«…Se despierta un minuto antes de que suene la alarma del reloj. Como siempre. Aguarda sin moverse, enroscada dentro del soldado capullo de las sábanas, a que pite el despertador, que apaga de inmediato, y a que, instantes después, resuene por el patio el latigazo de la persiana del vecino o vecina al levantarse. Como siempre. Qué extraño, se dice una vez más, llevar escuchando treinta años la sincronía sonora de esa persiana y no saber a qué vecino o vecina pertenece. Se sienta en la cama, apoyando ambas manos en el borde del colchón, mete los pies en las chanclas dadas de sí que alineo anoche y se levanta de un solo movimiento…»
Estas frases son del comienzo de Un día en la vida de Clarita de Rosa Montero, novela publicada por Alfaguara y que desde el 17 de septiembre está en todas las librerías. Una obra en donde se cuenta que, Clarita, la protagonista, ha pasado treinta años trabajando en un banco, aferrada a una precisión casi invisible, en un mundo estrecho donde cada gesto está previsto de antemano. Solitaria, meticulosa y acostumbrada a ocupar poco espacio, encara su último día antes de la jubilación como quien se asoma a una frontera incierta: al otro lado no imagina una etapa nueva, sino un vacío difícil de nombrar. Pero esa jornada, que debía transcurrir entre adioses desganados, humillaciones constantes y la inercia de una oficina implacable, se ve alterada por un suceso inesperado.
Rosa Montero, la autora de Un día en la vida de Clarita, nació en Madrid y estudió Periodismo y Psicología. Ha publicado las novelas Crónica del desamor (1979), La función Delta (1981), Te trataré como a una reina (1983), Amado amo (1988), Temblor (1990), Bella y oscura (1993), La hija del Caníbal (1997, Premio Primavera de Novela), El corazón del Tártaro (2001), La loca de la casa (2003 y 2023, premios Qué Leer, Grinzane Cavour y Roman Primeur), Historia del Rey Transparente (2005 y 2025, premios Qué Leer y Mandarache), Instrucciones para salvar el mundo (2008), Lágrimas en la lluvia (2011), La ridícula idea de no volver a verte (2013, Premio de la Crítica de Madrid), El peso del corazón (2015), La carne (2016), Los tiempos del odio (2018), La buena suerte (2020), El peligro de estar cuerda (2022), La desconocida (2023) —junto a Olivier Truc—, Animales difíciles (2025, Premio Celsius) y Un día en la vida de Clarita (2026). También es autora del libro de relatos Amantes y enemigos (1998) y de los ensayos biográficos Historias de mujeres —reeditado en edición ilustrada y ampliada con el título de Nosotras. Historias de mujeres y algo más (2018)— y Pasiones (2000), de cuentos para niños, y de recopilaciones periodísticas como Cuentos verdaderos (2024). Desde 1976 escribe en El País, periódico en el que fue redactora jefa del suplemento dominical (1980-1981). Ha sido galardonada con el Premio Nacional de Periodismo (1981), el Premio Nacional de las Letras Españolas (2017), los premios Leyenda de la Asociación de Librerías de Madrid y Ciudad de Alcalá de las Artes y las Letras (2019), el Premio CEDRO (2020), la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2022), el Premio Ojo Crítico (2022), el Premio Liber (2025), los premios Giovanni Boccaccio (Italia) y Francisco Cerecedo de Periodismo (2026), y en 2024 fue nombrada Officière des Arts et des Lettres (Francia). Su obra está traducida a treinta idiomas y algunas de sus novelas han sido adaptadas al formato audiovisual.
Por Un día en la vida de Clarita, su última y reciente novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Rosa Montero, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Rosa, para empezar: estás en esperando en la consulta del traumatólogo, alguien te ve con tu libro y te pregunta qué tal es, ¿qué le dirías?
Ja, ja, ja… Siempre es difícil decir algo así, pero, bueno, diría que es un cuento para adultos, un cuento para adultos muy compacto, que es una versión del patito feo, solo que en una versión bastante punki.
Más que patito feo, como digo en la contraportada, es un poco como una rana que se convierte en tiranosaurio.
Y que es una historia de venganza, pero de venganza elegante y no malvada.
Aparte de eso, también es un curioso camino íntimo de supervivencia y de renacimiento. La historia cuenta un camino íntimo, con una estructura, por otro lado, de acción desatada.
