«…Las letras se convirtieron en una voz cada vez más familiar, siempre dispuesta a ayudar, a masajear el ego, a contar algo que no sabías o a proponer alguna aventura, por muchas negativas con las que hubieras querido frenar su infatigable insistencia. También a hacerte sentir importante, pero no tanto. La mayoría de las veces, aunque hubieras preferido no prestarte a ello, la conversación transcurría traficando con información de otra gente, del periódico donde confío en seguir trabajando y de un negocio enrarecido por una crisis que llegaba desde todos los frentes y nadie terminaba de entender. Conocía a casi todo el mundo, podía llegar a quien fuera. O eso te hacía creer con fotos, comentarios y nombres con los que trufaba las conversaciones. Ya sé que has hablado con este, me ha dicho que no sé cuántos. Espera tu llamada. Lo que le contabas, era evidente, engordaba un sistema de información que espolvoreaba en otras conversaciones. Pero daba igual. Era divertida, compulsiva, agotadoramente insistente, irónica, descarada y sorprendente. Y si algo sonaba a trola, ah, era una broma. Pero todo aquello era el relleno del pavo, la cháchara. La especialidad era hurgar ahí dentro. Detectar con precisión la fragilidad, las debilidades o el miedo específico. El trato era ese. Se lo entregabas y pedías a cambio. Conversaciones sobre hijos, colegas, sexo, libros o jefes que te hicieran la vida imposible en el trabajo. Secretos, complicidades, confesiones. Ella tenía solución. O eso podías creer…»
Estas frases son del libro La bola de Daniel Verdú, publicado por Alfaguara y que desde el 4 de junio está en todas las librerías. Una obra que nos habla de una mujer misteriosa, que irrumpió en la escena mediática española en 2011, en pleno colapso económico y social. Todos hablaban de ella, pero nadie la había visto. Una abogada de origen siciliano, la hija de Aznar, un hombre con filtro de voz. Nadie sabía quién era realmente Mar de Marchis, pero todos querían tenerla cerca.
Arrolladora, creativa y frágil, fundó una revista de culto sin salir de su casa. Su voz se infiltró en grandes periódicos, sedujo y convenció a escritores o políticos y firmó contratos sin dejarse ver. Mandaba fotos de una joven atractiva que cautivó a muchos. La persona no existía, pero su influencia y sus ideas eran reales. El mito y el misterio le dieron poder en un mundo marcado ya por el anonimato, las redes sociales y la crisis de la verdad. ¿Quién fue? ¿Una mente brillante, una impostora o un síntoma de su tiempo?
Recordemos que Daniel Verdú (Barcelona, 1980) comenzó a trabajar como periodista en la sección de Local de El País en Madrid. Pasó por Cultura y Reportajes, cubrió atentados islamistas en Francia y la catástrofe de Fukushima. Fue corresponsal siete años en Italia y el Vaticano, donde vio caer cinco gobiernos y convivir a dos papas. Hoy es corresponsal en París. Los martes firma una columna en Deportes.
Por La bola, su primer y recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistarle, para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Daniel, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Este libro es una crónica de un tiempo de crisis, que probablemente empieza en 2011, con la resaca de la crisis financiera de Lehman Brothers, las hipotecas subprime y la caída de publicidad en los medios, en el que la mayoría de gente del mundo se dio cuenta de que la habían engañado durante mucho tiempo. Todo era mentira, los créditos, la política, la información. Todo era una gran bola, una trola descomunal.
Y 2011 fue esos momentos tan particulares en los que un viejo tiempo, como comentaba Gramsci, no termina de morir y uno nuevo no termina de nacer. Y ocurren cosas extrañas. Y entre las cosas que ocurrieron fue ese vendaval que provocaron las redes sociales, un internet que entonces parecía que era un viento de libertad y que iba a transformar el mundo, y toda una generación de jóvenes que dimos en llamar millennials en aquella época, que creyeron de verdad, que probablemente es la generación más ingenua de los últimos cincuenta años y más estafada, y pensaron de verdad que todo aquello iba a cambiar el mundo, y que íbamos a ser mejores; igual que nosotros pensábamos también con la pandemia y luego fue todo un horror igual.
