Son los años noventa y un hombre joven de Barcelona, que ya se ha entendido con el verso, camina las calles de una Dublín, sólida y perseverante en sus paisajes: gris y húmeda, poética y eterna, bella y humana, fría y distante, tradicional y trascendental, que consume el ir y venir de sus transeúntes hasta el fin de los tiempos. No sabe todavía que va a escribir una novela, que se publicará al comienzo del próximo siglo, y un día llegará a las manos de esta escritora, quien todavía desde su aventura mexicana verá la isla lejana, perdida en la niebla y los mares, y empezará a construirla desde el imaginario de la literatura.
A lo largo de su historia, y como cualquier tradición, la Irlanda que ha dado nombres de peso a las letras universales, y quizás Dublín en particular, se han convertido en un tópico, y me atrevería a decir que en una especie de género con un carácter muy peculiar. ¿Qué tiene esta tierra para, con su lenguaje propio, recorrer el mundo e impactar a lectores y creadores de todas las aguas, desde aquí, Muy al norte del turbio mar?
La isla cierra un continente y abre su mirada y sus caminos al Atlántico; después de ella no quedan el horizonte ni las lejanas geografías, sino la incertidumbre. Por sus mares escaparon los hombres y las mujeres víctimas de la colonización inglesa, la Gran Hambruna, la pobreza rural y los conflictos políticos desde su partición en 1921. El viaje desde y hacia la isla, físico o interior, convirtieron la emigración y el exilio en otra forma de tradición. Los irlandeses desarrollaron la vocación de ir y volver, o de irse y conservar como una isla perenne lo que nadie podía quitarles ni dejar de ser suyo: la literatura, la música y la lengua.
Ha pasado el tiempo, y una mañana del verano barcelonés, aquel joven escritor de casaca negra, ahora maduro, le dice a la escritora que tras haber vagado el mundo comparte su ciudad: «vamos a ir, a la ciudad gris», a sus recuerdos, a caminar el pasado huérfano y el presente irlandés. A Belfast y a la Dublín edificada por Joyce, por Bloom y tantos personajes. A esa novela escrita tantos años ha: Solos en los bares de noche. Vamos a hacer un viaje de Gulliver al país de los escritores y los pubs, uno que, como los de Swift, trescientos años más tarde, solo existe en la literatura.
En aquel antiguo hogar mexicano yo había construido mi propio imaginario de Dublín, que parecía acoplarse al ritmo de la novela del escritor, publicada en 2002, pocos años después de que él la recorriera con el fervor y la angustia de la juventud, y la inmortalizara además en un poemario como La ciudad gris.
«Tenemos que ir al Johnnie Fox´s Pub», dije, y en su rostro la mella del recuerdo apareció difusa, como si este antiquísimo bar, de fama sin precedentes, quisiera ocultarse tras la barra donde Diego se embriaga de cervezas con sus amigos dublineses, aprehende en su sangre el calor de los violines, el banjo, la cervantina o la gaita, y escribe sin saberlo lo que será la primera gran historia del escritor. En el epílogo de la segunda edición, de 2021, dice el autor: «Un escritor atrapa al vuelo una idea que lo acomete de forma imprevista y sabe al instante que deberá darle una respuesta en forma literaria».
Tantas veces me lo había imaginado sentado en la barra del Johnnie Fox, bebiendo hasta esconder de manera decisiva su soledad, con una libreta —diario que, luego lo supe, aún conserva—, que el sitio era real simplemente porque lo había leído e imaginado.
Solos en los bares de noche cosmogoniza la soledad y la invisibilidad, la primera gran huida imposible del que será también el prosista, el ensayista y el poeta de muchísimos libros, y de un híbrido viajero titulado justo así, La huida imposible.
Diego se va a Irlanda con la pretensión de escapar de una realidad de bares y alcoholes y un «hogar» que ya lo ha reducido todo lo posible a la nada, y llevado a ese límite de aislamiento en que el ser humano es por sí solo una isla, y no le queda más que buscar otra isla donde aislarse, donde esconderse y hacer parecer que la huida no es tal. ¿Pero qué pasa cuando Diego se adentra en la vida del Johnnie Fox, como ocurrió al escritor en su viaje físico en marzo de 1996?
En Irlanda, en Dublin y en el famoso pub, Diego y el escritor encuentran la tristeza alegre de lo irlandés, la alegría melancólica que casa tanto con su existencia, como para desearle tener allí una pertenencia que es también imposible. Ya no tiene que huir, porque está en el lugar «adecuado». El espíritu de un pueblo sufrido, lleno de avatares históricos marcados por el dolor, transparente e inocente según palabras del propio escritor, lo llevan a arrastrar por las calles de Dublín una añoranza que irremediablemente ha de novelarse, para la cual los cincuenta poemas de La ciudad gris, tan geográfica y fotográfica, son insuficientes. Johnnie Fox´s Pub se convierte en un catalizador, un umbral hacia lo que será Solos en los bares de noche.
