Hace 23 años que la literatura hispanoamericana se quedó sin el gran Roberto Bolaño (1953-2003), sin su desenfado argumental, sin su nitidez extraviada en el desvarío. Su narrativa es propulsora de un canon, que no responde al occidental, sino a su propia desmesura artística. Con el paso del tiempo su obra logró insertarse —no sin dificultad— en un contexto desbordado por corrientes y escuelas, abriéndose paso en medio del asombro de quienes veían en este chileno a un iconoclasta, a un fiel servidor de la palabra escrita (hasta los extremos de la inmolación), a quien no le importó volver trizas lo existente en materia narrativa (y de hecho lo hizo), si con ello respondía con honestidad y transparencia a su portentoso talento, a sus ansias de reinvención de la palabra escrita; a su demoledora aspiración de ser lo que su pluma y su desventura personal le posibilitaban.
Los grandes escritores no mueren, se quedan entre nosotros, para recordarnos que su vida y su obra son elevadas cimas, y que desde ellas podemos otear el mundo, vislumbrarlo, hacerlo nuestro (en toda su vastedad oceánica), amalgamarlo y enriquecerlo, que podamos empinarnos por encima de nuestras propias medianías, y que esto sea precisamente lo que nos entregue la literatura: claridad en medio de la oscuridad de los tiempos.
De Bolaño nos quedan sus libros en prosa y verso, el verbo inquisidor, su pensar rompedor y certero, profundo y ardiente, pero resulta que su legado va mucho más allá de lo que él mismo se propuso como meta al publicar la obra —en la que dejó parte de sí mismo, y que fue erigida en medio de enormes dificultades personales—, porque ahora podemos también disfrutar de su capacidad de síntesis, de sus respuestas rápidas y lapidarias, de su entender la literatura y la existencia como un enorme laboratorio, en el que ensayamos emociones y pasiones, y dejamos mucho de nuestro propio sentir, pero también cuando brota la interioridad como lava incontenible y marca a los otros con vislumbres y huellas.
En este sentido, nos llega el libro Notas para una autobiografía. Entrevistas 1975-2003 (Alfaguara, marzo de 2026, en Narrativa Hispánica Biblioteca Roberto Bolaño), que es una selección de las mejores entrevistas concedidas por el autor —a lo largo de más de tres décadas de trajinar libresco e intelectual— a medios latinoamericanos, españoles y europeos, y en las que hallamos al mejor Bolaño: el que nada callaba, el que desmontaba con sus argumentaciones todo aquello que dábamos por sentado en el campo literario y en muchas otras temáticas, al que nada le importaba quedar bien si con ello blandía su razón y su verdad; el Bolaño reflexivo, de perfecta dicción, que cuidaba al detalle lo que su boca profería, porque sabía que lo expresado frente a un micrófono o ante la pantalla de un medio televisivo, queda asentado in perpetuum, lo que hace de estas páginas una suerte de testamento literario y personal de un autor indispensable, y en el que podemos auscultar en la profundidad de su ser y de su obra.
Notas para una autobiografía no es en absoluto un título sobrevenido ni azaroso, o sacado con fórceps en la dinámica vertiginosa de una editorial como Alfaguara, es, ¿qué duda cabe?, la síntesis perfecta de lo que en estas entrevistas podemos hallar los lectores, es decir: jirones de la vida y del pensamiento más profundo de Roberto Bolaño, la madurez alcanzada desde sus primeros pinitos literarios (cuando ganaba premios menores y de provincia), hasta la consagración con Los detectives salvajes, reconocida en muchas orillas (con esta ganó el Premio Herralde de Novela y el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos), sus certezas y contradicciones, sus reiteradas obsesiones, el escepticismo frente al futuro (Todos estamos condenados al olvido, a la desaparición, no sólo física, sino a la desaparición final, le dijo a Fernando Villagrán en 1998, pág. 65), sus penurias económicas de siempre, su ir y venir como quien deambula en medio de las sombras, sus temores y ambigüedades, su pasión y cercanía por algunos autores (pocos en verdad, entre ellos Juan Villoro, Enrique Vila-Matas, Javier Marías, Rodrigo Rey Rosa, César Aira, Alan Pauls, y, por supuesto, Jorge Luis Borges) y su desdén por Isabel Allende (su paisana) y por aquellos a quienes considera unos arribistas (una larga lista, por cierto), el exilio, sus hijos Alexandra y Lautaro (le preocupaba su futuro), su pensamiento político y los deseos de poder culminar sus libros más logrados (la ya citada novela Los detectives salvajes y 2666, que salió de manera póstuma), cuando ya la enfermedad le restaba fortaleza y esperanza, y dejaba entrever el inminente final.
Si la aritmética no me falla, conté 26 entrevistas (unas breves y otras ostensiblemente largas, de hecho el volumen alcanza las 446 páginas estupendamente editadas, como nos tiene acostumbrados la casa editora), y su magia consiste no solo en ver la evolución del personaje —tanto en lo literario como en lo intelectual y humano—, como queda dicho, sino leerlo en directo desde la oralidad: sin atajos, sin subterfugios ni intermediarios, y sin las voces de biógrafos que interpreten su sentir y su pensar (o que pudieran en algunos casos tergiversarlos de manera deliberada o por torpeza), de allí el valor de esta obra que nos entregan los herederos y Alfaguara, y cuya lectura nos permite sopesar la enorme estatura intelectual y artística del autor: su hondura, la postura crítica en cuanto al mundo de relaciones, el rechazo a la posteridad, su concepción de lo literario como un hecho “autosuficiente”, su preclara sencillez: la agudeza nacida al calor de una actividad literaria que se hizo parte integral de su vida, y que legó a las letras hispánicas obras fundantes de una renovada visión del denominado canon.
Ricardo Gil Otaiza




