«…Elegí este lugar, ni siquiera loteado, de puro yuyo, que lo único que tiene enfrente es una callecita de tierra revuelta y toscas que termina en el río, porque quería despejarme. Despejarme y que la vida pasara sin sobresaltos, atravesar lo oscuro sin susto, como decíamos en el pueblo. Hacer los trabajos que me dieran para vivir y listo. Y creo que elegí bien, porque al final, abandonar algo es llevarlo para siempre…»
Estas frases son de la admirable novela Algo que nadie hizo de Matías Aldaz, publicada por las afueras y que desde el 30 de marzo está en todas las librerías. Una excelente narración en donde, en un pueblo deshabitado y casi borrado del mapa, un hombre elige quedarse en las afueras: vive en una casa rodante, planta árboles y escucha los ecos de un pasado que no se resigna a desaparecer. Desde allí —entre casas vacías, recuerdos familiares, filmaciones antiguas y voces que parecen surgir de otros tiempos— reconstruye en fragmentos la geografía íntima de su duelo y la memoria de un espacio cuyos lazos persisten más allá del abandono.
Recordemos que Matías Aldaz nació en Federación, Provincia de Entre Ríos, en 1976. Es abogado por la Universidad de Buenos Aires. Autor de los libros de cuentos Esas nubes (2009), La lluvia cae en todas partes (2014); las novelas Bajante (2017), La vida de un hámster (2021), Algo que nadie hizo (2025; las afueras 2026) y los libros de poemas Antes de cerrar la puerta (2019) y El modo prodigioso (2025). Junto a Laura Escudero Tobler escribió la novela infantil La ciudad perfecta (2017).
Por Algo que nadie hizo, su última y recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Matías Aldaz para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Matías, por favor, haznos un pequeño resumen de tu novela.
Siempre se me hace difícil resumir algo que escribo, de todas maneras, voy a intentarlo: Algo que nadie hizo trata sobre uno de los últimos habitantes de un pueblo que decide irse a vivir a un terreno cercano, se instala en una casa rodante, se detiene en voces y recuerdos de quienes ya no están, mientras trasplanta árboles que trae de los alrededores. Y para ser un poco más expansivo, creo que también es una novela donde confluyen la persistencia de los espectros y la posibilidad, o la imposibilidad, de elaborar algunos duelos.
¿Cuál fue la chispa para escribir este libro? ¿Una imagen, un recuerdo, una experiencia…?
Lo primero fue una noticia que leí en un portal: le habían otorgado a mi tío abuelo Adhemar la condecoración de Ciudadano Ilustre en mi ciudad natal, Federación, Entre Ríos. Se la habían dado por un trabajo que él venía haciendo desde el comienzo de la ciudad nueva (la vieja ya no existe más). Él había armado una plazoleta trasplantando árboles de aquella otra ciudad que había quedado abajo del agua. Un trabajo minucioso y sostenido de conservación y de respeto por la naturaleza. Yo estaba varado ahí en plena pandemia, y cuando vi esa noticia en el portal, con esa relevancia, fue algo diferente, algo chispeó. Tres años más tarde comencé a escribir la novela.
Hablemos del protagonista de Algo que nadie hizo: ese hombre, maduro, viviendo solo en una casa rodante, subsistiendo a base de pequeños encargos de carpintería. Menudo héroe que te buscas.
Me parece que Cesário no es de esos héroes aventureros, de esos personajes que confían en sus hazañas y que tienen el poder de cambiarlo todo. Es más, de Cesário se podría decir todo lo contrario, que es un héroe estático, y aunque es valiente, abnegado, no hizo ninguna acción extraordinaria en beneficio de nadie. Es un personaje algo inestable, que tiene la capacidad de conectar con los espacios porque tiene paciencia, no se apura, sabe escuchar, conecta con el espacio con otro registro, que busca el silencio en parte para escucharse, pero también para poder escuchar a los demás. Al final, es un héroe a su manera, de esos que salvan una sola vida, en este caso la propia, sin hacerle daño a nadie. Me parece que él es más de ese estilo.
