Ana María Shua es una escritora argentina consagrada, portadora de innumerables galardones en distintas áreas de la literatura. Varias de sus obras han sido llevadas al teatro y al cine. Es una de las precursoras de los microrrelatos, en Latinoamérica y sobre todo en España. Y en Argentina se la conoce quizá más aún por su profusa obra de literatura infantil y juvenil. Pero la verdad es que se trata de una autora muy versátil que ha transitado casi todos los géneros literarios con gran éxito. Sus obras han sido traducidas a dieciséis idiomas.
Su último libro “El cuerpo roto”, que ha publicado Páginas de Espuma en 2025, es una obra maestra que se atreve a temas complejos tales como el dolor, la enfermedad, la vejez, la muerte. Y lo hace desde perspectivas múltiples y enriquecedoras, a veces con mucho humor, otras con gran sensibilidad, y la mayoría de las veces con esa honestidad brutal y claridad que la caracteriza. La autora experimenta con estos cuerpos atravesados por la enfermedad; quebrados, alienados, modificados. Con mentes que se adaptan o se resisten, y buscan escaparse del dolor, de aceptar lo inevitable. Son cuentos que atrapan desde el principio, que ganan al lector sin trucos ni artimañas, solo con la profundidad con la que trata temas que nos son comunes a todos. ¿Quién no ha sufrido la fragmentación del dolor, de la enfermedad, el temor a sufrir, la incertidumbre? Aquí se ven reflejados todos los actores que intervienen en el cuidado de la salud; no solo los pacientes sino también los cuidadores, médicos o familiares, en una suerte de recorte de la sociedad y de las relaciones, y el enrarecimiento que la enfermedad introduce. Nadie sale indemne de la enfermedad. Nadie es indiferente a la muerte.
“Los seres humanos estamos obligados a fingirnos eternos para sobrevivir”, dice la autora. Incluso con la certeza de que no hay historia humana que no termine mal, se sigue adelante. Sí, se sigue adelante aún con “el cuerpo roto”.
Sé que siempre has sido una lectora muy ávida y que empezaste a escribir desde muy chica, pero, ¿qué fue lo que hizo que te decidieras a dedicarte a escribir?
Mi primer éxito literario fue a los ocho años, con un poema para el Día de la Madre. Después por un tiempo no escribí y a los diez tuve una maestra que me alentó mucho y tuve una producción muy generosa. En esa época escribía poesía clásica, con rima, con métrica, pero yo no lo sabía. Cuando me enteré de lo que era la métrica y la rima me pareció algo ridículo y completamente inverosímil. Incluso les dije a mis compañeras: miren si un poeta, en el momento en que le viene la inspiración, se va a poner a contar cuántas sílabas tienen los versos. Y fui corriendo a contar, a ver cuántas sílabas tenía lo que yo había escrito. Y por supuesto, la mayoría eran octosílabos, que es la métrica más natural del idioma español, y también había endecasílabos. Me llevé una sorpresa que no te puedo decir. Es algo que viene de toda la vida. Pero al mismo tiempo me parecía un sueño imposible llegar a ser escritora. Siempre pensé que tenía que tener algún otro medio de vida, tenía que hacer alguna otra cosa, porque, bueno, era un azar si realmente lo iba a lograr o no. Pero quería ser escritora. Siempre quise.
Qué interesante esta forma intuitiva de la poesía. Y sobre el deseo de ser escritora y las dudas de poder lograrlo, hay uno de los cuentos que trata de eso, sobre todo de la duda de los padres, de la sociedad.
Una duda muy razonable, porque es algo que mucha gente desea y muy pocos consiguen, ¿no? Muchos serán los llamados y pocos serán los elegidos. Así que entiendo que a los padres les preocupe que un hijo decida dejarse llevar por su vocación artística. Es comprensible.
Totalmente. Y, además, claro, no es escribir un libro y hacerse millonario, ¿no?
