“No es fácil trazar la imagen de la primera monarca a finales del siglo XI y comienzos del XII en los reinos de los territorios cristianos de la península ibérica. No es fácil siquiera establecer con exactitud un perfil personal de la reina Urraca, una biografía alejada de la estrategia militar y su participación directa en los campos de batalla o en negociaciones con reyes y abades de los reinos cristianos. Urraca I, reina de pleno derecho (que no reina consorte), fue una de las pocas mujeres que ejerció la plenitud del poder real. Fue la primera monarca titular del reino de León, territorio que abarcaba en ese momento Asturias, Galicia y el norte de Portugal, además del condado de Castilla. Fue también la primera con responsabilidades políticas en los reinos medievales de la península. Sin embargo, pese a su importancia histórica y a las batallas que libró y financió, hasta hace pocos años ha sido una reina desconocida…”
Esto que hemos leído es del retrato de “Urraca I”, incluido en Reinas infieles, último libro de Carmen Gallardo, publicado por Planeta y que desde el 28 de enero ya está en todas las librerías. En estas historias, la autora ofrece una mirada rigurosa y reveladora sobre doce reinas europeas que desafiaron las normas morales y políticas de su tiempo. Lejos de los estereotipos y juicios anacrónicos, Reinas infieles recupera la dimensión más íntima y humana de mujeres obligadas desde muy jóvenes a matrimonios de conveniencia, marcados en muchos casos por la humillación, la violencia o el abandono.
Carmen Gallardo es periodista, escritora y colaboradora editorial. Ha trabajado para numerosos medios: televisión, radio, agencias y revistas dedicadas a la mujer —como Dunia, Joyce, Yo Dona…—, en las secciones de Sociedad, Cultura, Viajes, Comunicación y Casas Reales. Como reportera ha podido viajar a los infiernos de los campos de refugiados y pisar los salones de la realeza. En 2011, coordinó el libro y la exposición Mujeres españolas. Es autora de la novela histórica La reina de las lavanderas (2012) sobre la reina Maria Vittoria dal Pozzo, mujer de Amadeo de Saboya; de la ficción Los fantasmas se cuelan sin forzar las cerraduras (2016), y del libro de divulgación El pequeño libro de las grandes mujeres (2019). También ha escrito sobre el papel de Sofía de Grecia en la monarquía española en La última reina (2021).
Por Reinas infieles, su último y recién publicado libro, estamos en la sede de Planeta en Madrid para entrevistar a Carmen Gallardo y que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Carmen, empiezas tu libro con Urraca I, la primera reina de pleno derecho y una de las pocas que ejerció la plenitud del poder real.
Efectivamente, Urraca I es la primera monarca de los reinos cristianos en ese momento en la Península. Y ha estado oculta hasta hace relativamente poco, hasta que catedráticos de las universidades gallegas han empezado a recuperar su figura. Se ha sabido de ella por los escritos de los monjes; y los escritos de los monjes estaban muy teñidos de la misoginia del momento; del momento y de los monjes, o sea, una doble misoginia, si quieres. Entonces me pareció muy interesante los estudios que están haciendo sobre el papel de la reina, cómo fue.
Y fue una gran reina. A ver, estamos en el siglo XI, o sea, es una reina batalladora, es una reina que defiende los territorios heredados, sus fronteras, que no duda en dormir en las carpas con el resto del ejército, ponerse una malla, tomar una espada y pelear contra el invasor o contra su propio marido, su segundo marido, que fue una de las cosas que tuvo que hacer, además de pelear contra los bulos que tacharon su reinado. Las crónicas, por ejemplo, dicen que murió de “parto adulterino”. Y claro, la reina murió un 8 de marzo, es de estas cosas del destino; murió de parto, cierto, porque ya rondaba los cuarenta, tenía algo más de cuarenta, y estamos en el siglo en el que estamos. Pero iba a tener un hijo con un hombre al que quería, o al menos no denostaba, y pasó quizá lo inevitable. Y ella lo sabía, y por eso fue al castillo de Saldaña, que le recordaba a su infancia, a vivir quizás sus últimos días.
Reinas infieles es un libro de divulgación histórica, pero que no excluye el entretenimiento, el que uno se lo pase bien. Para ello tu estilo es claro, muy trabajado, elegante.
Efectivamente, éstas son doce biografías, pero están contextualizadas. Es muy importante situarlas en el momento histórico y el contexto político, porque no entiendes si no por qué pasan las cosas.
