«…No estoy tan segura de qué tan dramáticas fuimos tú y yo de adolescentes. Mi papá decía de vez en cuando que esa muchachita Antonia era una caspa. ¿No, Eliana Sofía?, le escuché decir un par de veces desde que tú y yo nos conocimos. Seguro se quedó con esa imagen tuya luego de que lo llamaran a él y a tu papá a la dirección del colegio, porque les parecía que estábamos generando problemas de convivencia. A mí todavía me parece una estupidez y, francamente, un descaro llamar “problemas de convivencia” a subirle un par de centímetros a la falda del uniforme y pintarse las uñas de morado. Lo que pasa es que todavía sigue siendo más fácil culpar del abuso a unas quinceañeras y no al treintón de Mario, que cuando no estaba ocupado siendo un profesor de español mediocre, se la pasaba coqueteándole a niñas a las que le doblaba la edad. ¿Te acuerdas de cómo se consiguió mi teléfono y me llamó a los tres días de habernos graduado de 11? Y allá debe seguir, seguro, siendo el mediocre de siempre. Pero la caspa eras tú, dirían otros…»
Estas frases son de No contaban con las ondas, novela de Laurandrea Torres Martínez, publicada por las afueras y que desde el 14 de septiembre está en todas las librerías.
Una obra en donde Eliana, mientras intenta comprender la ausencia de su amiga Antonia, vuelve sobre los años compartidos por ambas. Recordar se convierte entonces en una forma de permanecer cerca, pero también en una manera de regresar a los gestos, los silencios y las señales que solo después adquieren otro significado.
Con una escritura íntima y envolvente, Torres Martínez construye una novela sobre la amistad y sus reverberaciones, pero también sobre las violencias que atraviesan la vida de las mujeres y cómo estas terminan moldeando nuestros vínculos, nuestros miedos y nuestra manera de habitar el mundo.
Laurandrea Torres Martínez (Bogotá, 1996) es antropóloga y abogada de formación, escritora, periodista comunicadora por vocación. Ha trabajado en medios colombianos narrando historias de sobrevivientes de violencias basadas en género. Su primera novela, No contaban con las ondas, explora los vínculos y silencios que atraviesan la vida de las mujeres.
Por este libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Laurandrea Torres Martínez, para que nos hable de él a los lectores de Qué Leer.
Laurandrea, por favor, haznos una sinopsis de No contaban con las ondas.
No contaban con las ondas es, sobre todo, una novela sobre la amistad entre mujeres. Sobre lo que es vivir en una sociedad que ha naturalizado la violencia contra ellas y cómo, en medio de un contexto así, acompañarse es un acto de resistencia y amor. Es también una novela sobre el duelo y sobre todo aquello que queda después de la violencia patriarcal, tantas veces letal.
¿Y qué fue lo que te empujó para ponerte a escribir No contaban con las ondas: algo leído, una experiencia, un recuerdo…?
Empecé mi carrera como periodista trabajando en una campaña que visibiliza violencias de género en Colombia. Dentro del trabajo que hacíamos estaba registrar, documentar y reportear casos de feminicidios en el país. Y aunque fue una experiencia de la que aprendí muchísimo, también fue emocionalmente devastadora. En medio de la reportería, y de la generosidad de los familiares de mujeres y niñas víctimas de feminicidio que compartían sus historias conmigo, nacieron varias preguntas: ¿cómo se vive el duelo tras un asesinato así? ¿qué pasa con las familias y con todas las personas que amaban a estas mujeres? ¿quiénes son estas mujeres más allá de la violencia en su contra? Varios años después, gracias a los talleres distritales de Idartes en Bogotá, quise llevar todas estas preguntas a la ficción.
Tu libro tiene dos personajes principales muy bien perfilados, dos amigas: por un lado tenemos a Antonia (Anto), desaparecida…
Antonia era un terremoto, como decía su papá. Un destello, una chispa en la vida de todas las personas que eran testigo de su existencia. Era una mujer irreverente, arriesgada y que no le tenía miedo a intentar cosas nuevas. Era una diseñadora que vivía de su propio proyecto como ilustradora. La vida freelance se ajustaba, precisamente, a la manera en la que le gustaba vivir: libre. Justamente, por su personalidad, a veces necesitaba de una persona como Eliana, más aterrizada, que le pusiera los pies sobre la tierra. También era una mujer enamoradiza, que coincidió con Fernando en un momento de mucha vulnerabilidad. De ahí que fuera difícil dejarlo. También era una ironía que una mujer como ella se dejara apagar de un hombre como él. Pero es que eso es lo que pasa con la violencia patriarcal: a veces entra silenciosa y cuando ya ocupa mucho lugar, es casi imposible combatirla.
Y por otro lado, el otro personaje principal es Eliana (Eli), la narradora de la historia…
Eliana, a diferencia de Antonia, es una mujer más serena. De esas que piensa varias veces antes de tomar decisiones sobre lo importante y lo que no lo es tanto. Estudió contaduría, no porque lo quisiera sino porque era la única opción que le quedó tras aplicar a la universidad pública. Es una mujer no tan arriesgada porque su contexto también la hizo así. Por eso hace una gran dupla con Antonia. Y es una amiga casi que incondicional, que supo entender que las amistades cambian con el tiempo y que adaptarse a esas transformaciones hace parte del amor.
