«Hoy, un paseo por la capital del mundo, Nueva York, nos da la conocida estampa del materialismo desbocado junto a mendigos, muchos de ellos jóvenes de raza negra. Una ciudad que es capaz de compartir en pocos metros un memorial por los muertos del 11S —la representación de la caída de su poder hegemónico, la de un Sansón convertido en un ciego asustado— y quioscos con merchandising de ese día funesto, junto a un faraónico centro comercial subterráneo. Prisas, dinero, acumulación de posesiones, todo ello nos aleja de una existencia verdadera —la que debería estar en los antípodas del ansia de poder—, y no es casualidad el alud de libros de autoayuda que mes a mes inundan las mesas de novedades con temáticas para el presente, o que recuperan la sabiduría grecolatina, plena de austeridad material y tendente a evitar el sufrimiento y a gozar del momento.»
Estas frases son del libro Mandar y obedecer de Toni Montesinos, publicado por La Esfera de los Libros, y que desde el 18 de marzo está en todas las librerías, en donde el autor, bajo el subtítulo Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe, nos cuenta que, en una sociedad que glorifica el poder económico, tecnológico y político, en la que la subyugación ciudadana se disfraza de progreso, es más urgente que nunca cuestionarlo todo en libertad.
Toni Montesinos es crítico literario de La Razón, director de Qué Leer y colaborador de prestigiosos medios de comunicación. Autor de más de cincuenta libros de diversos géneros: poesía, novela, ensayo, historias de la literatura y crónicas viajeras. Algunos de estos libros los ha presentado aquí, en el programa. Y recordamos, por ejemplo, el último o penúltimo ya, Historia de la literatura española contada en una hora, publicado hace muy poco en El Desvelo Ediciones.
Por Mandar y obedecer, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Toni Montesinos para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Toni, por favor, haznos una breve presentación de tu libro.
Es un libro que intenta abordar lo que significa el poder, que es un palabro en que cabe todo realmente. Yo ironizo al comienzo del libro, en el sentido de que hay poder para cualquier cosa, desde el poder de la dieta de la alcachofa hasta el poder de los totalitarismos más sangrientos. La palabra poder, digo ahí, es seguramente la más usada como sustantivo en los títulos de los libros que uno puede encontrar, porque hay poder para todo, obviamente. Es una palabra fetiche, una palabra comodín.
Lo que he intentado simplemente es preguntarme exactamente qué es el poder, qué otros conceptos abarca o son satélites alrededor de él, y hacerlo a partir de pequeñas historias o métodos que van atravesando la historia de la humanidad y que nos habla de comportamientos concretos, de gente poderosa y gente poseída, por llamarlo de esa manera, con lo cual hablo ahí de mil y un asuntos, siempre con un trasfondo mío literario, que es, digamos, mi campo de acción, pero tocando suelo histórico y enfrentándome precisamente a esos conceptos más concretos. Por ejemplo, la resistencia. ¿Qué significa resistir en el poder? ¿Qué pasa con el lenguaje y cómo nos manipulan el lenguaje desde las alturas poderosas? ¿Por qué a veces es invisible ese poder, hoy más que nunca, y nos trastorna nuestra vida diaria? ¿Cómo ha actuado en la discriminación hacia el ser humano? ¿Cómo ha actuado en la sociedad?
Es decir, es como un ejercicio para intentar entender más esto, que al final nos gobierna día a día. Porque el poder es una especie de jerarquía continua que establecemos nosotros mismos, desde las cosas más pequeñas hasta las más universales.
“El poder es una especie de jerarquía continua…” Bien, pero en tu libro no te quedas ahí, continúas con el poder de las palabras. Y comienzas hablando de “empoderado”.
Es un libro en el que he intentado ser un poco mordaz o todo lo políticamente incorrecto que puedo ser, en el sentido de jamás tomar nada por hecho y no tragarme ningún concepto que se ponga de moda o que nos intente arrebatar nuestra manera de pensar lingüísticamente propia.