Pero a mí me gusta también dar detalles de la Corte, porque eran cortes fastuosas. La corte de Catalina la Grande, cuando tiene un viaje a través de las estepas nevadas, desde San Petersburgo a Moscú en trineos. El trineo de Catalina era como un palacio, tenía hasta biblioteca y luego 184 trineos tras ella. Uno imagina esa plástica y es, bueno, muy seductora, muy maravillosa. O la corte de Viena. O la corte itinerante de la reina de Catalina de Médicis, que es donde tantas cosas aprende la reina Margot. Había de todo, llevaban hasta las plumas para los torneos, en ese viaje por todo el país para que conocieran al rey.
Todo eso, o cómo eran los trajes, o algunas de las tierras, también lo cuento porque me parece bonito. Pero eso no excluye que yo no hable, por ejemplo, de cuándo se conforma Bélgica como país, del genocidio de Leopoldo II en el Congo, porque me parece muy importante saber de qué país estamos hablando y qué historia tiene.
Hablábamos de la elegancia de tu estilo escribiendo y que no descuidas otros aspectos para el lector, como lo que acabas de comentar, las ceremonias rutilantes, los cortejos fastuosos, las bodas. Has mencionado a Catalina la Grande. Detengámonos ahí un momento y, sobre todo, en ese “trineo Romanov” que tú mencionas.
Ese trineo, cuando me encontré con esa imagen leyendo sobre Catalina, me parecía tan potente, sobre todo por comparación con el pueblo ruso. Porque es verdad que estamos en las épocas en las que estamos y la vida era como era, pero aun así, había pueblos y pueblos, y el pueblo ruso, la servidumbre, la miseria, todo eso, chocaba con una de las cortes más fastuosas que había en Europa, sin ninguna duda. De hecho, muchas de las tiaras o de las grandes joyas que todavía hoy vemos por ahí sobre alguna cabeza o algún cuello proceden de las cortes de los zares.
Y aquel trineo pasando, que iba soltando dádivas a miserables, a gente que no tenía nada, pero nada es nada. Y que era todo riqueza, todo suntuosidad, las estufas de porcelana, un vagón o no sé si llamarlo vagón exactamente, sí, tirado por los perros, pero un vagón con su biblioteca, porque es verdad que Catalina era una mujer ilustrada. Pues todo eso es una imagen que yo creo que es potentísima.
¿Qué tienen en común estas doce historias?
Tienen en común que, excepto Paola [de Bélgica], que se casa voluntariamente, son matrimonios pactados; unos son más desgraciados que otros, pero en cualquier caso matrimonios en los que ellas no tenían nada que decir, eran el peón que se movía según los intereses nacionales o internacionales. Tiene en común eso y que todas son criticadas, o sea, que se critica a sus maridos, se critican ciertas políticas a través de la moral de la reina.
Reinas que tenían muy difícil la infidelidad, porque, de hecho, vivían en cortes rodeadas de mujeres que eran prácticamente sus carceleras. Pero aun así, bueno, hubo unas cuantas. No las monarcas, evidentemente; no Catalina, que eligió a sus amantes con absoluta libertad, no los ocultó y los defendió; Catalina fue la que actuó como actuaban los monarcas, exactamente igual, “éste me interesa, estratégica o pasionalmente”, “cojo, dejo”. Pero, fíjate, actuando así ha pasado a la Historia como la Grande, esto es indiscutible, pero queda un poco tapado la gran estadista que fue; con todas las luces y las sombras, porque estamos en el momento histórico que estamos; ha quedado tapado por sus amantes, es decir, ella no se separa de la coletilla de los amantes. ¿Nos pasa esto con Luis XV?
Es algo que yo te quería preguntar, por el doble rasero con que se juzga a las reinas y se juzga a los reyes.
Así ha sido históricamente. De hecho, ser amante del rey tenía un papel social importante. Tu familia cambiaba de estatus, aumentaban tus bienes… La Madame Pompadour paseaba por la corte de Versalles con más naturalidad que la propia esposa del rey. Y esto no estaba en absoluto mal visto.
