“El amor es algo mutuo, lo que implica que Alison no ha conocido el amor. El que fuera su novio tres años en el instituto resultó ser gay. Y ella le hizo reconocer, después de mucho presionarlo, que nunca se había sentido atraído por ella. En la universidad salió con un tío comparativamente popular que, cuando rompieron, volvió al grupo de amigos comunes en su contra, dejando en ella una desconfianza lo mismo hacia los amores que hacia las amistades (por no hablar de hacia sí misma). Desde entonces no ha tenido sino rollos aislados, aunque a ella le entran de las típicas maneras denigratorias: hombres cualesquiera que le ordenan por la calle que sonría… y que la llaman “puta” si no lo hace. Las bandejas de entrada de sus perfiles de aplicaciones de ligar terminaban llenas de pollas al aire. Ella solía pensar que la razón de que fuera proclive a tal clase de malas atenciones era que ella misma era, de algún modo, intrínsecamente “mala”…”
Este es el comienzo de “Fotos”, uno de los relatos de que se compone Rechazo, el libro de Tony Tulathimutte, que acaba de llegar a todas las librerías, publicado por AdN Editorial. Seleccionado como mejor libro del año para The New York Times e incluido en la longlist del National Book Award, Rechazo es un collage desolador que ofrece auténticas radiografías del autoengaño en tiempos de internet y redes sociales; desde el fenómeno incel al doomscrolling; desde un sujeto apasionado del feminismo que no entiende por qué no “pilla cacho”, a una mujer que convierte un enamoramiento no correspondido en obsesión malsana o un tímido que lucha como puede contra su propia represión sexual.
Ayer, 16 de febrero, Tulathimutte dio una rueda de prensa online para presentar Rechazo. Vía Zoom, el escritor estadounidense, hijo de inmigrantes tailandeses, estuvo muy hablador -gafas, pelo recién lavado, camisa de cuadros suaves, cazadora verde, aspecto de más jovencito de lo que realmente es- y capturó rápidamente nuestro interés con sus respuestas a todos los que nos habían invitado, tras la presentación de Fernando Paz Clemente y las preguntas nuestras que administraba Alberto Gómez.
Sobre por qué ha escrito Rechazo y qué nos ha querido transmitir con este caleidoscopio de visiones de lo que puede ser sentirse rechazado, Tulathimutte dijo que, a lo largo de su vida, le habían rechazado muchas veces. Y, pensando en escribir sobre este tema, buscó ejemplos de libros que hablaran principalmente sobre el rechazo, no solo como elemento de la trama o subtrama. Y casi no encontró nada. Y cuando hizo una búsqueda de la palabra “rechazo” en Goodreads, lo único que salía eran libros de autoayuda o del mundo del Omegaverso, ese subgénero de novela romántica supernatural en la que la sociedad humana sigue las mismas reglas que las sociedades de lobos, con machos alfa y omega; hay una serie llamada La pareja rechazada. Y ese es el único tipo de cosas que encontraba buscando libros sobre este asunto. Y le sorprendía que no hubiera un libro titulado Rechazo.
Nosotros, en concreto, le preguntamos por la visión que nos da en el libro de los millenials, bastante perturbadora, sobre cómo piensa que ha derivado el rechazo en los millenials respecto al rechazo en la Generación Z. Y Tony Tulathimutte nos respondió:
“Creo que los millennials son bastante curiosos. Una amiga mía, Erin Summers, dijo que los millennials son muy graciosos porque les genera mucha ansiedad el ser buenos. Mi forma de interpretarlo es que, desde luego, no tenemos ningunas perspectivas de prosperidad económica con las que podamos contar, nos vemos constantemente machacados por grandes obstáculos económicos y hay un deseo no solo de cambiar el mundo a mejor, sino de aferrarnos a nuestra propia bondad, algo así como un premio de consolación para nuestra felicidad. Y este deseo es lo que genera mucha incomodidad o manifestaciones muy poco sinceras o muy performativas de la bondad, que es algo muy evidente en el relato de “El feminista”, por ejemplo.