En ese sentido, somos todos muy débiles y muy necios cuando aceptamos una palabra venida de otras tradiciones idiomáticas, sobre todo, por supuesto, del mundo anglosajón, y las incorporamos a nuestro constructo lingüístico y no vamos más allá.
“Empoderamiento”, por ejemplo, es un término que yo hablo ahí de cómo solo se asocia a un “ismo”, como el feminismo, y que hoy en día ya se usa con una frivolidad, una superficialidad absoluta. Y sobre todo, ahí critico la manera, critico en el sentido de preguntarme por qué se usa y si es necesario, no para denostarlo, porque el lenguaje es algo vivo, es algo que la sociedad va incorporando de manera natural, o debería serlo así, sin imposiciones ideológicas o políticas.
Yo lo que trato es de, con un poco de ironía, preguntarme si es necesaria una palabra así, cuando tenemos “apoderar”, pues apoderar es dar un poder a otro. Y este empowerment inglés lo que consiste es, en esta deriva individualista, narcisista, yo me empodero a mí mismo, como si yo pudiera darme poder a mí mismo, simplemente tengo que actuar y ya está.
O este concepto claramente absurdo de “autoayuda”, porque nadie se ayuda a sí mismo; simplemente, pues, uno actúa. O un libro te ayuda a ti, por ejemplo.
Son palabras que ya hemos registrado, las usamos sin ton ni son, estas y muchas otras, en las que yo intento un poco bucear para saber qué demonios significan. “Identidad”, que ahora se usa hasta para ir al supermercado. Y tiene una connotación ideológica.
Lo malo de estas palabras es que al final ya pensamos que sabemos lo que significan cuando alguien las nombra. Y no digamos un político. Pero un político siempre suelta veneno por la boca.
A lo largo de Mandar y obedecer, matizas el uso de bastantes palabras, como has dicho: desde “identidad”, a “libertad”, “sociedad”… ¿Por qué es necesario esas matizaciones tan obvias?
Porque nos hemos dejado llevar por un empobrecimiento mental. Porque estamos aquí para comunicarnos entre nosotros y, si el poder, por ejemplo, nos obliga a tomar un partido idiomático, una lección lingüística concreta, nos está arrebatando nuestra manera de nombrar. Y cuando nombramos, las cosas existen y tienen su verdadera presencia, su verdadero valor. Y los poderosos siempre, continuamente lo hacen cada día, desde que amanece hasta que se pone el sol, intentan arrebatarnos esa manera de pensar e imponernos una serie de términos que les sirven para manipular nuestras mentes.
Y estos ejemplos que acabamos de nombrar, son significativos, pero menores. Hay otros muchos que tienen una dimensión más amplia. Y ahí estaría cualquiera que tenga que ver con nacionalismos, con enfrentamientos entre posturas ideológicas, derechas, izquierdas, ¿qué demonios son estas nomenclaturas?
¿Y por qué es problemático esto? Porque está en boca de los políticos. Mandar y obedecer es un libro en contra de los políticos, en contra de cómo ellos nos quieren manipular, la manera de pensar, y, por lo tanto, la manera de comunicarnos, porque ellos obviamente nos quieren enfrentados. Y el lenguaje es un poderoso utensilio para que entre nosotros no nos pongamos de acuerdo. Nada mejor que jugar con las palabras para que uno se posicione en una palabra y otro en otra. Y con eso establecemos una guerra absurda, a partir de conceptos que están formados por letras, por sílabas, por lexemas o morfemas. Eso acaba siendo un conflicto entre la ciudadanía, que es justamente lo que quiere el político, mantener esta especie de crispación continua para arrebatarnos la concordia. Porque en la paz, ellos no encuentran nada.
Respecto al uso del lenguaje, es muy interesante todo lo que hablas sobre la “propaganda”.
