El mundo de las seis ruedas es un título muy evocador. ¿Qué simboliza dentro de la historia?
Por un lado hace referencia a algo muy real: los seis anillos gravitatorios que hacen posible que las primeras generaciones de estudiantes de astronáutica y materias afines (científicos, técnicos, militares) estudien en el espacio, fuera de la Tierra, lo que será un hito muy notable cuando llegue. La permanencia durante largas temporadas en ingravidez tiene efectos perniciosos sobre el organismo, y esas estructuras hacen posible la vida espacial.
Por otro lado, sí es cierto que buscaba un título evocador, y siendo la rueda un invento/descubrimiento capital para el hombre, y con muchas resonancias, el título intenta remitir a algo diferente, intrigante, aunque también al círculo en el que damos vueltas sin fin: ¿quizás un mundo más avanzado? ¿Quizás más enloquecedor?
¿Por qué has ambientado tu novela en el espacio?
Esta novela, que bebe de muchas fuentes, surgió en primer lugar de la curiosidad (pecado original, como cualquiera sabe). El espacio comienza a ser algo cotidiano. Hay astronautas que ya duermen en la ISS a diario. Envían miles de imágenes y testimonios, en primera persona, de un Cosmos que ya roemos por una esquinita. Y eso que están solo a unos pocos kilómetros por encima de la atmósfera. Hay un robot que duerme en Marte y manda fotos…
Multitud de escritores y cineastas se acercan al espacio ya como algo real, presos de esa fascinación. Para que luego venga la gente a decir que ya está todo explorado o descubierto… ¿Cómo puede no dispararse el imaginario al proyectar nuestra condición de pequeños seres de oxígeno, en ese Universo que poco a poco vamos teniendo al alcance de la mano? Un universo radicalmente hostil a la vida que conocemos y que, sin embargo, es el que la crea, mediante un sinfín de mecanismos físicos y químicos.
A ese impulso del imaginario se le suma la inquietud por saber si, como especie brutal y belicosa que somos, capaz de las mayores atrocidades, seremos capaces, entre brutalidad y brutalidad, de sacar la cabeza, entre todos, por encima de las nubes.
Llegar al espacio es un esfuerzo civilizatorio muy grande y me resulta inevitable, ya que me considero miembro de una especie fundamentalmente curiosa, considerarlo como un objetivo. Un territorio que nos llama para que lo exploremos. Nos llama con voces poderosas. Este creo que es el origen primario de esta historia. Luego se suman otras cosas…
Nos podría desarrollar la importancia del valor de la colectividad en la novela
Por ejemplo: una de las cosas que se suman. Su importancia es enorme. Es una de las temáticas que siempre me han interesado como autor y dramaturgo. Creo que es una de las cuestiones centrales en la historia del ser humano. En la novela, Demian, el protagonista, se pregunta hasta qué punto es individual y hasta qué punto es colectivo.
Es un individualista convencido, criado en una familia tradicional, pero consciente de todo lo que le han dado la sociedad y la cultura humanas, y fascinado, por tanto, por ese componente social y por la enorme deuda que tenemos con él.
¿Es justo que el que «mejor lo haga», gane más que el que lo hace menos bien? Es un axioma del pensamiento occidental que nos resulta difícil de rebatir. Pero, como se pregunta otro personaje en la novela: ¿cómo es posible hablar de igualdad de oportunidades partiendo de familias y situaciones tan diferentes como las que hay hoy en día?
Pero, hipótesis: ¿y si casi todo lo hicieran ya las máquinas y la IA? ¿Y si tuviéramos mucho más tiempo libre para dedicarlo al placer y al desarrollo de los más necesitados, de los menos privilegiados, para reducir la desigualdad? ¿Para el sector servicios? ¿No es este un principio que también se está difundiendo hoy en la sociedad? ¿Tecno capitalismo liberal, con el incremento de la desigualdad y las enormes apropiaciones individuales de riqueza que está propiciando, posiblemente absurdas e injustas? ¿O un capitalismo de estado bienintencionado que vela, teóricamente, por todos? ¿Estados Unidos o China? ¿Hay alguna fusión posible…? Este es uno de los ejemplos de la cuestión colectiva en la novela. Cuya resolución, por supuesto queda abierta a la visión de cada uno.
