Este pasado 14 de abril fuimos a la presentación de La necesidad de amar, de Pablo Álvarez, obra ganadora del Premio Azorín de Novela 2026. El acto tuvo lugar en el Real Casino de Madrid, en la calle de Alcalá.
Esta institución se encuentra próxima a cumplir 200 años de actividad ininterrumpida (1836), salvo unos largos meses durante la Guerra Civil española. Durante todos estos años ha sido un referente en la sociedad madrileña, por ende en la española, de liderazgo cultural, político y económico, en la persona de muchos de sus miembros que han ocupado relevantes cargos en dichos ámbitos, en ocasiones con posturas enfrentadas, que han sabido postergar en el seno de esta entidad en beneficio de la pacífica convivencia entre todos los socios.
Antes de subir la espectacular escalera principal del Casino, alfombra roja, mármol, estilo modernista, hay que decir que el fallo del jurado del Premio Azorín de Novela 2026 se anunció el pasado mes de marzo durante un acto celebrado en la ciudad de Alicante. Dotado con 45.000 euros, ha registrado en esta edición una participación récord, con 735 manuscritos presentados procedentes tanto de España como de otros países.
Pues bien, ya dentro del Salón Real, de estilo rococó, también conocido como Salón de Baile y que es el lugar más emblemático del Casino, escuchamos primero a Belén López, como directora de editorial Planeta, darnos la bienvenida a todos y, seguidamente, dar paso a Antonio Pérez, presidente de la Diputación de Alicante, quien destacó durante unos minutos la calidad de la novela ganadora. A continuación, el periodista Aimar Bretos hizo la presentación, propiamente dicha, entrevistando a Pablo Álvarez, para que éste hablara sobre La necesidad de amar, obra que, como se ha dicho, ha conseguido el Premio Azorín de Novela 2026.
Recordemos que Pablo Álvarez (Priego de Córdoba, 1967) es editor y agente literario. Ha cursado estudios de Guion y Dirección en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba, y en el taller de guionistas de Barcelona y de Dramaturgia en el Institut del Teatre. Ha desarrollado una brillante trayectoria en el sector editorial como director literario en los grupos Planeta, Santillana y Penguin Random House, donde ha trabajado con autores nacionales e internacionales de primer nivel. En la actualidad es director de Editabundo Agencia Literaria, fundada por él.
Es autor de la ficción sonora In Love y dirige el pódcast literario En el sofá de Editabundo, ambos en Storytel. Ha escrito y dirigido obras teatrales, varios cortometrajes, premiados y difundidos internacionalmente, videoclips y campañas publicitarias. Fue fundador junto con Cristina Rota de la Escuela de Cine Pedro Almodóvar, en la que ambos fueron rectores.
Como complemento a todo esto, vamos a ofrecer la siguiente entrevista que tuvimos la oportunidad de hacer a Pablo Álvarez, días antes, para que nos presente La necesidad de amar a los lectores de Qué Leer.
Por favor, Pablo, haznos una sinopsis de tu novela.
La necesidad de amar es la historia de Martí Rocamora, un joven veinteañero que viaja a la Academia de España en la Ciudad Eterna para escribir la historia de Beatrice Cenci, que fue una aristócrata del Renacimiento, musa de los románticos y símbolo trágico y feminista de la ciudad.
Allí, en la búsqueda de las huellas de esta enigmática mujer, Martí se encontrará con su propio camino. Y ese propio camino lo llevará a un palazzo en el Trastévere, en donde conocerá a una pareja con la que vivirá una maravillosa y pasional y profunda historia de amor que lo transformará para siempre.
¿Cuál fue el germen que hizo te pusieras a escribir La necesidad de amar?
Viajé a la Academia de España porque tenía una autora mía allí [como se ha dicho, Pablo Álvarez es editor y agente literario]. Y conocí lo que es ese monasterio franciscano que lleva albergando jóvenes desde el siglo XVI, que antes tenía un sentido mayor, porque decían que todo artista tenía que estar por lo menos un tiempo en Roma, que es la cuna del arte. Y allí, hablando con los becados y las becadas, veías la energía de ese lugar y de esos chicos queriendo cambiar el mundo con el arte y fui a visitar la iglesia del monasterio y vi una lápida que ponía Beatrice Cenci. Pregunté quién era esta mujer y me dieron dos líneas de una de las tragedias más grandes de la ciudad. Y ahí me atravesó de pronto la idea de: “¿y si uno de estos chicos viene aquí y escribe esta historia?”. Y ahí empecé a dar vueltas [a la novela].