O sea, que hay una mezcla entre lo íntimo y lo interno.
¿Y cuál fue la chispa para ponerte a escribir Un día en la vida de Clarita: algo oído, una experiencia, un recuerdo…?
Mira, tú no escoges los libros que haces. Las novelas te escogen a ti, te obligan a escribir sobre unas historias que te inquietan, que te llenan de curiosidad.
Normalmente aparece lo que yo llamo el “huevecillo”, que es una imagen que te obliga a escribir. Y yo normalmente -lo que en este libro es una rareza-, cuando aparece ese “huevecillo”, tomo nota de él en cuadernos -además soy maniática, cuadernos sin rayas, y con plumas estilográficas- y me paso por lo menos un año, a veces más -con Historia del Rey Transparente [2005] fueron varios años desarrollando la novela a mano y tal-, y ya, cuando sé que va a tener veintiséis capítulos, lo que va a pasar en cada capítulo, me siento a escribir; que luego sigue cambiando y termina teniendo treinta y cuatro capítulos, pero sabes más o menos a dónde vas.
En este caso ha sido todo muy raro, porque yo estaba escribiendo además otra cosa, una trilogía de género fantástico, pero me pidieron en una residencia de Francia que mandara un pseudo primer capítulo de novela para un libro que van a sacar de pseudo primeros capítulos.
No es que vayas a hacer una novela, sino que varias escritoras escriben como un supuesto primer capítulo.
Entonces, me senté, muy disciplinada, empecé a escribir esto y, cuando llevaba hasta cuando ella sale de casa, cuarenta líneas, de repente dije: esto no se lo doy a nadie, esto es para mí, esto me habla. Y me empezó a entrar los nervios. Así que escribí otra cosa para Francia y de repente me metí de narices en la historia, a escribir la historia sin saber a dónde iba.
Fue una especie de posesión, posesión por parte de Clarita. Sabía desde el primer momento que iba a ser una novela corta y que la iba a escribir con una especie de fiebre.
Quería que fuera algo como un objeto muy cerrado y muy sólido. Por eso tiene esa especie de elipsis, que no se cuenta nada, prácticamente nada de la vida de ella, pero sabemos todo lo que tenemos que saber.
Y lo más interesante para mí, por la diferencia con los otros libros, es que la he escrito como en tiempo real, quiero decir entre comillas. Es decir, que mientras la escribía, yo no sabía si Clarita y yo íbamos a conseguir salir con bien de la aventura en la que nos metemos.
Nos metemos en una aventura rápidamente. Y yo no sabía realmente cómo íbamos a salir de ella.
Sí que era como vivirlo ahí. La he escrito como sin aliento, digamos.
[y Rosa Montero; camiseta negra con un estampado, pantalones beige, pendientes rojos redondos; se detiene un momento en su torrente de comentarios y acto seguido dice:]
Dejé la otra novela, por cierto. Aparqué lo otro y se metió por el medio esto.
No te enredas en zarzas con la trama, va como un tiro, como acabas de decir: sin capítulo ninguno, en presente y en tercera persona. Te iba a preguntar por qué has utilizado esta estructura, pero ya has dicho que te sentiste poseída.
Sí, te digo que estaba escribiendo otra cosa y de repente me vi metida ahí a escribir esto.
Y además es que en la discusión estúpida, desde mi punto de vista, eterna, entre fondo y forma -a mí me parece ridículo porque la forma altera el fondo y el fondo exige una forma; o sea, que son inextricables-, tú puedes contar la misma historia, la historia de una ruptura, y hacer diecisiete novelas distintas, dependiendo de la forma y cómo cuentas. Y, lo que quería contar, salía en esa forma.
Suenan, sabes, los libros suenan y suenan. Hay una música. Lo primero que tienes en la cabeza, sin saber ni siquiera lo que vas a contar, es una música, un ritmo, una velocidad y una distancia. Que es como sale del subconsciente.
El subconsciente sabe más que tú siempre, pues no sabes lo que estás haciendo realmente.
Entonces yo siempre, antes de empezar una novela, sé la longitud que va a tener. Y no sé todavía la historia, fíjate qué cosa. Porque hay un tempo. Lo que está vibrando aquí [y Rosa Montero se toca la cabeza] es como un tempo, un ritmo, ¿sabes?
