No pude vencer la tentación de sentarme a escribir esta reseña crítica acerca del libro Despedidas (Anagrama, Panorama de narrativas, 2026), de Julian Barnes (Leicester, 1946), con traducción de Jaime Zulaika, que terminé de leer hace apenas pocos minutos, porque tengo en mi sangre los ímpetus a millón por el enorme disfrute que he recibido de esta obra, que me ha dejado profundamente impactado y conmovido, sumido en la reflexión ontológica, en el pensamiento metafísico, en la admiración honesta por un autor que no deja de sorprendernos con cada entrega.
Como toda la narrativa de Barnes, en Despedidas hay una complejidad oculta en su aparente sencillez, y es precisamente en este punto en el que deseo hacer énfasis aquí, porque estamos en presencia de una obra híbrida genérica (novela, ensayo, reflexión filosófica y existencial, autobiografía, diario y crónica, entre otros posibles) y esto permite el cruce de muchos hilos que buscan otorgar a estas páginas una nueva tesitura: algo así como un insospechado e indefinido nuevo género, en el que convergen diversos materiales, que en su interior se cuecen, se amalgaman, se reinventan, se nutren entre sí, se reacomodan, se enriquecen y dan como resultado una suerte de escritura del compostaje (tal como refiere la autora mexicana Verónica Gerber), que no es para nada fácil de alcanzar, y se requiere de una maestría que en él es emblema y marca de fábrica, porque Barnes es Barnes, y aquí no hay nada más que agregar.
Pero, no contento con esto, el autor echa mano de una técnica presente en anteriores libros (recuerdo, El loro de Flaubert), que consiste en una intertextualidad (compostaje, también) que nos lleva por lejanos o cercanos territorios: clásicos del ayer u obras de nuestro tiempo, y aquí no escapa tampoco a su reconocida galofilia, que nos conduce de la mano por los densos caminos de gigantes de la literatura como el ya citado Flaubert y, ahora, con Proust, pero no se me malinterprete: no se trata de tomar elementos de otras obras e incorporarlos sin más en la nuestra, sino en la orquestación de tramas en las que algunos de los personajes de dichas obras saltan a otros libros para recrear diversos escenarios y situaciones, a modo de guiños eruditos y juegos y divertimentos, que diversifican la trama y confieren una dinámica exquisita y lúdica por demás.
Ni decir, lo metaliterario, que aquí se intensifica, al extremo de expresar: “Es, si se quiere, un libro proustiano y ni siquiera soy proustiano”, y en la página 189 nos dice: “Pero esto no es una novela y menos aún un thriller” (con lo que nos quiere decir que no estaba recreando ni ficcionando, sino exponiendo su verdad). Pero en realidad es un artificio literario que busca conectar con los lectores, al contarnos acerca del libro que escribe, que es a su vez el que leemos, y nos habla sin subterfugios desde su voz (nos tutea con la familiaridad propia de la complicidad y de la hermandad autor-lector, y en ella reconoce el papel esencial que jugamos al darnos las gracias por la compañía que le hemos entregado a lo largo de su carrera).
En Despedidas Barnes es el narrador sin disfraz, como queda dicho, además personaje y autor, y nosotros, los lectores, nos convertimos en sus interlocutores, y con gozo nos hacemos cómplices desde sus reflexiones o cuestionamientos acerca del pasado, del presente como autor (y como hombre), y de un devenir incierto en el que ya no estará, porque con esta obra se despide de la literatura y de la vida: recapitula acerca de su existencia y saca hondas conclusiones de carácter filosófico.
En Barnes, el concepto de lo novelesco cambia y se metamorfosea, da un giro en el aire y se hace multiforme: rompe con la usanza y se mece en el vacío, y en este punto me recordó al también escritor Javier Cercas, quien en un podcast reciente (y a propósito del género), dijo (palabras más, palabras menos) que la novela permite todo: en ella los demás géneros confluyen en una especie de completitud y se reinventan hasta el infinito, y este infinito, asumo yo, no es más que la fuerza y el vigor que la novela muestra en nuestros días, para hacer de ella una vitrina del mundo y de sus fortuitas circunstancias.
Hallamos, pues, en el libro, varios niveles de reflexión y alusión simbólicos, y es aquí en donde entran en escena dos personajes o protagonistas de la historia interna (que yace dentro del gran marco de referencia de la reflexión ontológica y filosófica del autor), que son Jean y Stephen: dos viejos amigos a quienes él en su juventud presentó y se enamoraron, pero luego se separaron y cuatro décadas después por su intermediación, se reencuentran, contraen matrimonio y luego se separan, y esta vez para siempre.
Ambos, Jean y Stephen (que en el juego intertextual a veces aparecen como Jules et Jim: en alusión a la película francesa dirigida por François Truffaut en 1962, que lleva por título ambos nombres, basada en la novela homónima de Henri-Pierre Roché de 1953) simbolizan el recuerdo y la memoria, la distancia y el reencuentro tardío. Si bien en la película hay un triángulo amoroso que con el tiempo se disuelve, Barnes da un giro para que en sus páginas no haya un trío como tal (aunque reconozca que Jean y él estuvieron juntos alguna vez), sino que ellos representan pasión y conflicto, reencuentro y pérdida definitiva.
Uno de los centros gravitacionales de la obra es la muerte de Pat Kavanagh, la mujer del autor, de su viudez durante años, del duelo llevado en la soledad de una casa a la que le hablaba desde la ausencia, y este hecho o quiebre acecha a cada paso (aunque el autor tenga ya una nueva pareja), porque en su viaje al interior de la memoria y en su necesario cotejo con la realidad, afloran la perenne noción de lo inmanente y la certeza de nuestro breve tránsito por la vida, así como la vulnerabilidad humana, patentizada ahora en el cáncer de sangre que sufre el autor, lo que trae consigo la certeza de cómo la enfermedad cambia nuestra percepción del amor, la vida y la pérdida, es decir: la enfermedad y el oteo de la muerte como espejos de las despedidas.
Ricardo Gil Otaiza







