“El verdadero empoderamiento de la mujer no puede confundirse con agotamiento”
La psicóloga Laura Santander presenta su primer libro titulado Volver a ti, una obra que rompe paradigmas a favor de las verdaderas necesidades de cada mujer. No es un libro de recomendaciones, no es un guion, como la propia autora lo dice; es una obra que va dejando pistas para que cada lectora coordine su propia orientación.
En esta entrevista, Santander asume temas tan interesantes como los nuevos retos de la mujer, las obligaciones que se multiplican y los estigmas que se les adjudican tanto a las mujeres adultas como a las jóvenes.
Por: Irina Casamayor
Pregunta: – ¿Por qué y para quiénes escribiste el libro Volver a ti?
Respuesta: – Volver a ti está escrito especialmente para aquellas mujeres que sienten que han vivido mucho tiempo en automático, respondiendo a expectativas externas, cargando mandatos, sosteniendo vínculos, trabajos, familias o procesos personales, pero con la sensación íntima de haberse desconectado de su deseo, de su cuerpo, de su voz y de su centro.
No es un libro para decirle a la mujer quién debe ser. Al contrario, es una invitación a preguntarse quién es cuando deja de vivir únicamente para cumplir. Lo escribí para mujeres que están en un momento de transición, de cierre, de búsqueda, de cansancio o de renacimiento. Para mujeres que intuyen que algo dentro de ellas quiere volver a hablar. Llega un punto en el que el cuerpo, las emociones o la propia historia empiezan a pedir una revisión más profunda.
P: – ¿La mochila de las mujeres tiene ahora más peso?
R: – La mochila se ha vuelto más sofisticada. Antes algunas exigencias eran más visibles; hoy muchas son invisibles, internas, psicológicas. La mujer contemporánea recibe un mensaje contradictorio: “sé libre, pero no descuides a nadie; sé exitosa, pero no demasiado incómoda; sé independiente, pero disponible; envejece, pero sin que se note; cuídate, pero no pares”.
Hemos ganado derechos, espacios, voz, independencia económica, acceso a la educación y presencia profesional. Eso es innegable y profundamente valioso. Pero muchas veces esos avances no han venido acompañados de una redistribución real de las cargas emocionales, familiares y sociales. Hoy muchas mujeres no solo trabajan fuera de casa, también siguen gestionando buena parte de la vida doméstica, el cuidado, la organización familiar, la salud emocional de los vínculos, la imagen, la productividad, el envejecimiento, la maternidad o la decisión de no ser madre, la pareja, el desarrollo personal y hasta la obligación de estar siempre en proceso de mejora.
Por eso en Volver a ti planteo que el verdadero empoderamiento no puede confundirse con agotamiento. Una mujer no está más empoderada porque pueda con todo. Está más empoderada cuando puede elegir qué cargar, qué soltar y qué ya no le corresponde sostener.
P: – ¿Y cuáles dirías que son las cargas generales que la mujer ha logrado sacar de esa mochila?
R: – Creo que muchas mujeres han empezado a sacar de la mochila algunas cargas históricas muy importantes. Una de ellas es la obligación de vivir únicamente para otros. Cada vez más mujeres se permiten preguntarse qué quieren, qué desean, qué necesitan, más allá del rol que ocupan como madres, parejas, hijas, trabajadoras o cuidadoras. También se ha empezado a soltar, aunque no del todo, la idea de que la mujer debe ser siempre complaciente, sacrificada y emocionalmente disponible. Durante mucho tiempo se confundió la bondad femenina con la renuncia personal. Hoy muchas mujeres están comprendiendo que poner límites no las hace egoístas; las hace más honestas consigo mismas y con los demás.