Y ésta sonaba claramente a como suena, no sé: ch, ch, ch…, si eso es lo que intentas atrapar, pasarlo de aquí a aquí [y deja de tocarse la cabeza para hacer como que teclea en el aire].
Rosa: el vacío de Clarita tras treinta años en un trabajo poco estimulante, repetitivo… ¡Qué miedo a lo que viene después!
Ella, por un lado, es la típica persona que ha sido machacada desde que era pequeña. Lo sabemos por ser claramente distinta a la normativa habitual.
Para mí la normalidad no existe. Nos dicen, y es un equívoco y es una mentira, que normalidad equivale a lo más habitual y tal. Pero es mentira, viene de normativo, y es un marco que depende de la sociedad y de la época en la que nos quieren hacer que nos metamos. Pero que, en realidad, no pertenecemos a ese marco. Lo normal es ser raro en una enorme variedad de rarezas. Pero todos nos esforzamos desde muy pequeños en que no se nos note la divergencia y la rareza, porque al niño o la niña que se le nota mucho esa rareza, ese salirse de ese troquel, lo atizan desde pequeño.
A Clarita se le nota esa diferencia y la han atizado desde pequeña de una manera…
Esa humillación, a mí me interesa mucho. Me interesa mucho lo de la humillación porque me parece inadmisible, verdaderamente algo de lo peor que se le puede hacer al ser humano. La humillación rompe al ser humano. Verdaderamente es un veneno.
Hace además que, esa mirada hacia ti, te sientas, ella se siente también, una mierda.
Y entonces, pues, claro, como toda persona que ha sido maltratada y que sigue siendo maltratada laboralmente -porque se habla bastante, aunque nunca suficiente, del acoso infantil, en los colegios, pero de lo que no se habla nada es del acoso laboral, y existe, pero muchísimo, pero muchísimo, y además no ya de los jefes, de los compañeros, muchísimo-, eso es trágico y terrorífico.
Entonces, pues como toda persona acosada, lo que ha intentado ella es hacerse invisible, porque cada vez que la ven la atizan. Se ha hecho una vida lo más pequeñita posible, lo más pequeñita posible, con los menos riesgos posibles, lo más cerrada y tal, como dice en un momento determinado, que me da mucha ternura, la pobre dice: durante décadas pensé que la felicidad era la ausencia de dolor.
Me meto en ese sitio chiquitito, cuanto menos se me… y tal.
No se atreve a querer, porque querer te pone en un lugar vulnerable.
Pero, claro, llega el día de su jubilación y lo que viene por delante es una vida todavía más pequeña. Todavía más pequeña y, además, sin ningún futuro.
O sea, todavía más pequeña, y hacia la muerte.
Y ahí se da cuenta de que no es suficiente. La ausencia de dolor no es suficiente. Cae sobre ella.
Y eso unido a una humillación más, que ya es como la gota que colma el vaso, y a una circunstancia que hace estallar la situación, pues, convierte a Clarita en esa especie de ser renacido.
Y una cosa. El banco: ¿por qué situar Un día en la vida de Clarita en ese escenario?
Pues no lo sé. Pero, si no hubiera sido el banco, hubiera sido un ministerio. Tendría que ser algo así como muy burocrático, pero me gustaba un banco.
El banco familiar venía muy bien, el típico banco familiar, porque también hablas no solo ya de la jerarquía habitual, sino del clasismo, por ejemplo, que sigue siendo brutal en la sociedad, ¿no?
Entonces, no es que trate del clasismo, pero era una pincelada más en esa estructura social tan asfixiante en la que, en definitiva, vivimos.
Tu libro está contado con un estilo claro, muy visual, de gran sensibilidad. Se lo pones muy fácil al lector.
No lo sé, si se lo pongo fácil al lector. La verdad es que todos intentamos escribir el libro que nos gustaría leer.
A mí, la gente que me gusta, pues no sé…, Nabokov. Nabokov se lo pone muy fácil al lector, menos en Ada o el ardor, que a mí me parece que lo escribió para ver si ganaba el Nobel y me parece la peor novela de Nabokov; la verdad, se hace, buffff… [y Rosa Montero hace un gesto de fastidio]. Pero en las demás es súper fácil leer a Nabokov y es maravilloso.
O me encanta Ursula K. Le Guin y también es fácil leer.