Al final, la propaganda es una manera de cautivarte, seducirte y secuestrarte la conciencia y la manera en que tú tienes que pensar. Ahí pongo ejemplos muy relevantes y, además, de los que continuamente se habla, como la propaganda de la “leyenda negra”, que es tal vez la campaña más importante en la historia sobre cómo un conglomerado de países pueden ponerse en contra de uno poderoso, que era el Imperio español, por ejemplo. Y cómo eso, al final, la propaganda ya es ajena al campo bélico, al suelo, al enfrentamiento entre seres humanos y se establece en el campo de las ideas. Y cómo al final lo difamatorio o lo infame se propulsa hasta que, como diría Goebbels, se miente mil veces hasta que algo se convierte en verdad.
Y lo trato ahí para hablar de cómo una serie de palabras, ya sea “guerra de la independencia”, “exterminio”, “colonización”… pueden usarse para denostar un sistema de valores, para denostar una trayectoria histórica de un país, etcétera. Y eso lo estamos viendo cada día.
Yo intento no estar demasiado pendiente de la actualidad, pero solamente hay que ver, hay que escuchar a cualquier presidente, el nuestro, la presidente de México y tantos otros que lo que quieren es tomar palabras para hacer una propaganda basada en el odio, en el odio hacia otro, hacia otro pueblo. Y a mí me interesan los seres humanos, sean quienes sean y a donde sean. Pero los políticos necesitan etiquetarnos, colocarnos en países, distritos, lenguas, y atacar al otro per se. Y en eso estamos y creo que tenemos que repensar cómo nombramos las cosas y jamás dar ningún dato por hecho, porque incluso los historiadores nos han impuesto una manera de nombrar las cosas que a veces no tiene nada que ver con la realidad.
Al hilo de esto, con la Iglesia hemos tapado, Toni.
Sí, claro, no podía obviar todo lo que tiene que ver con lo religioso, porque desde tiempos antiguos es el sistema de poder más influyente. Sobre todo, por ejemplo, en la Edad Media, ellos tenían el conocimiento.
Es uno de los temas que uno tiene que tratar, obviamente en este tipo de trabajos. Quien tiene el conocimiento, quien tiene la información, tiene el poder máximo para después manipular la sociedad y controlarla, sacar el crédito económico o imponer sus reglas y sus axiomas.
Y la Iglesia es un poder muy contundente, en el sentido de que se han de regir por una serie de dogmas. Y cuando la Iglesia ha penetrado en la censura, en la eliminación de personas, por ejemplo, en la Inquisición europea, cómo maltrató e incluso exterminó a científicos, es un asunto nada trivial que considerar.
Qué pasa, que ahora, como decía un estudio de un escritor suizo-inglés que me gusta mucho en un libro que leí hace bastante tiempo, la misa del domingo se sustituyó a partir de este momento por echar un vistazo al dominical sentado en una terraza. Es decir, la Iglesia ya no tiene ese poder, digamos, político, tan agudo como antes.
También hemos podido ver recientemente estudios sobre algunos papas en torno al nazismo, a las guerras mundiales, y cómo esa figura era clave en su momento. Ahora eso ya ha dejado de existir.
Pero la religión ha mudado, se ha convertido en una espiritualidad comercial y ahora no hacemos caso al cura, sino hacemos caso al coach, o como demonios se diga, a la persona que presume de unos conocimientos que los demás no tenemos, obviamente, y que nos tiene que decir cómo vivir.
La espiritualidad frivolizada y llevada al negocio mercantilista o editorial ahora mismo es la Iglesia laica, cibernética y universal, acaso más poderosa que la anterior, tradicional.
Con la Iglesia hemos topado, Toni. Pero también con los “poderes ocultos”, con la “gran trama”, con el “complot”.
Hay un poder invisible, obviamente. Yo lo abordo bastante porque al final lo kafkiano está gobernando nuestra vida.
