«…Bernal, a quien conocimos en el capítulo doce, tenía poca experiencia en bibliotecas. Tan poca en realidad como en volar o el planchado a seco, pero mientras la idea de ser piloto o atender una tintorería jamás se le habría cruzado por la cabeza, a las diez en punto de esa mañana de otoño estaba preguntando por Baldó en el hall central de la biblioteca Naldoni. Se había bañado y afeitado y tenía unos lamparones feos en hombros y rodillas, porque aunque había salido con paraguas, el más sensato de sus anacronismos, algo, quizá su misma condición anacrónica, le había hecho olvidar que lo tenía, de modo que lo había llevado sin abrir todo el camino hasta la biblioteca. Registramos la mención porque el nombre —Bernal— no nos deja indiferentes: apenas suena sentimos la clase de vibración, de sinestesia prosaica que nos asalta cuando oímos nombres de lugares aplicados a personas y viceversa. Pero decir que lo conocimos sería exagerar. Lo que cuenta de él ese puñado de renglones a esa altura del libro es poco y es superficial, y si nos descuidamos puede que hasta lo hayamos leído antes referido a otro. Además están entre paréntesis, como agregados a último momento, sugerencia de un revisor con escrúpulos que quizá no estuviera incluido en el plan original…»
Estas frases son de la novela Malas lenguas de Alan Pauls, publicada por Random House y que desde el 7 de mayo está en todas las librerías. Una obra en donde alguien lee una biografía y se detiene en el nombre de un personaje secundario, que casi no volverá a aparecer. Para quien lee, sin embargo, ese nombre es la punta de un ovillo complejo, lleno de secretos y dobles fondos inconfesables, que comunica con un más allá inaudito. Narrada por una voz ácida, capaz del peor cinismo y la franqueza más desgarradora, Malas lenguas es una comedia amarga, a la vez frívola y arrebatada, sobre el arte tortuoso de contar una vida en un mundo signado por el interés, la falta de escrúpulos y las formas más estrafalarias de la promiscuidad sexual.
Recordemos que Alan Pauls es escritor, crítico y periodista. Fue profesor de Teoría literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, jefe de Redacción de la revista Página/30 y subeditor de Radar, suplemento cultural del diario Página/12. Es autor, entre otras, de las novelas El pudor del pornógrafo, Wasabi, El pasado (Premio Herralde, 2003), la trilogía Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero y La mitad fantasma; y de los ensayos El factor Borges, Temas lentos y Trance. Reconocido como uno de los escritores argentinos más importantes de la actualidad, ha sido traducido a más de diez idiomas. La vida descalzo inauguró la biblioteca Alan Pauls en el sello Literatura Random House.
Por Malas lenguas, su última y recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Alan Pauls, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Lo primero, Alan, ayer terminó la Feria del Libro de Madrid y tú empiezas a presentar este libro en Madrid al día siguiente [estamos hablando el 15 de junio]. Vas a la contra.
Je, je, je. [Alan Pauls sonríe ante esto; acaba de llegar de Barcelona hace unos instantes; y dice, como disculpándose:] No había otra manera de acomodar los compromisos.
Sí, fue una pena, pero bueno, habrá otras ferias del libro en Madrid y habrá otros libros.
Por supuesto. Y, bueno, ya por empezar con la propia entrevista, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Mi libro es la historia de una biografía de un personaje que es leída por otro personaje, que detecta en la biografía a un personaje lateral, muy menor, muy secundario, y empieza a tirar de ese cabo y, a partir de allí, desmonta toda la construcción de esa biografía y pone al desnudo una historia de pasión, digamos, entre tres personajes en un mundo intelectual, cultural, artístico, literario, periodístico, regido por la ambición, el interés más desenfrenado, la promiscuidad sexual, etcétera.
¿Y cuál fue la chispa para escribir Malas lenguas? ¿Una imagen, un recuerdo, una experiencia?
