«…Es con seguridad un esfuerzo inútil. Aquel pasado suyo no está a mi alcance. Ningún pasado ajeno lo está y el propio, escasamente. Me adentro en el territorio de la leyenda. Una leyenda privada, de nula relevancia para el resto de la gente, pero que a mí me hizo quien soy porque crecí a su sombra. Para bien o para mal, aquel hombre que sonreía y bromeaba en las películas caseras de ocho milímetros, y que nos dejó demasiado pronto, fue el modelo del hombre que yo nunca podría ni sabría ser. Un aventurero, un seductor, un señor de los de antes, como se acostumbraba a decir. Tal vez anacrónico ya en vida, con su sombrero, guantes y bastón, en un mundo que empezaba a cambiar. Arquetipo de unos valores que me resultan del todo extraños. Es difícil creer en héroes más allá de la infancia; sin embargo, los reencontramos al volver a ella en el recuerdo…»
Estas frases son del comienzo de La sombra del padre de Antonio Monegal, libro publicado por Acantilado y que desde el 24 de abril está en todas las librerías.
El origen de esta fascinante obra está en el hallazgo de una caja de madera oscura, un collage tridimensional hecho de retales de una vida en ocasiones incómoda, la del padre del autor, fallecido en su infancia, hombre tan intrépido y seductor como contradictorio. Y el relato resultante, la retahíla de fragmentos que lo conforman, no es sino otro ensamblaje destinado a salvar el abismo entre un hijo y la sombra siempre inasible del progenitor. Asumiendo el caprichoso papel de custodio de la memoria familiar, que lo convierte a ratos en arqueólogo, en notario o en detective, Monegal sigue en este valioso ejercicio entre el recuerdo y la imaginación la estela de esa figura esquiva, tan fundamental para su formación sentimental, mediante la que evoca un tiempo perdido. Un texto extraordinario, a medio camino entre la crónica histórica y la exploración íntima, que reivindica las historias pequeñas de las que está hecha la historia con mayúscula.
Recordemos que Antonio Monegal (Barcelona, 1957) es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Pompeu Fabra. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, se doctoró en Harvard en 1989 y ejerció la docencia en Cornell University hasta su regreso a España. En 2004 comisarió, junto con Francesc Torres y José María Ridao, la exposición En guerra en el CCCB, y en 2023, junto con Alyce Mahon, Sade. La libertad o el mal en la misma institución. Es autor de los libros Luis Buñuel de la literatura al cine (1993) y En los límites de la diferencia (1998), Como el aire que respiramos (Acantilado, 2022)—por el que ganó el Premio Nacional de Ensayo en 2023—, El silencio de la guerra (Acantilado, 2024) y La sombra del padre (Acantilado, 2026), editor de obras de García Lorca y coordinador de Política y (po)ética de las imágenes de guerra (2007).
Por La sombra del padre, su último y estupendo libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Antonio Monegal, para que nos hable de él a los lectores de Qué Leer.
Antonio, por favor, haznos una breve presentación de tu libro.
Bueno, para mí es un libro muy distinto a todo lo que había escrito antes, ensayos que eran el resultado de mi investigación y, por lo tanto, con un perfil más tradicionalmente académico.
Esto se convirtió de repente en un ejercicio de exploración personal.
Me requirió sacar recursos que eran muy distintos, un tono y un registro que no sabía cómo resolver para enfrentarme al problema de cómo hablar de quien había sido mi padre antes de ser mi padre, porque mi padre murió cuando yo tenía ocho años.
Obviamente había notado esa ausencia, me había de alguna manera marcado. Pero a lo largo de toda la infancia y de toda la juventud, yo había hecho un cierto ejercicio de distanciamiento, puesto que mi padre, durante la guerra, luchó al lado de Franco y entonces, por razones ideológicas, yo siempre había pensado que, de haber vivido mi padre, o yo pensaría de otra manera o nos hubiéramos peleado mucho. Y, por lo tanto, eso había quedado ahí aparcado.