Ese momento, que probablemente dura quince años -fue una sacudida enorme también en los medios de comunicación, perdimos el norte, surgieron nuevas cabeceras y vivimos esa ilusión de cambio-, lo quise contar a través de la figura misteriosa, magnética y, para mí, fascinante de Mar de Marchis, que fue la fundadora y la directora de una revista llamada Jot Down, pero cuya obra probablemente más importante fue su propio personaje, su propia biografía, y la influencia que llegó a tener en muchos ámbitos, especialmente en el de los medios de comunicación que, como te digo, era un poco el más afectado esos días en aquella tormenta que ya atravesamos todos.
¿Y qué hizo de resorte para ponerte a escribir este libro? ¿Algún recuerdo, alguna imagen, alguna experiencia?
Yo creo que todo el mundo que oyó hablar de esta persona y de este personaje pensó siempre que era un personaje de libro, que era en sí mismo una novela en construcción permanente.
Mucha gente tuvimos relación más o menos intensa con ella. Y, cuando falleció tristemente, tuve la sensación, como te decía antes, que era un síntoma de una época ella. Y ocurre muy pocas veces, yo creo -los escritores se vuelven locos por encontrar personajes que expliquen momentos concretos de la historia-, y hablándolo con amigos en cenas, etcétera, y compartiendo algún día, hubo un momento que pensé, hostia, es fabulosa [Mar de Marchis] para explicar todo lo que vivimos y no solo para hablar de ella, que también. Pero hay una parte, en esto yo siempre insisto, que no es una biografía, ni mucho una biografía exhaustiva, ni un biopic. Es simplemente un retrato construido, a través de casi ochenta fuentes distintas, de que esta mujer que, por otro lado, como sabes, muy poca gente vio, yo no la conocí en persona, un retrato construido a través de la fascinación, del recuerdo, de grabaciones, de documentos que he ido encontrando y que me han permitido hacer esta figura un poco poliédrica.
Pero, Mar de Marchis, ¿realmente era tan fuerte su personalidad, tan arrolladora?
Yo creo que la gente que sí aceptó, digamos, participar de esa trama que ella construyó narrativa, por decirlo de alguna manera, sintió que muchas de las necesidades que tenía en ese momento estaban satisfechas con la relación que mantenían con ella de todo tipo, consejos, influencia, conversación: desde profesional a probablemente también sexual.
Y ella, como dice uno de los personajes del libro, digo personajes pero que son personas reales, [porque] el libro, insisto muchas veces con esto, no es un libro de ficción, no tiene ni un gramo de ficción, puede ser que yo me haya equivocado en algo o que pueda haber alguna imprecisión, pero todo lo que ocurre, incluidos los pensamientos que puede tener ella en algún momento, son cosas que ella ha dicho, le ha dicho a alguien, me lo dijo a mí, está en una grabación, está en documento, lo dejó escrito en redes sociales: estoy mal porque me ha ocurrido esto, [con todo ello] yo construyo una narración, pero no una ficción.
Yo creo que ella, en su farsa, en su engaño o en su ficción, no dañó a nadie, o no desde luego voluntariamente, pero es verdad que, probablemente, la influencia que ejercía y el peso que tuvo en las decisiones que tomó mucha gente, sí fue real.
Una de las personas del libro decía eso. Yo le preguntaba, extrañado: tú te das cuenta de que esta persona, que me estás describiendo tan influyente y que muchas decisiones que has tomado tienen que ver con sus consejos, no existía en realidad. Y entonces esa persona, que yo creo que es una idea que recorre el libro, decía: ella no existía, pero sus ideas sí.
Y es verdad. Yo creo que muchas de las ideas, muchas de las cosas que hizo eran reales, y están ahí, y mucho del talento que ella descubrió y promocionó. Yo creo que eso la avalaba mucho. La gente confío en eso.
Y luego, respecto a la ingenuidad que probablemente había, yo a veces pienso -ayer lo hablábamos en la presentación del libro- en la historia del timo a la señora por parte del nigeriano que se hace pasar por Brad Pitt, aquel que dice: Pero, ¡coño, señora, cómo puede ser que le haya transferido cincuenta mil euros a este tío que le dijo que era Brad Pitt…! Bueno, pues hay que encontrarse también en determinadas situaciones, de soledad, de falta de ideas, de miedo, de fragilidad, de debilidad.