Otra carga que se ha ido desmontando es la vergüenza de hablar del cuerpo, de los ciclos, del deseo, de la menopausia, del cansancio, de la rabia o de la tristeza. Temas que antes se escondían o se vivían en soledad hoy empiezan a nombrarse con más libertad. También observo que muchas mujeres están soltando la idea de que hay una única forma correcta de ser mujer. Ya no todas quieren vivir el mismo guion. Algunas eligen la maternidad, otras no. Algunas priorizan su carrera, otras su vida interior, otras buscan una mezcla más propia. Esa diversidad es sana. Lo importante es que la elección sea consciente y no una obediencia disfrazada de destino.
P: – ¿Ser mujer es una exigencia aprendida?
R: – En buena parte, sí. Ser mujer, tal como muchas veces se nos ha enseñado, está lleno de exigencias aprendidas. No me refiero al hecho profundo, biológico, simbólico o identitario de ser mujer, sino al paquete cultural que suele venir asociado: agradar, cuidar, sostener, verse bien, no incomodar, no envejecer, no desbordarse, no ser demasiado intensa, demasiado ambiciosa, demasiado libre o demasiado difícil. Desde muy temprano muchas mujeres aprenden que su valor está relacionado con la aprobación externa. Aprenden a leer el ambiente, a cuidar el tono, a anticipar necesidades, a suavizar conflictos, a cargar emociones que no siempre les pertenecen. Eso tiene consecuencias psicológicas importantes, porque una mujer puede llegar a ser muy funcional hacia afuera y muy desconocida para sí misma hacia adentro.
En Volver a ti planteo una revisión de lo aprendido. Hay una diferencia enorme entre cuidar desde el amor y cuidar desde la obligación; entre amar y desaparecer; entre acompañar y sostenerlo todo; entre ser sensible y vivir secuestrada por la expectativa ajena. Ser mujer no debería ser una exigencia, debería ser una experiencia viva, amplia y propia. El problema no es ser mujer; el problema es tener que representar una versión de mujer que nos deja sin aire.
P: – Se habla de los estigmas que se les adjudican a las mujeres adultas, pero las jóvenes también se enfrentan a muchos dilemas y prejuicios. ¿Qué opinas de estos dos puntos?
R: – Considero que las mujeres adultas y las mujeres jóvenes enfrentan prejuicios distintos, pero ambos responden a una misma raíz: la dificultad social para permitir que la mujer exista fuera de moldes rígidos. A la mujer adulta se le adjudican estigmas muy duros. Se la presiona con la edad, con el cuerpo, con la menopausia, con la idea de que pierde atractivo, valor o posibilidad de reinvención. Pareciera que la sociedad todavía tolera mal a una mujer madura que se elige, que desea, que cambia, que comienza de nuevo, que pone límites o que decide vivir desde otro lugar. Como si la madurez femenina tuviera que ser sinónimo de renuncia, cuando en realidad puede ser una etapa de enorme lucidez y poder personal.
Pero las jóvenes tampoco lo tienen fácil. Ellas viven en un contexto de hiperexposición, comparación permanente y exigencia estética brutal. A muchas se les pide libertad, pero se las juzga por ejercerla. Se les dice que pueden ser lo que quieran, pero siguen recibiendo presión sobre su cuerpo, su sexualidad, sus vínculos, su éxito, su imagen y su forma de mostrarse al mundo. Las mujeres adultas cargan muchas veces con el mandato de no envejecer; las jóvenes, con el mandato de construirse bajo una mirada permanente. Unas luchan contra la invisibilización; otras contra la exposición excesiva. Ambas necesitan algo común: permiso interno para habitarse sin tener que pedir disculpas por la etapa vital en la que están.
P: – ¿Percibes una disposición creciente a transformar paradigmas?
R: – Sí, la percibo. Hay una conversación social mucho más abierta sobre salud mental, cuerpo, ciclos, trauma, autocuidado, vínculos, maternidad, identidad, límites y autonomía femenina. Hoy muchas mujeres se atreven a cuestionar frases que antes parecían verdades absolutas: “así son las cosas”, “una madre siempre puede”, “las mujeres aguantan más”, “no es para tanto”, “calladita te ves mejor”.
