Leo con especial interés una novela del Premio Nobel húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 1954), titulada Tango satánico (Acantilado, 2025), con traducción de Adan Kovacsics, y el deslumbramiento no podría ser mayor al corroborar la maestría de una prosa compleja que zigzaguea , que se pierde en los meandros de frases muy largas y con una sinuosidad musical, aquí los signos de puntuación a veces desaparecen para dejar al lector a su propio ritmo, pero en contraposición hallamos incisos por doquier, acotaciones que buscan la inteligibilidad y la certeza, y, a pesar de las oraciones subordinadas —que fungen como una suerte de mar encrespado de olas sobre olas— pronto recuperamos la noción abismal de la totalidad de lo que se nos plantea.
La novela se desarrolla en un entorno rural: desahuciado, decadente, azotado por el viento y por la lluvia, y los miembros de la comunidad —que son en sí una cooperativa al borde de la extinción— viven sus vidas sin mayores retos personales, ni expectativas de progreso o de futuro. De pronto, algo ocurre que cambia el panorama: Irimiás, a quien daban por muerto, es avistado en el camino de regreso a la comunidad y este hecho devuelve a todos los sueños y la luz de la posible salvación.
No obstante, Irimiás no representa esa tabla salvífica que todos suponen, ya que él y Petrina están en connivencia con las autoridades y convencen a todos de abandonar la cooperativa (es decir, que dejen su proyecto colectivo y se dispersen, por lo tanto, que pierdan su fuerza), y toman de ellos información y dinero a los fines de ponerlos bajo control. Cruel ironía: las esperanzas cifradas en un cambio que los sacaría de la cárcel de una existencia anodina y sin futuro, se convierte de pronto en una suerte de búmeran, y pierden lo poco que tienen al quedar sujetos a una dependencia que no estaba ni en sus planes ni en sus peores pesadillas.
Antes de la llegada de Irimiás, todo es espera, y él representa la solución a un destino incierto. Es decir, él es la respuesta a esa espera, de allí que esta suerte de falso mesías logre con artilugios y sutiles manipulaciones sus oscuros objetivos. No obstante, la complejidad de la novela estriba en que este personaje no es el malo clásico de las novelas convencionales, al que todos odian por lo que representa, o el que con burdos chantajes, amenazas y crueldad moral o física irrumpe en la vida de sus viejos conocidos y amigos, y los despoja de lo único que tienen (de sus sueños). No. Él logra desde el discurso (es decir, el lenguaje), y desde el profundo conocimiento que tiene de todos (la memoria trocada en inteligencia), dar sentido al deseo colectivo y articular los sutiles hilos de una comunidad entregada a la falsa ilusión de que serán redimidos del oprobio por quien llega de fuera (la historia de la humanidad está preñada de tales premisas, y hoy vemos con espanto casos dramáticos que lo ilustran).
De tantos personajes que hay en la trama, hay uno particularmente emblemático, que produce un punto de inflexión moral en la historia —de lo que se vale Irimiás para su falaz cometido—, se trata de Estike, quien yace en la soledad, en la miseria y el abandono: su decadencia es la decadencia de todos, y su vulnerabilidad es sin duda muestra fehaciente de una comunidad que ha dejado de pensar en el bienestar de todos sus miembros (¿algún parecido con la realidad?). La muerte de Estike es tomada por Irimiás como parte de su discurso manipulador, de allí que a partir de ella su camino se haga expedito y con mayor fuerza argumental.
Estamos en presencia de un autor que exige el máximo de atención, que busca atraparnos, pero no por los caminos fáciles, sino que, en un sutil juego de imágenes especulares, nos arrastra página tras página con un ritmo acompasado, a veces hipnótico y muchas veces obsesivo, y vuelve una y otra vez a lo contado en una reiteración que otorga riqueza al texto, que agrega nuevos elementos en cada intento, y a veces nos sentimos presas de un movimiento circular al retornar siempre a un punto de partida: avanza y retrocede, explora y vuelve al punto de origen, y en este ejercicio (a veces lúdico, aunque a veces extremo) entrelaza pensamiento y narración, y esto no es nada fácil conseguir, pero la oscilación entre lo fáctico y lo metafísico genera en cada entrega una fascinación rayana en desvarío.
Hay en el libro una atmósfera de pesimismo, como si algo malo pudiese ocurrir en cualquier momento, como si la suerte de los personajes estuviera signada por un damnatio perverso, y esta amenaza que se siente por doquier, que se esconde en veredas y oscuros rincones, busca ser contrarrestada desde un humor negro que suele caer en el absurdo, y en lugar de risa halla en nuestro rostro una mueca de condescendencia y camaradería —como quien deja pasar estos rudos artificios autorales y sigue adelante—, pero no contento con todo esto, el autor aprieta aún más la tuerca y genera en cada página una vaga sensación de asfixia, de callejón sin salida, de atrapamiento y sinsentido, y esta suerte de los personajes es, a qué dudarlo, la misma de quien lee, de allí que nos sintamos inmersos en su universo literario, subsumidos en una atmósfera densa y aletargada, y todo ello responde a la estructura musical del tango (de allí el título de la obra), que en su dinámica avanza y retrocede, repite y varía, pero vuelve de nuevo en su pérfida circularidad.
Si me pidieran definir en pocas palabras el estilo de Krasznahorkai (a quien me acerco por vez primera con esta magnífica novela), podría afirmar que es subyugante, circular, hipnótico y demencial. En todo caso, y como queda dicho con otras palabras: es la sintaxis (con énfasis en la forma, o la morfosintaxis) parte esencial de la novela; casi un personaje de primer orden.
La novela en su totalidad rompe con la cuadratura del círculo, y en esa ansia de recurrencia que vemos en el autor en esta historia, luego de todo lo contado regresa al punto de inicio en una dinámica perversa (satánica): situación-esperanza-accionar-fracaso y repetición. El mundo en su eterno ritornelo.
Ricardo Gil Otaiza