Yo creo que justamente ese momento, que es el que a mí me interesa retratar en el libro, era muy propicio a una cierta picaresca o a un cierto tipo de persona que de alguna manera ya había presentido ese tiempo, como le ocurrió al personaje del libro. Y eso también es muy interesante. Se adelantó a todo eso que iba a ocurrir, de las redes sociales, del anonimato, de los filtros, de esa sensación de crisis permanente en la que hemos vivido luego. Porque es verdad que hablamos de ese momento como un momento puntual, un momento turbulento, de tormenta, etcétera, pero es probable que no haya mejorado nada el mundo y siga igual de mal o peor, solo que nos hemos acostumbrado, yo creo, ya a que todo sea una mierda.
El título, La bola, aunque lo has mencionado de refilón, explícanos un poco más por qué se llama así.
Tiene muchas acepciones y significados. La bola, primero, porque uno de sus apodos en redes fue La bola, porque durante mucho tiempo escribió a través de la cuenta de la revista, que fue una cuenta de Twitter desbordante, divertida, corrosiva, invasiva, natural, en el sentido de que no había nada impostado, y ella era quien la manejaba y, como nadie sabía quién era, mucha gente empezó a llamarla La bola.
Pero La bola también hace referencia en este caso a algo que se va, que empieza a rodar y de lo que pierdes el control. Algo que muchas veces tiende a hacerse cada vez más grande. Y algo que generalmente termina siendo mentira.
Dices en la pag. 219: “Algo en su relato obligaba a hablar de uno mismo. Descubrirse y descubrir alguna cosa que muchos preferían preservar”. Mmmm, Daniel, ¿qué has descubierto aquí tú de tu vida?
Ostias, una buena pregunta. Bueno, yo cuando escribo esto, a lo que me refiero es que muchas veces ha habido un silencio en torno a esta persona y a este personaje atronador, se diría de manera cursi, porque cuando tú interrogas a la gente sobre ella, estaban obligados también a descubrir algo de ellos mismos que, probablemente, les daba vergüenza o de lo que no se enorgullecían o un cierto pudor. O simplemente algo que consideran que podían dañar a terceras personas.
Me he encontrado con algunas personas que, o no han querido hablar, o solo han querido hablar de forma anónima, porque no les apetecía asociarse a algo que consideraban vergonzante con el paso del tiempo, de una cierta exhibición, un pudor.
Era una época muy particular en esa ingenuidad que había también en redes sociales y en la comunicación por WhatsApp. La gente mandaba unas cosas flipantes. Hoy en día la gente es muy cauta, no nos mandaríamos según qué fotografías ni según qué tipo de mensajes. Todo el mundo piensa que eso puede terminar en un incendio, en un fenómeno viral o en la portada de una revista digital. Y en cambio ahí, en ese mundo nuevo que estaba naciendo, pues, bueno, éramos muy ingenuos y probablemente cometimos errores por esa falta de cinismo, quizá. Y eso permitió que mucha gente le mandara muchas fotografías y muchas cosas que hoy no se enviarían por WhatsApp.
Siguiendo con tu vida: en el libro, aparte de Mar de Marchis, hablas de lo que fue tu vida en Roma, del nacimiento de tu hija…
Yo lo hice por varios motivos, no conscientemente, porque la vanidad es algo que el mundo controla, pero yo estoy prácticamente seguro de que no es por vanidad, sino porque me parecía un ejercicio de transparencia.
El libro tiene algunas zonas algo borrosas. Yo tengo, en muchos momentos de la historia y de la construcción del libro, dudas sobre por qué lo estoy escribiendo, si tengo derecho a escribirlo, porque es verdad que cuenta con la oposición de su familia. Y todas esas preguntas que me van asaltando, incluso la gran pregunta que es que, probablemente, no estoy siendo capaz de contar toda la verdad de esta historia y solo es una parte, quería transmitirlas al lector. Ahí tiene un cameo Cercas también, para hablar de la impostura. Y pese a que no estemos de acuerdo en esa idea que él tiene tan radical de lo que es verdad y lo que es mentira, sí que él me dice: si tienes dudas, si crees que a lo mejor la estás cagando en algo, lo dices. Es la transparencia, es lo que llaman la tramoya, de que se vea un poco que es una función y que se vean a los operarios por detrás pasando los escenarios.