No le dediqué mucha reflexión a lo largo del tiempo, hasta que en un momento dado mi hermana se tiene que trasladar del piso donde vivía y aparece una caja que yo no había visto o no recordaba haber visto. Y me encuentro con una serie de materiales que son como fragmentos, documentos, fotografías, que evocan distintos momentos de la vida de mi padre. Y entonces me planteé cómo contar eso.
Primero es por qué contarlo, porque todo el mundo tiene padres y no hace ninguna falta ir contando la vida a los padres. En mi caso, me lo planteé porque mi padre fue padre muy tarde para la época. En ese momento tenía cuarenta y cinco años. Yo he sido padre todavía más tarde, a los cincuenta y dos. Y, de repente, mi propia paternidad me llevó a preguntarme qué quería contarles a mis hijos sobre de dónde venían, a conciencia de que en este momento no les interesaba el tema particularmente, pero que en el futuro quizá querrían saber, ya que tienen ellos muy presente todo lo que es la tradición familiar materna.
Su bisabuelo materno fue médico en las brigadas internacionales, su abuelo estuvo implicado en la lucha antifranquista y, por lo tanto, todo eso está muy presente y muy vivo en esa parte de la familia.
Yo pensé, bueno, si la otra parte no se la cuento yo, no se la va a contar nadie.
Y creo que en este país tenemos que aceptar la complejidad de nuestros legados. Y yo mismo tengo que aceptar la complejidad de mío.
Y ese fue un poco el desafío. Confieso que aunque parece una especie de reto complicado. No fue demasiado difícil de escribir. Es un libro que a mí me resulta más difícil explicarlo, porque los otros libros que había escrito se explicaba muy fácil: todos tienen todos un tema, tienen una tesis, tienen una argumentación. Este me requería más ejercicio intentar decir por qué he escrito esto y qué es lo que yo he escrito, que el hecho de escribirlo, que fue muy entretenido. Diríamos un ejercicio muy ameno.
Según vas de un objeto de la caja a otro, haces un ensamblaje de momentos, de lugares, como tú has mencionado, contado en primera persona. ¿Por qué utilizaste esa primera persona?
Primero porque mis principales interlocutores eran mis hijos y, por lo tanto, yo lo que cuento, pues yo no cuento la vida de mi padre, yo cuento la búsqueda de esa figura de mi padre, partiendo de la base de que no es una búsqueda de la verdad de mi padre. No creo que uno pueda recuperar la verdad del pasado. Ya nos lo explicó Proust: el tiempo pasado no se recupera.
Lo que pasa es que en la medida en que eso era un ejercicio de búsqueda, de exploración, esa interrogación que yo me planteaba me obligaba a mí constantemente a ir pensando en lo que yo estaba haciendo, incluso a ir pensando en qué había significado para mí esa paternidad tardía y ese diálogo con lo que viniera después. Y por lo tanto, era constantemente un ejercicio de ir mirando atrás, ir mirando al presente, ir mirando hacia delante, hacia el momento en que yo faltara.
Yo creo que cuando uno pierde al padre muy tempranamente es siempre, toda la vida, consciente de la muerte. Y este libro es un libro atravesado por la noción de la muerte del principio al final. Es un libro que estoy escribiendo pensando en algo que dejo de alguna manera en testamento a unos hijos que, quizá, querrán poderles contar eso a los suyos el día de mañana.
Entonces, ese yo, para mí, era indispensable. Yo no podía ficcionalizar la vida de mi padre en tercera persona. Yo no podía inventarme escenas, conversaciones, situaciones que yo desconocía. Eso me parecía pasar, diríamos, una frontera, que es perfectamente legítima literariamente, pero que no lo era en cuanto a las reglas del juego que yo me puse a mí mismo.
Y las reglas del juego que yo me puse a mí mismo eran: yo puedo imaginar, ¿no? Eso lo explica Edurne Portela, José Ovejero, cuando ellos hablan de ese tipo de trabajos que hacen de reconstrucción del pasado, esa distinción entre imaginar e inventar, a mí me parece importante. Y que para mí tenía un componente, diríamos, una exigencia, un requisito.
