«…Estoy convencido de que la vida es más de lo que nos tocó vivir. La amabas y querías disfrutarla, quedar suspendido en ella. Este relato mostrará, por mi incapacidad, un apartado concreto de tu persona, el individuo que solo eras a medias. Calcaré en estas hojas un dibujo a tinta negra de tu perfil, olvidando que existen nubes y días claros.
La primera vez en Grindr tu perfil era SEXxHet. Te entré y quedamos en apenas quince minutos. No soy heterosexual, tampoco preguntaste. Me pediste que te esperara desnudo en la cama con la polla fuera. Insististe mucho en cómo llegar desde la puerta de la calle, que yo debía dejar abierta, hasta la habitación en la que permanecía tumbado y erecto. Llegaste y me la chupaste con auténtica entrega. Una infinita boca succionadora y potente. Cálida. Para ti el sexo era un ritual escenográfico, hilvanaba tu vida, tu forma de relacionarte; en él eras libre. Aquel primer día hablamos poco. Me dijiste que eras bailarín y que trabajabas en el grupo de animación de un hotel de cuatro estrellas en Magalluf, con niños que veraneaban en la isla. Todos se daban cita para jugar contigo cantando «El cochecito» de Teresa Rabal. Niños rubios, pelirrojos y morenos. Era difícil no enternecerse escuchándote. Aquel primer día disfruté de tu cuerpo joven y elástico, de tu polla oscura y no muy grande, de tus besos y de la naturaleza de tus piernas…»
Estas frases son de la novela Te hice dios de Marcos Augusto, publicada por Random House y que desde el 4 de junio está en todas las librerías. Una obra en donde dos hombres se conocen en un chat buscando sexo. Uno quiere infectarse de VIH; el otro promete dárselo. Y lo que empieza como algo esporádico se transforma en una relación de pareja.
El relato teje una historia en la que lo cotidiano da paso a una red de mentiras, marcadas por el deseo y el miedo a la pérdida. Las palabras del narrador constituyen un ejercicio de honestidad tardío, que busca comprender y comprenderse, a la vez que conjuga universales como el duelo o la culpa. El libro calca «un dibujo a tinta negra» del amante, «olvidando que existen nubes y días claros». Y en ese dibujo, dialogan el arte y la literatura: elementos que, junto al recuerdo y la mala conciencia, plasman un retrato del presente.
Recordemos que Marcos Augusto Lladó es poeta y novelista. Ha publicado los poemarios Barriga (2020), Suceden tardes (2021) y la plaquette Palmer (2023), junto al artista Tomás Pizá. Actualmente trabaja como periodista cultural en el diario Última Hora.
Por Te hice dios, su primera y recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Marcos Augusto, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Marcos, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Mi libro es una novela que intenta abordar [temas] universales como la culpa, como el duelo, sobre el deseo también. Creo que una de las preguntas fundamentales es el deseo o qué deseamos, aquello, cuando creemos que deseamos.
Y está todo trabajado a partir de la historia de unos boot chasers, es decir, de una persona que quiere pillar el bicho [el VIH], entre esa narración que es un yo que habla de un tú, al amante fallecido. Es una novela circular que comienza con la muerte y que acaba también con la muerte. De alguna manera, es lo que me permite meter a un narrador que va generando una historia en la que se dan cita desde las vivencias y aspectos y momentos más luminosos a aspectos más oscuros.
Es una novela en la que convive la luminosidad y la oscuridad.
¿Y cuál fue la chispa para escribir Te hice dios?
Siempre digo que el libro, la novela, es un intento de poner palabras a una obra de Félix González-Torres, que es “la obra de los caramelos” [instalaciones de arte conceptual interactivas]; ahora Félix González-Torres está en el Reina [Sofía]. Porque a mí me interesaba, sobre todo, establecer una dialéctica que confrontase el cuerpo menguante, el cuerpo herido, la muerte, a través de una poética muy sutil.
