«…Wilbur Budd murió alrededor de la medianoche, aunque le costaba recordar los detalles.
Había salido al camino de grava que conducía a su casa para despedirse de su profesora de piano.
—Gracias —dijo algo jadeante por el ir y venir dentro de la casa—. Que lo pases bien esta noche en Cambridge.
La profesora de piano abrió la puerta del coche que la esperaba fuera. Tenía cuarenta y tantos años, la mitad que él, pero ya parecía ver la vida con bastante claridad. La mujer sonrió bajo el sol del atardecer mientras el jardinero de Wilbur, montado en el cortacésped, se ocupaba de la hierba que se extendía hasta un bosquecillo silvestre. Un sábado de abril. El cielo era azul; la brisa, suave, y el canto de los pájaros se oía por encima del tráfico lejano. Uno de esos días luminosos y frescos que salpicaban de esperanza la primavera…»
Estas frases son de la novela El Tren de la Medianoche de Matt Haig, publicada por AdN Editorial y que desde el 27 de agosto está en todas las librerías.
Tras vender doce millones de copias de La biblioteca de la Medianoche, que fue traducida a más de 50 idiomas en todo el mundo, Haig regresa con un libro ambientado en aquel universo.
El Tren de la Medianoche narra una aventura a través del tiempo, una historia de amor y segundas oportunidades en la que el autor reflexiona sobre una pregunta de lo más trascendental: “Cuando la vida pase por delante de tus ojos, ¿qué será lo realmente importante?”
Para Wilbur fue el tiempo con Maggie, el amor de su vida. Su luna de miel en Venecia. Antes de que él lo echara todo a perder.
Años más tarde, cuando está al borde de la muerte, llega un tren que puede hacerle retroceder en el tiempo para revivir los momentos más relevantes de su vida. Pronto se da cuenta de la cantidad de cosas que habría cambiado…
Recordemos que Matt Haig nació en Sheffield. Entre sus novelas superventas se cuentan ‘Los humanos’, ‘Cómo detener el tiempo’ y ‘La vida imposible’. Su libro ‘La Biblioteca de la Medianoche’ ha vendido más de doce millones de ejemplares en todo el mundo. Algunas de sus obras de no ficción son ‘El libro de la esperanza’ y sus galardonadas memorias acerca de la enfermedad mental, ‘Razones para seguir viviendo’. Sus libros se han publicado en cincuenta y seis idiomas.
Con El Tren de la Medianoche, Haig vuelve a hablar de la vida y la muerte, de las oportunidades perdidas y de lo que realmente merece la pena. Una reflexión sobre lo verdaderamente importante y sobre la claridad que a veces acompaña a los momentos de pérdida. Por esta novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Matt Haig, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Bueno, empecemos, Matt, ¿podrías hacer una sinopsis de tu libro?
El Tren de la Medianoche es una novela reflexiva sobre un hombre que se encuentra al final de su vida y se monta en un tren misterioso que lo lleva a recorrer toda su vida, desde la infancia hasta la vida adulta, repasando los momentos en los que se equivocó, los breves instantes de felicidad. Y no se puede bajar del tren.
Es un libro que lleva la pregunta implícita para el lector de en qué momento se bajaría del recorrido.
¿Y qué fue lo que hizo que te pusieras a escribir El Tren de la Medianoche: algo leído, una experiencia, un recuerdo…?
Creo que, más que ninguna otra de mis obras, esta es la que más tiempo me llevó escribir.
Empezó siendo una novela de ciencia ficción, titulada Ladrón de la Memoria, que venía a ser una distopía pesadillesca sobre la inteligencia artificial. Y luego, pues, pasó a convertirse en otra cosa.
En el momento en el que introduje el tren, empezó a llamarse El Tren del Ayer. Sin embargo, me di cuenta de que compartía muchos temas con mi novela anterior, con La Biblioteca de la Medianoche.
Habla de qué hubiera pasado si…, sobre el arrepentimiento, sobre las segundas oportunidades. Así que me di cuenta de que, aunque no fuera una secuela al uso, sí que ocupaba el mismo espacio.
No era como un acompañante a esa novela, no hubo una única chispa, por así decirlo.
En realidad, con todos los libros que escribo, lo que intento es explicarme a mí mismo algo acerca de la vida, ¿no? Y creo que, en este caso, fue que yo llevaba una época en la que estaba trabajando muchísimo, me dejaba llevar por la ambición, por la preocupación de mi carrera. Igual no estaba pensando lo suficiente en mi familia. Y en esa época, mi padre se estaba tratando un cáncer de próstata y yo creo que eso lo tenía muy en mente.