Y de hecho se convirtió más en un requisito en el momento en que hubo la posibilidad de que este libro se publicara. Porque en un primer momento yo le pasé una primera redacción a mi editora. Y dije: si tú esto no lo ves publicable, no pasa nada, porque yo me lo autoeditaré, se lo daré a mi familia, mis amigos y ya está. Y me dijo: no, no, tiene interés, pero tiene más interés en la medida en que incluyas tus propias reflexiones sobre lo que estás haciendo.
Y eso fue parte del proceso de elaborar en la escritura. Yo podía haber narrado en tercera persona lo que yo sabía de la vida de mi padre, explicarle esto a mis hijos. Pero también había un tema que tiene que ver con esa conversación que estableces, algo que yo les estaba directamente diciendo a ellos, a ellos y ahora a otros lectores. Porque me he dado cuenta de que primero todos hemos tenido padre y madre en algún momento, tanto si los hemos conocido como si no, de eso no se escapa nadie. Como mínimo uno. La gente dice: madre, no hay más que una. Bueno, es que puede haber más y puede que más de un padre, pero como mínimo uno. Y esa experiencia que todo el mundo ha tenido de un tipo de relación con esa persona que, pase lo que pase, te determina; te determina el código genético, pero también te determina en tu manera; eso ha hecho que yo me haya encontrado después con muchos lectores que han conectado precisamente con esos interrogantes que el padre nos suscita, con los paralelos que pueda haber con la experiencia concreta.
Es decir, todo el mundo tiene padre y madre, pero todos los padres y madres son distintos. Y la experiencia que vivimos de eso es diferente.
Antonio, el título: La sombra del padre, ¿lo encontraste fácilmente?, ¿siempre fue ese el título?
Siempre fue el título, desde que se me ocurre un título.
[Y Antonio Monegal; pelo canoso, gafas, camisa blanca, americana azul marino; ríe socarronamente al decir esto y continúa contando:]
Es decir, yo empecé sin tener un título. Tengo la sospecha de que, como otros títulos de otros libros míos, se me debió ocurrir en la ducha, que es el sitio donde a mí se me ocurren los títulos de libros, de artículos, de conferencias, de todo. Pero me pareció bastante evidente, en la medida en que no era una figura que para mí hubiera estado presente a consciencia. Yo no era consciente de que eso estaba siempre ahí, pero sin duda debía estarlo, ¿no?, de ahí esa interpelación.
Y fue después, ya escribiendo, cuando me doy cuenta de que en la traducción canónica de [Luis] Astrana Marín de Hamlet, de Shakespeare, el fantasma del padre, cuando parece el fantasma, y en inglés es un fantasma, en castellano Astrana Marín lo traduce como la sombra. Aparece la sombra del padre. Y pensé, bueno, es que me lo han puesto en bandeja.
En el libro, como has mencionado, te preguntas a veces si te estás dirigiendo a tu padre, si el libro en el fondo es una conversación con él. Yo quería fijarme en un suceso que cuentas de tu padre en la Guerra Civil, en el lado de los sublevados, del ejército franquista, cuando recibe órdenes de pasar a sable a todo un pueblo y tu padre, bueno, hace lo que hace. Y ese terrible suceso lo recuerda toda la vida.
Como dices, es una conversación con mi padre. Efectivamente, es una conversación que yo no pude tener con él y que la estoy teniendo.
Para mí es una curiosidad accesoria, pero no menor, que el libro está en la lengua que yo hablaba con mi padre, no en la que yo hablo con mis hijos. Porque con mis hijos hablo en catalán. Con mi padre hablé siempre en castellano.
Esa anécdota le ha llamado mucho la atención a la gente que yo, entre otras cosas, la explicara, porque no es una cosa agradable de contar. Pero para mí tiene dos caras el explicar esto.
Primero, uno no escribe un libro como este para dejarse nada en el tintero y esconder nada, ni intentar blanquear ninguna historia. Yo creo que la única manera donde uno puede [escribir], efectivamente, es desde la honestidad del propio recuerdo. Y si es un recuerdo que yo tengo de mi padre, y no tengo tantos, pues, evidentemente, tiene que estar. Yo lo tengo que contar porque de alguna manera explica qué representó para él una experiencia de la cual se arrepintió toda la vida y se confesó repetidamente, porque no sintió nunca que estuviera limpio de ese acto.
