Un número redondo, exacto y universal. Diez preguntas a un joven escritor, nacido en Madrid en 2001, sobre su primera novela, El ruiseñor y los tontos (Valencia, Karima Editora, 2022). Un adjetivo: “inquisitorial”. Me parece adecuado tanto por el procedimiento como por la institución a la que recuerda, de la que la novela no hubiera escapado (y tal vez no escape).
1.- ¿Por qué has escrito este libro?
Abandoné la carrera de Filosofía a finales del año 2021. Lo hice en el tercer curso por una incomodidad general que me estaba quitando la identidad, transformándome en otra cosa. ¿En qué? No lo sé. Posiblemente en un sapo de pueblo gallego, de estos que salen en las noches húmedas, con muy mal genio, y están cargados de veneno. Sin ofender a los sapos, yo quería ser otra cosa. O, por lo menos, deshacerme poco a poco del veneno que me estaba llenando de complejos, angustias y frío.
Después de dos semanas sin coger el metro, con la consiguiente purga que eso genera en el alma de cualquiera, empecé a despertarme un poco, y luego un poco más. Así encendí el ordenador y empecé a repasar unos cuantos cuentos que había escrito a lo largo de los últimos años. Quería escribir, no corregirme, pero las palabras no me salían, la imaginación estaba un poco apagada y el sapo cabrón aún croaba a la manera de los trabajos universitarios: académicos, sin brillo, sin gracia, predeterminados… En definitiva: wikipédicos.
Entonces me propuse escribir algo que siempre había rechazado, a pesar de encontrar ejemplos tan maravillosos de este género en las obras de, por ejemplo, Kafka o Ana Frank: un diario. Los diarios, con excepciones como las ya mencionadas, siempre me habían parecido una cosa muy cursi. Pero mi médica del alma (psicóloga, dice ella en griego vulgar), me lo recomendó, y yo hice caso. Empecé a escribir, y fui agresivo con el folio en blanco. No sabía por dónde empezar. ¿Por la fecha, tal vez? ¡Eso es muy triste! Y se me encendió una bombillita…
Yo tengo un gran amigo llamado Amaury, al que cariñosamente apodamos Mauro, entre otras cosas. Decidí imaginarle al lado para que se me hiciera más fácil expresarme. Tenía a alguien a quien hablar; ya no era un diario. Ahora era una conversación de uno con una figura abstracta: un soliloquio para gente a la que le da miedo la soledad.
Evidentemente, como pueden imaginarse, el proyecto se torció pronto. Quien hablaba a Mauro ya no era yo, y Mauro, por supuesto, no era Amaury. Borré todo el pseudodiario. Volví a empezar. Ya tenía historia. Tenía excusa. La imaginación revivió. Ya maté al sapo.
2.- ¿Has pensado lo que ibas a escribir antes de hacerlo?
«Sentarse a escribir es no saber qué se va a escribir». Mi padre siempre me ha dicho eso, y yo lo he tomado como una regla cuasidivina. Nada de pizarritas con la trama (ese rollo de novelista funcionario, programador de historias, a mí no me va), nada de precaracterizaciones de los personajes que van a aparecer, nada de tener claros los acontecimientos de este capítulo y del siguiente y del siguiente… No, por supuesto que no pensaba lo que iba a escribir antes de hacerlo. Así uno no se puede sorprender a sí mismo. Y yo soy muy vanidoso. Además, al ser el narrador un hombre que vive tanto el día y tan al día, no tenía sentido adelantarme a sus vivencias. De hecho, en algunos de sus arrebatos de locura —de locura poética—, la improvisación llegaba al límite de no saber qué escribía mientras lo escribía (o mientras él, el narrador, me dictaba, como una especie de demonio torpón). Lo único que sabía mientras escribía es que me tenía que poner en la piel de un hombre desconsolado, inestable y desesperado. Lo único que sabía es que era la historia de un proceso mental, un trastorno extrañamente naturalizado de un hombre que, en realidad, podría ser cualquiera.
3.-¿Contra qué o contra quién has escrito este libro?
