“Algo viscoso, junto al sumidero, roza mi pie descalzo. No puedo verlo, pero lo siento.
Algunos niños tienen pesadillas sobre cosas que se deslizan en las sombras. Monstruos. Yo no fui uno de esos niños; de otra manera, me estaría volviendo loco aquí abajo. El truco para mantener la cordura está en no mirar lo que ves, en no obsesionarte con los pequeños detalles — el silbido de la caldera en alguna parte de los pisos superiores, los ruidos detrás de la puerta, el goteo de la tubería de plomo que recorre el techo— y en no adelantar acontecimientos; obligarte a pensar en lo que va a suceder antes de que suceda es la tortura preferida de todo carcelero.»
Estas frases son de la novela Las buenas intenciones de Víctor del Árbol, publicada por Destino y que desde el 21 de enero ya está en todas las librerías, en donde crimen organizado, especulación inmobiliaria, criptomonedas, secretos de Estado e Iglesia se mezclan. En donde ningún corrupto acepta que lo es. Todos tienen sus buenas intenciones y están convencidos de ellas. Las buenas intenciones es el cierre de las novelas del sicario, en el que Clara Fité toma el relevo del inspector Julián Leal de Nadie en esta tierra y de Soria, el aún policía en El tiempo de las fieras.
Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) es escritor. Suyas son las novelas El peso de los muertos (Premio Tiflos de Novela 2006), La tristeza del samurái (Prix Le Point du polar européen 2012), Respirar por la herida (finalista en el Festival de Beaune 2014 a la mejor novela extranjera), Un millón de gotas (ganadora en 2015 del Grand Prix de Littérature Policière y uno de los libros más destacados de 2021 en Estados Unidos según Publishers Weekly), La víspera de casi todo (Premio Nadal de Novela 2016), Por encima de la lluvia (2017), Antes de los años terribles (2019) y El hijo del padre (2021). Nadie en esta tierra (2023) y El tiempo de las fieras (2024) integran, junto con la nueva entrega Las buenas intenciones (2026), la «Trilogía del sicario sin nombre». Por esta última y recién publicada novela, nos hemos acercado a la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías de Madrid (antigua Casa de Fieras de El Retiro) y en su Salón de Actos hemos entrevistado a Víctor del Árbol, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Víctor, para un lector que ya haya leído las dos primeras novelas de la “Trilogía del sicario sin nombre”, ¿qué puede esperar de “Las buenas intenciones”?
Puede esperar, yo creo, el final aplazado de un círculo de vidas que han cambiado completamente desde el principio. Es decir, no hay ni un personaje de los que empezaron en Nadie en esta tierra que llegue a Las buenas intenciones siendo el que era cuando partió. Y lo que creo que todo el mundo estaba esperando, de alguna manera, es el final del sicario, que es un poco el personaje que vehicula todas las historias, porque es el personaje que tiene más capas. Y las últimas capas que quedan de él, por conocer de él, están en Las buenas intenciones. Y es su final… Y es un final realmente apoteósico.
¿Y qué puede esperar un lector nuevo, que no sepa nada de la “Trilogía”? ¿Puede leer de manera independiente esta novela?
Perfectamente, porque yo tenía muy claro que cada novela responde a un momento y a una situación concreta en la vida de esos personajes. Tú puedes llegar a la vida del sicario, a la vida de Virginia, a la vida de Clara Fité, sin conocer nada de su pasado, porque nos centramos en lo que ocurre en el presente. Ahora, ¿qué ocurre? Yo tengo la esperanza, y la pretensión, de que, y creo que va a pasar, la gente cuando lea Las buenas intenciones va a querer saber de dónde vienen esos personajes; de dónde vienen en su periplo vital; me refiero no sólo en lo anecdótico, sino cómo el sicario ha llegado a pensar de esa manera, por qué Clara Fité tiene esa relación tan extraña con él, por qué Virginia ha hecho esa transformación tan brutal de ser una persona idealista, utópica, a convertirse en una materialista absoluta… Bueno, pues todas esas cicatrices personales, claro, vienen del pasado, y yo espero y confío en que la gente va a querer conocerlo.
