Declaro de entrada que soy lector de biografías, porque me parecen caminos expeditos y paralelos para la comprensión de un autor y de su obra. Por supuesto, y aunque parezca una antinomia, leo biografías fundamentalmente de mis autores favoritos, porque son los que me interesan conocer en su intimidad personal, familiar y contextual. De Borges he leído unas cuantas biografías a lo largo de mi vida, y cada una de ellas me ha aportado elementos extraordinarios para internarme en su mundo y en su obra, de allí que tenga acerca del autor una visión mucho más amplia de lo que podría significar una lectura desvinculada de su entorno, de su familia (sobre todo su madre) y de sus amigos (en particular Adolfo Bioy Casares), que son parte esencial de esa complejidad que significa y encierra lo borgeano.
Cayó en mis manos una nueva biografía titulada Jorge Luis Borges. Un destino literario (Ediciones Cátedra, 2026, en su colección Cátedra Biografías), de Lucas Adur (Buenos Aires, 1983), que va ya por su tercera edición, y he quedado fascinado. Es un tomazo. Y no lo digo tan solo por sus 718 páginas, sino por lo que representa en cuanto a una visión menos acartonada y reiterativa del gran escritor argentino, que es ya, qué duda cabe, un clásico en lengua española, y cuya mirada nos lleva por insospechados territorios en cuanto a esa relación que hay entre el Borges literato y su propia vida, ya que fueron las letras el eje articulador de su prolija existencia y sin el cual —o sin esa necesaria dupla, que es en sí misma un destino— explicarlo sería un mero ejercicio de retórica o de ficción.
Por lo tanto, toma Adur la obra entera de Borges, la desmenuza hasta lo infinitesimal y nos lo cuenta en una suerte de bucle recursivo que se realimenta permanentemente, y dicha tarea no es un artificio, ni una temeridad del biógrafo, porque Borges es en esencia su obra y ésta explica su propio trasiego existencial. Y aquí entra en juego el propio Borges, quien desde sus comienzos poéticos y literarios (por allá en 1923, cuando publica Fervor de Buenos Aires) se da a la lenta, paulatina y certera tarea de erigir su figura (ya en 1969, cuando reedita el poemario, en el Prólogo —era un maestro prologuista, hay que decirlo— expresa sin ambages: “aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente —¿qué significa esencialmente? — el señor que ahora se resigna o corrige. Somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas; los dos somos devotos de Schopenhauer, de Stevenson y de Whitman”), su épica libresca, su leyenda personal, y esto no fue casual, sino deliberado, orquestado desde una autoestima en apariencia deslastrada del ego y la vanidad, pero, aunque lo negara, aunque pretendiera no querer aceptarlo, y hasta se mofara de sí mismo (una de sus grandes pasiones que encantaba a la crítica y a sus lectores), en su fuero interno sabía que era un adelantado a su tiempo histórico, que superaba con creces a sus colegas contemporáneos y que los autores clásicos leídos y releídos (cuando aún gozaba del sentido de la vista), eran sus iguales, de los que decía aprender y los citaba de memoria, pero también los corregía y criticaba, y en este ejercicio dialéctico forjó su historia y su leyenda personal.
La evidente tensión del Borges público y el privado se mecía entre verdades y ocurrencias falaces, pero sobre todo en el territorio de lo ambiguo, pero fueron los otros (críticos, lectores, editores, académicos —y profesores—, lingüistas, filólogos, libreros, poetas, cuentistas, ensayistas, novelistas, periodistas, presentadores y gente de los medios) quienes los pusieron en el centro de atención aquí y más allá: en su país, pero también en Estados Unidos, en América Latina y en Europa, y cuando da el gran salto para ser reconocido como una figura internacional, se repliega en su espléndida memoria, en sus autores favoritos, en la poesía y la narrativa (también en la ensayística), en las conferencias (con las que se ayuda en lo económico), y en lo que mejor sabe hacer: escribir y luego dictar su obra (quedó ciego a los 56 años), contar anécdotas literarias, citar frases filosóficas y fragmentos de autores y libros amados, lacerarse a sí mismo, expresar sin filtros lo que pensaba sobre política (le iba terrible en este campo), religión, letras y muchos temas más, que hacían disfrutar a quienes lo escuchaban, pero también a meterse en problemas, a incordiar con ideas que eran sacadas de contexto y que sus enemigos y detractores (que los tenía a montón) aprovechaban para hacerle mucho daño.
Exalta el biógrafo la amistad con Bioy Casares, la colaboración literaria entre ambos, que dio piezas y libros memorables, la poderosa influencia materna (“madre”, como llamaba a Leonor Acevedo de Borges) cuyo peso tuvo prácticamente hasta la propia ancianidad del autor, la ceguera que hereda de su padre y que no fue un impedimento para ser lo que anhelaba y construía ser, sino que lo empuja a reinventarse en el ahora echando mano de su poderosa inteligencia y de la autoconciencia literaria (o destino literario, que desarrolló desde muy joven y que lo llevó a convertir su vida en parte de su obra, como queda dicho), el papel decisorio de María Kodama, quien sería la legataria de la obra de Borges casi al borde de su partida de este mundo, y que ejerció en él un influjo notable.
Resalta en esta obra la incorporación que hace Adur de nuevas fuentes, entre las que figuran novedosas investigaciones sobre manuscritos, libros, conferencias y el extenso diario que publicó Bioy, que tituló Borges (que vuelve a ser reeditado en estos días), que es sin duda un aporte mayúsculo para el conocimiento de la amistad entre ambos escritores, y relata aspectos cotidianos como los gustos culinarios de Borges, la manera de ser y de conversar, sus proyectos personales y colectivos, sus dudas, molestias, amistades compartidas (Silvina Ocampo, Macedonio Fernández, Manuel Peyrou, etc.), sueños y expectativas de vida.
Me gusta la prosa sobria de esta nueva biografía, que respeta el rigor, pero se aleja del academicismo extremo (no busca exhibir erudición: apuesta por una narrativa horizontal y asequible, con datos organizados, pero sin la excesiva acumulación documental que vuelven pesada toda tentativa biográfica), lo que hace amenas a estas páginas a pesar de la extensión del libro, y ello es posible gracias a la economía del lenguaje, que lo aleja de la retórica y hace que el relato fluya pese a las interpretaciones críticas del biógrafo y que el conjunto sea una obra exquisita, funcional, que nos entrega a un Borges más humano y cercano.
¡Enhorabuena! Gracias a Cátedra por este gran esfuerzo editorial.
Ricardo Gil Otaiza