Tu libro es como una carta de Eli a Anto, ¿no?, a una Anto desaparecida, donde se cuentan sus vivencias, desde que eran amigas y, primero, compañeras de colegio.
Es una carta y al mismo tiempo no lo es. La verdad es que nunca sabemos desde qué lugar Eliana está hablando con Antonia. Es decir, ¿está en su casa? ¿Escribe? ¿Habla sola? Es, sin duda, un diálogo que ella tiene con su mejor amiga, sea cual sea la forma, en un intento de darle luces a todas las preguntas y culpas que le quedaron después de su asesinato. No sigue un orden lógico y no las responde todas, pero es una especie de consuelo que, con el tiempo, Eliana logra darse a sí misma. Al final sabe que Antonia siempre estuvo destinada a ser parte de su vida hasta el final de los días de ambas.
La trama de tu libro se desarrolla a través de doce capítulos y un epílogo… Sin diálogos…¿Por qué has utilizado esta estructura?
Porque está escrita bajo el flujo de pensamientos de Eliana. Cuando una persona recuerda momentos, si bien va a conversaciones, no lo hace de una forma estructurada ni exacta. Recuerda momentos y tal vez frases sueltas que se quedaron con ella. Los diálogos sí existen y están en la novela, pero están entrelazados en los recuerdos de quien narra y no tienen una secuencia lógica más que la memoria de Eliana. Y yo quería que se sintiera de esa forma: sumergirse en su cabeza. Por tanto, quien la lee conoce a Antonia a través de la mirada de su amiga, como ella la recuerda.
Otro personaje de tu libro: Mari (hermana de Anto), la más optimista, obligada a ser valiente, qué coraje que tuvo.
Mari es lo que Eliana no es, a propósito. Es innegable que esta es, de una u otra forma, una novela feminista, aunque sus protagonistas no se enuncian de esa forma. Esa era mi intención. Mari es la manera de canalizar a las activistas que día a día trabajan por recuperar la memoria de las víctimas de la violencia patriarcal. Es una joven optimista, sí, porque es hermana de Antonia. Porque fue criada con las mismas libertades y licencias que ella. Y es obligada a ser valiente en una sociedad en la que muchas mujeres deben serlo y sin quienes, las víctimas de feminicidio pasarían al olvido. Pero ninguna mujer debería ser obligada a ser valiente o a tener coraje.
“…Y no te preocupes, que de ahora en adelante Paco y yo nos cuidamos las espaldas. Sola, nunca más…”. Este es el final de tu libro, sin contar el Epílogo. ¿Tenías previsto llegar a ese final, o fue cambiando a medida que ibas avanzando en tu escritura?
Esta novela primero nació como un cuento corto, en el que el final era el cambio del delito por el cual es condenado el feminicida. Pero cuando decidí que le quería dar más vida y extenderlo, ya no tenía tan claro hacia donde iba a ir. Lo que sí sabía era que Eliana iba a estar acompañada el resto de su vida por el recuerdo de su mejor amiga, y que Paco, el aguacate, iba a ser parte de esa compañía. Paco, como una extensión física del amor de Antonia.
Paco: curioso personaje que tiene su presencia en el libro.
Cuando escribí el cuento del que nació la novela, quería enlazar dos cosas: la vida y la muerte. La muerte, en el feminicidio de Antonia; la vida, en el nacimiento y crecimiento de Paco, el aguacate. Yo misma sembré hace muchos años una pepa de aguacate y quedé maravillada de su belleza y de lo fácil que me era cuidarla. Como en la novela, creció apenas con sol, tierra y agua. Además, era muy curiosa su existencia. Dicen que las plantas leen el estado de ánimo de las personas y, en el caso de mi aguacate, creo que era verdad. Durante una época de muchas tristezas, la mata de aguacate, aunque tenía sol, tierra y agua, estaba visiblemente achicopalada: con las hojas caídas y algunas cafés. Con el tiempo se recuperó, a la par que yo tuve mejores días. Esa sincronía con mis propias emociones se quedó conmigo mucho tiempo, así que decidí plasmarla en la novela. De ahí que en el transcurso de la novela haya un símil con estados o momentos de un aguacate. Y en el fondo, lo que más me interesaba que le quedara a quienes la leyeran: que la vida siempre brota de cualquier parte.
Pd: yo tuve que soltar a mi aguacate. Claro que escribí sobre eso.
Si nos vamos al Epílogo, ahí menciona Eli el cambio del cargo del delito del culpable, por parte de la Fiscalía. ¿Eso qué significa en la realidad? (no feminicidio y sí homicidio agravado)
La diferencia entre un feminicidio y un homicidio agravado no es meramente formal. Claro, según la ley, el móvil de los delitos es distinto. Un feminicidio es el asesinato de una mujer o una niña por el hecho de ser mujer, o por su identidad de género. Es un crimen de odio. En un homicidio esto no pasa. Además, en Colombia, quienes están siendo procesados por un feminicidio no tienen derecho a beneficios penales, mientras que por el homicidio sí. Pero más allá de eso, la diferencia es política. Que al culpable lo hayan condenado por uno y no por otro implica que la justicia está negando lo que hizo, y, por consiguiente, está borrando la labor de denuncia y de memoria que las personas que conocían a Antonia llevaban haciendo por tanto tiempo. También, es un mensaje doloroso a toda la sociedad y a las mujeres, de no nombrar con todas las letras que la violencia de género es letal. Es otra forma de impunidad, aunque haya condena.