¿Quizá haya sido esto lo más difícil, que “Las buenas intenciones” se pudiera leer por sí misma y, a la vez, estuviera integrada en el conjunto?
Pues mira, técnicamente, te tengo que decir que sí. Porque yo tenía que tener presente dos cosas: por un lado, al lector que ya conoce ese universo, con lo cual volver a ser recurrente contando cosas, o haciendo referencias a cosas que el lector ya conoce, me parecía injusto, sinceramente. Pero al mismo tiempo tenía que tener presente que Las buenas intenciones es una novela que la va a leer mucha gente sin referencias; entonces tenía que contextualizar lo suficiente. Y he hecho una cosa que creo que funciona muy bien que es referirme a los títulos de las novelas, lo que pasó en Nadie en esta tierra, lo que pasó en El tiempo de las fieras y… allá tú si quieres saber qué es lo que pasó.
La trama, tan importante en los thrillers, se nota muy trabajada. Funciona como una pieza de relojería.
Sí. Pero, Carlos, fíjate en una cosa. Yo creo que, en mi caso por lo menos, la trama es secundaria; es decir, la trama es la estructura necesaria para que esos personajes puedan desarrollar sus vivencias vitales. Pero a mí me interesa más cómo son ellos. Yo les propongo unas situaciones imposibles, los pongo en unas situaciones imposibles, sobre todo al sicario, porque a mí lo que me interesa sobre todo es ver, a través de esa circunstancia, su interior, bajar cada vez más al fondo del personaje.
Entonces, la trama es importante en el sentido de que es el McGuffin, ese recurso cinematográfico que tiene que enganchar al lector y tiene que ser coherente; eso está muy trabajado, a mí eso técnicamente no me resulta complicado, porque las novelas las pienso mucho, yo soy una persona muy fría cuando como demiurgo, cuando calculo a dónde tiene que ir cada cosa. Lo que a mí me ha parecido mucho más complejo es ahondar todavía más en personajes que ya venían de un conocimiento previo que yo ya había hecho. Buscar todavía una capa más, eso ha sido lo que más me ha costado.
Sorprende, por lo menos a mí me ha sorprendido, que “Las buenas intenciones” sea un thriller muy literario. Lo digo porque, en comparación con tanto título de andar por casa actual, que son guiones prácticamente, en tu libro los diálogos ocupan su lugar, no se comen la novela. Tú empleas tiempo en desarrollar, explicas en párrafos…
Yo tengo muy claro que soy escritor y tengo muy claro que uno empieza siendo novelista, creando estructuras narrativas, pero luego quiere dar ese salto adelante que es exprimir el lenguaje y jugar con los recursos técnicos y narrativos de la literatura.
La literatura se compone de muchas capas, se compone de simbolismo, se compone de prosodia, de ritmo, de estética. Y todos esos recursos enriquecen o, si lo sabes usar, deberían enriquecer una historia. Yo tengo muy claro que, cuando leemos un libro, no estamos viendo una serie de televisión. Estamos buscando, o yo como lector estoy buscando, otras cosas. Estoy buscando pausa, estoy buscando reflexión, estoy buscando elegancia, estoy buscando equilibrio. Equilibrar al novelista con el escritor es un trabajo que sólo se puede conseguir cuando uno piensa como escritor.
Esto ya lo decía Schopenhauer, que escribió un ensayo pequeñito, maravilloso, que se llama El arte de escribir, en donde decía que la diferencia entre los buenos y los malos escritores está muy clara, los primeros piensan antes de escribir y los segundos simplemente, se dedican a lo anecdótico.
Y claro, el pensar en qué escribir es pensar en literatura, es pensar en dos cuestiones fundamentales para mí: por qué quiero escribir esta historia y para qué quiero escribirla; cuál es la motivación y cuál es la finalidad. Y eso tiene que venir acompañado de una cantidad de recursos literarios que en el mundo visual no existen.