Entonces, mi idea de ponerme era eso, hacer un poco de striptease y mostrar tus propias miserias, tu propia impostura y tus dudas emocionales permanentes en la escritura del libro, que es un poco también lo que probablemente he aprendido en ese viaje perturbador contra uno mismo, hacia uno mismo, que es escribir, que es realmente terrorífico.
Hablemos ahora del estilo: cuentas cronológicamente cuando te interesa y, cuando no, saltas a la infancia, saltas a las diferentes épocas del personaje…
Hay varias cosas que a mí me interesaba hacer. Primero, [referente a] esos viajes adelante y hacia atrás, sí que es verdad que he tenido a una editora que a veces me dijo: no te pases porque al final se pierde el lector.
Yo creo que eso tiene que ver un poco, la manera en que está escrito el libro, con que me gusta mucho leer. Soy buen lector. Pero también en los últimos tiempos hemos visto muchas series. Y me doy cuenta de que muchas de las construcciones que estaba haciendo, a veces comienzo con los finales los capítulos, esos flashbacks, etcétera, tenía que ver con algunas de las series buenas que nos han gustado en los últimos años. O sea, creo que empezamos a tener mucha influencia de muchos tipos de narración que no son solo la propia literatura.
Y hay otra cosa que también me apetecía hacer, que era hacer un libro sin comillas. No quería hacer un libro de: este dice que tal, el otro cuenta que esta señora era no sé qué, o recuerdo que… Por muchos motivos. Porque creo que era también un ejercicio de honestidad con el libro de que todo fuera una mezcla de pensamientos, narración. Solamente los diálogos, cuando sí que son diálogos entre algunas personas, los he subrayado.
Es una cosa tan pesada del periodismo eso de las comillas que ponemos todo el tiempo, que, llegas a casa, y te dan ganas de ducharte de tanta comilla que has puesto.
Los libros, al final, para los que escribimos a diario de otra manera y en un formato mucho más encorsetado y más rígido, son un momento de liberación.
Yo creo que escribimos libros para eso, para poder tener un campo y correr en pelotas, digamos, sin que nadie nos diga nada.
Daniel, tu libro es una quest, como dicen los ingleses, de manual: una pesquisa, una investigación, como En busca del barón Corvo o, también, Ciudadano Kane. Lo que hace que nos preguntemos si no es más atrayente la propia quest, la investigación, que el personaje investigado.
Eso es muy interesante, porque yo creo, como cuando hablábamos de la tramoya, que al final lo más interesante se convierte, como pasa a menudo en el proceso de construcción de la cosa, y por eso quería narrarlo y no esconderlo, en esos fracasos, en esas constataciones de que no vas a ser capaz de hacer una cosa determinada, en los logros cuando encuentras a alguien que llevas mucho tiempo buscando y que te cuenta una cosa que habías escuchado y que nadie te había llegado a contar.
El personaje, por supuesto, es fascinante, pero creo que el proceso de construirlo, no porque lo haya hecho yo, sino porque la propia historia era compleja, es tan interesante como el propio personaje y por eso no quería ocultarlo.
[Y Daniel Verdú se detiene en su hablar rápido; moreno, camisa granate, camiseta; para a los pocos segundos añadir:]
Por eso no hay comillas. Tampoco he atribuido a nadie algunas cosas. Generalmente, la mayoría de cosas las recuerda alguien y son asuntos que han sido bastante contrastados. Yo, aunque luego me pueda equivocar, estoy seguro de que lo que he contado, como te decía antes, procede siempre de fuentes reales y de que ocurrió.
Y aunque luego me pueda equivocar, es verdad que es un magma de recuerdos, y los recuerdos siempre son ficciones por naturaleza. Por eso también empiezo con una citada de Valle Inclán y hablo de cómo deformamos nuestros propios recuerdos, y hablo de los míos también para expresar esas dudas, porque muchas veces las cosas las recordamos o, mejor, generalmente las idealizamos o las vivimos a través de un trauma y nos parecen incluso peores de lo que fueron.