El segundo factor, que mucha gente que me llama la atención sobre el hecho de que yo cuente esto parece no valorar, es que yo digo explícitamente que no puedo tener la absoluta certeza de que este recuerdo sea cierto, porque yo era tan pequeño. Mi padre murió cuando yo tenía ocho años, siete, siete y pico, ocho años, es decir, a una edad en que los recuerdos son tan frágiles que a mí ahora, muchas décadas después, me costaría poner la mano en el fuego si eso es, como se llama siempre cuando la gente intenta recuperar esos recuerdos traumáticos y dice: hay falsos recuerdos. Hay cosas que yo no puedo saber, si a lo mejor yo lo soñé después… Y eso se me quedó grabado como un sueño que me impactó, porque algo tiene de raro que tú cuentes una anécdota como esta con la presencia de un niño delante.
Pero es cierto que, a diferencia de todo lo que se dice sobre la dificultad en muchas familias de hablar de la Guerra Civil, mi padre nunca tuvo esa dificultad para hablar con nosotros, de niños incluso, porque llevaba, digamos, secuelas de su época en África en el cuerpo, y porque tenía recuerdos que compartía con nosotros como anécdotas y fábulas repetidamente.
Este es el más duro, el más difícil de esos recuerdos. Yo no podía no contarlo y, a la vez que lo cuento, tampoco puedo tener la certeza de que esto fuera literalmente así.
Ahora, si eso no fuera cierto, igualmente he de estar dispuesto a asumir que mi padre, que participó en la campaña de Andalucía en el año 36, que fue una campaña de una crueldad extrema, en un acto u otro de carácter terrible, participó y, por lo tanto, no vamos a jugar a que no hizo tal tipo de cosas.
Yo he investigado en otros libros el tema de la guerra. En la guerra, la gente hace cosas terribles y, si no estamos dispuestos a asumir eso y afrontarlo, y pensamos que porque es nuestro padre, nuestro abuelo, no sé qué, es que no es incompatible que alguien sea una bellísima persona, un padre cariñoso, afectuoso y tal, y que en algún momento dado de su vida haya hecho algo que nos parece una atrocidad.
Enganchando con esta respuesta, no tanto con el brutal suceso que has mencionado, como con ese planteamiento tuyo de preguntarte si la memoria es falsa, si en lo que recuerdas, cuánto hay de verdad en ello, dices también que, ese mismo brutal suceso, se lo comentas a tu madre, a tu hermana, y lo ponen en duda…
Es cierto que mi madre no recordaba el hecho. Mi hermana era más pequeña que yo, por lo tanto, es más normal que no tuviera ese recuerdo y ni si ya sé si estaba presente en ese momento.
Que mi madre no lo recordara, puede tener muchas explicaciones. Una: que no lo escuchara. Dos: que evidentemente, a lo largo de los años, ella fuera eligiendo los recuerdos bonitos y borrando los recuerdos menos agradables.
Todo eso para mí es incidental porque, como bien dices, hay un tema aquí que es cómo nos enfrentamos al tema de la memoria.
El tema de la memoria funciona individualmente, exactamente igual que funciona colectivamente.
En este país nos hemos empezado a preocupar de recuperar la memoria demasiado tarde. Y cuando lo haces demasiado tarde, es muy difícil acercarte a las certezas, a las pruebas, a los testimonios fidedignos, porque ya son muy mayores, porque ya no están, porque los documentos se han perdido…
Lo mismo pasa individualmente. Yo soy un ejemplo perfecto de una generación que hizo muy mal trabajo con la memoria y que vengo a ocuparme de este tema demasiado tarde.
En mi caso era demasiado tarde muy pronto, porque el testigo dejó de estar por ahí. Pero lo interesante no es si era demasiado tarde, pronto o no, sino que yo nunca me hice esa pregunta antes. Yo no he buscado hacer esa exploración hasta que ya he sido muy mayor. Y eso para mí produce esta especie de simetría entre lo que le pasa al país y lo que me ha pasado a mí; que es, oye, hemos esperado demasiado para empezar a interrogarnos.