“Traza un plan y elige el momento para ejecutarlo. Aunque no es sencillo sin referencias. Aquí no hay ventanas, así que no tengo modo de saber si es de día o de noche, y eso hace que el tiempo se dilate hasta deformarse. La oscuridad hace también que el espacio desaparezca; sin tiempo y sin espacio se tiene la sensación de flotar en la nada. Como si no existieras. La única medida de la realidad es el cubo que tengo para cagar. Ese cubo es mi reloj de arena: lo vacían a intervalos regulares, da igual si rebosa o flotan dos dedos de porquería. Solo en esos breves intervalos se enciende una bombilla, la puerta se abre, entra alguien, se lleva el cubo, la puerta se cierra, la bombilla se apaga. A los pocos minutos lo devuelven vacío, sin limpiarlo. Junto a la puerta. Siempre lo dejan junto a la puerta.
Me tienen miedo.”
Hablábamos de la trama, Víctor. Lo siguiente que yo tenía preparado era que hablásemos del argumento, pero ya has comentado tú antes que el argumento es único, algo que se va contando a lo largo de las tres novelas… No obstante, ¿cada libro ha salido como tenías planeado o lo has escrito según había quedado el anterior?
No, no…, porque esto no funcionaría. El arco narrativo evolutivo del personaje tiene que ser coherente. A ti te pueden pasar una serie de cosas que tuercen tu camino, pero tiene que ser coherente. La causa y el efecto. Eso se tiene que pensar antes.
Lo que sí te puedo decir es que yo no tenía exactamente claro cuál iba a ser, en cada caso, digamos, la anécdota. En el caso de Nadie en esta tierra, es el tráfico de personas, de menores. En el caso de El tiempo de las fieras, son las cazas de personas en Sarajevo. Y, en este caso, es la corrupción urbanística a través del escándalo ambrosiano. Yo tenía muy claro que tenía que buscar elementos de la realidad para luego ficcionarlos. Y también tenía muy claro cómo los personajes tenían que evolucionar, de dónde partían y a dónde llegaban.
En realidad, las tres novelas son un juego de máscaras. Es decir, cómo nos vamos quitando las máscaras hasta quedar desnudos frente a la realidad de lo que somos y cómo reaccionamos ante eso. Me parece muy interesante analizar con una relectura más allá de la trama cómo cambia el personaje de Virginia Ortiz, que me parece extraordinario, o el personaje de Soria, o el propio sicario. Son personajes que yo planteo desde una perspectiva de que uno cree saber lo que es; uno tiene sus creencias, sus prejuicios, su ética, su moral, y luego, en función de las cosas que te van pasando, eso va cambiando y, al final, lo que acaba mostrando es lo que eres de verdad.
Esa tesis sólo se sustenta si tú sometes al personaje a situaciones extremas, porque en condiciones normales nadie se quita la máscara. Hay que llevarlo a una situación extrema. A mí lo que me importaba, sobre todo, es esto. Cómo nos cambia aquello que nos pasa. Pero en el fondo seguimos siendo los mismos. Al final, lo que somos de verdad se manifiesta siempre.
Cuando empiezas a escribir ¿en el ordenador…?
No, yo escribo a mano.
Bueno, pues cuando vas a escribir a mano la primera frase, cuando tienes el argumento preparado y la trama, ¿qué modificaciones sufre eso? ¿Te pones pum, pum, pum, y así hasta el final? ¿O cómo haces frente a que un personaje reaccione de otra manera o que ocurran cosas que a lo mejor no tenías pensado al principio?
Digamos que yo, antes de ponerme a trabajar en lo que es la escritura propiamente, pienso muchísimo en la…
[Víctor del Árbol durante unos instantes no encuentra la palabra exacta que quiere decir, lo que aprovecho para preguntarle:]
Te lo digo de otra manera: ¿eres flexible?
Sí, soy flexible. Pero soy flexible en el modo, no en la finalidad. Yo tengo clarísimo lo que tiene que hacer cada personaje en cada momento. Eso lo tengo clarísimo y soy un tirano. En esto no les permito disociar.
Eres un Cela pequeño.