Hablo ahí de la vigilancia totalitaria. Pongo muchos ejemplos que tienen que ver con la Rusia actual y cómo, aparte de haber empujado a unos autores de literatura al exilio por simplemente manifestarse en contra de la invasión en Ucrania, al final, la vigilancia más invisible, la orwelliana, es la que nos está dominando. Y cada vez se está haciendo más patente lo que ya había dicho Yevgeni Zamiatin en su novela Nosotros, que fue fundamental para que después Orwell escribiera 1984, en el sentido de que estamos continuamente vigilados, pero de manera tan sutil que no nos damos cuenta. Estamos vigilados con el teléfono que llevamos en el bolsillo, con las cámaras de vigilancia. Y todo, digamos, es un complot en contra de nuestra vida, porque esa vigilancia nos quiere ordenar la vida, reglamentarla. Seguramente estamos en la sociedad con menos libertades de la historia, en el sentido de libertades pequeñas.
Yo me estremezco cuando oigo cada vez más testimonios de que, en el periodo franquista, había más libertades, obviamente si no te metes en política. Es una paradoja descomunal, que en una dictadura estúpida, como todas, hubiera maneras más libres de moverse. Pero ahora estamos maniatados por mil y una reglas y vigilancias y, en ese sentido, Kafka y sus personajes, que van a presentarse ante un proceso o tienen que visitar un castillo, lo digo parafraseando dos de sus novelas, cada vez está más acentuado, porque somos culpables siempre de algo, porque siempre el poder nos encontrará culpabilizándonos de alguna manera. Siempre estaremos haciendo algo mal y continuamente nos imponen nuevas reglas, nuevos impuestos, nuevas vigilancias, que lo que hacen es coartar nuestras libertades y, sobre todo, siempre mantenernos alerta.
Esta democracia realmente tiene este gran hándicap, que no ha ayudado a la libertad individual, sino que se ha convertido en súbditos de un poder invisible que simplemente está vigilándonos para fastidiarnos continuamente. Porque para mí hoy en día la política está hecha para dificultar la vida en todos los ámbitos, laboral, de vivienda, en fin, en cualquier área que nos movamos. Lo que está haciendo la política es cada vez reducir más nuestras libertades.
La finalidad de este libro, si se pudiera resumir muy mucho, es que ¿en una sociedad que glorifica el poder económico, hay que pensar, cuestionarlo todo?
El dinero ahora es el nuevo Dios, es la nueva deidad a la que tenemos que rendir culto, porque nos levantamos para ganar dinero y, cuando nos muramos, nos arrepentiremos de haberlo hecho, porque será una vida malsana.
Abordo muchísimo aquí todo lo que tiene que ver con China, tanto los poderosos ególatras que se pensaron que, con ellos, se empezaba y moría el mundo y tenían que tener una serie de mausoleos para honrar su memoria, hasta la China actual, que es el país más capitalista del mundo, pese a ser una dictadura comunista, y que se gobierna por lo que yo en otro libro de crónicas viajeras llamé los tres dioses: el dólar, el yuan y el euro.
Creo que la vida ya se ha reducido tristemente a algo así, a que tenemos que sobrevivir, además con la paradoja de que estamos en una sociedad, la nuestra, por ejemplo, llena de privilegios, acomodaticia, con un montón de asuntos materiales, que no nos falta absolutamente de nada. Y sin embargo, vivimos esta mezquindad de idolatrar al dinero, porque al final tenemos mucho que pagar y todo se gobierna por lo mercantil. Y eso es algo que al final reduce al ser humano porque te simplifica. Creo que tenemos que estar más allá de eso. Ya hayamos nacido en el seno de una familia modesta, como de millonarios, tenemos que trascendernos a partir de ese esquema que nos ha impuesto el destino y tenemos que ser más generosos.
Emerson, al que yo le dediqué un libro [Ojos llenos de alegría, (2023)] y muchos estudios concomitantes, decía algo muy bonito: es rico quien enriquece la vida de los demás y es pobre el que la empobrece; y ahí no estaba hablando él de personas ricas o personas pobres, estaba hablando de personas que o enriquecen la vida de los demás y, por tanto, tienen toda la riqueza del mundo, o empobrecen. Y eso puede ser incluso al revés, el pobre y el rico en esos lados.