Soy muy apasionado de las novelas de formación. Leí con pocos años -porque le robaba a mis tíos los libros- Nada, de Carmen Laforet; El guardián entre el centeno, de Salinger; y una serie de libros. Yo quería también escribir mi propia historia de formación y enfrentar a este protagonista a los grandes avatares de la vida. Y sobre todo, hacer una gran historia de amor y distinta, que hablara de libertades y de márgenes.
Y fíjate, no pensaba que estaba haciendo una novela tan reivindicativa, como luego han resultado todos estos temas que trato. Pero me parece que también, a día de hoy, es importante que se milite a favor de la libertad y del amor. Porque estamos perdiendo libertades y perdiendo también la capacidad de amar.
1987, ¿por qué ese año?
Quería hacer algo que saliera de la entraña. Y esa es una época que yo viví con esa edad. Quería hacer algo que yo realmente tuviera de dónde tirar. Y no inventarme algo.
Me gusta mucho, en la literatura y en el cine, las épocas fronterizas o transitorias, que pasas de un momento a otro. Y nosotros veníamos de los 80. En esa época, parecía que el mundo se vestía de color. Y, de pronto, llegó la epidemia del SIDA, para otra vez [volver a la] oscuridad.
A mí, eso es algo que me marcó mucho, porque viví mi sexualidad con muchísimo miedo, muchísimo miedo… Y uní una cosa y otra, y quise que ese tema estuviera en la novela. El propio Martí, con sus veinte años, está abandonando al adolescente y al niño, para enfrentarse a la vida y al adulto.
Pero los 80, sobre todo, es una época en la que yo viví con miedo en este aspecto, pero con mucha pasión también, por todo lo que era aquella época, y con esa energía que nos habían marcado tanto los mayores, de que veníamos de esa represión y tal, y de pronto todo era posible y la libertad era posible.
A mí me gusta mucho haber vivido esa época. Nací en el 67 y creo que soy un privilegiado, porque fueron unos años en que España iba para arriba, en que descubríamos todo, todo parecía bonito, todo parecía que iba a favor. Y sobre todo porque también quería escribir sobre cosas que conociera, porque quería hacer una novela desde la verdad.
Pablo, qué bien construidos están los personajes principales: Martí, Viola, Thomas.
Yo no quería hacer una novela morbosa. Quería que esa historia de amor realmente se sostuviera por el amor. Desde ahí, tiraba mucho de mitos como el efebo y el maestro; desde la admiración. En este caso, él los admira a ellos; pero a ellos también, la juventud de este chico, les da un aliciente nuevo a esa relación; a la vez los tres se salvan.
Yo creo que el amor también nos salva en todo siempre, cuando es de verdad y cuando funciona. Y sobre todo quería escribir una gran historia de amor. Yo lo digo, y lo digo con pudor, pero a la vez me gusta decir, yo distingo las novelas entre las que se quedan dentro, que son de las que te acuerdas, o las que no. Y yo quería escribir una novela de esas que se quedan dentro.
No sé si lo he conseguido o no, pero por lo menos desde ahí es desde donde la construí.
La necesidad de amar, el título no engaña. ¿Cuál fue el mayor reto, a la hora de reflejar el amor en tu novela?
El mayor reto… [Pablo Álvarez, barba, bigote, buena planta, piensa unos segundos y responde con su tono tranquilo:] Pues, que no era un amor convencional y que quería que fuera creíble.
Ha habido gente que ha leído la novela y que dice: “es que es muy fuerte, porque funciona de maravilla y como que se te olvida que son tres, porque ya entras en ese juego de los tres”.
Y ese era el reto mayor, no hacer algo morboso, sino que fuera algo que tú entiendas por qué a este chico le gusta Viola, porque le gusta el otro, por qué al otro le gusta el chico, le gusta ella, y por qué a ella le gustan los dos. Yo creo que además está construido de una manera en que se complementan mucho. Curiosamente, le he dado el valor de la fuerza y la valentía a ella; creo que ella es la más fuerte y la más valiente de los tres. Thomas es sabio. Y el chico tiene esa inocencia que enamora tanto a chicos como a chicas, esa cosa, ese momento vital, del que lo está descubriendo todo y que también le da sentido a los otros. Los otros, con la mirada del chico, con su admiración, se vienen arriba y vuelven a levitar de alguna manera.