Sí, soy un tirano, en el sentido de que esos personajes tienen un propósito y se tiene que cumplir. Soy flexible en el cómo, porque yo puedo plantearme un diálogo contigo donde yo te voy a transmitir a ti una información que va a causar un efecto. Y de repente ese diálogo se convierte en otra cosa por mor de lo que hay y a mí me parece interesante y lo dejo fluir. Pero en un momento determinado lo reconduzco.
Y luego otra premisa que tengo clarísima y que es lo que le intento inculcar a mis alumnos siempre es que no se corrige sobre algo que no existe, se corrige sobre algo que existe, para corregir hay que acabar. Es decir, mi propósito, escribir a mano, es escribir casi de manera instintiva, porque yo ya he hecho todo un trabajo previo de reflexión, de construir una historia, una historia coherente de principio a fin, como yo lo había pensado. Y luego a la hora de transcribir, ahí es donde vamos cambiando, pero ya he llegado, ya sé qué es lo que pasa, ya sé cómo es la escaleta, ya sé cómo funciona todo. Aunque yo ya no hago escaletas, las tengo en mi cabeza después de muchos años. Al principio sí, ahora ya no. Ahora está en tu cabeza eso. Y cuando tú ya tienes una visión de conjunto y dices aquí le falta ritmo, este personaje no se desarrolla lo suficiente, no es coherente con lo que le pasa psicológicamente, porque por su personalidad y su identidad no puede hacer esto, entonces ahí vas cambiando cosas, sí.
Y ya por finalizar, Clara Fité, el otro personaje importante, ¿algún guiño personal?
Es un guiño personal, evidentemente, porque Alba [Fité, de la editorial, quien le acompaña en esta entrevista] es amiga y tal… y cuando escribo siempre me gusta tener a una persona físicamente en la mente, aunque luego me sirva de…
Pero también es una reflexión sobre el periodismo, en realidad. El sicario, que es el vertebrador, en cada novela ha tenido un contrapunto, que es un poco el que le ha puesto freno. En el caso de la primera novela Julián Leal, en la segunda Soria, y ahora Clara Fité, el otro gran personaje que quedaba por desarrollar. Para mí Clara Fité representa ese periodismo que, de alguna manera, todavía sigue creyendo en la verdad. Es ese tipo de persona que cree que la verdad todavía sirve para algo. Es un contraste maravilloso entre una persona que no cree en nada frente a una persona que se empeña, no es que sea una ingenua, sino que se empeña en creer. Además hay una relación de deseo un poco extraña entre ellos dos también, de atracción y repulsión, de esos dos puntos tan opuestos de ver la vida, de un tipo que es capaz de convertirse en Meursault, de El extranjero [Albert Camus], de no creer absolutamente en nada, frente a una persona que se empeña en creer en algo. De alguna manera, era un homenaje a esos periodistas de investigación, de esos que dices ¿pero esto por qué lo haces, por qué te complicas la vida? Pues, como dice Clara Fité en un momento dado, porque no lo puedo evitar.
No lo puedo evitar. Es decir, al final tengo que saber la verdad. Y eso me parecía muy interesante, en un mundo que ya no cree en nada, que haya gente todavía que crea que la verdad sirve para algo.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAGO: Llorenç Osa
Víctor del Árbol
Ediciones Destino, 400 pp., 21,90 €
Sinopsis:
Tras años oculto, el sicario sin nombre ha encontrado algo parecido a la paz en una casa frente al mar. Pero la muerte de un viejo aliado lo obliga a aceptar un último encargo: cerrar una cuenta pendiente con tres nombres en una lista. Solo entonces podrá liberarse.
Mientras tanto, Clara Fité intenta reconstruir su vida en Barcelona. Un cuaderno robado y la desaparición de dos niños en 1992 la arrastran a una investigación que nadie quiere reabrir. El poder, la culpa y el miedo se entrelazan en una trama que conecta lo que ocurrió entonces con lo que está a punto de estallar ahora.
Cuando todo se derrumba, solo queda actuar. Incluso si equivocarse es lo único que uno puede hacer.
Con Las buenas intenciones, Víctor del Árbol cierra una trilogía memorable. Crimen organizado, especulación inmobiliaria, criptomonedas, secretos de Estado e Iglesia y un pasado que no se deja enterrar.








