En el libro planteas que escribir no es solo dominar una técnica, sino «habitar una experiencia». ¿Cómo ayudan los mitos griegos a alguien que se enfrenta hoy a una página en blanco?
Escribir no es solo hacer algo bien, es atravesar algo. Los mitos ayudan porque ponen palabras e imágenes a lo que nos ocurre cuando nos enfrentamos a la página en blanco: el miedo, la duda, el deseo de avanzar y la tentación de abandonar. No son historias del pasado, son mapas. Cuando uno escribe, de alguna forma entra en su propio laberinto, y los mitos nos recuerdan que otros ya han estado ahí.
Suele verse la mitología como algo del pasado, casi estático. Sin embargo, tú hablas de los mitos como «compañeros de viaje». ¿Qué tiene que decirnos hoy un dios como Hermes o un personaje como Ariadna sobre el proceso creativo contemporáneo?
Hermes y Ariadna siguen muy vivos. Hermes nos habla del movimiento, de la intuición, de ese tránsito entre lo consciente y lo inconsciente donde muchas veces nace la escritura. Ariadna, en cambio, nos recuerda algo muy sencillo y muy profundo: siempre hay un hilo. Puede ser una palabra, una imagen, un recuerdo. No resuelve todo, pero nos permite no perdernos del todo.
Afirmas que este es un viaje iniciático. ¿Cuál fue el «mito» personal que te empujó a escribir esta obra después de tantos años de trayectoria como editor e historiador?
Más que un mito concreto, fue una sensación, la de haber estado mucho tiempo acompañando a otros y sentir que había algo que yo mismo no estaba diciendo. Ese cruce de espejo. Si tuviera que nombrarlo, diría que es un mito de descenso, de entrada en el propio laberinto. No escribí desde la seguridad, sino desde la necesidad de entender.
En el libro mencionas a Cronos para hablar de la «paciencia del tiempo». En la era de la inmediatez y los algoritmos, ¿es la escritura el último refugio donde podemos permitirnos ser lentos?
Sí, probablemente la escritura es uno de los últimos lugares donde todavía podemos permitirnos la lentitud. Escribir tiene que ver con el tiempo profundo, no con la urgencia. Cronos no es solo el tiempo que pasa, es el tiempo que nos transforma. Y eso no se puede acelerar sin perder algo esencial.
Hablas de Dioniso para explicar el equilibrio entre disciplina y alegría. ¿Cómo puede un escritor evitar que la autoexigencia mate el placer de contar una historia?
La autoexigencia es necesaria, pero si ocupa todo el espacio, asfixia. Dioniso recuerda que escribir también es un acto de vida, de disfrute, incluso de juego. El equilibrio está en no olvidar por qué empezamos a escribir. Si desaparece el placer, la escritura se vuelve rígida, y entonces deja de respirar.
El capítulo sobre el «hilo de Ariadna» parece fundamental. ¿Es ese hilo la estructura de la novela o es algo más profundo que conecta al autor con su propia memoria?
El hilo de Ariadna es estructura, sí, pero es mucho más. Es memoria, es intuición, es algo que nos conecta con lo que queremos decir incluso cuando no lo tenemos claro. A veces es una imagen muy pequeña, pero suficiente para seguir avanzando. Es, en el fondo, una forma de confianza.
El subtítulo del libro es «Vivir y escribir con los mitos». ¿Crees que nuestra forma de vivir hoy carece de «relato» o de «sentido mítico»? ¿Escribir nos ayuda a recuperar ese orden?
Creo que hemos perdido en parte ese sentido del relato. Vivimos muchas cosas, pero no siempre sabemos cómo darles forma. Los mitos eran una manera de ordenar la experiencia. Escribir puede ser hoy una forma de dar sentido a lo vivido, aunque sea de forma provisional.
Hay una presencia constante en el texto: El Escritor. ¿Es un personaje real, un fantasma o esa voz interior que todos tenemos y que a veces nos sabotea?
El Escritor es, en parte, esa voz interior que todos tenemos: acompaña, duda, a veces incluso sabotea. Pero en el libro es algo más. Todos arrastramos la presencia de un escritor que nos ha marcado, aunque no siempre sepamos nombrarlo. He querido que ese escritor anónimo, ausente durante todo el recorrido y solo desvelado al final, funcione como compañía. No es un personaje. Es una presencia.
Espido Freire dice que este libro la dejó «tambaleante». ¿Cuál es el secreto de este libro para que no sea solo un manual de escritura, sino una experiencia que conmueva al lector?
Quizá el secreto es que no intenta enseñar desde fuera. El libro está escrito desde dentro del proceso, con sus dudas, sus contradicciones. No busca dar respuestas cerradas, sino abrir preguntas. Como la propia vida. Y eso, a veces, es lo que más nos mueve. Y sobre todo aspira a ser eso, un “Manual de vida”, con la escritura y la lectura como fieles compañeros.
Has pasado gran parte de tu vida profesional como editor en sellos legendarios como Ariel o Círculo de Lectores. ¿Cómo ha influido esa mirada de «quien lee para otros» a la hora de convertirte en el «autor que escribe para sí mismo»?
Ser editor es leer pensando en otros. Escribir este libro ha sido, en cierto modo, dejar de protegerme detrás de esa mirada y asumir la exposición. Ha sido más incómodo, pero también más verdadero. He intentado escribir como leo, con atención, con respeto, pero esta vez sin poder esconderme.
Si tuvieras que regalarle una sola historia —o un solo mito— a alguien que está bloqueado y no sabe por dónde empezar, ¿cuál sería?
Regalaría el mito de Perseo. Pero no como héroe, sino como gesto. No mirar directamente a Medusa, no enfrentarse a lo que paraliza desde la fuerza, sino desde la inteligencia y la distancia. Escribir, muchas veces, es eso: encontrar el ángulo desde el que puedes decir lo que buscas sin quedarte inmóvil. Y aceptar que no lo vas a iluminar todo. Que a veces solo tendrás reflejos, fragmentos, destellos. Y que, aun así, es suficiente.
Y sobre todo invitaría al lector a que nos regale también su propia historia.
José de Montfort