Es todo un trabajo. Por supuesto. Y va más allá de hacerse millonario, ¿no? Yo no pensé en el tema de ganar dinero con la literatura. Sí pensaba en el éxito. Me parecía que un escritor era alguien a quien los demás consideraban escritor. Y eso era lo que no sabía si iba a conseguir. Ser escritora entre los escritores, ese era mi sueño.
He leído algo que decís sobre la vanidad del escritor. Me parece muy interesante y me gustaría que nos contaras algo al respecto.
La vanidad es fundamental, creo, en todo tipo de actividad artística. Por eso a veces hay gente que me dice, bueno, yo escribo, escribo, escribo, escribo y después rompo todo lo que escribí o lo borro, escribo como descarga. Así no vas a ser escritor. Los escritores somos mucho más vanidosos que eso. Es poco lo que destruimos y mucho lo que guardamos de todo lo que hacemos, de lo bueno y de lo malo. Así después se publican esos libros póstumos espantosos. Cosas que nunca deberían haberse publicado.
Pero bueno, la vanidad es esencial. Una característica fundamental para poder seguir adelante. El motor que hace que uno llegue a publicar o a mostrar lo que hace con orgullo o por lo menos con seguridad. Es que uno necesita el aplauso. Fue importantísimo para mí el aliento que me dio esa maestra de quinto grado. Y cuando pasé a sexto, la maestra de sexto no me daba tanta bolilla y bueno, nada, me bloqueé.
El aplauso y el aliento es fundamental cuando uno cocina. No necesita acaso que la gente limpie el plato y diga qué rico, o pida un aplauso para el asador, por ejemplo. Cualquier actividad que uno haga para el disfrute de los demás, necesita saber si los demás realmente la están pasando bien o no.
Has contado que empezaste escribiendo poesía, que fue tu despegue literario. Y después has seguido con una variedad de géneros: novelas, microrrelatos, cuentos para niños y para adultos. ¿Todo te produce el mismo placer o hay algún género en el que fluyas con más facilidad o con más comodidad?
Yo creo que me dan más trabajo las novelas, pero me parece que a todo el mundo, incluso a los novelistas natos. Yo no me siento una novelista nata, yo aprendí con mucha dificultad a escribir novelas y hay escritores que se sienten más cómodos que yo en el género. Pero para todo el mundo la novela da trabajo. A veces digo, bueno, un pésimo libro de versos se puede escribir en una noche, pero una horrible novela no. Incluso una horrible novela lleva mucho tiempo de trabajo.
Ahora te digo que, en términos generales, para mí, un libro de microrrelatos, de cuentos y una novela me llevan más o menos tres años, digamos, porque una cosa es escribir un microrrelato y otra cosa es un libro de microrrelatos. Pero más o menos ese es el tiempo que me lleva un libro. A menos que sean adaptaciones. Adaptaciones de literatura anónima, de tradición oral. Porque ya la base está dada, es cierto, no tenés que tramar todo. Es un trabajo de oficio. Ahí no tengo que inventar nada, tengo que pensar solo en una manera simpática y agradable de volver a contarlo. Es lo que los anglosajones llaman retelling, y retelling, volver a contar, es mucho más fácil que inventar de cero.
Y hablando de proyectos de libros, ¿cómo surgió el proyecto de este libro, “El cuerpo roto”? ¿Por qué escribir sobre esta temática?
Bueno, el tema de “El cuerpo roto”, el tema de la enfermedad, de la medicina, de la relación con los médicos, de los cuidadores, es un tema que yo no sabía, pero hoy, mirando hacia atrás, es un leitmotiv en mi obra. Cuando escribí mi primera novela, “Soy paciente”, que tiene que ver con la historia de un tipo que se interna en un hospital y, bueno, se produce una situación muy disparatada, muy kafkiana, pero al mismo tiempo con humor.
