“Me interesa mostrar cómo lo privado y lo histórico se entrelazan”
Miriam Conde Redondo (Valladolid, 1968) presenta a los lectores su nueva novela de suspense histórico “La mirada de la Diosa”. Hija de librera, de profesión Ingeniera Industrial, la autora logra crear una trama que narra situaciones cotidianas en medios de grandes sucesos del siglo XX.
Pregunta: – “La mirada de la Diosa”. ¿Novela histórica con fondo intimista?
Respuesta: – Cuando comencé La mirada de la diosa, tuve claro que no quería escribir una novela histórica al uso, centrada únicamente en grandes acontecimientos y batallas. Mi intención era explorar cómo los hechos se entrelazan con la vida de las personas. La historia no es solo una sucesión de fechas y nombres, es también emoción, decisiones y secretos que se transmiten de generación en generación. Por eso, esta novela se mueve entre dos planos, el rigor histórico y la profundidad psicológica de los personajes.
Detrás de cada gran suceso hay personas que aman, sufren y luchan por sobrevivir. Lo vemos en personajes como Doña Laura, que en su lecho de muerte guarda un secreto que cambiará la vida de su nieto Gonzalo. Ese gesto íntimo, casi doméstico, es el detonante de una aventura que nos lleva desde la España de la posguerra hasta los ecos de la Segunda Guerra Mundial y los misterios del Monte Athos. Me interesa mostrar cómo lo privado y lo histórico se entrelazan, porque creo que ahí reside la verdadera fuerza de la narrativa.
Creo que una mirada intimista permite que el lector se identifique con los protagonistas, tenga empatía con ellos. No son héroes inalcanzables, sino personas con contradicciones y heridas. Gonzalo, por ejemplo, es un empresario brillante, pero también un hombre marcado por la pérdida y por la necesidad de comprender su pasado.
Si me preguntas si es una novela histórica te diré que sí, pero no se limita a recrear escenarios, habla de la memoria, de los vínculos familiares y del poder de los secretos.
P: – ¿Cuáles son las diferencias que tiene esta obra en cuanto al género histórico?
R: – Al escribir La mirada de la diosa quise que la historia fuera mucho más que un telón de fondo. Por eso, hay rigor histórico y mucha documentación detrás, pero también hay aventura, riesgo y una sensación de intriga. En la novela trato de no describir tan solo hechos sino convertirlos en acción. Desde los claustros silenciosos del Monte Athos hasta las epopeyas de los almogávares, describo una épica que está ahí, pero no como escenario, sino como una fuerza que transforma a los personajes.
Las novelas históricas tradicionales suelen centrarse en héroes colectivos o en una figura legendaria, pero he querido que este texto se viva desde una mirada personal. Jonathan, por ejemplo, no es un general ni un político, sino un operador de radio que arriesga su vida en un faro perdido para interceptar mensajes nazis. Beltrán de Roncesvalles, el almogávar, no solo es un guerrero, es un hombre que busca redención tras años de sangre. Esa mezcla de acción y reflexión, de batallas y silencios, es lo que puede aportar a la obra un tono distinto.
También juego con los tiempos. La novela enlaza dos épocas separadas por siglos, y cuatro personajes que transitan por ellos. Ese contraste permite mostrar que la historia no pertenece solo al pasado, también se encuentra en el día a día. Y como un hilo conductor, la intriga, un tesoro oculto, un código indescifrable, una promesa que viaja a través de generaciones. En definitiva, La mirada de la diosa es histórica, sí, pero no se conforma con serlo. Es una novela que quiere latir con la emoción del riesgo y la belleza de lo humano.
P: – ¿Quién era la escritora Miriam Conde Redondo antes de “La mirada de la Diosa”?
R: – Ante todo, soy una lectora apasionada. Mi vida siempre ha estado rodeada de libros, desde los clásicos que descubrí en la adolescencia hasta las grandes sagas históricas que me hicieron descubrir otros mundos. Durante años, la escritura ha sido un refugio, con relatos, cuadernos de ideas, y personajes que nacían aguardando su momento.