En el caso de González-Torres, [son] esos caramelos que construyen espacios, que se apilan y que pesan exactamente lo mismo que pesa el cuerpo del amante muerto. Y que al final una persona puede ir sustrayendo caramelos [aquí Marcos Augusto; camisa a cuadros, gafas, pelo castaño; hace el gesto como de coger un caramelo]. Y se va perdiendo la metáfora o la imagen de la desaparición del cuerpo, que está tratada con esa poesía de lo dulce, una poesía del propio caramelo. Esa imagen del papel de celofán del caramelo, creo que sería el punto de partida visual de Te hice dios.
Luego, hay otros puntos de partida. Yo creo que cualquier novela se construye a partir de elementos visuales, pero hay toda una serie también de ideas. Me pareció interesante intentar aproximarme al “pensamiento mágico” de Joan Didion. Creo que es muy estimulante pensar en el pensamiento mágico como aquello que nos aporta capas, a partir de las que nosotros creemos en las cosas, o como al final con ritos y con pequeños elementos, elementos incluso cotidianos: si te vas a levantar a las siete de la mañana, todo te va a ir fenomenal; pero si te levantas una hora después, no. Ese tipo de juegos que nos vamos marcando a nosotros mismos y que dentro de la ficción que plantea la novela, donde hay toda una serie de historias cruzadas, ese tipo de referentes me servían para darle forma.
Luego, también está [Susan] Sontag, por ejemplo. De Sontag, es curioso, porque la metáfora que yo introduzco, y por donde empieza el libro, es la enfermedad y sus metáforas. Podría haber sido más habitual; o no habitual, pero podría esperar más el lector que fuese el sida y sus metáforas por el tema del libro. Pero a mí me interesaba la enfermedad y sus metáforas, porque lo que me interesa de Sontag es [lo] del pasaporte, esa idea de que una persona tiene dos pasaportes, el pasaporte del vivo, el pasaporte del sano, y que en algún momento también va a tener que emplear ese otro pasaporte, que es el pasaporte del enfermo. Todos estamos obligados a esa dualidad de pasaportes y a transitar, a viajar por la vida con ese pasaporte.
El tema del viaje también está presente en el libro. Aparecen varios viajes. Y el pasaporte de alguna forma también es el pasaporte del virus en la sangre. Al final, hay una personalización del virus dentro de la propia novela.
Y como personajes, estaría el narrador, que es un narrador que, entre tú y yo y no sé si off the record, a mí me parece poco fiable. Además es un narrador que me cae un poco gordo. Es alguien que va trabajando una historia, contando, narrando algunos momentos, guardándose otros, generando un arco narrativo que está todo pensado al servicio de sus propios intereses. Es ese narrador poco fiable que va dosificando una información y es lo que hace posible el relato del libro.
Hablando del relato del libro. En segunda persona del singular, cuando el narrador se refiere a Pedro, el personaje veinteañero. Y en primera persona y en pasado, cuando habla el propio narrador. ¿Por qué decides esa manera de relato?
Lo primero de todo es que me gusta mucho esta pregunta, que es una pregunta más de técnica, porque el tema es tan llamativo que hay veces que no te da para abordar temas más de técnica literaria. Y agradezco especialmente cuando hay preguntas de técnica literaria sobre la novela.
Yo tengo media novela escrita en omnisciente. Intenté generar un tipo de relato, lo que pasa es que al final te acabas dando cuenta de cómo el peso del omnisciente dentro de la propia tradición novelística es tan importante, tan determinante, que hace que parezca que es el único camino posible. Pero al establecer un yo que habla hacia un tú, no sabía en ese momento que era especialmente complicado escribir novelas que funcionasen desde ese punto de vista. Pero me interesaba por varios motivos.
El primero de todos porque me permitía jugar muy bien con los diferentes elementos de la historia. Si hubiera elegido otro punto de vista, habría personajes que tendrían que, por fuerza, haber adquirido una relevancia que yo no quería que tuviesen, porque, digamos que vivencialmente, son muy importantes para el narrador, pero el narrador solo cuenta lo que está en función del propio interés del ser narrado, o sea, de Pedro.