Pero, en general, la cuestión del individuo frente al grupo (familia, tribu, clan, patria, estado, cultura, mercado…) aparece en todos los niveles del libro: personal, social, espiritual, técnico, político, geoestratégico… Sin embargo la novela intenta, negándose a ser distopía o utopía, plantear cuestiones y abrir preguntas, para que, como decía antes, cada lector busque sus respuestas.
El mundo que describes tiene reglas muy particulares y un trasfondo social y político complejo. ¿Hay un paralelismo con la sociedad actual?
Sí. O al menos he intentado una proyección verosímil de muchos elementos de la sociedad actual. Sin olvidar que es una novela de ficción especulativa, y se toma licencias, naturalmente, ya que para mí es imperativo que sea también una novela de acción, de aventuras, adictiva.
Pero ese trasfondo político que dibujo parte de una premisa: si la Sociedad de Naciones de 1920 surgió de la Primera Guerra Mundial y fue inoperante; si las Naciones Unidas (1945) nacen de la Segunda, y muestran una dificultad –por no decir incapacidad– para detener los conflictos armados, posibilitando futuros muy preocupantes… ¿Hará falta un tercer conflicto mundial a gran escala para que la unión en materia de ciudadanía, educación, derechos, justicia, bienestar etc. avance?
Tras una Guerra Global (2051-58) que sucede a un período de crisis generalizada (los años oscuros, 2044-2051) las naciones, exhaustas y destruidas, han dado paso a un gobierno democrático unido para todo el planeta: las Nuevas Naciones Unidas (2060) –rebautizadas como United World en 2064. Un solo gobierno para cinco distritos continentales y 29 distritos territoriales. Los nombres de las antiguas naciones ya no se utilizan. Tras cuarenta años de bonanza, reconstrucción y mestizaje, en 2112, año inicial de la novela, el equilibrio político y el desarrollo comienzan a mostrar signos de una nueva crisis preocupante… ¿Esto no nos suena familiar?
Aunque en muchos sentidos la sociedad que dibujo es más avanzada que la actual, los conflictos y las referencias son las nuestras: la política, la corrupción, la educación, la discriminación, las crisis, la manipulación genética, la desinformación, la IA… todos son temas que, aunque muestran diferencias con los actuales, se mantienen. En el fondo los uso para hablar de nuestros propios conflictos, hoy.
Tu novela mezcla ciencia, formación militar y misterio. ¿Cómo se enlaza esto con tu visión del futuro y los desafíos a los que se enfrenta la humanidad?
De una forma muy intensa y cercana. La exploración espacial siempre ha sido un híbrido entre ciencia y tecnología militar. El impulso industrial que la está haciendo posible, hoy, sigue bebiendo de esas dos fuentes. En 2112 esto sigue siendo así. Sin embargo, el salto tecnológico que describe la novela, acelerado por la Gran Guerra Global, nos sitúa en otro escenario: estamos empezando a colonizar el Sistema Solar, en busca de las materias primas críticas de las que hoy ya se habla tanto.
El impulso que da origen a la ciencia es la curiosidad (y la necesidad). El que origina los ejércitos es el miedo (y el deseo de territorio/poder). Ambos son impulsos humanos, necesarios. En la novela la sociedad que dibujo aún está buscando el equilibrio entre ambos. Y en mi visión, los equilibrios son justamente eso: equilibrios. Los extremos que hacen necesaria su búsqueda siguen actuando, y es esto lo que da lugar a la trama: el misterio que surge al descubrir, por casualidad, una serie sucesos incomprensibles que parecen envolver a varios altos directivos del ministerio de defensa. Ya que la Estación Copérnico, donde estudian nuestros protagonistas es mixta: científica y militar.
