Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer, de Fran Ruiz: Una ópera prima magnífica que revela madurez literaria, dominio del monólogo reflexivo y un control absoluto de los códigos literarios.
Un hombre en la cuarentena hastiado de la vida moderna y nostálgico de los años en los que todo era posible, decide renunciar a un sueldo precario y salirse de la rueda que lo aliena, que nos aliena. Así empieza un año en el que una existencia típica del mundo occidental se detiene y queda en suspenso.
Como si de un experimento social y vital se tratara, el protagonista se convierte en un flâneur contemporáneo, un observador absoluto de la ciudad de Barcelona y sus habitantes que, tras su finísima mirada, se demuestran absurdos, figuras de un teatro en una dramaturgia surrealista.
En sus paseos sin rumbo hace anotaciones, describe el paisanaje multinacional y variado de una metrópoli como Barcelona, pero no de la Barcelona que a todos se nos viene a la cabeza cuando escuchamos ese nombre, sino aquella otra ciudad oculta, humilde, de barrio, la que escribe sus historias mínimas en los márgenes. Es a esa ciudad y a sus personajes a los que presta atención el protagonista y desmenuza en sus lúcidas y, en muchas ocasiones líricas, notas de campo.
Al mismo tiempo nos narra sus salidas nocturnas que lo conectan de una manera precaria a esa juventud que siente que se le escapa de las manos, un intento por mantenerse en el alambre de la vida, de la vida entendida como futuro, posibilidad. Aquella que era todo potencia y que se desplegaba ante sus ojos como un campo inabarcable de anhelos por satisfacer. Sus deseos de ser pintor, su querencia por la literatura y el pensamiento oriental, sobre todo chino, sus ideas políticas ahora cubiertas de una pátina de cinismo… En el momento actual, ese horizonte se ha estrechado y en él están una abuela que se extingue como una vela y unos padres que se marchitan irremediablemente, además de un futuro laboral nada excitante. Por eso el protagonista experimenta esa pulsión de vida, de bacanal, que le pueda distraer del pensamiento, tan humano, quizá el más humano, de la muerte y lo encuentra en la noche barcelonesa, un espacio que le recuerda al que disfrutó cuando era más joven y estaba lleno de energía, pero que no es el mismo, ya no, ahora es solo una mala réplica.
Entre los paseos y las brumas etílicas, los encuentros con sus amigos, náufragos como él, como todos, sus encuentros sexuales variopintos y magníficos, su observación minuciosa de la realidad lo que halla es el absurdo, un absurdo bello, pero absurdo a fin de cuentas.
Una novela bellísima y profunda, lúcida y divertida a pesar de su crudeza. Pero también una forma de ensayo sociológico y filosófico sobre la vida moderna y una crítica mordaz y brutal a este siglo XXI extraño e inhumano. Una obra que como todas las grandes obras literarias se despliega en diferentes planos: el lírico, el argumental, el filosófico, el político, el humano. Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer es una novela tierna y dura al mismo tiempo, contradictoria y entretenida, dulce y amarga, un juego de espejos como han de ser las grandes narraciones.
Si la literatura es una herramienta para entendernos a nosotros mismos y, al mismo tiempo, para dejar testimonio de nuestra época para generaciones futuras, Fran Ruiz ha escrito una gran obra literaria contemporánea e inmortal.