No creo que ciertas cosas se puedan resolver con certeza. Lo único que estoy seguro es que solo lo podemos hacer preguntándonos con honestidad, es decir, sin dejar zonas tabú. Uno tiene que acercarse a eso dispuesto a descubrir lo que sea que vaya a descubrir. Si descubres una cosa, pues será eso.
Yo me puse a mirar, investigar, buscar en archivos y tal, sin saber lo que iba a encontrar. Tienes que estar dispuesto a aceptar que puedes encontrar algo que no te guste y que, si encuentras algo que no te guste, lo tienes que contar. O si no, no empieces.
Antonio, has contado y se ve a lo largo del libro que actúas como un detective, intentando hilvanar el relato paso a paso. Pero al final, ¿cómo te sientes? Intentar desvelar es el objetivo: ¿lo has logrado?
Bueno, he hecho lo único a que se puede aspirar, que es hacer el ejercicio.
Yo no tenía un objetivo más que hacer este proceso. Como yo no llevaba un trauma, una cuestión pendiente que yo necesitara resolver, no es un libro escrito con objetivos terapéuticos, si había conseguido llegar hasta mi avanzada edad sin pasar por el psicoanalista para enfrentarme a estos fantasmas del pasado, es porque nada de esto me había impedido tirar adelante y construir mi vida. Todos en nuestra vida somos un relato de nosotros mismos. Y aquí se me ocurrió la posibilidad de construir este relato.
Yo estoy muy contento de haberlo podido hacer. He publicado libros que me han dado grandes satisfacciones, en un caso, un Premio Nacional de Ensayo [2023]. Sí, muy bien. Ahora, ningún libro me ha dado una satisfacción tan grande como este, ninguno. Porque no es que me haya liberado de un peso. Pero de repente me ha hecho reencontrarme con esa figura que había dejado aparcada. Me ha hecho tener esa conversación grata. He descubierto cosas de mi padre que me han parecido graciosísimas, y que me he divertido mucho, y que he pensado por qué demonios no contó esto, y cómo es que ahora, a estas alturas, descubro que había publicado un manual de natación en Portugal con un nombre en inglés.
O sea, todas estas cosas extrañas que no encajaban en el relato que nosotros teníamos, en lugar de ser: ¡oh, qué horror!, ¡qué sorpresa tan extraña!, pues no, han sido divertidísimas, porque he visto que la vida de mi padre había sido bastante entretenida.
Es una persona que, efectivamente, tuvo una vida, por un lado, perfectamente convencional. Pero, por otro lado, con mucha peripecia. Gracias a esa peripecia, yo he podido construir un relato que yo me lo he pasado bien, que tiene un cierto grado de suspense, ¿no?, porque no tenía premio. Y una de las decisiones fue escribirlo, no desde lo que llego al descubrir al final, sino que está escrito en el proceso de ir descubriendo las cosas.
Por lo tanto, está escrito en paralelo a la búsqueda y, por lo menos, como una especie de diario de una búsqueda.
Insisto que yo no es que me sienta ni mejor ni peor, he aprendido cosas, he aprendido cosas sobre mí mismo, he aprendido cosas sobre la importancia de tener conciencia de dónde venimos.
Escribir es, en el fondo, una respuesta a un impulso. Conseguir que lo que escribes sea leído es un privilegio. Eso es un lujo. Que eso te abra a otras conversaciones con otra gente y te cuente sus experiencias que comparte contigo lo que para ellos ha significado sus propias búsquedas, algunos desde experiencias mucho más traumáticas, mucho más duras.
Bueno, yo, por ejemplo, me he puesto a leer. Yo había leído algún libro de gente que había escribido sobre su padre antes de pensar que iba a hacer esto. Luego frené ese tipo de lecturas. Y me he puesto luego a leer otros libros que tratan de esto, que no son pocos, que no son pocos.
En Barcelona, en la librería La Central, pusieron una especie de display, con un letrero arriba que ponía: “Hijo, intenta olvidarme”, en catalán, y debajo estaban todos los libros que hablaban de padres o madres escritos por hijos.
Por lo tanto, el tema no es original, pero todos son distintos.
Claro, muchos son padres con los que se ha convivido hasta tarde. Que ha habido una distancia porque hubo una separación. Que ha habido una distancia de otro tipo, que ha habido conflictos. Otros son padres que no se conocieron. Y yo he tenido la particularidad de que el mío tuvo esta cosa, que es estar allí y luego desaparecer muy temprano.
