«Ocurrió en otoño del año 2000. Mi editora, Beatriz de Moura, me había convocado en su despacho para hablarme de esta novela, que se publicaría pocos meses después, en febrero del año siguiente. «Me gusta», dijo, blandiendo el manuscrito. «No sé si has reparado en que acaba con la exaltación de un comunista, pero me gusta. Vamos a tirar seis mil ejemplares». Incrédulo, pensé que aquella mujer —a la sazón tal vez la editora más prestigiosa de nuestra lengua— había perdido el juicio: a mis treinta y ocho años, yo era un novelista que se ganaba la vida dando clases de literatura en una pequeña universidad de provincias, pero mis libros no habían tenido la más mínima repercusión, así que era un escritor sin lectores o sin más lectores que mi familia y algún que otro amigo; que yo sepa, nadie me oyó quejarme jamás de aquel destino común, que me parecía perfectamente razonable, y que nunca pensé que cambiaría… »
Con estas frases, comienza el Prólogo a la Edición 2026 de la célebre novela Soldados de Salamina de Javier Cercas, recién publicada por Random House y que desde ayer está en todas las librerías.
Precisamente ayer, 26 de febrero, fuimos a su presentación en el Café Comercial. Ubicado en pleno corazón de la capital, este espacio tiene más de 135 años y un ambiente cargado de historia, cultura y sabor. Si consultamos Wikipedia, nos enteramos de que, a lo largo de su historia, se ha documentado la presencia entre sus mesas, divanes y veladores de diversos tipos de tertulias y peñas. Entre los escritores reclamados como clientes del Comercial, se anotan los nombres del poeta Antonio Machado, junto a los de Edgar Neville, Ignacio Aldecoa, o Enrique Jardiel Poncela; además de los de Blas de Otero, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González, Tomás Segovia, Rafael Sánchez Ferlosio, Enrique Tierno Galván o Rafael Azcona, entre otros muchos.
Existe también la creencia, muy posiblemente legendaria, de que algunas páginas de la novela de Camilo José Cela La Colmena, inspirada en el ambiente del antiguo Café Europeo que estuvo en el número 1 de la misma Glorieta de Bilbao, fueron también esbozadas en las mesas del Comercial, mediada la década de 1940.
Pues bien, puntuales, allí estábamos, cruzando la puerta giratoria del Café Comercial y subiendo a su primera planta, para asistir a la presentación, 25 años después, de Soldados de Salamina, el clásico de Javier Cercas de 2001, en una edición conmemorativa y tapa dura, que cuenta con un nuevo prólogo del propio autor e ilustraciones de Raúl Lázaro.
No hace falta recordar que Soldados de Salamina, novela revolucionaria y deslumbrante, cosechó un extraordinario éxito de crítica y público y catapultó la carrera de Cercas, uno de los novelistas más prestigiosos de la actual narrativa española. Desde entonces no ha dejado de leerse en todo el mundo con creciente admiración y catorce años más tarde sigue siendo, como afirmó Mario Vargas Llosa, «una de las grandes novelas de nuestro tiempo».
Javier Cercas llega pasados unos minutos a la presentación. Vestido de oscuro, con la ventana detrás no se aprecia bien el color de su ropa, da las gracias a la editorial por esta “edición preciosa”, añadiendo que es imposible saber cuántos ejemplares se han vendido de Soldados de Salamina, aunque Tusquets (su antigua editorial) decía que un millón, pero con tantas ediciones de todo tipo, normal, bolsillo, quioscos, piratas, el libro ha tenido una vida muy loca.
Se le pregunta, a bocajarro, por los papeles desclasificados del 23F, de rabiosa actualidad esta semana, sobre si cree que aportan algo nuevo. Y Cercas se extiende en su respuesta, detallando pormenoriza y firmemente su opinión al respecto. Que no vamos a comentar aquí, porque nos queremos centrar en lo que nos había traído al Comercial, en la Edición 2026 de Soldados de Salamina. Para que veáis, queridos lectores de Qué Leer, lo generoso que es Cercas en sus respuestas, esto es lo que nos contestó cuando le preguntamos:
Javier, leí y, ahora, he releído esta nueva edición de Soldados de Salamina. Con ese estilo claro, preciso, creo que sigue aguantando estupendamente. Se lee muy bien, se lee fácil, se devoran las páginas. Aunque esa lectura fácil no hay que confundirla, supongo, con una escritura fácil; supongo que habrás tenido tus dificultades. La pregunta mía es si recuerdas cuando estabas en el lío, dándole a la tecla o al bolígrafo, qué fue lo más dificultoso en el libro: ¿encontrar el punto de vista, el ritmo, cuadrar las diferentes capas del libro?
Mira, lo más difícil es escribir “claro”. Eso es lo más difícil. Yo trabajo a muerte, pero, cuando digo a muerte, quiero decir a muerte para que no se note todo lo que he trabajado.