En ese momento yo creí que estaba escribiendo eso por casualidad, porque se había dado una situación muy parecida en la realidad, con un amigo nuestro, y dije, bueno, de acá podría salir una novela. Y después, ahora, mirando para atrás, me doy cuenta que el tema de la enfermedad fue reapareciendo una y otra vez. Hay algo de eso que me fascina, la relación médico-paciente, la relación de la persona, de la mente, frente a la enfermedad, la reacción del cuerpo, la relación con los cuidadores, con los que están rodeando al enfermo, toda la situación y la lucha contra la muerte, bueno, me resulta fascinante, lo veo como una especie de aventura.
En los últimos años he tenido muchísimos problemas de salud, pero antes era sanísima y también escribía sobre ese tema.
O sea, que es parte de tu imaginario. ¿Hay una gran investigación de fondo, o prestás mucha atención a la terminología médica? Es interesante porque uno aprende también con tus relatos.
Es que me interesa, yo estuve a punto de seguir medicina, lo pensé muy seriamente, y por suerte en algún momento me di cuenta de dos cosas; lo que realmente me interesaba de la medicina eran las palabras, y que no tenía ganas de asumir semejante responsabilidad. De la medicina las palabras me fascinan absolutamente, me interesan, no me olvido, me acuerdo los nombres de los remedios, de las enfermedades, de las partes del cuerpo.
¿Estará relacionado con el interés de tu mamá por la psicología, la salud humana? ¿Ha sido un poco el motor?
No me parece, sé que a mi mamá le hubiera gustado ser médica, ella fue dentista, estudió para dentista, y trabajó unos años como tal. No le gustaba, pero lo hacía, y después estudió psicología y se dedicó a eso, y yo siento que le pasó por los dos lados a la medicina, y en realidad a ella sí le hubiera gustado mucho ser médica. No sé, quizás eso tuvo algo que ver con mi interés por el tema.
¿Y descubriste que tenías muchos cuentos relacionados con eso, o “El cuerpo roto” fue un proyecto armado desde el principio con esta lógica?
“El cuerpo roto” reúne muchos cuentos que ya tenía escritos sobre el tema y otros que escribí especialmente para el libro.
Un libro de cuentos, igual que una novela, se arma un poco como un rompecabezas, van apareciendo algunas piezas, y esas piezas van dejando la forma en el espacio que debe tener la pieza que falta. En función de los cuentos que ella tenía, son los cuentos que escribí, lo que me parecía que le faltaba a eso para convertirse en un libro.
Además, le debo mucho a mi editor, a Juan Casamayor. Yo le había presentado primero, años antes, un libro de cuentos sobre diversos temas, con distintos tonos, que en realidad es algo que a mí me gusta, porque como lectora me gustan libros así, en los que cada cuento es completamente inesperado con respecto al anterior. Pero admito que es mucho más fácil dejar al lector con un libro más coherente, en que los cuentos tengan alguna relación entre sí. No necesariamente de tema, también podría ser de procedimiento, de tono, digamos, los cuentos pueden estar relacionados de muchas formas. Pero bueno, en este caso fue el tema, y creo haber encontrado algunos elementos que aparecen y desaparecen y que van cosiendo los cuentos entre sí.
¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Qué cosa hace que digas, ah, sí, quiero escribir sobre esto? Y luego, ¿cómo sucede la escritura? ¿Tenés hábitos, rutinas, algún sistema en particular? ¿Cuáles son tus secretos?
De pronto hay una situación o un personaje o a veces una frase, algo que me toca en algún punto del plexo solar y digo, bueno, esto se tiene que convertir en un cuento. No sé a priori qué es lo que va a ser y cuándo y cómo va a suceder, pero sé que sí. También es importante para mí tener la mente enfocada en un género.
A veces uno escribe cuentos por encargo, por distintas situaciones en que le piden un cuento para esto, un cuento para aquello, o un cuento con determinadas características, pero cuando me siento a escribir un libro de cuentos, bueno, es diferente, algo se produce, mi mente se enfoca en el género de una manera particular.
Hay escritores que trabajan la idea dentro de la mente y luego de mucho pensar se sientan a escribir. Otros tienen la idea y empiezan a fluir sobre el papel. ¿Cuál es tu caso?