Hemos hablado de los personajes principales. Pero también tienes unos personajes secundarios estupendos. Yo quisiera que nos centráramos en uno en particular, en tía Clara.
Tía Clara. Me encanta lo inteligentes que sois todos [los entrevistadores], porque tía Clara está inspirada en mi tía.
Quería dar oportunidad a esas mujeres que muchas veces depositan sus ilusiones en los demás, porque en aquella época ellas no las pudieron emprender. Y también quería hacer un homenaje a esas personas, hombres y mujeres, que dan alas a los creadores.
Los artistas siempre han estado malentendidos de alguna forma. A ti, tu hijo, tu hija, te dice: “es que quiero ser actriz” y tú: [respondes] “mejor que estudies algo serio”, ¿sabes?
Pero en cambio hay siempre una “tieta”, un alguien alrededor que dice sí. Yo, con once años, escribí una redacción sobre mi abuelo; me dieron un premio simbólico en la escuela; y mi tía, bueno, yo me acuerdo que leyó aquello, “es que tú no sé qué”… Así que ahora está como loca con esto, imagínatela.
[Tía Clara] Es un personaje positivo dentro de la historia, un personaje que arroja todo el rato luz. Hay un momento en que llega a visitarlo a aquí de pronto, tiene esa cosa chispeante y me gusta mucho.
¿Y los compañeros [de Martí]? Pues César Esquivias, que…
Precisamente, te iba a preguntar por él. Ésa es la otra parte, digamos.
César Esquivias crea desde la envidia, su motor es la envidia. Silvia es la duda, “no sé si quiero pintar, no sé si quiero tal, pero al final me animo a hacer un libro”.
Me parecía importante no solamente dejarlo [todo] en la figura de Martí, sino ver otras maneras y otras ilusiones por lo creativo y por el arte. Secundino, con esta inspiración que tiene con Picasso y que quiere ser como él. O Elena, que lo que quiere es estudiar la vida de Valle-Inclán, que además fue director de la Academia y que fue un desastre absoluto y que tiene muy mala fama por su paso por la Academia.
Y luego también [me parecía importante] porque, a través de ellos, explicas al personaje principal. Yo he escrito guiones y he hecho teatro, he escrito teatro y he dirigido, y siempre le he dado muchísimo interés a los secundarios. Me parece que, si existen, es para algo, no puedes tenerlos ahí únicamente.
Y más en esta novela, que se cuenta en primera persona, desde la visión que tiene el protagonista de…
De ellos, claro. Y lo que también ellos le aportan. Y él aporta a ellos.
Al final, dentro de ese viaje iniciático, estos compañeros tienen mucho que ver. Porque la amistad es algo que también quería tratar en la novela.
Dentro de todas las cosas de la vida que se encuentra, la amistad a mí me parece muy importante.
Al final, se mantienen como amigos. Cada uno evoluciona hacia otro lugar. Muchos sueños se quedaron por el camino. Pero ellos siguen, más o menos en contacto, y están ahí.
A mí me parece que ese año en Roma marca a cualquiera, es como un Gran Hermano, sabes que “se magnifica todo”, como dicen los de Gran Hermano, pero a la vez como que no te olvidas de sus compañeros, es como hacer la mili. O irte un verano o unos meses a no sé dónde y conoces allí a alguien. No se te olvida eso.
Para eso los necesitaba y necesitaba que entraran en los lectores.
A señalar, a lo largo de la novela, las inserciones de La joven romana, el libro que está escribiendo Martí.
No hay información sobre Beatrice Cenci. No hay más que mató a su padre porque la violaba. Y que el papa del momento la ajustició y el pueblo romano la convirtió en una heroína. No hay más.
Ahí tuve una especie de dilema de: “¡jo, qué pena!”, porque yo había visto aquello y pensé que aquí había un mundo… Y no había tanto mundo.
