de pequeñas esperanzas, victorias efímeras y recaídas. Con una precisión brutal, narra el silencio como un pacto colectivo y el peso de la culpa como una prisión emocional.