Al hilo de esto, otro personaje importante de tu libro: Fernando, novio de Anto, grosero, patán. No hace chistes, luego tiene celos… Fernando es contado como en sordina, de manera lateral, desde el punto de vista de Eli…
Fernando es todo eso: grosero, patán, agresivo, inseguro y celoso. Pero también es dulce, generoso y amable con la familia de Anto. Cuando pensamos en un feminicida o en otro tipo de hombres violentos, solemos pensar que son monstruos. Hombres evidentemente malos, pero esto no es así. Los abusadores son también, la mayoría de las veces, hombres encantadores. A plena vista es casi imposible identificarlos. Mi intención era que Fernando tuviera estos matices. Por una razón que Eliana nunca entendió, Antonia se enamoró de Fernando y tal vez solo ella sepa por qué. Quienes leen la novela tampoco lo sabrán, porque de él, precisamente, solo tenemos la información que Eliana nos quiere compartir. Lo que ella vio y lo que Antonia le permitió ver de Fernando, que no siempre fue lo mejor.
Y otro personaje de tu libro, que no podemos dejar de mencionar: la madre de Fernando: protegiéndolo siempre, educándolo en solitario.
El machismo no es cosa de hombres, ¿no? La violencia de género ocurre en una sociedad que es cómplice y que no hace nada para detenerla, que la ve y prefiere mirar a otro lado. El caso de los 7 de Cornell y cómo ningún otro hombre en ese grupo de Snapchat fue capaz de decir algo ante la violencia sexual es un ejemplo de ello.
El problema de Fernando no es que sea hijo único o que haya sido criado por su mamá. Uno de los problemas es que su mamá hace parte de una estructura que perpetúa la violencia y que es indulgente ante ella. De ninguna manera el feminicidio de Antonia es responsabilidad de la mamá de Fernando; el culpable es él. ¿Pero cuántos hombres no hay allá afuera, dispuestos a violentar, porque saben que no les pasará nada? ¿Que habrá otros, hombres y mujeres, que los encubrirán?
Tu libro se lee fácil, con muy buen ritmo… Que se lea fácil, no significa que se haya escrito fácil, ¿verdad, Laurandrea?
Para nada. Tuvo pausas y silencios porque fue muy doloroso escribir sobre la violencia de género letal. También implicó recordar a las personas con quienes hablé en mi trabajo como periodista y cuyas historias están en la novela. Es devastador volver a ellas y saber que no hay nada que podamos hacer para que sus hijas, mamás, hermanas y amigas vuelvan a ellas. Lo que sí podemos seguir haciendo es denunciar esta violencia, incluirla en nuestras conversaciones cotidianas y señalar a todo aquel que es violento, antes de que sea demasiado tarde. Pero esto también requiere de un esfuerzo institucional robusto: una justicia con verdadero enfoque de género; campañas que no sólo les hablen a las mujeres sobre cómo identificar banderas rojas, sino a hombres para que ellos mismos se revisen su machismo; líneas de atención eficaces; programas de acompañamiento a mujeres para que puedan dejar a tiempo relaciones abusivas; programas que cuiden a hijos e hijas de mujeres víctimas de feminicidio…
Y ya por último, ¿junto a qué otros libros colocarías No contaban con las ondas en una estantería?
Sin duda, El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, a quien le dedico una línea al principio de la novela. En diciembre llegaban las brisas, de Marvel Moreno, que es una interpelación y denuncia sobre el machismo de los hombres y la sociedad barranquillera. También incluiría el cuento “Aquí no pasa nada”, de Lina María Parra, que me removió mucho cuando lo leí y que, de una u otra forma, fue semilla para el cuento del que nació esta novela.
Carlos Castrosín
Laurandrea Torres Martínez
Editorial las afueras, 152 pp., 16,95 €
Sinopsis:
Mientras intenta comprender la ausencia de su amiga Antonia, Eliana vuelve sobre los años compartidos por ambas. Recordar se convierte entonces en una forma de permanecer cerca, pero también en una manera de regresar a los gestos, los silencios y las señales que solo después adquieren otro significado.
Con una escritura íntima y envolvente, Laurandrea Torres Martínez construye una novela sobre la amistad y sus reverberaciones, pero también sobre las violencias que atraviesan la vida de las mujeres y cómo estas terminan moldeando nuestros vínculos, nuestros miedos y nuestra manera de habitar el mundo.
No contaban con las ondas es una exploración luminosa y dolorosa de la memoria y del amor entre amigas; un libro sobre aquello que permanece cuando alguien falta y sobre las formas que encontramos para seguir adelante.