Mi lema es un lema latino que mis amigos latinistas me dicen que me he inventado yo, pero no puede ser; aunque si tú lo gugleas, el autor es Javier Cercas; pero no puede ser porque es demasiado bueno. En realidad es una combinación de clásicos, que dice: “Vera ars velat artem”, “El arte verdadero oculta el artificio”. El arte verdadero no parece difícil, parece fácil; pero ponte a hacerlo, eh.
Esa es mi gran ambición, escribir libros fáciles de leer y difíciles de entender. Eso es un clásico: un libro fácil de leer y difícil de entender. Un libro que lo lees, que parece que, vamos, no te cuesta ningún esfuerzo y difícil de entender, tienes que volver una y otra vez porque nunca se acaba. Esos son los clásicos. Como decía Ítalo Calvino, en una definición muy bonita de clásico: es un libro que nunca acaba de decir aquello que tiene que decir.
Lo contrario de esos libros difíciles de leer, que hay que pasar páginas con grúa, ¿verdad?, ahí, venga, aguantando mecha y tal, y fáciles de entender porque no dicen más que banalidades. Pero eso tiene mucho prestigio. Joder, qué difícil es de leer esto. En vez de decir lo que pasa en la calle, dicen “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Joder, tío, un mérito; ni una palabra conocía. Qué bueno. De eso se ríe Machado, como se ve.
¿Qué fue lo más difícil? No sé: escribirlo. Es que no te sabría decir. O sea, yo no escribo, yo reescribo. Y ese libro, como todos, lo escribí muchas veces. Hasta que encontré el mecanismo, que es un mecanismo muy complejo, pero aparentemente muy simple, que es el de la falsa crónica.
Todos los personajes del libro llevan nombres reales y, en un momento determinado, me dije, coño, esto es una crónica, esto es una falsa crónica. Y entonces decidí que el protagonista indagador se llamaba Javier Cercas. No podía no llamarse Javier Cercas. Yo fui descubriendo lo que quería decir a medida que lo decía. Porque la escritura es un proceso de averiguación.
La escritura, lo he dicho muchas veces, es un placer; como el sexo, ¿no?; pero también es una forma de conocimiento, como el sexo. Esto lo dije en el discurso de la Academia y me lo reprocharon los académicos. No, no lo reprocharon, era broma [hace ese inciso]… Por eso, cuando alguien me dice que no le gusta leer, lo único que se me ocurre es darle el pésame o acompañarle en el sentimiento.
[La escritura] es eso, es un proceso de averiguación. Yo voy averiguando qué es lo que quiero decir a medida que lo digo. Pero yo lo que quería, bueno, no sé…, no te he contestado a la pregunta porque no te sé contestar más. Yo no sé si me cuesta más la estructura o tal, o encontrar la voz. Tenía que encontrar la voz, tenía que encontrar la forma, tenía [que encontrar] todo. Todo el libro es una aventura. Una aventura. No sabes adónde vas.
Además, este libro yo lo empecé literalmente sin saber adónde ir. Y hay pruebas, porque hay manuscritos que se han visto en las exposiciones y tal. No sabía dónde iba yo. En principio no se parece en nada a lo que ahora es el principio, las primeras cosas que escribí, nada. No sabía dónde iba, yo sabía que tenía esa imagen de ese soldado y al final, insisto, de un fusilamiento colectivo, ese soldado republicano salva la vida de un jerarca fascista y le mira a los ojos. Una imagen, por cierto, que me había contado Rafael Sánchez Ferlosio, el hijo de Rafael Sánchez Mazas, y a mí me fascinó. Dije, joder, ¿y esto por qué? Y a partir de ahí…
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: © Raúl Cercas
Javier Cercas
Editorial Random House, 248 pp., 22,90 €
A finales de enero de 1939, apenas dos meses antes del final de la guerra civil, un grupo de prisioneros franquistas es fusilado cerca la frontera francesa por soldados republicanos que huyen hacia el exilio. Entre esos prisioneros se halla Rafael Sánchez Mazas, fundador e ideólogo de la Falange, poeta y futuro ministro de Franco, quien consigue milagrosamente escapar y ocultarse en el bosque mientras los republicanos lo persiguen; hasta que un soldado lo descubre, lo encañona y, mirándolo a los ojos, le perdona la vida.
Sesenta años más tarde, un novelista fracasado descubre por azar este enterrado episodio bélico y, fascinado por él, emprende una investigación para aclarar sus circunstancias y desentrañar su significado. ¿Quién era de verdad Rafael Sánchez Mazas? ¿Cuál fue su verdadera peripecia de guerra? ¿Quién fue el soldado que le dejó escapar? ¿Y por qué lo hizo? ¿Qué secreto escondía su mirada?








