Por sugerencia del colega y amigo, Luis Oquendo, con quien compartí hace años la tarea de ser jurado en la defensa de una tesis doctoral, me interesé por un libro que leí a finales de 2025 y del que he quedado con una fuerte impresión, se trata de Hannah Arendt. Una biografía intelectual (Anagrama, 2025), de Thomas Meyer y con traducción de José Rafael Hernández Arias, que saliera magníficamente editado en la colección Biblioteca de la memoria, y que me llegara gracias a la gentileza de la ya clásica editorial española (con sede en Barcelona), cuyos libros suelo leer y reseñar en diversos medios.
La obra está dividida en 12 partes (amén del Prefacio y Prólogo del propio autor), que dan cuenta del recorrido vital de Arendt, pero fundamentalmente de su pensamiento: Introducción; Hogar en la “isla de Venecia”: historia(s) familiar(es) en Königsberg; Del sofista a Rahel: caminos hacia la ciencia; El amor solo existe en el cielo: con Jaspers en Heidelberg; “Cien por cien judía”: años parisinos; Érase una vez en América: Los orígenes del totalitarismo; Literatura: fuente de la experiencia y de la comprensión; Dimensiones triádicas: intelectual y profesional de los medios; El puesto a prueba por la tormenta y el que lee la cartilla: Heidegger y Jaspers; Pensar en palabras: las obras de Arendt; Presente en la ausencia: mujeres sobre mujeres y El final desde el centro.
Es la prosa de Meyer, clara, aunque exenta de simplificación excesiva y por ello logra llegar al lector de manera horizontal, aunque sin caer en la tentación de trivializar el pensamiento arendtiano, lo que le permite mecerse entre el rigor intelectual y la legibilidad, cuestiones éstas que agradecemos los lectores quienes nos acercamos por primera vez a la filósofa, teóloga protestante y filóloga (del mundo griego) de origen judío, Hannah Arendt, nacida en Hanóver, Alemania, en 1906, pero que, por la llegada del nazismo al poder, se exilió en París en 1933 (después de sufrir un breve arresto) y luego en los Estados Unidos (Nueva York), al que emigró en 1941, y en donde se nacionalizó diez años después, para fallecer en 1975 en la misma ciudad a los 69 años.
Estudió Arendt a figuras clave como Martin Heidegger, Karl Jaspers y Edmund Husserl, pero con la dura experiencia del totalitarismo, que buscaba el exterminio judío, queda marcada profundamente, tanto en lo intelectual (su obra), como en lo personal, lo que la empuja a lo largo de su vida a reflexionar en aspectos tan hondos, pero tan subjetivos a veces, como el mal, la libertad, la política y el poder, y en cuyos territorios alcanzó fama y notoriedad, amén del anhelado reconocimiento, pero también (el otro lado de la moneda): duros enfrentamientos desde el intelecto, agravios y acres recriminaciones, no sólo por lo que escribió, sino por lo que dejó de lado en sus páginas, tratándose de temas capitales como la economía, la relación sociedad-política (por lo que recibe duras críticas desde el pensamiento marxista), las denominadas clases sociales, el feminismo y la opresión a la mujer, el racismo, el colonialismo, el inconsciente, la ética normativa, entre otros, lo que inclina la balanza hacia una noción más fenomenológica que sistemática.
Es esta biografía de Meyer (que supera con creces las 500 páginas) un documento bien sustentado en lo académico, su escritura alcanza honduras desde lo conceptual, por lo que requiere del lector un mínimo de concentración y atención, amén del tomado de notas (lectura detenida y reflexiva), volver quizás a párrafos anteriores para el necesario cotejo y fijación de contenidos; su estilo es menos narrativo que analítico, lo que exige del lector asumir de entrada que está ante una obra esencial para la comprensión de la Arendt filósofa y teórica, y no solo de la mujer que huye del horror nazi con su segundo marido, el también filósofo y además poeta Heinrich Blücher, con quien estuvo hasta su muerte acaecida en 1970, y también su madre, Martha Arendt, a quien cuidó durante largo tiempo.
Curiosamente, y a pesar de su densa formación filosófica, Hannah no gustaba de que se la etiquetara como tal, y prefería ser considerada como una “teórica política”, lo que generaba fuertes polémicas en los medios académicos estadounidenses (y fuera de ellos), pero todo esto lo conocemos como parte de una estructura biográfica que busca, no describir desde lo narrativo, como dije antes, sino como parte de un tinglado, necesario para la comprensión de su pensamiento y de sus procederes: muchas veces ambiguos y desconcertantes para sus contemporáneos e, incluso, para sus biógrafos y exégetas y, ni se diga, para los lectores de su obra.
En el libro se muestra cómo los exilios forzados que sufrió Arendt, la marcaron radicalmente, de allí que quienes la estudian hallen vestigios acerca de su condición de desplazada, de apátrida, así como de testigo presencial y horrorizado del colapso de la noción de Estado-nación europeo, lo que da un giro a su visión del mundo (de su mundo, qué más da), porque ya nada será igual: su inocencia como disciplinada estudiante de filosofía y de los más relevantes pensadores de su tiempo (aunque ella no fue especialista en filosofía rusa, se acercó a las obras de Nikolái Berdiaev, Lev Shestov, Aleksandr Herzen y Fiódor Dostoievski, y en cuanto a los alemanes estudió a Heidegger, Jaspers y Husserl, ya citados, pero también a Inmanuel Kant, Wilhelm Friedrich Hegel, Friedrich Nietzsche, Karl Marx y Gotthold Ephraim Lessing), quedará rota para siempre, lo que trasluce, a qué dudarlo, los pliegues y puntos de inflexión que sus detractores (muchos, por cierto) vean en su pensamiento y en su obra, y los tomen como banderas para desprestigiarla.
Recalca Meyer en su libro, la pluralidad del pensamiento de Arendt: su rechazo a las ideologías y el estar a favor de las ideas políticas abiertas y libres, no suscritas de manera tajante e inamovible a las usuales nociones de liberalismo, socialismo y conservadurismo, lo que le permitió definir en su obra, Los orígenes del totalitarismo, a dicho fenómeno, como algo nuevo y alejado de las dictaduras clásicas, y habló así de que el mal extremo puede surgir no de monstruos, sino de seres incapaces de pensar con criterio y juzgar por sí mismos, lo que generó densa polémica en su tiempo, y que de alguna manera se repite en el ahora, con regímenes de oprobio que azotan a diversos países. ¿Monstruos, o tontos sin seso?, nos preguntamos hoy. Tal vez ambas categorías; cabría entonces revisarse la postura arendtiana.
Ricardo Gil Otaiza