Se queda viudo de Mai, con un hijo, Luriel, en plena adolescencia. Está muy bien cómo cuentas esto, hacia la parte final de la novela.
A veces creo que la novela no avanza, o si avanza de inmediato retrocede. O tal vez no avanza de la manera clásica, de manera acumulativa. Más bien opera la sustracción.
En las sucesivas avanzadillas por las calles vacías del pueblo, por las casas vacías, pasando la muralla, ahí se ve más palpablemente que el protagonista es habitante del pequeño pueblo, que es hijo de la zona, toda su vida resumida en esas casas vacías de los que fueron sus vecinos. Destaca la perspicacia del protagonista para mostrarnos todo eso, las interioridades de cada familia en su casa vacía.
Me acuerdo de que cuando escribía esa parte que mencionás, se me vino a la memoria un libro al que siempre vuelvo, la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters. Ahí el autor hace hablar a todo un pueblo a partir de sus epitafios, entrama traiciones, deseos, aspiraciones y miserias, una primera persona multitudinaria, una operación deslumbrante parecida a lo que hace Manuel Puig en Boquitas pintadas, todo en primera persona, ahí él articula cartas, diarios íntimos, informes y expedientes judiciales. Pensándolo ahora, me doy cuenta que un poco me influenció esa tradición folletinera para escribir las exploraciones que hace Cesário en el pueblo vacío. También creo que hay una especie de reconfiguración de Todas las casas son ojos, ese precioso poema de Miguel Hernández.
Esas visitas del protagonista al pueblo vacío, abandonado, nos recuerda a Pedro Páramo.
Pedro Páramo es una novela descomunal, cualquier reminiscencia formal o temática que pueda tener mi novela me produce un honor bárbaro. Me acuerdo muy bien de la atmósfera que percibí al leerla, ya desde el comienzo, ese tremendo calor, hasta sentí el polvo pegado a la piel, esa manera magnífica de tratar las voces, con ese habla casi corrido de la realidad. Pero claro, al momento de escribir no pensé en Pedro Páramo, al menos no de manera consciente (quizás si lo hubiese hecho me hubiera desviado del camino, o no, no sé, realmente). Eso lo descubrí después, con las lecturas posteriores que llegaban, y ahí, por supuesto, el júbilo.
Incluso nos recuerda también a El desierto de los tártaros, la célebre novela de Dino Buzzati. Lo digo por ese aire existencialista que tiene Algo que nadie hizo.
Me gusta que le veas un aire existencialista a la novela, que la leas en esa clave. Es una ventana más de posible lectura. Porque como te decía antes, Cesário no pareciera tener propósito, o si lo tiene se lo va construyendo en el momento, nada prefijado. Y si se quiere, ahora que me traés esta observación, creo que el final, con Cesário deambulando, puede que tenga algún punto de conexión con La náusea, la novela de Sartre, donde a veces ningún rumbo es el rumbo, o donde no pareciera encontrar, o al menos, no pareciera buscar el sentido al mundo.
Las pelis de Super 8: es una maravilla cómo haces que veamos la infancia de sus hijos, el principio de una familia, a través de ellas. Algo muy, muy difícil.
Esta fue la manera que encontré de mostrar la historia de una familia, con la superocho (una de las últimas maneras físicas que tenemos de conservar lo cotidiano, después vino el vhs y no mucho más). Y siento que se complementa bien con el registro oral del relato de Cesário. Algunas cosas las recuerda por cómo fueron y otras las recuerda por cómo las vio filmadas. A veces creemos que tenemos un recuerdo puntual, pero es que recordamos la fotografía de ese momento, y no necesariamente la experiencia que provocó ese retrato. De nuevo, me interesa trabajar en esas zonas inestables en las que no todo se da por sentado.
Destaca también cómo muestras la vida a retazos de Luriel (el hijo de Cesário): abogado, su crisis existencial desde que Florbela (su mujer) tiene a Emilia (su hija).