Tres décadas después de aquel viaje que marcaría la vida literaria del escritor, nos recoge frente a The Merrion Hotel, a unos pasos de la Merrion Square, el autobús que nos lleva de la Dublín georgiana hasta las montañas de Wicklow. Durante los días previos el escritor ha comenzado la tarea, más literaria que humana, de rescatar para mí la memoria de su Johnnie Fox.
Merrion Square forma parte del gran conjunto de plazas y calles construidas durante el período georgiano de Irlanda (siglos XVIII y principios del XIX), bajo los reinados de los reyes Jorge I, II, III y IV de Gran Bretaña. Esta es probablemente la imagen arquitectónica más característica de Dublín: fachadas de ladrillo rojo, puertas de colores, ventanas altas y simétricas, plazas ajardinadas como Merrion Square, Fitzwilliam Square o St. Stephen’s Green. Y este es nuestro barrio.
Desde el Merrion Hotel llegamos caminando a la National Gallery, al Trinity College, al Museum of Literature Ireland, conocido como MOLI, a la casa familiar de Wilde y a varios de los monumentos con los que Dublín celebra a sus escritores. Estamos a la vuelta del Hugo’s, el inolvidable restaurante de Gina, que la noche anterior nos ha recibido y preparado el mejor menú de la ciudad, con ingredientes hechos todos en casa, presume ella, y tiene razón. Nos hemos encontrado ya a Joyce, a Wilde y a Yeats en estatuas, placas y edificios, recorriendo a nuestro lado la Dublín de los tesoros y asombros.
Además de nuestros descubrimientos irlandeses en la National Gallery, The Merrion guarda entre sus muros la colección de arte privado más importante del país, según nos han hecho saber, ante la sorpresa permanente que nos acosa por sus laberínticos pasillos.
Johnnie Fox nos desvía por primera vez del estar citadino, y nos lleva junto a la noche hasta Glencullen, en las laderas de las montañas. Durante mucho tiempo este fue considerado el pub más alto de Irlanda, a 270 metros sobre el nivel del mar; los carteles así lo registran. Junto a sus remembranzas, y en esa otra forma de huida que en la novela representa el pub para los irlandeses, sus extranjeros y para Diego, el deseo del joven escritor de vivir en la literatura se materializa. Él no es ya «un hombre a punto de llorar por todo y por nada». Pero Diego seguirá, condenado por la historia en las páginas, transitando los sinuosos caminos que conducen al ser humano hacia los bordes de la angustia y la música, de la poesía y la muerte, de la memoria y el olvido, del dolor y el pasado que persigue. Volverá a reconstruir el duelo con el espejo una y otra vez, mientras nosotros hablaremos de la melancolía irlandesa desde esa otra acepción que le otorgara Víctor Hugo: «La felicidad de estar triste», y ya no del «balbuciente suicidio emocional» de Diego, en la que el propio escritor terminó catalogando como la novela de los bares o la novela decadente, y que graba magistralmente el dolor del hombre solo, solo en los bares, de noche, lejos de todo, fraternizando con otros hombres tan solos como él.
Johnnie Fox’s Pub fue fundado en 1798, cuando Irlanda todavía era otra Irlanda. Conserva el aire de las antiguas posadas de montaña. Los techos bajos, la piedra oscurecida por los años, los objetos cotidianos convertidos en memoria, las fotografías y los periódicos que cuentan su larga historia, las lámparas, las viejas chimeneas y sus rincones hacen pensar en el hogar de varias generaciones que van dejando en las esquinas, como un ornamento más, esa idiosincrasia que al escritor fascinara.
Su tradicionalidad se halla en la comida, la bebida, la música y el baile. Cuando el violín rasga el pasado, la gaita se ahoga y revive en las manos de sus intérpretes…, cuando la cervantina se envuelve y abre como un gusano feliz, la escritora retrocede también el tiempo, y atraviesa esa otra frontera sagrada, la infancia, en su isla de Cuba, ahora lejísimo en los mares, y frente a la tele ve nuevamente, y estupefacta de emociones, a Riverdance. En 1995, ese espectáculo internacionalizó la música y la danza tradicionales de Irlanda, convirtiéndolas en un símbolo contemporáneo de la identidad y la memoria de un pueblo marcado por el viaje y la emigración.