Toda la historia está llena de bastardos reales. La reina tenía un papel casi virginal, porque ella concebía al heredero. Y no podía haber dudas de quién era la semilla para gestar ese heredero. Y esto ha sido uno de los motivos fundamentales para ese caparazón que rodeaba a la reina. Cierto que los hijos ilegítimos, si son aceptados por el padre, no tendría por qué haber ninguna duda acerca de su legitimidad dinástica. Francisco de Asís, cada vez que Isabel II paría un hijo, que evidentemente no era suyo, él lo presentaba a la corte en bandeja de plata, como era habitual; eso sí, por detrás decía “y ahora quiero no sé qué, no sé qué más”. Pero nadie ha dudado de la legitimidad dinástica de Alfonso XII. Cierto que la monarca era ella, pero aun así, mmm, ¿por qué? Porque el padre aceptaba a sus hijos.
Pero esto vale en unas historias. Vale en Isabel II. Pero no vale en Juana de Avís, por ejemplo.
Precisamente, Carmen, quería que nos detuviéramos en Isabel II, “la de los Tristes Destinos”, porque menuda leyenda trae, con todo esto que hemos hablado del doble rasero…
Mi concepción sobre esta reina es de una tremenda injusticia, porque es verdad que no fue un buen reinado. Es verdad que el país estaba en unas condiciones lamentables y no sólo por ella, más bien por su madre, que fue la gran ladrona de este país, junto con su segundo marido y la camarilla que participaba en todos los negocios que se abrían en España. Y ella hereda un reino en las condiciones en las que lo hereda. Pero además no está preparada. Y la utilizan todos, la utilizan los políticos, y ella no deja de ser una niña a la que le quitan las muñecas y la sientan a presidir el Consejo de Ministros, y quien se acercaba a ella entendía que podía manejar su voluntad.
Sin embargo, la conocemos como la reina ninfómana. Esos dibujos de supuestamente de los hermanos Bécquer, que no está tan claro que sea de los hermanos Bécquer, son muy duros y la dejan en un lugar demasiado humillante. Por eso a mí me ha gustado rescatar la imagen [de Isabel II] de Benito Pérez Galdós, que además de un gran escritor, es un hombre sensible, y supo leer muy bien qué había detrás y acercarse al ser humano.
Aparte de estas doce reinas, también son muy interesantes aquellos personajes que “no” son protagonistas, pero tienen una presencia innegable: Pedro III de Rusia, el general Prim…
Sí, el general Prim creo que es una. Siempre que puedo la defiendo porque me parece que fue el hombre que intentó sacar a este país de las tinieblas. Y el general Prim prácticamente es un desconocido, excepto en Reus. ¿Dónde está? Ni siquiera en las tumbas de los Hombres Ilustres que tenemos en Madrid está el general Prim, que lo llevaron para allá. Es un gran desconocido que creo que deberíamos conocer y hacerle justicia, desde luego, al general Prim.
Y sobre Pedro III, que comentabas…
Sobre todo, Carmen, lo que me interesaba señalar es lo bien que has retratado a esos personajes secundarios. En cada una de las historias, te has centrado en la reina, evidentemente, pero has sabido acolcharla con esas personas que la rodeaban y eso da mucha riqueza a lo que estás contando.
Era un poco lo que te decía, que no son biografías sin más. El contexto, en mi opinión, es fundamental para entender las cosas. A Isabel II no la entiendes sola como Isabel II, si tú no sabes de quién estaba rodeada, cuáles son los antecedentes, si no sabes qué fue la Gloriosa [la Revolución de 1868]. Solamente la entiendes si vas conociendo los antecedentes, esa madre que se va, que deja a dos niñas perdidas en el Palacio Real, que intenta su secuestro, es decir, de qué estamos hablando. Y además tiene la mala suerte esta reina de ser contemporánea de la reina Victoria [de Inglaterra], que es una mujer educada, a la que su madre educa para reinar…
Es importante conocer el perfil del marido de Catalina, porque a lo mejor, con otro perfil psicológico, Catalina no hace realidad todas sus ambiciones… Y así un poco todos los demás. Por ejemplo, las guerras de religión que envuelven el periodo de Margarita de Valois. Su boda se gesta por la guerra entre católicos y hugonotes. Y ese mundo tan duro, de las guerras de religión, creo que es muy importante que lo conozcamos y aprendamos. A mí me gusta en un libro, cuando lo leo, aprender cosas. Yo he aprendido mucho escribiendo éste y me gustaría que los lectores y las lectoras también aprendieran [en él].
No quiero dejar de preguntarte por otra cuestión: la endogamia en los círculos reales.
