«No pudieron encontrarles una sola pega a las tres primeras niñeras de los Winslow. Fueron tres alumnas modélicas en las escuelas públicas de Pennacook y, por la forma en que superaron la universidad, pues también lograron entrar en buenas escuelas de posgrado, podría pensarse que pertenecían a la familia Winslow. Las tres huérfanas no adoptadas volvían a “casa”, que era como ellas la llamaban, por Navidad o vacaciones, lo cual también molestaba mucho a los habitantes de Pennacook. Que las tres virtuosas hijas disfrutasen de lo lindo al reunirse de nuevo con sus antiguas au pairs, llevaba a pensar que las niñas Winslow eran como hermanas para esas jóvenes tuteladas por el estado.»
Estas frases son de la novela La reina Esther, de John Irving, publicada por Tusquets Editores, y que acaba de llegar a todas las librerías. Como la práctica totalidad de los libros de este conocido autor, La reina Esther es una novela coral, repleta de personajes que inspiran ternura o cuya excentricidad nos arranca una sonrisa. Aunque su nombre presida el título, Esther pronto desaparece de la función —aunque para volver, al tiempo que su enigmática personalidad y trayectoria vital no dejan de planear a lo largo de la trama—, cediendo el protagonismo a Jimmy, el hijo que gestará y por el que nunca dejará de velar. Alrededor del aspirante a escritor pulularán una gran cantidad de secundarios, que podrían agruparse en base a los tres focos geográficos que marcarán su existencia: Pennacook —al sudeste de New Hampshire—, donde crecerá; Viena, donde estudiará un año estando en la veintena, y por último, y de forma más anecdótica, Jerusalén, donde acudirá a una feria literaria una vez que se haya convertido en un autor de éxito.
El pasado 9 de abril, John Irving dio una rueda de prensa online presentando La reina Esther. Vía Zoom, nos hizo partícipes de sus comentarios a todos los que nos habían invitado, tras la presentación de Juan Cerezo, como editor de Tusquets, y Pilar Beltrán, de Edición 62, que también lanza simultáneamente en catalán la novela, y Delia Louzán, como administradora y moderadora de la rueda de prensa.
Precisamente Cerezo, dio el primer paso, preguntando a Irving en qué momento concibió la historia de Esther, en qué momento quiso contar la historia de esta huérfana, que además va a dejar a un hijo huérfano también y que será el que la busque.
John Irving, camisa verde, bigote ralo, buena mata de pelo cano y buen aspecto en general aparentemente, sonrió y, con voz pausada, dijo:
“Bueno, como la mayoría de vosotros sabéis, muchas de mis novelas, más de la mitad, son novelas históricas. Y no es una coincidencia que las novelas históricas también sean las más políticas de mis novelas, las que son más propensas a estar en un lado o en el otro del espectro social o político. Son novelas de defensa de algún planteamiento, por así decirlo.
Y como la mayoría de vosotros también sabéis, mis novelas tienen una trama, una línea temporal, con un elenco de personajes que preexisten durante muchos más años de los que me lleva escribirlas.
Cuando empiezo, siempre sé más del final de la historia. Es decir, escribo de forma consciente hacia un final predefinido, con un cómo y un cuándo. Y cuando la historia termina, [entonces] sé el principio.
Pero una cosa que ha hecho esta novela más fácil ha sido que, por primera vez, sabía prácticamente tanto del principio como del final. Porque empieza con un orfanato ficticio y un personaje ficticio, que es el director de ese orfanato, de una novela que ya había escrito [Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra]. Por tanto, lo sabía todo de este personaje.
Y sabía también que mi personaje de Viena [Esther] sería huérfano, [por lo que] podía reconstruir a partir del final, cuando Esther es una mujer mayor de 76 años, muy vinculada con la creación del Estado de Israel, la línea temporal con mi método de trabajo: ella nace en Viena en el año 1905, es huérfana en Maine, en los Estados Unidos, y su infancia judía, por así decirlo, la infancia que hubiera debido tener, pero que se le roba, todo esto está explicado de una manera absolutamente intencional. Es decir, yo estaba haciendo lo que esperaba que fuera una línea temporal empática de una judía nacida en Europa, uno de los primeros sionistas que formó parte de la historia de Israel, y le daba la infancia, una vida conformada, definida por el antisemitismo cuando ya tiene tres años. Por tanto, le doy esa línea, ese arco temporal que, espero, cree esa empatía sobre en quién se va a convertir.
Yo voy conformando mi Esther con la reina Esther de la Biblia hebrea, del Antiguo Testamento, que le da nombre a ella. Y como esa Esther bíblica, le doy algunas características. Y cuando ya se muestra, sabe que tiene que ir con tiento, tiene que ir con cuidado. Y tiene también la característica de la tenacidad y de la ferocidad.
Y esta ha sido siempre la historia. Sabía cuándo y cómo terminaba. E iba avanzando con ese arco temporal.
Esta novela había preexistido, por decirlo de algún modo, ya a los acontecimientos del 7 de octubre [el día que Israel sufrió un terrible ataque terrorista y que marcó el inicio de la reciente guerra en Gaza]. No es una novela contemporánea, pero donde termina y lo que dice es efectivamente una premonición de lo que realmente acaba pasando. Y por eso la escribí.”