Primero hay que tener la idea, eso sin duda, yo no me puedo sentar frente a la computadora sin tener alguna idea, hay otros escritores que sí pueden y lo hacen. Alicia Steinberg me decía siempre: vos empezás a escribir y después eso te va llevando. A mí no me va llevando en absoluto, yo necesito tener una orientación, muchas veces no sé cómo va a terminar un cuento, pero sí tengo una idea de hacia dónde va, tengo que tener una idea aproximada de más o menos lo que va a pasar. Y después, bueno, cómo termina se verá, hay muchas cosas que se van decidiendo en la escritura, muchas veces los personajes van cambiando mientras escribo y la situación quizás se va modificando, pero necesito una brújula.
¿Saber hacia dónde va la flecha?
Sí, saber hacia dónde va el cuento, tener una idea general de cuál va a ser el tema, más o menos de qué se va a tratar y para dónde va a ir. El resto va apareciendo en la escritura. No soy de los autores que cuando se ponen a escribir tienen todo en la cabeza y es nada más escribirlo y listo.
A mí me ha pasado a veces que creo que tengo incluso las palabras para escribir algo y cuando empiezo a escribir, con las manos sobre el teclado y con las palabras que van apareciendo en la pantalla, descubro que en realidad no lo tenía todo tan resuelto y se va resolviendo allí a medida que aparece. Y quizás aparezcan cosas nuevas, el cuento se va constituyendo en la escritura.
Mi rutina de escritura es de mañana, tengo que escribir de mañana. Cuando tenía a mis hijas pequeñas tenía un departamento en el que me iba a escribir para estar tranquila.
Tardo más o menos un mes o un mes y medio en terminar un cuento, pero bueno, ya viene bastante tiempo de pensarlo, de darle vueltas a la idea en la cabeza antes de sentarme a escribir. Y luego son muchas las reescrituras. Mi primera novela, que escribí en el año 78, 79, en el 79 la presenté a concurso, trabajé cada capítulo y reescribí cada capítulo muchas veces, pero después que estuvo terminado lo reescribí nueve veces de punta a punta para que me quedara prolijo. Finalmente, harta ya, empecé a recortar y pegar y armé una especie de horrible pegote y a eso le saqué malas fotocopias y con eso me presenté a concurso, así que pobres jurados, pero bueno, me imagino que todos los originales debían venir más o menos así en esa época.
Muchos de los cuentos conectan dos ideas originales e interesantes, como la idea de Amim, el amigo imaginario. ¿Te ha ayudado en esto tu experiencia en el mundo de la publicidad?
Es la quintaescencia de la literatura, ¿no? Cualquier buen texto, o escritor interesante tiene que poder hacer esto. Es la metáfora. Tiene que ir tomando ladrillitos del caos de la realidad y con eso va construyendo algo nuevo. Pero claro, eso de conectar zonas no obviamente relacionadas, eso es literatura.
Yo disfruté mucho de mis quince años en publicidad. Y ahí no podés decir: “no se me ocurre nada, estoy bloqueada”. Allí aprendí que si no viene la inspiración es posible imitarla, con esfuerzo, trabajo, disciplina. Y aprendí a trabajar así en literatura también, perseverar a fuerza de trabajo, algo va a salir. Claro que cuando viene la inspiración uno fluye y puede trabajar mucho mejor.
¿Cómo lograste sobrellevar el agobio de trabajar con los temas complejos de este libro? El dolor, la enfermedad, etc.
El agobio, en realidad, es vivirlo, no escribirlo. Son situaciones que es tremendo vivirlas. Varios cuentos tienen como base la experiencia autobiográfica de mucho sufrimiento. La escritura te ayuda a tomar distancia de eso, es un alivio porque te permite convertir el dolor en palabras. Es una forma de catarsis.
¿Cuál es tu próximo proyecto?
Me gustaría que fuese una novela.
Romina Tumini