Fíjate, yo me puse a hacer el árbol de Isabel y me producía angustia los Borbones. Todo el rato era “Borbón, Borbón, Borbón” [Carmen hace gestos divertidos, al decir esto]. Pero no sólo es insano, que lo es, evidentemente. Era moverse en un círculo absolutamente cerrado. Por eso todos se llaman primos ahora, claro, porque efectivamente son primos… Esto empieza a partir de un momento. Y, desde luego con los Borbones, y la Ley Sálica de los Borbones [que prohibía que una mujer heredara el trono de Francia y más aún que pudiera transmitir sus derechos al trono a sus descendientes varones], obliga mucho a esa endogamia.
Y no ha pasado tanto. Ahí está la última de mis reinas [Paola], porque me parecía que era una historia bonita y una manera bonita de ver el final. Porque, a partir de ahí, los matrimonios reales empiezan a ser distintos. Claro, son endogámicos porque, por ejemplo, María de Sajonia [la penúltima de las reinas de Carmen], que es nieta de la reina Victoria y no nos olvidemos que los Windsor son alemanes, doblemente alemanes, son Hannover y son Sajonia-Coburgo y Gotha, se casa con otro alemán que es de otra dinastía alemana. Es evidente que cuando tú solo te puedes casar con personas de otra dinastía, eso se entremezcla obligatoriamente. No puedes respirar… Y, como te digo, unos más que otros.
Terminas con Paola de Bélgica, que no quería ser reina, pero se convirtió en la reina formal, tras la muerte de Balduino.
Esta historia tiene como dos caras. La primera cara, la de la pareja: esa luminosa que rellena páginas de las revistas, en aquella época tan bonita de los 50, en la que la vida es bella, en la Costa Azul, y con esos vestidos… Esa es una parte. Y luego está la realidad. Que la encerraba en la corte belga, que era una corte más monasterio que otra cosa, porque, claro, es que Balduino quiso ser monje y Fabiola quiso ser monja. Tú ves las dos imágenes; la reina Fabiola con la rebequina, las perlas; y ves a Paola, hermosa, destellante, con esos moños italianos de esa época. Y claro, ves dos mundos antagónicos. Pero cuando muere, ella sí reconoce algo que luego los demás hemos conocido muchos años después, que es la infidelidad de su marido, no una infidelidad pasajera, sino que mantenía una relación con otra señora y que tuvieron una hija. En fin.
¿Y cuál era el papel que le daban a ella? Encerrarse en la corte monacal de Bruselas. Y [por eso] decidió que había que vivir la vida. Le permitieron un rato hacerlo, pero no más. Cuando quisieron divorciarse, les pusieron tales condiciones, tan duras, sobre todo de renuncia a sus hijos, que aceptó el destino. Y a partir de un momento, cuando su marido accede al trono, Paola se transforma. Pero, fíjate, hasta físicamente, Paola es de las reinas, con lo hermosísima que era, que no se ha hecho nada para disimular la edad, y aceptó el destino. Debieron hacer un pacto -esto es una elucubración, sin duda-, un pacto con su marido de cara a la vejez: vamos a ser dos abuelitos entrañables que nos toca terminar este camino unidos.
Carlos Castrosín
Carmen Gallardo
Editorial Planeta, 464 pp., 20,90 €
Carmen Gallardo recopila de manera magistral la cara más desconocida de doce reinas que se arriesgaron a vivir contra juicios y expectativas.
Las casaron siendo apenas adolescentes con príncipes homosexuales, crueles, locos o débiles. Bajo el terciopelo y las sedas de suntuosos vestidos se ha escondido mucho dolor, ultraje y humillación; aun así, cumplieron con el «deber»: dar un heredero a la Corona. Pero no con el de guardar fidelidad eterna. Y pagaron por ello.
A lo largo de los siglos, amor y sexo no siempre han ido de la mano en las casas reales. Mientras que los reyes paseaban junto a sus favoritas por la corte, las reinas eran moneda de cambio para facilitar los intereses regios. Algunas se resignaron a convivir con las infidelidades del rey; otras, se resistieron. Reinas infieles se centra en estas últimas y nos presenta, con solvencia, el retrato más íntimo de doce mujeres que transgredieron los límites de la moral de la época y reivindicaron su derecho al deseo o a la venganza.
Urraca I de León, Margarita de Valois, María de Sajonia-Coburgo y Gotha, Isabel II de España, Catalina la Grande o la dolce Paola son algunas de las reinas que desfilan por estas páginas, despojadas de juicios y valoraciones anacrónicas, con la corona bien alta.