Yo no soy el primero en decir que los millennials alcanzaron la mayoría de edad en un momento que… A ver, todos recordamos un pasado antes del mundo digital y el hecho de que esto surgiera en nuestra adolescencia es muy importante porque nos ha vuelto mucho más neuróticos. No nos sentimos tan cómodos con la tecnología como la generación Z, pero habréis oído el chiste ese de que sabes que es un millennial el que está colgando un vídeo porque se para un par de segundos antes de empezar a hablar, mientras que alguien de la generación Z empieza a hablar enseguida. Y esa es una diferencia muy pequeña sobre cómo los millennials se han quedado un poco por detrás de una forma que genera una cierta torpeza cómica.
Pero la cuestión es que lo que tenemos es una especie de coraza social. Porque otra generalización que habremos oído, al menos en mi experiencia como maestro, es esta cosa que llaman “la cara de muerto” de la generación Z. Se dice que en general la generación Z es más inexpresiva que otras generaciones. Les hablas y no reaccionan, no tienen esas expresiones de escucha activa con las que estamos todos familiarizados.”
Tony Tulathimutte continuó diciéndonos [muy rápido, con movimientos nerviosos, bebiendo agua o un bote de refresco] que cada generación tiene sus propias características y no creía que eso significase que es mejor o peor, lo que sí creía es que a menudo hay reacciones inconscientes al hecho de que la generación Z nació consciente de que la estaban vigilando, que cualquier cosa que delaten a través de sus expresiones faciales o de cualquier comentario hecho un poco de paso, podría ser grabado, fotografiado, inmortalizado, para perjudicarles. De manera que, de una forma muy natural, son mucho más cautos. Tienen un superego muy poderoso. Tulathimutte creía que es un mecanismo de adaptación social que tiene un cierto sentido, dado el entorno, que requiere otras expectativas sociales entre ellos.
También creía que una expresión siempre significa algo. Y no es casualidad que, en entornos donde hay mucho control sobre la imagen, en un streaming en vivo, por ejemplo, o en un mundo en el que uno no es totalmente anónimo, hay una inexpresividad intensísima. Y eso explica por qué a la gente de la generación Z se les da mejor mostrarse en Internet.
“Vaya si lo ha entendido: casi le da un soponcio. Pero sabe que su rechazadora solo estaba intentando no herir sus sentimientos, porque los hombres con frecuencia reaccionan mal ante rechazos rotundos. Conque acepta las condolencias de la chica y aun las reformula hasta dejarla convencida de que se va a sobreponer. «¡Ah! ¡Menudo pagafantas estoy hecho!», dice sacudiendo los puños hacia el cielorraso; y ambos ríen y se abrazan y él vuelve caminando a su residencia universitaria al amanecer.”
Esto es de “El feminista”, otro de los relatos de Tony Tulathimutte que, cuando lo publicó en 2019, se hizo viral rápidamente, convirtiéndose en la obra de ficción más leída en los veinte años de historia de la revista literaria n+1, causando furor en ciertos sectores de Twitter. El protagonista que le da título se describe en su perfil de citas online como «totalmente comprometido con el consentimiento». No entiende por qué, a pesar de sus impecables credenciales feministas, siempre las chicas lo relegan a “la categoría de amigos”, mientras que tipos “con caras salpicadas de cráteres, modales zafios y poca higiene”, en resumen menos evolucionados que él, consiguen comerse todas las roscas que él no se come y tener sexo con ellas. Pasados los años, ya en la mediana edad, se une a foros online como Narrow Shoulders/Open Minds, donde desvaría afirmando que su habitual falta de sexo es “una prueba de un fallo estructural”, en referencia a que él siempre ha estado a disposición de las mujeres y ellas nunca lo han estado para él, y se pregunta cómo iban a remediar ellas esa implacable negativa, ese cruel rechazo, ese fallo estructural. Finalmente apoyado por otros incels como él [esa subcultura violenta en internet que, a partir del celibato involuntario, combina frustración sexual, misoginia extrema y discursos de odio hacia las mujeres], su resentimiento se convierte en un acto criminal.
Preguntado sobre ese final tremendo de “El feminista”, si lo tenía pensado antes de empezar el relato o se le fue ocurriendo mientras lo escribía, nos dijo:
“Yo no lo sabía. De hecho, cuando mandé la historia al editor, todavía no tenía un final. Los editores de la revista en la que se publicó me pidieron que lo cambiara, que mejorara ese final, porque yo antes tenía un final en el que [el protagonista] escribe una especie de manifiesto en su diario mucho menos intenso. Y me dijeron, mira, esta historia no acaba de tener un final, es un poco flojo, un poco vago, no pasa nada. Y yo al principio intenté defenderme y decir, a ver, es que así es el rechazo, es que no es un final, es una cosa que se va apagando hasta desaparecer.