Entonces, claro, ahí me permitía poner elementos muy fuertes y que, con cualquier otra aproximación a la novela, hubieran tenido un desarrollo por fuerza muchísimo mayor, y, sin embargo, como está trazado como una especie de carta, de recuerdo, está todo trabajado desde el yo que habla a un tú, ese relato para mí es importante.
Por ejemplo, hay una idea cuando antes se ha hablado de la mentira, es importante cómo está trabajada la mentira en Wilde, en De profundis, que realmente no es una novela, porque es la vivencia de él en la cárcel de Reading, pero cuando se la manda a Lord Alfred Douglas es una carta que él [le] escribe como carta poco antes de fallecer -tenemos que decir que ha pasado un siglo desde que está escrita, en 1898, o algo así, porque fallece en 1900, en 1901-, y ahora sí que la leemos como una novela. Ahora se ha convertido en un artefacto novelístico, [algo] que fuera una carta. Y ahí sí que me interesaba mucho cómo ese yo que habla hacia un tú genera los espacios en los que se habla de la mentira.
Yo creo que las reflexiones del protagonista de la novela ahondan en el terreno de la mentira y en cómo la mentira ya no es solamente que forme un personaje más de la novela, sino que la mentira es como un ser que va alimentándose, que va creciendo como un castillo de naipes, la mentira al final es como algo que no tiene un cimiento claro y que se va generando como una especie de bola de nieve que va caminando y va generando cada vez más, cada vez más un espacio más amplio.
La idea de que esa mentira necesita todo un andamiaje de pequeñas mentiras para poder sustentarse, es lo que me pareció interesante y por eso el uso, como te comento, de ese personaje que habla de un yo hacia un tú.
Te hice dios ¿es un libro sobre el amor? O, como se dice en la misma novela, ¿sobre “verbalizar la follada”?
Es un libro sobre el amor. Es un libro sobre la trascendencia del deseo. Es un libro sobre los límites. Pero yo creo que es un libro que aborda el amor.
Creo que hay mucho amor. Mira, en el fondo hay amor sin sexo y sexo sin amor, porque, si te fijas, y esto es algo que me hizo notar una persona que leyó el libro, yo no me había dado cuenta [que], en la relación entre el narrador y Pedro, no aparece ni una sola vez una escena de sexo entre ellos. Hay un amor que se sustenta en otros elementos, hay pequeñas escenas de luz que uno puede ir detectando y siguiendo. Creo que uno puede entender las causas o las motivaciones o de dónde nace ese amor, ¿vale? Pero, sin embargo, luego hay escenas de sexo completamente, de cruising y de sexo ocasional.
Creo que es un libro donde hay mucho amor y hay mucho sexo, pero que van de forma separada.
En este sentido, creo que también me gustaría hablar de que es un libro activista, aparte de que sea un libro que hable de sexo y de amor. Creo que es un libro que también habla de temas que tocan al colectivo y aunque pueda parecer llamativo, porque en el fondo puede parecer llamativo que un libro que es tan duro y tan crudo tenga una faceta, o pueda ser leído de forma activista, creo que era necesario que alguien también se planteara imaginarios alternativos a historias como indetectable = no transmisible. Dentro del VIH, una persona que está en tratamiento no puede transmitirlo. Y se ha convertido realmente en la idea clave para evitar el estigma, para trabajar ese estigma, el indetectable = no transmisible.
Yo quería preguntarme qué pasa con la gente que es detectable, qué pasa con la gente que es transmisible. Qué está pasando ahí con personas que a lo mejor no se pueden acoger a esa idea de indetectable = no transmisible.
Por tanto, yo diría que es un libro que hay amor, hay sexo, y también, de alguna forma, que en mi cabeza está claro, a lo mejor el lector no lo ve o cree que es un libro muy fuerte, o cree que es un libro incluso que da esta idea de mala imagen porque habla del sexo, o habla de elementos muy fuertes, pero yo creo que es un libro que también tiene algo de activismo.
El final, ¿estaba así previsto cuando empezaste? ¿O lo fuiste descubriendo según escribías?