Pero vamos, la génesis fue la suma de muchas cosas distintas.
En El Tren de la Medianoche, hay al principio un pequeño capítulo, en 1974, en Venecia, titulado Luna de miel. Y luego, te lanzas a Cincuenta y dos años después, lo que es el núcleo de la novela, contado en muchos capítulos, con título en cada uno: en pasado y en tercera persona. ¿Por qué has utilizado esta estructura?
Pues, empezar en Venecia era, con ese momento de juventud, para dar un poco una idea del sabor de la novela, de cómo iba a ser.
No quería que desde el principio aquello fuera un anciano que mira hacia atrás a su vida, sino que quería que la novela realmente abarcara toda la amplitud de una vida humana. Y [de ahí lo de] empezar con ese momento muy fugaz de felicidad, para luego generar este misterio de ver a dónde va esto ahora.
En realidad, este es un libro, una novela, sobre la memoria. Y yo quería que eso estuviera muy reflejado en la escritura.
Al final, la memoria no funciona de forma lineal. Uno no recuerda las cosas en el orden exacto que pasaron, sino que en realidad quien les pone orden son las emociones o el significado o la importancia que damos a un momento concreto.
Yo quería reflejar esa naturaleza de los recuerdos en la novela.
Y eso lo haces muy bien… porque a mí me ha parecido que están perfectamente elegidas las etapas, las estaciones donde se detiene el Tren de la Medianoche.
[Matt Haig; camiseta negra, gafas, barba canosa y pelirroja; sonríe, antes de ponerse a contestar esta pregunta:]
Pues, muchas gracias. La verdad es que no fue algo muy consciente. Pero, en cuanto elegí el tren como medio de transporte para la historia, me di cuenta de que encajaba perfectamente en esa metáfora de la memoria.
Hay muchas cosas que a veces nos pasan volando junto a la ventana, mientras que en otras realmente hacemos una parada y nos detenemos a verlas.
A veces, hay días o meses o incluso años que pasan en un santiamén, mientras que en instantes concretos somos capaces de detenernos y recordarlos para siempre.
Y supongo que por eso funciona tan bien la metáfora y por eso, al menos en la lengua inglesa, hay tantísimas metáforas que comparan la vida con un viaje en tren, ¿no?, como “descarriar” o “ir por la vía correcta”.
Ojo, Matt: en el Tren de la Medianoche se puede ver el pasado, pero no intervenir en el pasado.
Al final, es el gran dilema del libro, ¿no?
Tenemos a este personaje, a Wilbur, que desde fuera parece que su vida es un gran éxito. Pero él, sin embargo, por dentro, no siente que haya tenido tanto éxito, digamos, a un nivel espiritual en su alma. Y para él es una tortura esta regla de que no se puede bajar del tren. Porque él siente esa necesidad de bajarse y hacer algo. Obviamente, la tensión de la novela reside en preguntarse si cederá a ese impulso y qué ocurriría.
Y creo que para nosotros también es válida esta reflexión, sobre que esos momentos, en los que nuestra vida nos pasa entera por delante de los ojos, sirvan para preguntarnos si realmente estamos viviendo de la mejor forma posible el momento presente.
Tu libro está contado con un estilo claro, muy visual, de gran sensibilidad, no sé por qué me ha recordado a Dickens, a Cuento de Navidad (A Christmas Carol). Y no me había dado cuenta, pero hasta que no he acabado tu libro, ¡no he descubierto la frase que pones al principio, como homenaje, antes de empezar! (precisamente de Cuento de Navidad)
Pues, sí, yo creo que la referencia la tenía que poner, porque al final creo que estoy versionando Cuento de Navidad.
Tenemos ahí a un empresario adinerado que se ha perdido en la vida, que en su juventud experimentó momentos fugaces de felicidad, pero al mismo tiempo tenía claro que no quería que Wilbur fuera malvado, que no era un Ebenezer Scrooge [el protagonista de Cuento de Navidad], sino que sencillamente era un hombre normal que en la vida ha ido haciéndose trampas al solitario a sí mismo, por decirlo de alguna manera. Y así ha descarriado un poco. Y es una suerte de advertencia para mí…
Al final, yo creo que es un halago grandísimo que me comparen con Dickens, evidentemente. Y creo también que la importancia de Dickens viene de que Dickens escribió antes del Modernismo, antes de que se inventara este sistema de clases para distinguir los libros, era alguien que tocaba temas muy profundos sobre la sociedad, sobre la humanidad, pero a la vez tenía una visión muy comercial. Él publicaba sus obras serializadas en revistas, ponía cliffhangers [momentos culminantes] al final de capítulo para que la gente tuviera ganas de seguir leyendo. Pero el tener esta orientación comercial no le impedía querer expresar ideas sobre la política, sobre temas sociales.
