Concha Huerta de Soto está contagiando a muchos lectores divulgando salud, a partir de la publicación de su libro Nueva vida, nuevas alegrías. Mi camino hacia la salud y el bienestar tras superar el cáncer. Obra concebida como un viaje transversal que va desde la experiencia personal hasta la guía práctica. En el año 2006 a Huerta de Soto le diagnostican un linfoma, situación que cambiará su vida drásticamente. Sin embargo, una vez superada la enfermedad, ella inicia una profunda investigación destinada a conseguir vías que le eviten una recaída, pero también que la conecten con una dinámica de salud integral. No conforme, decidió compartir ese aprendizaje con la comunidad en general.
Por: Graciela Redondo.
Pregunta: – ¿La enfermedad te hace estar consciente de la importancia de la salud?
Respuesta: – Rotundamente sí. Hasta que no me enfrenté cara a cara con el cáncer, no fui consciente de lo poco que sabía sobre mi propia salud y de lo irresponsablemente que había tratado a mi cuerpo. Siempre había dado por sentado que mi biología era una máquina inagotable que debía acompañarme sin protestar en mis proyectos, mis jornadas interminables y mi ritmo de vida. Vivía como casi todo el mundo: ignorando al cuerpo hasta que la máquina falla.
Cuando llegó el diagnóstico y tuve que atravesar la dureza de la quimioterapia y la radioterapia, la vida me obligó a hacer un parón absoluto. De repente, mi universo se redujo a las funciones biológicas más primarias: ser capaz de tragar, de dormir un par de horas o de dar tres pasos sin desfallecer. Fue una cura de humedad desgarradora pero necesaria; tuve que volcar toda mi atención en un cuerpo al que jamás le había prestado verdadera atención.
Es una lástima que a menudo necesitemos rozar el límite para entender el valor de la vida. A lo largo de los años mi cuerpo me había enviado pequeñas llamadas de atención —molestias digestivas, cansancio, avisos sutiles—, pero en lugar de parar y reevaluar mis hábitos, preferí ignorar las señales y continuar con mi autoexigencia como ejecutiva y madre perfeccionista. El cáncer rompió esa dinámica de golpe.
P: – Una vez superado el cáncer, te conviertes en una importante divulgadora de salud. ¿Esta actitud nace de una necesidad de comunicar a otras personas la cultura de la salud?
R: – Nace directamente de la constatación de un vacío social. Tras superar el tratamiento, viví diez años de revisiones médicas y un largo proceso de rehabilitación para recuperar mi vitalidad. Fue en ese período cuando comprendí que la salud no es un estado pasivo ni una cuestión de suerte, sino una responsabilidad activa. Nosotros somos los verdaderos guardianes de nuestra biología y tenemos en la mano la capacidad de prevenir gran parte de las patologías crónicas que hoy nos asolan.
Al mirar a mi alrededor me di cuenta de que en Occidente adolecemos de una verdadera cultura de la prevención. Vivimos bajo un modelo puramente reactivo: damos por sentada la salud y solo acudimos al médico cuando la estructura ya se ha roto para que nos arreglen la avería. Sin embargo, casi nadie nos enseña cómo cuidar la máquina en el día a día para evitar que se deteriore.
Mi faceta como divulgadora surge de esa urgencia personal. Sentí la necesidad de compartir mi aprendizaje y de hacer accesible una cultura del autocuidado real, sin complicaciones. Quiero que el lector entienda que cuidar de sí mismo no es un lujo ni una imposición, sino la forma más sencilla de garantizar su bienestar.
P: – Vayamos al pasado. En una etapa exitosa como ejecutiva y productora de televisión, te diagnostican un linfoma. ¿El mundo se te vino abajo?