Yo estaba traduciendo un texto póstumo de Proust que venía acompañado de un enorme aparato crítico, introducciones, presentaciones, notas al pie, y me di cuenta, leyendo el aparato crítico, que uno podía reconstruir a partir de esas notas, que eran muy académicas, una serie de rivalidades y de guerras muy asordinadas que había entre investigadores, exégetas, hagiógrafos, toda la pequeña industria que hay montada en Francia alrededor de Proust, y que había casi una novela policial allí.
Entonces, se me ocurrió esa idea, la idea de cómo en los textos que parecen más neutros, o más objetivos o más desinteresados, uno podía excavar y recoger ciertos indicios de pasiones muy intensas que se mueven alrededor de la literatura.
Entiendo que el argumento, entonces, apenas lo tenías preparado y se fue construyendo a medida que empezaste a escribir.
Sí. Tenía la idea de que el protagonista, el narrador de la novela fuera alguien que está leyendo una biografía, o sea, que fuera un lector. Y tenía la idea de que fuera la fuerza de la lectura, la perspicacia de la lectura, la sospecha que hay en todo lector, la que de algún modo nos llevara de la mano a través de toda esta intriga.
Porque me interesaba mucho la cuestión de la lectura, como cuando uno lee y lee entre líneas y sospecha y desconfía de lo primero que se le ofrece. Cómo esa especie de impulso que, en los lectores así muy entusiastas, es muy difícil de resistir. Cómo hay algo también ahí que produce ficción; me interesaba mucho esa idea. Cómo, cuando uno lee, produce ficción a partir de lo que lee.
Me detengo en estas frases de tu libro: “En cuanto a mí, no tengo un método particular. Doy vueltas mentales alrededor de cosas, cosas de cualquier tipo, en especial esos coágulos de incertidumbre y desasosiego que se instalan en el centro de la cabeza y lo paralizan y ensombrecen todo”. ¿Ese fue el principal reto de Malas lenguas, Alan? ¿Que la incertidumbre no lo paralizase todo?
No, para mí la incertidumbre es más bien el motor de la narración. Si no hubiera incertidumbre, yo creo que no habría nada que contar, en principio.
Acá hay un tipo de incertidumbre particular que es, cuando uno lee la biografía que cuenta la vida de una persona, lo que uno se pregunta como lector, haya conocido o no haya conocido al biografiado, es hasta qué punto ese relato relata esa vida, hasta qué punto esa vida no podía haber sido contada de otro modo, y hasta qué punto al contarla de otro modo esa vida no podría haber sido otra vida.
Esa yo creo que es la incertidumbre más específica que mueve a la novela, porque es una novela que, efectivamente, gira alrededor de las incógnitas, los misterios, las paradojas que plantea el género biográfico.
Te he hecho la pregunta porque sobresale, para mí, la seguridad que transmites. Con un argumento tan arriesgado, tan particular, llevas siempre bien agarrado el volante, conduciendo perfectamente la narración, con sus vaivenes, con sus curvas, pero manteniendo en todo momento el interés en alto.
Bueno, lo que traté de mantener a lo largo de todo el libro es la voz, la voz de ese personaje que narra en primera persona, que para mí es fundamental, porque cuando uno narra una novela en primera persona, yo creo que el secreto de todo es que esa voz se imponga al lector de una manera completamente convincente, aún cuando adentro de lo que dice uno pueda detectar toda clase de incongruencias, lagunas, puntos ciegos.
Y puse mucha energía en eso, en que esa voz fuera al mismo tiempo seductora, tramposa, prometedora, ocultadora, manipuladora, pero siempre que fuera interesante, digamos, aunque más nos sea para oponerse a ella y para objetarle cosas.
Para mí eso era algo que no hacía hace mucho tiempo, escribir en primera persona, y descubrí que me gustó mucho. Que hay algo en adoptar una primera persona que, contra lo que uno podría pensar, te da una libertad extraordinaria. Al mismo tiempo que tenés, efectivamente, las anteojeras que tiene esa mirada, dentro de esas anteojeras tú puedes decir absolutamente lo que quieres, ser incluso malvado, ser siniestro, ser atroz.