Entonces pensé que ese mundo lo tenía que escribir Martí. Y, para hacer un juego literario, porque hay cambio de tiempo verbal, pensé, pues que [para ello] se fije en el autor más potente dentro de lo que es la psicología del terror, que es para mí es Allan Poe. Pensé que él quisiera imitar, como si fuera una novela de Poe, y explicar la historia de Beatrice. Y pensé también en hacerlo de la manera que lo he hecho; desde que [Beatrice] nace hasta que la matan, pasando también por los abusos del padre; lo he hecho a través de esas fiestas donde se drogan y a ella la tiene encerrada, pero a la vez va a por ella y tal.
Y fíjate, yo siento que es una novela que tiene muchas cosas duras, muy duras, pero a la vez creo que está [escrita], o yo he intentado hacerlo, desde un lugar dulce, dentro de todo lo que respira la novela, [que] no sea una cosa de estas gratuitas de todo horror, horror, horror, sino que la forma te lleva a otro lugar. Por eso la bruja Saturna, por eso esas fiestas que hacía el padre con los de la Iglesia, porque quieras que no, por ahí había otros elementos, la música, las arpas, los desnudos, la comida, la bebida, que no es que le quite importancia a lo de ella, pero sí que lo hace quizá más suave, ¿sabes?, para que no entrara de una manera tan dura como me imagino que fue.
Sobresale tu estilo, elegante, con bastantes diálogos que, más que hacer avanzar, ilustran la escena.
Me gusta que me comentes esto, que te hayas fijado en esto. El uso de los diálogos no estaba tan buscado al principio, había mucha más narración. Pero luego sentí que, con todo este elenco de personajes, necesitaba darles voz. Porque a través de la voz se definían mucho a través del diálogo. Y de la otra manera, quedaban todos como más o menos igual, narrados por Martí, ¿sabes?
Pero a través de esas escenas, en la que Antía le tira el césped a la cara, en plan coqueteo, todos esos pequeños detalles me parece que definían mucho a los personajes. Y que era importante darles voz.
Sí que había diálogos desde el principio, pero no había tantos como ahora. Luego, es verdad que me parecía también que esas escenas en las que Thomas habla con Martí, o Antía, o todas, eran necesarias para que el lector o la lectora sintiera esta historia más dentro. Lo otro era una narración quizá más fría.
«El hombre sale a la terraza, todavía está a tiempo de ver un nuevo amanecer». Qué frase, qué hermoso fin a tu novela, Pablo.
Pues surgió en el momento que escribí el final. Quería que, dentro de todo, fuera un final alentador, de que siempre estamos con la posibilidad de un nuevo amanecer, de que el mundo empieza cada día, sabes. Quería transmitir eso después de tanta tragedia.
Es verdad que también quise hacer ese final dentro de esa estructura, que es como una tragedia griega o una ópera de [tres] actos. Quería ese final que, de alguna manera, te revolviera también. Que primero vivieras el final ficticio, sin saberlo. Aunque, vale, me parece un truco literario. Y después colocarte en la realidad, pero que a la vez esa realidad también tuviera su razón de ser. Y es una razón de ser muy grande, como es Laia, que es su hija. Y yo creo que [Martí] no volvió a saber de ellos [Viola y Thomas] por miedo a volverse a enfrentar a lo que sentía por ellos.
TEXTO Y FOTOGRAFÍA: © Carlos Castrosín
La necesidad de amar (Premio Azorín de Novela 2026)
Pablo Álvarez
Editorial Planeta, 432 pp., 22,90 €
Sinopsis:
Tres almas, una ciudad eterna y un amor que luchó por sobrevivir
El joven Martí Rocamora viaja a Roma en el verano de 1987 para escribir una novela sobre Beatrice Cenci, una aristócrata del Renacimiento convertida en símbolo trágico de la belleza femenina, el deseo y la rebeldía ante el poder.
Durante su investigación, Martí conocerá a una pareja que lo iniciará en una pasión sin reglas. Seducido por la excentricidad de sus nuevos amigos y deslumbrado por la bohemia de las fiestas palaciegas, irá descubriendo la febril necesidad que tiene de sentirse amado. Esto hará que afloren miedos, secretos y culpas que lo obligarán a replantear su viaje. ¿Será capaz de acabar su proyecto literario o volverá a casa con los sueños rotos?
Pablo Álvarez explora en esta hermosa novela de formación los anhelos de una generación destinada a ser libre y que despertó casi de golpe sabiendo que, en la piel del tiempo, el pasado siempre deja cicatrices.