Tras esta larga respuesta, nosotros le comentamos que siempre había sido un magnífico creador de personajes. En este libro, no podían faltar y hay unos cuantos: Esther, Honor, Constance… Y le preguntamos en concreto por Thomas Winslow, el padre, que, aunque esté un poco en segundo plano, nos parece un gran personaje. Y por ello quisimos saber cómo lo construyó, si empezó con una idea y lo fue llenando, o se fijó en una persona real para crearlo.
A lo que John Irving tomó aire, antes de volver a hablar, y dijo:
“Yo crecí en una pequeña ciudad y, como os podéis imaginar, no tenía amigos de color en mi infancia; había muy pocos negros en una pequeña ciudad de New England. Y entre mis amigos cercanos, mis amigos íntimos, no tenía tampoco amigos judíos; no había muchos judíos de mi edad creciendo en una pequeña ciudad del sudeste de New Hampshire.
Y cuando yo tenía la edad de ir al instituto -pues estuve en un internado en el que mi padrastro era profesor-, por primera vez conocí amigos negros y judíos y nativos americanos, indígenas, y estudiantes de países europeos que yo nunca había conocido ni visitado. Precisamente todo esto coincidía ya con mi idea de querer ser escritor.
También empecé [a practicar] lucha libre. Y me dediqué a competir en la lucha libre durante veinte años. Y con los compañeros que tuve durante todo ese periodo, me refiero al periodo de secundaria, instituto, bachillerato, universidad, y también los clubs post universitarios en los que he colaborado o con los que he competido, digamos que en estos entornos tienes unas amistades como muy íntimas. Y con los compañeros judíos y los compañeros negros, yo escuché cómo ellos habían sido maltratados.
Dicho de otro modo, como escritor, yo tuve a lo largo de esos años formativos de adolescencia y juventud, de los veinte hasta los treinta, estas amistades que se forjaron en algo tan íntimo y tan intenso como un equipo, en este caso de lucha libre -y que duraba todo el año, también durante las vacaciones escolares, [pues] las competiciones duraban todo el año-; era algo muy intenso y muy serio [repitió Irving]; y aunque el tiempo pasaba y las diferencias de edad también, esa intimidad seguía existiendo. Y, por tanto, la suerte que yo tuve como chaval, a la hora de tener un padrastro ideal, un pensador liberal y una persona muy formada, -a ver cómo decirlo- yo creo que me marcó, me marcó muchísimo; dejó esa marca en mí, la importancia de conocer a personas que igual no han tenido la suerte que tú has tenido, que no han sido tan afortunados como tú. En ese sentido, tenía como un espejo en mi vida en las relaciones con mis compañeros de equipo.
Y esto contribuyó a la persona en la que yo me iba a convertir como escritor. No olvidemos que las novelas del siglo XIX, esas novelas con una trama sólida, esas novelas largas de escritores con una conciencia social, fueron mi influencia; estas fueron las novelas que me formaron como lector y como escritor; y después [también me influyó] mi relación con estos compañeros, con estos amigos del equipo de lucha libre, que no habían tenido la infancia feliz que yo tuve. Ellos me enseñaron simplemente la vida de otras personas, su vida y la vida de otros.”
John Irving nació en Exeter (New Hampshire). Tusquets Editores ha publicado sus novelas El mundo según Garp; El hotel New Hampshire; Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra; La epopeya del bebedor de agua; Oración por Owen; Libertad para los osos; Un hijo del circo; Una mujer difícil; La cuarta mano; Hasta que te encuentre; La última noche en Twisted River; Personas como yo; Avenida de los Misterios y El último telesilla, así como el libro de relatos La novia imaginaria, el volumen autobiográfico Mis líos con el cine y el cuento infantil ilustrado El ruido que hace alguien cuando no quiere hacer ruido. Irving ha sido galardonado por la Fundación Rockefeller, por el National Endowment for the Arts y por la Fundación Guggenheim; ha recibido asimismo el O’Henry Award y el National Book Award, y en el año 2000 recibió el Oscar por el guion de la película Las normas de la casa de la sidra, basada en su novela Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra y protagonizada por Michael Caine.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Katherine Holland
INTÉRPRETE: Emma Soler
John Irving
Tusquets Editores, 480 pp., 22,90 €
Sinopsis:
En 1908, en el estado de Maine, una noche muy fría y en medio de una intensa nevada, dejan a una niña de casi cuatro años en el porche del orfanato St. Cloud’s, que dirige el doctor Larch. La niña no llora; más bien, parece enfadada. La enfermera del orfanato que sale a buscarla ve cómo a lo lejos, en la oscuridad, se alejan dos mujeres. Casi diez años después, en St. Cloud’s siguen sin encontrar una familia de acogida para esa niña, llamada Esther. Precisamente por entonces, los Winslow, un matrimonio que vive en New Hampshire, deciden adoptar un hijo más, pero recorrerán varios orfanatos antes de decantarse por St. Cloud’s. Allí les cuentan la historia de Esther, quien será acogida por los Winslow y se convertirá en una especie de ángel de la guarda para su nueva familia. Su vida será una historia de supervivencia y una profunda exploración de la identidad y la pertenencia, y será testigo del impacto perdurable de la Historia en nuestras vidas.