Mi formación y mi trabajo me han llevado por caminos muy distintos, pero la literatura siempre estuvo ahí, como una voz que no se apaga. Escribir no era una obligación, sino una necesidad, la manera de ordenar emociones, de dar sentido a lo que me rodeaba. Cada viaje, cada lectura, cada conversación se podía convertir en una semilla para imaginar.
De esa necesidad nacieron La piedra de siete ojos y El correo de Napoleón, dos novelas en las que ya tejía lo que puede llamar la marca de la casa, mezclar documentación rigurosa con aventuras y personajes que llevan consigo heridas muy profundas. Entre medias escribí y publiqué relatos, algunos premiados, que me obligaron a afinar la puntería y a decir mucho con muy poco, y hasta me permití el juego de firmar un libro de relatos policíacos con seudónimo, como quien se prueba otra piel para mirar el mundo desde otro ángulo.
La mirada de la diosa es ya mi tercera novela, y noto en ella una gran evolución. Me he sentido mucho más libre para imaginar, para avanzar mucho más allá de lo que te impone el mapa. Necesitaba, casi físicamente, contar una historia que estuviera a la altura de todas las que me han acompañado a lo largo de mi vida.
P: – Describe el perfil de la familia que protagoniza el libro.
R: – En la novela conviven dos sagas que, aunque se encuentren separadas por siglos, están unidas por un hilo invisible, la ambición, el honor y los secretos.
La primera es la de Gonzalo Molina, heredero de una poderosa familia industrial que prosperó en la España de la posguerra. Son nuevos ricos que levantaron su fortuna desde sus fábricas, y que aprendieron a moverse entre la opulencia y la apariencia, aunque detrás de esa fachada haya heridas. Gonzalo es el fruto de esa historia, brillante, ambicioso, pero marcado por la necesidad de comprender quién es y de dónde viene. Su búsqueda personal puede arrastrarlo hacia la obsesión.
La segunda historia es la de la familia Menocal, una estirpe cántabra que hunde sus raíces en la Edad Media. Nuño de Menocal encarna la fuerza y la contradicción de su tiempo. Guerrero temerario, adalid almogávar, hombre de acero que termina buscando respuestas en la soledad del monte Athos. Entre ellos nació Sara, una profesora de literatura en Yale, atrapada en una crisis personal, que regresa a su casa familiar para cuidar a su abuela enferma.
Quise que el lector sintiera que estas dos familias no son simples nombres, que sus miradas se cruzan a través del tiempo, revelando que el pasado nunca está muerto.
P: – ¿La vida íntima de las personas, a veces, tiene componentes de intriga histórica?
R: – Siempre lo he creído. La historia no vive solo en los archivos ni en los grandes discursos, se oculta en los cajones de una casa, en los silencios que atraviesan generaciones. Cada familia guarda secretos que son, en esencia, fragmentos de historia. Y esos secretos, cuando salen a la luz, pueden cambiarlo todo. En La mirada de la diosa, ese concepto es el motor de la trama. Una confesión en el lecho de muerte desencadena una búsqueda que conecta lo íntimo con lo épico.
Me fascina esa idea de que lo privado y lo histórico se entrecrucen. ¿Cuántas decisiones personales han alterado el curso de los acontecimientos? Un amor prohibido, una traición, una promesa incumplida… Son gestos que parecen pequeños, pero que, sumados, construyen la historia.
Cuando las emociones se cruzan con los grandes acontecimientos, surge la tensión que da vida a las mejores historias. En la novela, cada personaje arrastra una herencia invisible. Gonzalo, por ejemplo, no busca solo un tesoro; busca respuestas sobre sí mismo, sobre el legado que lo define.
Quizá por eso me atrae tanto escribir este tipo de novelas. Porque detrás de cada objeto antiguo puede esconderse un mundo. Y a veces, basta con abrir una puerta, o un cuaderno olvidado, para descubrir que la historia nos estaba esperando.
P: – A la hora de documentarte, ¿buscaste acontecimientos que tuvieran alguna relación con la vida de los personajes?