R: – Cuando recibes un diagnóstico así en pleno auge profesional, la sensación no es solo que el mundo se venga abajo, sino que la realidad se congela por completo. El diagnóstico llegó en 2006, tras un mes recibiendo un tratamiento erróneo para una supuesta alergia con dosis masivas de cortisona. Los bultos de mi cuello se habían multiplicado y, para cuando los médicos identificaron el linfoma, la situación era verdaderamente crítica. De la noche a la mañana, todos tus planes, ambiciones y urgencias profesionales se vuelven irrelevantes.
En mi escala de prioridades solo quedó una meta: sobrevivir. Seis años antes mi hija había perdido a su padre y mi única obsesión era no dejarla huérfana en este mundo; sencillamente no estaba dispuesta a rendirme. Para alguien como yo, acostumbrada a dirigir grandes equipos, gestionar presupuestos y tener el control de producciones complejas, el choque fue brutal. Pasar de liderar proyectos a volcar el cien por cien de mi energía en procesar los alimentos o intentar descansar supuso una transformación radical.
Fue un año de inmersión absoluta en los procesos vitales más básicos. Gestionar la debilidad extrema te enseña a despojarte de lo accesorio y a centrarte en lo esencial. Aquel parón en seco desmontó la vida que llevaba hasta entonces, pero al mismo tiempo sentó las bases de la mujer que soy hoy.
P: – Una vez sanada, inicias un proceso de investigación sobre salud integral. ¿Esto nace con la idea de no recaer? ¿Cómo fue ese ciclo?
R: – Inicialmente nació de una profunda necesidad de recuperación. Tras los tratamientos mi cuerpo quedó arrasado: el sistema digestivo estaba completamente dañado y cualquier alimento me sentaba mal. Me di cuenta de que, a pesar de contar con una sólida formación académica en derecho, empresa o producción audiovisual, ignoraba por completo el funcionamiento interno de mi propio organismo. Empecé a estudiar nutrición y enzimas digestivas para intentar encontrar una dieta que me ayudara a recuperarme.
A esa necesidad biológica se le sumó pronto la dimensión psicológica. Durante diez años viví bajo la sombra de un pánico a la recaída; una angustia latente que saboteaba mi recuperación. Para sanar esa mente asustada tuve que adentrarme en la psicología y la neurociencia. Descubrí así que el cuerpo es un universo interconectado y fascinante, y un ámbito de estudio me fue llevando inevitablemente al siguiente.
Con los años, tras haber acompañado también a mis padres en la dura etapa final de la demencia senil, mi investigación dio un paso más hacia la ciencia de la longevidad. No quería que mi hija tuviera que asumir esa misma carga. Me sumergí en el estudio de los hábitos que modifican nuestra biología para garantizar que los años extra que cumplamos estén llenos de salud autónoma y plenitud.
P: – El título de tu libro invita a la alegría. ¿Esto es posible cuando te diagnostican una enfermedad o necesariamente se asume esta actitud una vez superada?
R: – Cuando te comunican un diagnóstico devastador como el cáncer, lo último que sientes es alegría; la primera reacción es la negación, el miedo y la incertidumbre. La alegría a la que invita mi libro no es un entusiasmo ingenuo, sino el descubrimiento profundo que sobreviene tras haber atravesado el desierto. Es la alegría consciente de estar viva, un motor vital que descubrí cuando logré erradicar las células tumorales de mi cuerpo.
Durante gran parte de mi vida busqué la satisfacción fuera: en el éxito profesional, el reconocimiento social o la aprobación de mi entorno. Tras la enfermedad comprendí que la verdadera alegría es una energía intrínseca, una postura ante la existencia que nos permite sostener la adversidad. Por eso escribí el libro desde un tono jovial, cercano e incluso con tintes de humor e ironía; necesitamos quitarle solemnidad trágica al dolor para poder sanar con ligereza.
Los lectores me comentan a menudo que el libro les hace llorar y reír a partes iguales, y esa es la mayor satisfacción de mi trabajo. Ser capaz de reírnos de nuestras propias flaquezas desmitifica la enfermedad. La alegría y la ironía son herramientas terapéuticas de primer orden para sobrellevar los procesos más duros.