La música tradicional irlandesa ocupa la taberna entera, sobre el escenario y en cada mesa, corredor, salón, espacio… Quien quiera baila, y quien quiera canta. Todos se conocen y nos miran con curiosidad a los forasteros. Nadie intuye que este Diego es de aquí, aunque se lo digo en confidencia a la mesera, una irlandesa tan alta que parece que va a tumbar del techo con la sonriente cabeza las herramientas de labranza que lo adornan, recordándonos que cada uno de los platos que vamos a comer han pasado por las manos de un granjero y han sido cultivados o producidos en la esencialidad territorial de la isla.
Los irlandeses han encontrado una forma extraordinaria de compartir las soledades sin necesidad de nombrarlas, eso ya lo sabía por el Johnnie Fox de la novela y lo constato ahora. El pub es otra isla dentro de la isla, donde la soledad se entrega y celebra. Solos en los bares de noche expresa esa filosofía de la taberna, de la cerveza, y las posibilidades de un sitio como este para tragarse los desiertos, mientras la literatura vuelve a reivindicarse como el medio más eficaz para retratar lo espacial, la época y a los seres humanos.
Gastamos varias horas aquí, comemos, bebemos sus cervezas locales, conversamos, escuchamos el violín, la guitarra y la voz triste y áspera de un hombre que nos canta. Cada uno evoca su pasado particular y juntos el de la novela o el del viaje del joven escritor. Gulliver ha vuelto al país de los pubs, y tal vez recomienza una historia que no es la de entonces y no es menos verdadera.
Me doy cuenta de que no quiero irme a casa, de que nos queda un día y todavía no le he descubierto a la ciudad todos sus rincones. Es la medianoche y el mismo chofer que nos ha llevado, y que duerme en un parking a cien metros del pub, se despereza y nos recoge para traernos de vuelta. En mi habitación del hotel está esperándome la novela, en su edición más reciente. Pienso en Diego, que ya no tiene que volver a Barcelona a romperle las narices a nadie, en que la magistralidad de la obra pertenece a lo literario y Dublín es ahora nuestra, aunque pronto tengamos que abandonarla.
Las ciudades como Dublín cambian todos los días según los ojos de sus visitantes. Es verdad que ya no están allí algunos cafés de los noventa o alguna tienda o restaurante, pero Leopold Bloom será parte de la memoria urbana eternamente. Swift, Wilde, Yeats, Joyce siguen muertos y vivos bajo la lluvia fina y persistente. Sin embargo, el túnel oscuro que atraviesa Diego antes de regresar a Barcelona ha dejado de existir. No hay de quién esconderse ni de quién huir, aunque en las páginas tremebundas del final de Solos en los bares de noche, el personaje hará lo que a su destino corresponde, una acción violenta y decisiva para vengar el pasado y continuar.
El escritor, con una encomiable obra publicada y una carrera extraordinaria en el arte de crear personajes que son y no son la vida real, ha cambiado con la literatura la suerte del hombre que ahora mira la ciudad con Ojos llenos de alegría y la comparte conmigo, aunque la tristeza de dejarla sobrevuele el cielo nublado de una Dublín que, a partir de este instante, nos espera para siempre.
Gabriela Guerra Rey
Toni Montesinos
Drácena, 152 pp., 14,95 €
Diego sabe que no puede permanecer toda la vida en Dublín, la ciudad elegida para crear una existencia diferente, consagrándose a la bebida entre nuevas amistades y melancolías. En su interior, hay una suerte de crimen latente por cometer, lo que le empujará a regresar a los rostros y lugares del pasado: a una Barcelona en la que refugiarse sin ser visto, asumiendo su propio destino. Allí seguirá deambulando con el instinto de vengarse del miedo, el de sentirse a solas incluso en compañía de la noche, los bares y todo un archipiélago de solitarios que viajan, como él, a la deriva. Sin embargo, la vuelta al espacio familiar, al pretérito territorio del alcohol, y también a un antiguo amor que contará su historia, no resolverá su huida, aun cuando se enfrente a su verdad más íntima.
Director de Qué Leer, Toni Montesinos es crítico literario del periódico La Razón desde el año 2000 y colaborador de Cuadernos Hispanoamericanos, además del suplemento El Viajero del diario El País y de Cultura/s de La Vanguardia. Autor de cuatro novelas: Solos en los bares de la noche (2002), Hildur (2009 y 2015), La soledad del tirador (2017) y El fantasma de la verdad (2018), ha recogido sus versos en Alma en las palabras. Poesía reunida 1990-2010 (2015), más en la apócrifa Antología poética del suicidio (siglo XX) (2015).
Entre el resto de sus libros de ensayos y viajes, podemos destacar: La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana (XI Premio Internacional de Crítica Literaria Amado Alonso, 2013), Una huida imposible. California y sus escribidores (2018), Muy al norte en el turbio mar. Una historia de la literatura inglesa (2022) y Ojos llenos de alegria. Estar vivo con R. W. Emerson (2023).