He escrito el libro de un hombre que está en contra de todo, aunque yo no lo haya creado en contra de nadie. Pero es innegable, eso sí: la bilis es torrencial. Pareciera, incluso, que el sapo sigue vivo, que no he tenido valor para matarlo y se lo he pasado al narrador. ¿Esto es cierto? Bueno, no. Mi sapo era cargante, pero el del narrador es asesino.
Tampoco lo voy a negar, claro que no: en la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense uno puede hacer muchos estudios de campo, recoger información muy variada acerca de la ideología que impera por allí, en ocasiones algo agresiva. Esta ideología la tenía yo muy fresca, así como las experiencias que la acompañaban y, sobre todo, ciertas cuestiones como el problema de la identidad, hoy casi un dogma. Lo aproveché. ¡Por supuesto que lo aproveché! Creé un personaje reactivo, confabulador o, como poco, completamente ajeno a esas ideas. Le adjudiqué ciertas tendencias políticas que, acompañadas de su violencia y malestar intrínsecos, hacían de él un hombre condenable desde un determinado prisma ideológico. ¿Acaso esto no da juego? Muchísimo.
Llegados a este punto, tengo que hacer una advertencia: no se puede confundir al narrador con el autor. No se puede confundir el sujeto del enunciado con el sujeto de la enunciación.
Ha habido preguntas por parte de amigos, amigos que se han asustado un poquito, del tipo «pero tú no eres el narrador, ¿no?». No, de verdad. Podéis estar tranquilos. Yo no soy el narrador… Aunque sí es cierto que una pregunta de una amiga me intranquilizó, pues no supe responder: «¿Y cómo puede ser que lo calques tan bien si tú no sabes fingir?».
4.-¿Gracias a qué o en homenaje a quién has escrito este libro?
Es un libro que no puede llevar dedicatoria. Si la llevase, sería a alguien que no me cayese bien. Sin embargo, creo que sí que hay un homenaje muy claro a algo que está presente desde el principio y que, sobre todo, se deja ver al final: la infancia. O, mejor aún, la muerte de la infancia.
Me lo han dicho ya dos personas que han leído la novela en dos ocasiones. La primera vez, la sensación era de oscuridad, de malestar, de asco hacia el narrador, de profunda aversión hacia sus actitudes, actos y pensamientos. Durante la segunda lectura, y sobre todo al acabarla, la sensación era radicalmente distinta. Sentían pena por el narrador, una lástima que casi padecían como propia, e, incluso, le justificaban algunas de sus peores faltas. ¿Y por qué este cambio? Creo que es porque, a pesar de que estas dos personas no lo dijeran así, desarrollaron una tolerancia respecto al narrador que se practica únicamente y de manera universal con unos seres muy extraños que gritan, se tiran pedos en público y piensan raro: los niños.
El narrador no puede dejar de ser un niño, aunque tenga treinta años. En realidad, no hay maldad en él. Solamente hay soledad, desesperación e incomprensión hacia ciertas manías que tienen los adultos, como trabajar. No comprende por qué tiene que hacerlo. No comprende por qué la gente piensa así o piensa asá. Ni siquiera parece que acabe de comprender por qué le sale barba. No comprende por qué tiene que llorar por la muerte de alguien cercano, porque no sabe muy bien lo que es la muerte. No comprende por qué tiene deseo sexual si ni siquiera entiende el erotismo (todas las escenas sexuales de la novela carecen de cualquier tipo de impulso erótico). Y no comprende por qué la gente se identifica tanto, porque ¿acaso los niños tienen necesidad de eso? Sin embargo, no es infantil ni ignorante. Es un hombre adulto y válido intelectualmente que actúa como un niño que no se deja enseñar. Esto genera un sentimiento extraño en el espectador, un sentimiento muy cercano a la lástima y a la pena, y nunca al asco ni al miedo. ¿Por qué? Al final se sabe. Al final él mismo se confiesa. Por eso la segunda lectura es radicalmente distinta. Por eso la infancia tiene tanto peso en la novela y, aunque de manera extraña, se la homenajea.