No me interesaba armar una narrativa lineal ni cronológica, sino que su vida se reconstruyera de forma más desordenada, con algunos hiatos, silencios. El origen de sus perturbaciones no es claro, como casi nunca lo es, pero acá intenté que quedara una percepción posible de su dolor, de su aislamiento, de su conflicto.
Y qué decir del estilo de Algo que nadie hizo: cada párrafo, una escena. La depuración al límite. ¿Quizá ese ha sido tu mayor reto, elegir esos momentos tan solo, y solo esos, para contar la historia? ¿O el reto ha sido, aparte de elegir los momentos, el montar la trama, el montar en ese orden específico esos momentos, para comprender el argumento?
No recuerdo bien, pero creo que ya desde el principio tenía la idea de trabajar con fragmentos cortos (que por momentos no lo son tanto). Y a medida que avanzaba noté que iba estructurando varios corpus de historias paralelas, al menos cuatro. Y dentro de esas cuatro, también había variaciones que le iban dando aire a cada corpus. Trabajé hasta llegar a un punto en el que sentí que tenía que reconstruir para poder continuar. Porque como lo que me interesaba era que no hubiera cronología, que los fragmentos pudieran ser intercambiables, no le presté mucho la atención a cómo iban apareciendo mientras escribía la novela.
El final de Algo que nadie hizo: ¿lo tenías así previsto?, ¿o fuiste cambiándolo mientras escribías el libro?
Es algo muy extraño lo que me pasó con la escritura del final. Demás está decir que yo no planifico, voy a tientas, de manera caótica, muchas veces, encontrando a medida que escribo. Y para mí los finales están siempre antes que el final, y en esta novela se nota más que en otras cosas que escribí. Trabajo con algo parecido a la coda. Acá el final es una especie de atmósfera donde algo pareciera desdibujarse. Porque para mí el final es el ciervo, o fue ahí donde me encontré con el final y, si se quiere, el universo donde ocurre la novela. Fue una mañana, escribiendo la escena donde el hijo del narrador le muestra al padre la casa que construye para su familia. De repente, sin querer ni pensar, describí la aparición de un ciervo. Puse que pasaba corriendo frente a los personajes. Era una sola frase. La terminé y enseguida empecé a borrarla, pero no llegué a la mitad que me frené y la repuse entera. Al rato busqué en internet: “ciervos en Entre Ríos”, y ahí descubrí que hubo un ciervo que pobló el litoral, llamado el ciervo de los pantanos, tiene las patas finitas como para poder caminar en terrenos de agua estancada, barro y arbustos, pero que, debido a la caza, la pérdida de su hábitat, las enfermedades del ganado y los ataques de los perros, desapareció por completo de la provincia de Entre Ríos. Fue ahí que entendí cómo funcionaba el tiempo en la última parte de la novela: cada vez que el Cesário volvía al pueblo vaciado, en una especie de pesquisa alucinada de su propia experiencia, el tiempo era una masa entera, todas las capas juntas, el pasado, el presente, todo sucediendo a la vez.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Ariel Baigorri Theyler
Matías Aldaz
Editorial Las Afueras, 184 pp., 16,95 €
Sinopsis:
En un pueblo deshabitado y casi borrado del mapa, un hombre elige quedarse en las afueras: vive en una casa rodante, planta árboles y escucha los ecos de un pasado que no se resigna a desaparecer. Desde allí —entre casas vacías, recuerdos familiares, filmaciones antiguas y voces que parecen surgir de otros tiempos— reconstruye en fragmentos la geografía íntima de su duelo y la memoria de un espacio cuyos lazos persisten más allá del abandono.
Con un tono que oscila entre lo espectral y lo poético, Algo que nadie hizo explora los confines del lenguaje y la memoria. Al mezclar español con guaraní, portugués y otras resonancias, Matías Aldaz convierte la lengua en un territorio vivo. Una obra de ritmo singular y sensibilidad intensa, que transforma la herida y la memoria quebrada en impulso narrativo y gesto de resistencia.