Yo he escrito Te hice dios de una forma bastante poética y con una prosa que intentaba que generara una prosa poética. Realmente yo no hice una gran una planificación de fichas, pero sí que tenía claro el final. Yo creo que en la idea de escritores brújula o escritores mapa, que se ha convertido en ese tópico que no sé, que se lo han atribuido a cuarenta mil escritores, yo creo que el que lo dijo de verdad fue Javier Marías me parece, que él era un escritor brújula y no era un escritor mapa, el mapa es el que sabe en qué lugar hay una fuente, un oasis, [el brújula] tiene una brújula y va a tal.
Bueno, yo creo que no sabría dónde situarme. Desde luego me situaría como más brújula, creo, pero es verdad que con algún elemento de mapa, sí que había cosas que sabía dónde quería que estuviesen, pero que al final tenía más o menos claro ese final, que el final era como la decadencia, el cuerpo menguante y tal, porque es lo que me llevaba a Félix González-Torres.
Pero sí que es verdad que yo no tenía muy claro lo que iba a pasar en cada capítulo. Sí que es un libro que se va construyendo. Yo creo que es un libro muy poético en el sentido de que la narrativa es lírica. Hay mucha oscuridad, pero la narrativa permite momentos de luminosidad. Y es un libro que se va construyendo a partir de la propia escritura.
Creo que el proceso de escritura del libro en Te hice dios es particularmente importante. No solamente es una historia que cuenta una historia determinada, sino que hay todo un proceso de escritura que para mí, incluso cuando ese compendio de luz y oscuridad que es todo el mundo y que cualquier relación esconde ese amor y esa mentira, esa luz, esa sombra, esa idea de la dualidad que es, desde Platón, pasando por la Iglesia Católica, el yin y el yang, lo bueno y lo malo, esa idea de antagonistas de medio dicotómico, está presente en la novela y para mí está presente como tema, pero [también] está presente como forma.
O sea, para mí esa dicotomía entre la luz y la oscuridad se da en la prosa. Hay una prosa profundamente lírica y momentos profundamente oscuros. Y en la propia historia también hay momentos que destellean, momentos que reflejan una luz en lo oscuro y momentos que son completamente oscuros.
En algunas cosas, en las partes más duras, Te hice dios nos ha recordado a lo que hacía Dennis Cooper hace veinte o treinta años, en Chaperos o en Cacheo. O incluso a Manuel Puig en Boquitas pintadas o en Pubis angelical.
Pues, bueno, ¿qué te puedo decir? Lo primero de todo es que yo, comparado con ellos, soy un escritor malísimo, absolutamente [y tanto Marcos Augusto como yo no podemos dejar de reírnos ante este comentario]. Esto es lo primero de todo. Me acabas de poner a Denis Cooper y a Manuel Puig, que los dos me gustan mucho.
Mira, creo que hay algo ahí que está muy bien visto por tu parte, porque me parece que, no solamente literariamente hay algo que recojo de ahí un poco, sino que también creo que mi novela busca incardinarse en una historia, porque, claro, hemos hablado mucho del activismo LGTB y del activismo del VIH, hemos dicho que indetectable = no transmisible, y yo estoy explorando esos márgenes y tal.
Pero claro, en el movimiento gay ha pasado exactamente lo mismo. El movimiento gay pasa de unos principios de los 80, donde busca un cambio por completo de modelo social, esas primeras manifestaciones ligadas sobre todo a los partidos políticos de izquierda, y no tanto de izquierda, extrema izquierda, Partido Comunista en la España de finales de los 70 y principios de los 80, y cómo ese activismo se convierte en activismo asimilacionista, que tiene su clímax en el matrimonio que aprueba Zapatero.
Creo que también en la literatura hemos visto lo mismo. Hay referentes contraculturales, referentes muy extremos como los de Cooper o Manuel Puig, pero que no es casual que tengan treinta, cuarenta años. Porque luego ha habido una literatura más asimilacionista, que está estupenda y que me encanta y que me parece maravillosa, porque también servía para generar toda una industria y generar títulos de lo LGTB dentro de un ámbito como mucho más, te diría, más mainstream y eso es maravilloso, está perfecto, está súper bien. Pero no es mi punto de interés.