Mi libro es un cuestionamiento de cómo el político precisamente empobrece continuamente la vida de los demás, porque lo que hace es convertir su sesgo político e ideológico en un enfrentamiento y que estemos entre nosotros siempre crispados y con una sensación de que el otro es el enemigo. Y lo están consiguiendo, tristemente.
Has mencionado a Emerson, por ahí también aparece Whitman, y por supuesto Thoreau: viejos amigos tuyos.
Son los tres faros que muchas veces me orientan a la hora de buscar cómo entender la vida humana, interpretar al ser humano en sociedad. Eran pensadores, literatos, que no tuvieron un sistema filosófico, por así decirlo, cerrado, sino que analizaron profundísimamente la sociedad, la entendieron y lo pusieron negro sobre blanco. Y siempre para mí son muy útiles porque continuamente me dan ejemplos de cómo hacerlo.
Thoreau, por ejemplo, es la quintaesencia de tener una actitud crítica frente a la realidad nuestra. Si leemos Walden (1854), por ejemplo, u otros de sus libros, tenemos un tesoro, digamos, reflexivo, en el sentido de que Thoreau cuestiona absolutamente todos los órdenes de la vida, el educacional, el político, el social, hasta la filantropía, la crítica, y da vuelta a todo. Él habla de cómo la democracia no es tal, si, por ejemplo, en su caso, también estaba sometida a unas reglas esclavistas, nada menos, o racistas. Yo me siento muy deudor de su pensamiento a la hora de criticar de manera frontal al político, que es una persona que no beneficia, que no ayuda en la vida de los demás, sino todo lo contrario.
Emerson es un autor mucho más suave en el sentido expresivo, aunque es muy contundente, pero también es un ejemplo de cómo la virtud, en el sentido más amplio y puro del término, la virtud personal, tiene que ser primero la abanderada frente a nuestras relaciones. Eso ha de venir primero, no antes que otros asuntos que tienen que ver con lo político y lo económico.
Son autores que nos enseñan cómo mejorar como personas. Y creo que el mejoramiento individual personal es fundamental, si queremos que una sociedad funcione y, en fin, tengamos una concordia que nos pueda llevar a una civilización que se digne a llamarse así.
Carlos Castrosín
(se puede escuchar esta entrevista en el programa Por qué estoy tan triste teniéndolo todo, de Radio Vallekas)
FOTÓGRAFO: (c) Sergi P. Naches
Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe
Toni Montesinos
Editorial La Esfera de los Libros, 336 pp., 21,90 €
En una sociedad que glorifica el poder económico, tecnológico y político, en la que la subyugación ciudadana se disfraza de progreso, es más urgente que nunca cuestionarlo todo en libertad.
Hay infinitas maneras de intentar saber qué es el poder, cómo se ha ejercido tradicionalmente y de qué forma cabe entenderlo hoy, pero la que se propone aquí, en Mandar y obedecer, expresión cervantina, es única por su enfoque, profundidad histórico-literaria y mordaz sentido del humor.
A través de historias y métodos diversos, Toni Montesinos invita al lector a adentrarse en las vidas de mandatarios todopoderosos y en los regímenes que acaudillaron a lo largo de la historia, para analizar las manifestaciones del poder y hacer un ataque frontal contra la política despiadada. Así, se explora cómo los mecanismos de superioridad y jerarquía se imponen al individuo desde el lenguaje, la sociedad, la discriminación, la resistencia, el ego, la fe y la invisibilidad, abordando asuntos como la propaganda, el servilismo, la explotación laboral, la revolución, la arquitectura, la esclavitud, el narcisismo psicopatológico, el fanatismo religioso, los filósofos charlatanes o la vigilancia tecnológica. Un libro poderoso, en definitiva, para despertar el pensamiento crítico y cuestionar la realidad.