5.-¿Has sentido algún tipo de temor por las repercusiones que pudiera tener el libro?
No, no he sentido ningún temor. La posibilidad de que la novela explote es más bien pequeña. Aun así, por poder, todo puede ser. Claro que me he planteado un escenario en el que se haya vendido mucho. Por soñar, que no sea. También me he planteado qué reacción puede haber ante determinados pasajes de la novela. Hay partes que, desde luego, serían censuradas por el aparato burocrático-administrativo actual. Pero es ficción, ¿no? ¡Sí! Claro que es ficción. ¿Y? Cuando la ficción trata temas peliagudos que están a la orden del día y, además, puede haber sectores políticos que se unan a las opiniones del narrador o, al contrario, las repudien y denuncien, la polémica y el debate están servidos, haya o no haya ficción.
Evidentemente, no es por la dureza de la novela por lo que sería atacada (al lado del Marqués de Sade o de algunos cuentos de Bukowski, El ruiseñor y los tontos es un picnic en El Retiro), sino que el motivo de los ataques estaría relacionado con las ideas que el narrador expresa, a veces de forma muy elíptica. Y aquí he de reconocer que sí me cohibí en brutalidad, pues pude haber sido mucho más explícito en según qué intransigencias del protagonista. Pero no me pasé, marqué un límite y creo que hice bien. Tampoco me censuré, eso jamás lo haría, y más tratándose de un personaje que nada tiene que ver conmigo. Simplemente, incidí más en otras cosas como la importancia de Mauro u otros acontecimientos de la novela. Aun así, a pesar de todo esto, creo que sí habría odios por parte de algunos y amores por parte de otros. Y no sé qué es peor. Pereza… eso me daría mucha pereza. Temor, ninguno.
6.-¿Desearías que alguien no leyera o hubiera leído ya el libro?
He de reconocer que, cuando mis abuelos empezaron a leer el libro, me intranquilicé un poco. Tampoco me haría mucha gracia que el cura que me dé la extremaunción lo leyera antes, no sea que se lo piense.
7.-¿Crees que en un futuro no muy lejano puedes escribir de otra manera, digamos que más luminosamente?
Desde luego. De hecho, yo tengo el alma de una princesa austríaca del siglo XIX. ¿Qué hay más luminoso que eso? Mis maneras y mis gustos son del todo elevados y me gustaría que al escribir, como poco, mi prosa fuera delicadísima, noble y dulce hasta la diabetes. Por desgracia, las circunstancias en el momento de escribir El ruiseñor y los tontos no acompañaban, y en vez de delicada, la prosa me salió tabernaria, en vez de noble, plebeya, y en vez de dulce, agria y estomagante. Es algo que atribuyo al narrador. ¡Es el narrador quien está escribiendo! La construcción del personaje, su bilis inagotable, su rencor y su circunstancia hacen que sea imposible escribir de otra manera. Tenía que adecuarme a la historia y, claro, por mucha ilusión que me hagan los palacios vieneses, la realidad y el escenario de la obra eran otros.
Pero hay algo de esa tendencia luminosa y aristócrata, aunque cargada de sombras, en algunos rincones de la novela. Por ejemplo, en el capítulo ocho, cuando el narrador, en un estado de delirio total, escribe un pasaje, a mi parecer, muy poético. O hacia el final, cuando, plagado de obsesiones, se encuentra consigo mismo en muchos sentidos. Ahí se deja ver el estilo que me gustaría practicar. Sin embargo, este estilo no es en absoluto cómodo para el lector; al ser una prosa que tiene mucho de poética, tiende a cansar más deprisa y a provocar la rendición con mayor facilidad. En una época como esta, tal vez no convenga pasarse de palaciego y sea más rentable escribir como se escribe en El Zapillo, como se escribe en Usera.
8.-¿Venderías tu alma al narrador si ello te permitiera vivir para siempre del cuento (o sea, de la literatura)?