Y yo creo que hoy en día, con todo este mundo de marketing en el que vivimos, tal como está la industria del libro, ahora mismo sería mucho más difícil ser un Dickens. Pero sin embargo, creo que la mayor inspiración viene de no ceder, o de no doblegarse a las limitaciones que se imponen, que pasan cosas muy buenas cuando uno ignora por completo todas estas categorías de, pues, lo que es un thriller, de lo que es una novela comercial, de lo que es literario, de lo que no lo es.
Al final, la inspiración puede venir de muchos lugares distintos. A mí la inspiración me viene de la alta cultura, de la baja cultura, del cine, de la música, de los libros. Yo creo que eso es algo muy importante a tener en cuenta.
En tu novela hay diálogos. No muchos. Pero cuando aparecen, iluminan la trama.
Muchas gracias. Tengo que admitir que me cuestan mucho los diálogos como escritor. Tengo la sensación de que quizá es porque yo soy el tipo de persona que cuando ve al vecino corre a esconderse para no tener que hablar con él.
Entonces, te agradezco que me digas eso; pero al mismo tiempo recuerdo que en Alicia en el país de las maravillas hay un momento en el que Alicia dice que no le gustan los libros que no tienen dibujos y que no tienen diálogos; porque me hago cargo de que los diálogos son muy agradecidos de leer.
Soy consciente de que es algo que me cuesta, pero a la vez he mejorado.
El protagonista: Wilbur, qué gran personaje, ¿de dónde lo sacaste?
Yo creo que, al final, todos los personajes que uno escribe vienen de uno mismo en cierto modo. Y en el caso de Wilbur, es una mezcla interesante entre mi padre y yo.
Al final, mi padre conoció a mi madre en Sheffield, donde está ambientada la novela, en los años 60. Así que hay como muchos datos de la novela que vienen de ahí.
Al mismo tiempo, mi padre no era un hombre especialmente ambicioso en lo relativo a su trabajo. Creo que viene más de mí esa idea del trabajo como adicción. Y creo que, después de escribir La Biblioteca de la Medianoche, esto es una especie de advertencia para mí, de no centrarme excesivamente en mi carrera, en el trabajo. Creo que es una especie de cuento con moraleja sobre mi propia vida. Y, en cierto modo, Wilbur es el personaje más personal que he escrito.
Porque, cómo no enamorarse de Wilbur, si al final de la novela dice: “La única manera de aprender es vivir”. ¡Qué frase, y qué final!
Pues muchas gracias, otra vez. También es una frase que aparece en cierto modo en La Biblioteca de la Medianoche. Es una cosa que las conecta a las dos.
Y al final hay mucho de esta idea de: «Ay, si pudieras volver atrás en el tiempo y hablar con tu yo más joven, ¿qué consejo te darías?».
Pero es un imposible, porque al final todo el conocimiento que tenemos en la vida lo adquirimos a través de nuestros errores, de las cosas que hacemos mal, ¿no?
En mi caso, por ejemplo, a mí la depresión me hizo como soy y me permitió ser más feliz después, aunque parezca paradójico.
Yo creo que, realmente, la única forma de aprender, y de convertirnos en quienes somos, es viviendo y cometiendo esos errores.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Kan Lailey
INTÉRPRETE: Marta Armengol
Matt Haig
AdN Editorial, 336 pp., 22,95 €
Sinopsis:
El Tren de la Medianoche narra una aventura a través del tiempo, una historia de amor y segundas oportunidades en la que el autor reflexiona sobre una pregunta de lo más trascendental: “Cuando la vida pase por delante de tus ojos, ¿qué será lo realmente importante?”
Para Wilbur fue el tiempo con Maggie, el amor de su vida. Su luna de miel en Venecia. Antes de que él lo echara todo a perder.
Años más tarde, cuando está al borde de la muerte, llega un tren que puede hacerle retroceder en el tiempo para revivir los momentos más relevantes de su vida. Pronto se da cuenta de la cantidad de cosas que habría cambiado…