Para mí, la preocupación principal a la hora de compartir esto era, si a mi hermana, que es la única que comparte estos recuerdos y este legado, esto le parecía bien o mal. Una vez ella me dijo que no tenía objeción, pues dije adelante.
Y si tú me preguntas cómo me siento, encantado de decir esto está ahí y cumple la mínima función que puede cumplir uno en estas cosas, que es participar en una conversación que, como te estoy diciendo, hay mucha gente metida en esto.
Con un estilo claro, sencillo, vas combinando la biografía de tu padre, la tuya y más cosas, con el ensayo, con pensamientos tuyos. Nos haces viajar a la época y circunstancias de cada uno. Y con muy buen ritmo, el libro se lee fácil… Que se lea fácil, Antonio, no significa que haya sido fácil escribirlo, ¿verdad?
A veces eso es muy difícil saberlo. Es decir, hay momentos que son muy difíciles, hay momentos que salen con gran fluidez. Para mí lo más difícil era cómo incorporar en el libro toda una parte que tiene una dimensión histórica y que, por lo tanto, está llena de datos que contextualizan esa historia. Pero ahí yo desaparezco, digamos, y me dedico a intentar presentar la situación.
Entonces cada momento tuvo sus diferentes etapas. Ha habido muchas reescrituras, muchas versiones. No es como que esto sale y fluye.
En el fondo hubo una decisión, a la que me ayudó mi editora, que es hasta dónde intentar llegar en la búsqueda de más documentación, si yo me hubiera podido ir a visitar más archivos, a intentar buscar cómo rellenar los huecos de aquello que todavía ahora no sé. Y Sandra Ollo, mi editora, me dice que todo el mundo tiene derecho a una parcela de misterio.
Yo he sido bastante intervencionista en el sentido de desplegar sin pudor un montón de cosas sobre mi padre, que no necesariamente es la imagen que a día de hoy sería más políticamente correcta. Pero lo he hecho porque no podía hacer otra cosa. Pero tampoco veía la necesidad de hacer ver, yo soy muy gran admirador de Modiano. Modiano sabe coger un hilo de un archivo y seguir explorando, explorando, explorando, y llegar a reconstruir, en Dora Bruder, todo un mundo que está detrás de eso.
Yo no tenía ese impulso de exhaustividad, ni ganas de irme a viajar explorando posibles archivos polvorientos. Por lo tanto, era también una decisión de dónde frenar. Bueno, ya está lo que quería contar, lo principal de lo que quería contar, el hilo conductor ya está.
Por el medio, hay muchos huecos. Pero yo explico, es un poco cómo reconstruir un mosaico romano. Tú lo que no puedes hacer es meterle piezas de mosaico para hacer ver que son partes. Tú tienes que dejar con cemento, yeso o lo que sea, las partes que no tienes. Y que se vea y se pueda reconstruir la figura de lo que fue con los huecos que quedan.
Y en ese sentido, este ha sido un poco el equilibrio en el proceso de composición.
Carlos Castrosín
Antonio Monegal
Editorial Acantilado, 272 pp., 22 €
Sinopsis:
El origen de este fascinante libro está en el hallazgo de una caja de madera oscura, un collage tridimensional hecho de retales de una vida en ocasiones incómoda, la del padre del autor, fallecido en su infancia, hombre tan intrépido y seductor como contradictorio. Y el relato resultante, la retahíla de fragmentos que lo conforman, no es sino otro ensamblaje destinado a salvar el abismo entre un hijo y la sombra siempre inasible del progenitor. Asumiendo el caprichoso papel de custodio de la memoria familiar, que lo convierte a ratos en arqueólogo, en notario o en detective, Monegal sigue en este valioso ejercicio entre el recuerdo y la imaginación la estela de esa figura esquiva, tan fundamental para su formación sentimental, mediante la que evoca un tiempo perdido. Un texto extraordinario, a medio camino entre la crónica histórica y la exploración íntima, que reivindica las historias pequeñas de las que está hecha la historia con mayúscula.