¿Consideras que la presión moldea a las personas y a sus sueños?
Sí, por supuesto. Como dramaturgo, o como escritor en general, tengo muy presente un axioma de la escritura dramática: todo en la vida del ser humano es conflicto. Desde el acto de nacer al de morir. El aprendizaje, los límites sociales, los personales, los condicionantes, las dudas, las inseguridades, los deseos, el amor, el poder… Toda nuestra experiencia se basa en la superación de los conflictos. De hecho, la personalidad misma es considerada por la psicología actual como el conjunto de sistemas de reacción generados a partir de los conflictos que cada uno ha experimentado, durante su infancia, teniendo en cuenta sus circunstancias individuales y sociales. Esto resulta bastante evidente. Otra cosa es apostar por un tipo de educación que intente proteger al individuo de esos conflictos o apostar por una educación más libre que deje que el niño o el joven se enfrenten con mayor autonomía a ellos.
Esta duda también aparece de fondo en la novela. En la (relativamente) evolucionada sociedad de 2112, los recursos dedicados a la educación, a nivel mundial, son los mayores que jamás se han dedicado. El mundo es consciente (o al menos lo parece) de que la educación es lo más importante que existe para el futuro de la sociedad. Aun así, las diferencias y desigualdades no han sido eliminadas, e incluso están volviendo a aumentar…
El protagonista, Demian, se debate también entre ese culto a la autosuperación individual como medida de su propio valor, o una visión más social de la propia importancia personal… de nuevo la colectividad.
Tienes un currículum muy polifacético: medicina, guion, teatro, cine… ¿Cómo ha sido tu experiencia como escritor?
Desde la adolescencia dudaba entre letras o ciencias. Desde siempre me ha gustado escribir, y preguntarme por qué las cosas son como son. O por qué, algunas de ellas, las hacemos que sean como son. Supongo que esto es lógico, porque leer fue, desde siempre, una actividad vital fundamental en mis recuerdos. Leía muchísimo. Siempre he querido escribir, y siempre lo he hecho.
En mi etapa de estudiante escribía relatos, poemas, reflexiones. Durante los treinta años dedicado al teatro escribía para las tablas, y no me fue mal. Desde el 2008 al 2019 nos metimos también en cine: cortos, documentales, en los que escribía guiones, producía, realizaba el montaje y dirigía la postproducción. Todo eso me enseñó mucho. Una de las palabras más importantes que aprendí fue «síntesis». También «diálogo» Y, por supuesto, la palabra «equipo».
Desde que decidí dedicarme un poco más en serio a la narrativa, he descubierto que la síntesis sigue siendo algo maravilloso y necesario, caiga quien caiga. Y que siempre puedes ir un poco más allá en ella. La estructuración inherente a la dramaturgia clásica, aristotélica, también viene muy bien. El diálogo me ayuda mucho y me gusta usarlo en las novelas y los relatos. Supongo que también me ha venido bien practicar, y ver como otros practicaban, con el desarrollo de personajes.
Lo del trabajo en equipo es otra historia. En el teatro o el cine es fundamental comprender que tu creación es solo una parte del proceso. Cuanto mejor lo hagas, seguramente tendrá más probabilidad de adquirir más peso, en el espectáculo final. También se comparten más las responsabilidades, para lo bueno y para lo malo. Pero en la narrativa estás más solo. Echo de menos ese feedback rápido que obtenías escribiendo teatro, de los actores y el resto del equipo. Aunque en cambio, ganas en libertad, lo que tampoco me disgusta. También me había acostumbrado, en el mundo del teatro y del cine, al calendario. Escribir para fechas concretas te obligaba. Ahora estoy enfocado en conseguir una dinámica de trabajo narrativo constante, que no dependa de condicionantes externos. Un nuevo aprendizaje. Pero escribir, creo, siempre es un aprendizaje.
Fuente: Bibiana Ripol Comunicación