Y la pasé muy bien siendo todas esas cosas. Que creo que no soy.
Y se nota, se nota que te lo pasaste bien… Malas lenguas está centrada en el mundo de la literatura. Tenemos a la autora que ha escrito sobre Baldó, la biblioteca Naldoni, la editorial Casa Tencio. Mmmm, ¿tu novela es un canto de amor a la literatura que fue? Porque ahora, me da la sensación, que la literatura es de otra manera.
Bueno, no sé si es un canto de amor, porque el mundo que describo en la novela es un mundo bastante poco halagüeño, digamos. Está animado por pasiones muy bajas, que, por supuesto, son muy divertidas, y en realidad es más como un mundo social, yo diría.
Nunca se sabe muy bien si los personajes que lo pueblan son artistas brillantes o mediocres, y los académicos son interesantes o repiten estupideces. Hay algo muy incierto en ese sentido. Y en realidad, si el mundo de la literatura fuera eso, yo más bien estaría celebrando que ya no exista más.
[Y a Alan Pauls se le escapa otra sonrisa al hacer este comentario; camisa negra, pelo, bigote y barba completamente blancos, ojos claros; y continúa diciendo:]
Me parece que esa lógica un poco chismosa, un poco maledicente, un poco interesada, es una lógica que uno puede encontrar en cualquier mundo que tenga una cierta autonomía. No sé, supongo que entre los abogados debe pasar lo mismo, entre los bailarines contemporáneos también. Pero lo que me interesaba, sobre todo, era cómo dentro de ese mundo la pasión más ejercida era la pasión de las maledicencias, la idea del maldecir como algo que, en un principio, parece ser simplemente un ejercicio retórico, pero que, en el fondo, produce efectos muy reales.
Y maldecir, o decir mal, calumniar, hacer circular infamias, rumores, insidias, son todo cosas que efectivamente se reducen a simplemente emitir palabras, pero esas palabras tienen una facultad, una capacidad de herir, de lastimar, de producir efectos reales tremendos. Y creo que eso hoy lo estamos viendo de una manera increíblemente generalizada.
Yo diría que, en general, si uno tuviera que pensar de qué manera usamos el lenguaje hoy, socialmente, es notable hasta qué punto el lenguaje se va reduciendo cada vez más a la injuria, a la difamación, a la calumnia, que son todas formas de usar el lenguaje para dañar.
Ya no tienen mucha importancia qué significan las palabras, cómo están construidas las oraciones. Lo que importa es el latigazo, el oprobio, la descalificación.
Me interesaba mucho ese fenómeno.
Tu novela: sin diálogos. Y el ritmo de la narración: su fuerte. Ya has comentado tú que te has esforzado en ello. Pero, ¿fue difícil mantener ese ritmo?
No, porque encontré, me parece muy rápido, el tipo de voz que quería obtener y, cuando uno escribe en primera persona, y uno encuentra ese registro, me parece que hay algo de ese registro que hace que uno pueda montarse sobre él, y ya es la voz la que va organizándolo todo.
Y después, me pareció desde el principio que la novela tenía que tener capítulos cortos, tenía que tener bloques muy, muy cortos, porque si no tal vez, estar siempre adentro de esa voz, podía volverse un poquito claustrofóbico.
Y creo que esa combinación de una voz que, efectivamente, es como un chorro que nunca para y capítulos cortos, me parece que podía darle una dinámica que era la que yo quería que la novela tuviera.
Porque es cierto que es una novela muy claustrofóbica, pero a la vez si la voz tenía un poco esa chispa, esa especie de vibración seductora, que yo quería que tuviera, y si esa voz se enunciaba en pequeños bloques, me pareció que eso podía funcionar.
Y tengo la impresión de que funcionó.
Capítulos cortos, del 1 al 76, sin partes, largos párrafos, lo que a mí me ha hecho admirar el uso que haces del punto y aparte, tan devaluado hoy, que todo son frases que parecen de un guión de cine. Tú, en cambio, metes el punto y aparte… y ahí hay un punto y aparte.