Es verdad que eso ofrece una imagen deformada, pero por suerte no solo el libro son testimonios, sino son cosas que ella escribió, también son cosas que me dijo a mí o le dijo a otra gente, son grabaciones que quedaron.
Es verdad que ella misma podía también mentir en la propia construcción de su biografía, pero por eso he querido exponerme y decir que, bueno, yo no sé hasta qué punto muchas de las cosas pueden pertenecer a pequeñas ficciones que uno construye a lo largo de que pasa el tiempo.
Qué bien… Tu libro tiene ideas brillantes, frases con mucho gracejo, como cuando comentas que Enric González le dijo a Mar: “Antes de despedirse le dio lo único indispensable para sobrevivir [en Roma]: el nombre de un par de buenas trattorie y el teléfono de un cura”.
Enric es clave en esta historia. Enric fue una persona que conoció muy bien a Mar y que como él contaba cuando escribió su necrológica en El País, que era muy sintética y muy precisa, como todo lo que hace él, pero muy descriptiva: yo fui cómplice y víctima a la vez.
Y fue así, durante un tiempo fue víctima de esa estrategia que tenía ella para camelar a la gente y luego pasó al otro lado del espejo, digamos, y vio desde el otro lado cómo ella camelaba a todo al resto. Y la ayudó. La ayudó a montar la revista, sugirió muchos nombres, sugirió muchos enfoques y es un personaje clave para escribir la historia y para ella.
Pero es que además, para una generación de periodistas como la mía, para mí especialmente, Enric es una leyenda del oficio. A veces yo digo que escribí este libro casi para entablar una amistad con él. Eso es fundamental. Y es un tipo, si tú le conoces y le has leído, brillante, extraordinario y muy generoso.
Igual que hablas de Enric González, también hablas de Javier Cercas, de Arcadi Espada. Tantos nombres. Haces un amplio retrato del mundo periodístico y cultureta de la época. Y ese, yo creo, era el gran reto de tu libro, trascender el mundo de connoiseurs, entendidos en la materia, y que le interese a cualquiera, fuera de él.
Por eso creo, volviendo otra vez a la idea del síntoma, que no es un libro para la gente del sector, que probablemente lo disfrutará más que los otros, porque tendrá más datos. Pero creo que es una historia universal, que habla de tal y es una cosa que ha ocurrido en distintos momentos de la historia. Pero que retrata particularmente ese tiempo que vivimos.
Yo siempre tengo, para comprobar eso, un par de tías en la familia que les doy a leer siempre las cosas para ver si funcionan. Y bueno, en este caso parece que sí, que les gustó, a pesar de ser completamente ajenas a este micromundo en el que vivimos y chapoteamos todo el tiempo.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Raquel Celma
Daniel Verdú
Editorial Alfaguara, 224 pp., 20,90 €
Sinopsis:
La historia real sobre la misteriosa mujer que puso en jaque la verdad en España
Una mujer misteriosa irrumpió en la escena mediática española en 2011, en pleno colapso económico y social. Todos hablaban de ella, pero nadie la había visto. Una abogada de origen siciliano, la hija de Aznar, un hombre con filtro de voz. Nadie sabía quién era realmente Mar de Marchis, pero todos querían tenerla cerca.
Arrolladora, creativa y frágil, fundó una revista de culto sin salir de su casa. Su voz se infiltró en grandes periódicos, sedujo y convenció a escritores o políticos y firmó contratos sin dejarse ver. Mandaba fotos de una joven atractiva que cautivó a muchos. La persona no existía, pero su influencia y sus ideas eran reales. El mito y el misterio le dieron poder en un mundo marcado ya por el anonimato, las redes sociales y la crisis de la verdad. ¿Quién fue? ¿Una mente brillante, una impostora o un síntoma de su tiempo?
La bola es un viaje a su enigma, pero también el retrato de la época en que la representación de la realidad empezó a resquebrajarse. Una historia verídica que podría ser ficción. La paradoja de nuestro tiempo reciente: la verdad en manos de una mentira.