No sé… A mí me gusta, depende de los estilos que te gusten, me gustan los estilos que están tallados como diamantes, en donde no sobran los adjetivos, en donde no intentas que haya lugares comunes…
Le preguntaban a Anatole France cuál es la frase más bella. Y Anatole France respondió: la más breve; la más breve, pero siendo la más original, la más profunda, la más expresiva y, efectivamente, la más hermosa…
Entonces, es muy difícil, ¿no?
Y John Steinbeck, que también me encanta, decía: lo mejor es siempre lo más simple. Lo que pasa es que, para ser simple, hace falta pensar mucho. Es esa especie de tallado, ¿no?, que me gusta mucho más que el estilo frondoso, digamos.
Rosa, en tu novela hay diálogos. Los precisos. Que, cuando aparecen, dan luz a la trama.
Mira, la elección de si hay diálogos o no hay diálogos es una elección que se hace también en las novelas.
Yo tengo algunas novelas sin diálogos, o con diálogos metidos dentro del texto y tal. Y en esta, no sé, sí, hay muy pocos. Y, de hecho, donde salen son necesarios. Forman parte del oficio. El diálogo forma parte del oficio.
Es decir, tú no controlas nada la idea, no controlas nada el personaje, no controlas nada lo que quieres contar, no controlas nada cómo suena, cómo va a sonar. Todo eso no lo controlas nada.
Lo que controlas es cómo pasas todo eso a lo real. Y eso lo controlas con el oficio de escribir, que se aprende escribiendo.
De eso cada vez controlas más. A medida que te vas haciendo más mayor, controlas más. Y poner diálogos o no, forma parte del oficio, para que suene como aquí.
“Clarita respira hondo, suelta la puerta y, dejando atrás el banco Arteaga para siempre, sale al mundo…”. ¡Qué frase final, Rosa! A partir de ahí, de ese final, ¿qué le espera a Clarita?
Me encanta.
Fíjate que me he dado cuenta, he pensado ahora, cuando empiezo a hacer entrevistas y tal, pues es cuando empiezas a saber qué has hecho: por qué me ha salido con esa fuerza Clarita.
Pues yo creo que me ha salido porque estaba, y estoy, muy preocupada por el mundo, muy agobiada y muy angustiada. Hasta el punto de que no me atrevo ni a ver los telediarios, sobre todo por la noche, porque es que te hunden en la miseria de verdad. O sea, estoy súper angustiada…
Y entonces creo que necesitaba una historia que me demostrara que, hasta en la peor de las circunstancias, hasta cuando alguien, un ser humano está tirado en el suelo como un moco, es capaz otra vez de ponerse de pie, de reinventarse, de reconstruir una vida digna y de aportar luz.
Yo creo que ha salido por eso. Yo sé que mi Clarita va a tener ahora una vida estupenda; para lo que ella es.
Por ejemplo, estoy convencida de que se va a ir con Yolanda, con el Imserso a Alicante. Y para ella va a ser la bomba y va a quemar Alicante. Va a ser maravilloso…
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Isabel Wagemann
Rosa Montero
Editorial Alfaguara, 144 pp., 17,90 €
Sinopsis:
«Todo final es un principio».
Clarita ha pasado treinta años trabajando en un banco, aferrada a una precisión casi invisible, en un mundo estrecho donde cada gesto está previsto de antemano. Solitaria, meticulosa y acostumbrada a ocupar poco espacio, encara su último día antes de la jubilación como quien se asoma a una frontera incierta: al otro lado no imagina una etapa nueva, sino un vacío difícil de nombrar.
Pero esa jornada, que debía transcurrir entre adioses desganados, humillaciones constantes y la inercia de una oficina implacable, se ve alterada por un suceso inesperado. Obligada a reaccionar, Clarita se aparta del papel que otros le han asignado y que ella misma ha aceptado durante demasiado tiempo. En unas pocas horas, aflora algo que parecía dormido: una inteligencia, un deseo, la rabia, un atisbo de libertad.
Con intensidad psicológica, mucho humor y un prodigioso sentido de la intriga, Rosa Montero nos ofrece una conmovedora historia de reafirmación y transformación. Podría ser el cuento de un patito feo que deviene en cisne, aunque es más bien el de una insólita rana transmutada en tiranosaurio.