Siempre me interesó mucho eso. Siempre me interesó trabajar mucho con el ritmo, con la puntuación. Y estoy totalmente de acuerdo con tu diagnóstico. Me da la impresión de que efectivamente ya no puntuamos.
Ya, yo diría, casi ni siquiera usamos la sintaxis, en el sentido de que no construimos oraciones. Y eso iba un poco en la misma dirección que hablábamos antes de la idea de usar el lenguaje para agredir.
Si lo que quieres es agredir, realmente no hace falta sintaxis. La agresión no tiene sintaxis, la agresión es simplemente un proyectil.
Y a mí, por supuesto, me interesa la lengua. Digo, si uno escribe, para qué va a escribir, sino para hacer algo con la lengua.
Y la lengua, aún devaluada como está y desacreditada, yo creo que sigue siendo un tesoro extraordinario, un tesoro y dinamita. Pero me parece que hace falta un cierto amor de la lengua. Incluso cuando uno lo que se propone, como muchos escritores geniales, es destruir la lengua o llevarla a su límite o dar la vuelta como un guante, me parece que hace falta un deseo de la lengua. Y yo creo que la literatura que a mí me gusta escribir y leer es una literatura que está totalmente fundada en el deseo de la lengua.
Esos deseos, por supuesto, pueden ser de muy distinto tipo, pero si no hay ese deseo de la lengua, si un escritor escribe en una lengua como quien usa simplemente un medio para contar una historia, etcétera, a mí eso inmediatamente me deja frío.
Me parece que la lengua no es un medio. La lengua es un mundo. Y es un mundo en el que uno puede pasarla muy bien chapoteando.
Ya por finalizar, vuelvo a otra frase de tu libro: “Lo primero que hay que abandonar, si queremos seguir viviendo, es la fe en la espectacularidad: los grandes gestos, los saltos acrobáticos, las proezas, la altisonancia en general. Hay que bajar la voz…” Este pensamiento, metido en la novela, no es de alguien de ahora. ¿En qué época está situada Malas lenguas? ¿En una época pre-móvil?
Sí, no hay móviles. Me preocupé mucho porque no hubiera móviles. Y después, en términos tecnológicos, la novela es muy caprichosa. Pero me interesaba mucho que tuviera un toque un poco anacrónico, que no se supiera muy bien nunca en qué momento está situada, pero sin duda es en un momento pre-móvil, porque también, obviamente, es un momento pre-redes sociales.
Un poco hay un efecto redes sociales sin redes sociales. Y también ahí había como una cierta idea en la novela que era, bueno, ok, todo esto que estamos viviendo y haciendo y padeciendo con las redes sociales ¿no está como fundado o montado sobre una cierta lógica que ya existía antes?
Por ejemplo, la lógica del chisme o la lógica de la calumnia para mí son un poco precursoras de las redes sociales. Es como si las redes sociales hubieran puesto el foco en esa zona del uso del lenguaje y hubieran descartado las demás.
Pero esa zona del lenguaje es una zona que ya existía entre nosotros, socialmente, y estaba ligada por ahí al teléfono, pero no al móvil, al teléfono. O estaba ligada también a la vida social, a la conversación, a la conversación grupal, al cenáculo, que son todas cosas que aparecen en la novela.
Yo diría que la novela podría suceder como entre los 80 y los 90.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Alejandra López
Alan Pauls
Editorial Random House, 320 pp., 20,90 €
Sinopsis:
Alguien lee una biografía y se detiene en el nombre de un personaje secundario, que casi no volverá a aparecer. Para quien lee, sin embargo, ese nombre es la punta de un ovillo complejo, lleno de secretos y dobles fondos inconfesables, que comunica con un más allá inaudito. Narrada por una voz ácida, capaz del peor cinismo y la franqueza más desgarradora, Malas lenguas es una comedia amarga, a la vez frívola y arrebatada, sobre el arte tortuoso de contar una vida en un mundo signado por el interés, la falta de escrúpulos y las formas más estrafalarias de la promiscuidad sexual.