A mí me interesaba muchísimo más pensar en Molina, en la cárcel, en la obra de Manuel Puig [El beso de la mujer araña], y ver ese momento fuerte recreando aquellas películas que sirven como elemento de libertad. Me interesaba mucho más el Dennis Cooper de Contacto, de Chaperos. Me interesa muchísimo más recuperar un testigo de unas novelas que están más ligadas a la contracultura, de alguna manera. Sin querer tampoco reivindicarme ahí como el adalid de la contracultura, entiéndeme. Pero al final sí que es verdad que hemos vivido cada vez más y estamos en un marco más asimilacionista en todo, en todo el propio movimiento LGTBI.
De hecho, fíjate que ha habido unos años tan asimilacionistas que, al final, ahora también están saliendo Orgullos críticos, están saliendo plataformas y manifestaciones que quieren decir: ¡ostras!, que al final a lo mejor es que no estamos tan bien. Al final es que más allá del objetivo, de tener un matrimonio, hay muchas cosas que se han quedado en el tintero.
Estamos viendo, por ejemplo, cómo el auge de la extrema derecha, etcétera, pone en peligro no solo los derechos de las personas LGTB, derechos que ya se han conquistado, sino también el indetectable = no transmisible, que es como la gran bandera que ha hecho el activismo del VIH. Me gustaría ver qué pasa con políticas sanitarias gestionadas por gobiernos que prometen grandes privatizaciones y que prometen recortes que vienen, Milei sale en los actos completamente fuera de sí con una motosierra, es decir, dentro de todo el marco de la extrema derecha, el tener que hablar de imaginarios de quién es transmisible y quién no tiene acceso a la medicación.
Porque, claro, lo primero que alguien también comenta es, bueno, indetectable = no transmisible, ¿tu novela a qué responde, si ahora mismo todo el mundo es indetectable = no transmisible?, porque es nuestra mentalidad de nuestra clase social y de nuestro privilegio. Pero es que hay mucha gente que es detectable y que es transmisible. Qué está pasando con esa gente que no tiene, por ejemplo, algo tan básico como no tener acceso a la medicación. No hace falta tampoco una gran floritura, una gran historia y tal. Sencillamente no tener acceso a la medicación hace que seas detectable y transmisible.
Entonces, ¿qué está pasando con esas realidades? Supongo que a lo mejor no son realidades masivas. Es verdad que se ha cronificado y el VIH ahora es una infección como cualquier otra, se ha cronificado y ya está. ¿Pero qué está pasando con esa gente que queda fuera? Los imaginarios que establece una novela, que en este caso están clarísimos cuáles son, creo que son historias que te tienen que ayudar a repensar el mundo de alguna manera.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Víctor Aloy
Marcos Augusto
Editorial Random House, 168 pp., 18,90 €
Sinopsis:
Dos hombres se conocen en un chat buscando sexo. Uno quiere infectarse de VIH; el otro promete dárselo. Y lo que empieza como algo esporádico se transforma en una relación de pareja.
El relato teje una historia en la que lo cotidiano da paso a una red de mentiras, marcadas por el deseo y el miedo a la pérdida. Las palabras del narrador constituyen un ejercicio de honestidad tardío, que busca comprender y comprenderse, a la vez que conjuga universales como el duelo o la culpa. El libro calca «un dibujo a tinta negra» del amante, «olvidando que existen nubes y días claros». Y en ese dibujo, dialogan el arte y la literatura: elementos que, junto al recuerdo y la mala conciencia, plasman un retrato del presente.
Marcos Augusto compone en Te hice dios un debut provocador que aborda sin concesiones la pulsión erótica y la decadencia del cuerpo, así como el uso que hacemos de las aplicaciones, la confianza que depositamos en la ciencia o el pensamiento mágico y, sobre todo, las mentiras sobre las que, a veces, se construyen las historias de amor.