Pero me di cuenta de que no era muy satisfactorio de leer en un relato y acabé viendo que tenían razón, que no había nada, digamos, decisivo, concluyente, y me preguntaron a ti qué te preocupa, a la hora de buscar algo un poco más concreto como final, y me di cuenta de que me preocupaba que, si me ponía muy intenso con el final, sería muy fácil confundir la perspectiva del relato con la mía personal. No quería que se me identificara con ese personaje demasiado. Y mi editora, Dana Torderuci, me dijo: «A ver, lo que te preocupa es aquello sobre lo que tienes que escribir». Y claro, si yo tengo ciertas sensaciones o inseguridades sobre no parecer políticamente puro o loable a través de mi relato, pues igual lo que tengo que hacer es tomar esas inseguridades y aplicárselas al protagonista.
Y con eso acabé teniendo la idea para el final, al darme cuenta de que este tipo no es solo que nunca fuera a aprender, sino que se volvería aún más recalcitrante y cada vez más amargado, hasta el punto de que pasa por una especie de cambio totalmente radical en su forma de relacionarse con los demás. Y parte del chiste en la historia es que, incluso al final del relato, él se cree feminista, que es mejor, más feminista que nadie, y que son los demás los que le han fallado a él y al feminismo. Y es eso lo que le permite a nivel ideológico justificar lo que hace al final. Y eso me obligó a darme cuenta de que no es un cambio a lo Breaking Bad de un buen tío que se vuelve malvado, sino que es de un tipo de malvado a otro. Lo que ambos tienen en común es esa especie de rigidez ideológica. Y eso es lo que yo quería subrayar con ese final.”
Desde luego “El feminista” es un relato bastante sombrío, ingenioso, un punto jocoso y algo confuso política y moralmente, como los demás de Rechazo, que llegan hasta los intentos para salir del armario en las redes y también hasta el doomscrolling [ese hábito compulsivo, popularizado durante la pandemia, de navegar por redes sociales o sitios de noticias consumiendo incesantemente contenido negativo, catastrófico o perturbador, a pesar de que provoca ansiedad, miedo o tristeza] y tantas cosas más en esta época hiperconectada de pantallas y pantallitas.
Tony Tulathimutte es autor de las novelas Ciudadanos particulares y Rechazo. Han publicado textos suyos The Paris Review, n+1, The Nation, The New Republic y The New York Times. Ha recibido los premios O. Henry y Whiting, e imparte en Brooklyn el curso de escritura CRIT.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: © Clayton Cubitt
INTÉRPRETE: Marta Armengol
Tony Tulathimutte
Traductor: Manuel Cuesta Aguirre
AdN Editorial (Grupo Anaya S. A.), 320 pp., 20,95 €
Sinopsis:
Rechazo es una provocadora incursión (tremendamente perspicaz y escandalosamente divertida) en los problemas más espinosos de la vida moderna. Las siete historias van saltando, sin solución de continuidad, entre las respectivas crisis personales de los miembros de una peculiar cuadrilla, y las tragicomedias del sexo, las relaciones, la identidad e internet.
En «El feminista», la apasionada militancia de un joven en el feminismo se transforma en un nihilismo furioso cuando el protagonista constata, pasados ya treinta años de soledad, que así no se ha comido una rosca. En «Fotos», el enamoramiento no correspondido de una joven degenera en una obsesión malsana y en la destrucción sistemática su concepto de sí misma. Y en «Ahegao o Balada de la represión sexual», el fracaso de una persona tímida en sus (tardíos) esfuerzos por tener una primera relación, lleva a esa persona a cometer, sin darse cuenta, un error garrafal. Los personajes revelan, a medida que unos van apareciendo en las aplicaciones de citas y en las redes sociales de otros -o encontrándose en bares y dormitorios tenuemente iluminados-, cómo nuestros autoengaños pueden desnaturalizar nuestro afán de conexión.
Estas brillantes sátiras indagan en las subestimadas tribulaciones del rechazo con la autoridad de un clásico moderno y la frenética intensidad de un manifiesto. Rechazo es audaz e inolvidable: un impactante mosaico que redefine qué quiere decir que a una persona la rechacen amantes, amigos, la sociedad… y que ella misma se rechace.







