Anoche, en Barcelona, asistimos no solo al nacimiento de un premio, sino al ensayo general de un modelo cultural que quiere imponerse con una cifra rotunda, un millón de euros. El Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana irrumpe en el panorama con vocación de canon, pero también con una pregunta incómoda flotando en el aire, ¿puede el dinero inaugurar prestigio o solo amplificar sospechas?
La ganadora de esta primera edición ha sido Samanta Schweblin, y la solidez de El buen mal, un libro de relatos de precisión inquietante, confirma lo que su trayectoria ya había consolidado, que estamos ante una de las voces más singulares de la literatura contemporánea en español. Su literatura, que avanza siempre en ese territorio liminar entre lo cotidiano y lo perturbador, encuentra en este volumen una madurez sin concesiones.
Y, sin embargo, el verdadero gesto, el que merece ser leído con atención, no es solo la elección de Schweblin, sino la elección del género. En un ecosistema literario dominado por la novela como forma hegemónica de consagración, premiar un libro de cuentos en la primera edición es, efectivamente, una declaración de principios. Como la propia autora recordó evocando a Alice Munro o Jhumpa Lahiri, el cuento suele aparecer en los grandes premios como excepción, no como norma.
Aquí, en cambio, la excepción inaugura el canon.
El jurado presidido por Rosa Montero, y compuesto por nombres de peso como Pilar Adón, Leila Guerriero o Elmer Mendoza, ha apostado por una obra que incomoda, que inquieta y que no busca agradar. En ese sentido, el fallo es literariamente irreprochable.
Conviene detenerse también en el propio mecanismo del premio, que introduce un matiz relevante, la selección de finalistas se articula a través de una red internacional de expertos, los llamados scouts, que rastrean el panorama editorial y proponen títulos, configurando así una suerte de mapa previo.
Otra cosa es el contexto, porque el millón de euros, procedente de una empresa de mayoría pública, no es un dato accesorio, se convierte en el núcleo del debate. No se trata solo de si es “mucho” o “poco”, sino de qué lógica inaugura. La desproporción frente a otros galardones, incluso frente al Premio Planeta, desplaza la conversación desde la literatura hacia la economía simbólica del prestigio.
Desde Aena se ha insistido en enmarcar la iniciativa dentro de una política de mecenazgo cultural. Ante la polémica previa, la entidad ha defendido su responsabilidad social y ha señalado que además de la dotación a la ganadora y a los finalistas, destinará otro millón de euros a la adquisición de ejemplares de todas las obras seleccionadas, que serán distribuidos entre bibliotecas, instituciones públicas y trabajadores de la propia compañía. Un gesto que busca desplazar la crítica desde el gasto hacia la circulación de la lectura, aunque no disipe del todo las reservas.
Las críticas que apuntan a una operación de marketing no son, por tanto, marginales. En un momento en que las instituciones culturales atraviesan una crisis de legitimidad, la entrada de grandes corporaciones, aunque se presenten bajo el paraguas del mecenazgo, reconfigura inevitablemente las reglas del juego. La idea de “devolver a la sociedad” se instala así en un terreno ambiguo, donde conviven la filantropía, la estrategia reputacional y la construcción de influencia cultural.
Mientras tanto, los finalistas, Héctor Abad Faciolince con Ahora y en la hora, Nona Fernández con Marciano, Marcos Giralt Torrente con Los ilusionistas y Enrique Vila-Matas con Canon de cámara oscura, orbitan en torno a una cifra mucho más modesta. La brecha económica introduce también una jerarquía simbólica difícil de ignorar.
Y, sin embargo, conviene no perder de vista lo esencial, el libro premiado está a la altura del ruido que lo rodea. El buen mal es, en efecto, un volumen de una belleza inquietante, donde cada relato funciona como un mecanismo de precisión que desestabiliza al lector. Schweblin escribe desde la fisura, desde ese lugar donde lo real se vuelve ligeramente extraño y, por ello, profundamente revelador.
Quizá ahí resida la paradoja más interesante de esta primera edición, mientras el premio aspira a monumentalizar la literatura mediante el dinero, la obra premiada opera en sentido inverso, en lo mínimo, en lo sutil, en lo perturbador.
Lorena Pizarro