R: – Sí, y fue una de las partes más apasionantes del trabajo. Desde el principio tuve claro que la historia debía apoyarse en hechos reales, no solo para dar verosimilitud, sino para que el lector sintiera que cada página late con la fuerza de lo auténtico. Me sumergí en archivos, memorias y crónicas que hablaban de la Segunda Guerra Mundial, de la red de espionaje británica en España y del papel crucial que desempeñaron los operadores de radio. Descubrir cómo funcionaba la máquina Enigma, cómo se organizaban las transmisiones cifradas y cómo se libraba la batalla del Atlántico fue como abrir la ventana a un mundo fascinante.
Pero no se trataba solo de datos técnicos. Quería que esos acontecimientos dialogaran con la vida íntima de los personajes. Por eso, cada hallazgo se convertía en una pregunta ¿cómo afectaría esto a Jonathan, aislado en un faro, escuchando pitidos que podían cambiar el curso de la guerra? ¿Qué sentiría Laura, sola en una España devastada, mientras su marido arriesga la vida por un código? Esa tensión entre lo personal y lo histórico es el corazón de la novela. No basta con saber qué ocurrió; hay que imaginar cómo se vivió, cómo se sintió.
También investigué sobre el Monte Athos, un lugar que parece detenido en el tiempo. Sus monasterios, sus reglas ancestrales, su aislamiento casi absoluto… Todo ello me permitió crear un escenario cargado de misterio, donde se unen la espiritualidad y la intriga.
En realidad, la documentación fue el mapa que me guio para dar vida a la trama, y lograr moldear los datos históricos para que se convirtieran en emociones. Porque detrás de los grandes acontecimientos siempre hay personas que aman, sufren y deciden. Y son esas decisiones, a veces invisibles, las que cambian el mundo.
P: – Los sucesos del siglo XXI, con su velocidad de vértigo, ¿darán tiempo para ser contados como intriga histórica?
R: – Es una pregunta fascinante, porque nos obliga a pensar en la naturaleza misma de la historia. Hoy todo ocurre a una velocidad que parece incompatible con la pausa que exige la memoria. Las noticias se consumen en segundos, los acontecimientos se suceden sin tiempo para asimilarlos, y sin embargo, creo que la intriga histórica seguirá existiendo. Porque, aunque el ritmo sea vertiginoso, siempre habrá decisiones ocultas e hilos invisibles que conecten los hechos. La diferencia es que quizá tardemos más en descubrirlos, porque el ruido del presente nos impide escuchar el murmullo del pasado.
La historia necesita distancia para ser comprendida. Lo que hoy parece inmediato, mañana será materia de reflexión. Pienso en cómo los grandes conflictos del siglo XX se vivieron en tiempo real, con titulares y crónicas, y aun así, décadas después seguimos desentrañando sus enigmas. ¿Por qué ahora tendría que ser distinto? Las guerras, las crisis, las revoluciones tecnológicas… todo eso deja huellas que alguien, en algún momento, querrá seguir. Y cuando lo haga, encontrará no solo datos, sino vidas que se cruzaron mientras el mundo cambiaba.
Quizá el desafío sea mayor, porque la información se multiplica y se fragmenta. Pero ahí está la oportunidad para la literatura, rescatar lo verdaderamente humano en medio del vértigo. Contar no es solo decir lo que pasó, sino cómo se sintió, cómo se vivió en la intimidad. Esa es la esencia misma de la intriga histórica, revelar que detrás de cada gran suceso hay personas que aman y que temen. Y eso no cambia, aunque cambien las herramientas y los tiempos.
Por eso creo que sí, que habrá historias que merezcan ser contadas. Tal vez no con la calma de los cronistas antiguos, pero con la misma pasión por comprender. Porque, al final, la historia no es solo una sucesión de hechos, es la voz que los interpreta. Y mientras existan miradas dispuestas a buscar sentido, la intriga histórica seguirá viva, incluso en este siglo que parece correr más rápido que nuestras palabras.
Silvia García