Sin embargo, transformar paradigmas no es solo hablar distinto; es vivir distinto. Y ahí está el verdadero desafío. Podemos tener discursos muy modernos y conductas todavía muy antiguas. Podemos defender la libertad de la mujer, pero seguir juzgándola cuando no cumple el rol esperado. Podemos hablar de autocuidado, pero seguir premiando a quien se agota. La transformación real requiere coherencia. Requiere revisar cómo educamos, cómo amamos, cómo trabajamos, cómo repartimos las tareas, cómo miramos el cuerpo femenino, cómo hablamos de la edad, cómo acompañamos la maternidad y también cómo respetamos a las mujeres que no desean ser madres.
Sí veo disposición, pero todavía necesitamos pasar de la conciencia al comportamiento. Porque un paradigma no se transforma solo con ideas bonitas; se transforma cuando cambia la manera en que vivimos, decidimos y nos relacionamos.
P: – ¿El hombre es más aliado ahora que antes?
R: – En muchos casos sí, pero depende mucho del nivel de conciencia, educación emocional y disposición real al cambio. Hay hombres que hoy escuchan más, participan más, se cuestionan más y desean construir relaciones más equilibradas. Eso es esperanzador. También hay padres más presentes, parejas más corresponsables y hombres que ya no quieren repetir modelos rígidos de masculinidad.
Pero también hay que decirlo con claridad: ser aliado no es solo estar de acuerdo con la igualdad en teoría. Ser aliado implica revisar privilegios, compartir cargas, escuchar sin ponerse siempre a la defensiva, acompañar sin dirigir, respetar los procesos de la mujer y participar activamente en la transformación de los vínculos. Algunos hombres se consideran aliados porque “ayudan”. Pero ayudar no es lo mismo que corresponsabilizarse. En una casa, en una familia, en una relación o en una sociedad, no se trata de que el hombre “ayude” a la mujer con lo que supuestamente es de ella. Se trata de comprender que la vida compartida también exige responsabilidad compartida.
Dicho esto, no creo en una conversación basada en la guerra entre hombres y mujeres. Creo en una conversación más madura. El cambio femenino también invita al hombre a liberarse de sus propios mandatos: no tener que ser siempre fuerte, proveedor, invulnerable o emocionalmente torpe. Cuando una mujer vuelve a sí misma, también puede abrirse la posibilidad de vínculos más verdaderos, no desde la sumisión ni desde la lucha, sino desde la conciencia.
P: – ¿Faltan más libros centrados en la mujer? ¿Laura Santander seguirá en esa dirección?
R: – Por supuesto, pero no solo libros que hablen de la mujer como tema, sino libros que la miren con profundidad, sin reducirla a estereotipos, heridas o consignas. Faltan libros que aborden la experiencia femenina desde el cuerpo, la mente, los ciclos, la edad, la espiritualidad, la cultura, el deseo, el cansancio, la rabia, la ternura, el trabajo, los vínculos y la transformación personal. Durante mucho tiempo la experiencia masculina fue presentada como universal, y la experiencia femenina como particular, secundaria o íntima. Por eso es tan importante seguir escribiendo sobre mujeres, no para encerrarnos en una categoría, sino para ampliar la comprensión de lo humano.
Me interesa profundamente acompañar procesos de transformación femenina, especialmente en mujeres que están atravesando cambios vitales, cierres de etapa, crisis de identidad, cansancio emocional o búsqueda de sentido. Pero no desde un lugar ingenuo ni superficial. Me interesa hablar de lo femenino con belleza, sí, pero también con verdad. Volver a ti no es el final de una conversación; siento que es el inicio de una línea de trabajo y escritura que seguirá creciendo. Porque cada etapa de la vida de una mujer merece ser narrada con dignidad, inteligencia y profundidad. Y porque volver a una misma no es un destino fijo: es una práctica, una decisión y, muchas veces, una forma silenciosa de revolución.