Esta pregunta está muy relacionada con la anterior. Si vendiera mi alma al narrador, no podría escribir como verdaderamente quiero escribir. No podría escribir como Mario Miguel. Me vería abocado a una prosa de continuos vómitos, malos olores y tortazos por aquí y por allá, con efímeros remansos de paz en desiertos y en tabernas. Yo no quiero eso por mucho éxito que me pudiera dar. No podría tolerar que la expresión de esta obra se estirara como un chicle que, además, se va quedando sin sabor. No, jamás vendería mi alma al narrador, aunque ello me permitiera vivir para siempre de la escritura. Simplemente, adquirí el tono que tiene la novela y lo exploté lo mejor que pude. Y esa adquisición —y con adquisición me refiero única y exclusivamente al tono— sí que vino, en parte, de mis circunstancias. Ahora las circunstancias son otras y, aunque quisiera, no podría escribir una continuación ni una segunda parte de esta historia ni nada parecido. Tiene un principio, tiene un final. Y se acabó.
9.-¿Has conseguido entender lo que has escrito?
Poco a poco voy entendiendo. Dice Antonio Gamoneda que al poeta —o al escritor que no sea un programador de historias— le subyace una conciencia poética inconsciente, de la que sin embargo es consciente, si no en cuanto a sus contenidos, sí en cuanto a su latencia. De este modo, uno puede convertirse en intérprete de su propia obra. Pero la interpretación del autor no tiene por qué ser la mejor.
10.-¿Crees que el narrador de la novela es un buen tipo? ¿Tiene salvación?
El narrador de la novela es un tipo que me cae bien. No me oculto. Me cae bien. Y, en ocasiones, muy bien. No creo que fuese mi amigo, eso sí. Son cosas muy distintas. Lo respetaría desde la distancia. Eso es lo que hice durante el tiempo que dediqué a escribir la novela: respetarlo desde la distancia. En ningún momento me convertí en él ni hubo la más mínima intención por mi parte de que él hiciera de ventrílocuo de mis opiniones, pensamientos y traumas. Más bien era mi mano la que le servía a él para expresarse. Conviví con ese hombre innominado menos de cuatro meses. Tirado en la cama, mientras pensaba en la novela y su deriva, he querido mantener conversaciones con él, pero nunca se ha dejado. Él solo hablaba con Mauro. En parte por eso, remitiéndome a preguntas anteriores, era tan difícil prever —que no ya saber— lo que se iba a escribir, así como entender del todo la figura de Mauro, mucho más próxima al narrador que a mí. El narrador simplemente me poseyó por momentos y escribió por mí. Luego yo leía lo que había escrito y me gustaba. Ahora bien… Una cosa es que no me caiga mal y otra muy distinta que sea un buen tipo. No lo parece. Tampoco creo que sea un malvado, un malo de nacimiento e incurable. Sencillamente, es un tipo ajeno al bien y al mal; un tipo que conoce el bien y que conoce el mal, y que decide apartarse de uno y de otro. Se guía por instintos y, a la vez, por convicciones endebles que, en realidad, le dan igual. Esto no lo convierte en salvaje ni en ignorante. De hecho —no es una creencia sino una realidad (lo sé porque he pasado tiempo con él)—, es alguien dotado de inteligencia, capaz de diferenciar lo que hay que hacer de lo que no, alguien que sabe discurrir y lo hace. Luego hará lo que le dé la gana, pero sabe lo que hay que hacer y lo que no. Su problema, entendiendo «problema» desde una perspectiva sociológica, viene cuando se relaciona con el resto. Carece completamente de escrúpulos a la hora de engañar a unos y a otros y solo parece tener cierto respeto a la figura de Elvis, quizá el personaje más entrañable de la novela (si hablamos de “buenas” entrañas), junto con Alioune. Es un hombre egoísta y, en ocasiones, retorcido. Malo… no lo sé. Lo único que me importa, y mucho, es que se puede negociar con él. Por eso me cae bien. ¿Tiene salvación? Eso no lo decido yo. Eso lo deciden los lectores.
Miguel Ángel Hernández Saavedra