P: – ¿Cómo estructuras el libro?
R: – El libro está concebido como un viaje transversal que va desde la experiencia personal hasta la guía práctica. Se divide en cuatro partes. La primera es un recorrido por mi propio historial médico: comparto no solo el diagnóstico del linfoma en 2006, las complicaciones y los diez años de revisiones, sino también mis antecedentes con la endometriosis, una patología dolorosa que durante años alteró mi calidad de vida y que me obligó a vivir hipermedicada.
La segunda parte detalla mi proceso de investigación. Muestro cómo estudié y contrasté las publicaciones de más de 70 autores de prestigio internacional en el ámbito de la medicina, la nutrición y la neurociencia. No me limité a leerlos: experimenté sus pautas en mi propia fisiología, adaptándolas a mis singularidades hasta alcanzar un estado de salud y vitalidad muy superior al que me correspondía por historial clínico o edad.
En la tercera parte sintetizo los grandes principios de la salud integral: que los responsables de nuestra salud somos nosotros mismos, que todos somos diferentes y que nuestro cuerpo está en constante evolución. También abordo los diferentes beneficios de los distintos tipos de ejercicio para la salud, las herramientas para calmar una mente hiperactiva, la protección del hogar frente a tóxicos o contaminación electromagnética, las claves de una nutrición y descanso reparadores, y, por último, la importancia fundamental de las relaciones sociales y del sentido de la vida. Finalmente, la cuarta parte es una extensa guía bibliográfica ordenada por temáticas para que el lector pueda acudir directamente a las fuentes científicas que mejor se adapten a sus necesidades específicas.
P: – Debes tener muchas anécdotas de lectores diagnosticados por alguna enfermedad.
R: – Es una de las partes más conmovedoras de todo este proceso. Con los pacientes oncológicos el impacto es inmediato y muy profundo. Muchos me confiesan que rompen a llorar al leer la primera frase del libro: «Nunca me he sentido mejor que después del cáncer». Descubrir que la enfermedad no es necesariamente el final, sino que puede convertirse en el catalizador para dar un giro positivo a tu vida, les llena de una esperanza real y tangible.
Hace poco, por ejemplo, me escribió un lector que lleva diez años conviviendo con un mieloma múltiple. Iba a ingresar en el hospital para someterse a un tratamiento complejo con células CAR-T y me decía que, aunque sabe que la actitud por sí sola no cura —eso lo hacen la medicina y los tratamientos—, la actitud es lo único sobre lo que sí tiene un control absoluto. Me confesó que para este ingreso se llevaba en la maleta su mentalidad positiva y mi libro para acompañarle durante la hospitalización. Saber que alguien elige tus palabras como refugio y compañía en un momento tan delicado es algo que me emocionó profundamente.
Al estar escrito desde la perspectiva de quien ha pasado por lo mismo y no desde la distancia académica, los lectores se sienten profundamente comprendidos. Saber que hay alguien al otro lado que conoce de primera mano la incertidumbre y el desgaste de los tratamientos les aporta una enorme serenidad y les ayuda a transitar su propio proceso con otra actitud.
P: – ¿Y respuestas de lectores sanos?
R: – Sorprendentemente, la respuesta del lector sano es masiva y fascinante. Hace poco me escribió una lectora de 68 años que me confesaba que en principio el tema de la salud no le atraía especialmente, porque siempre ha gozado de buena salud, qué afortunada, pero que devoró el libro de un tirón. Me decía que la obra va mucho más allá de la medicina: habla sobre la gestión del sentido de la vida, las relaciones humanas, la espiritualidad y cómo cultivar una actitud mental positiva frente a la vida.
Por otro lado, los lectores más jóvenes, especialmente aquellos que están formando sus familias, encuentran en la tercera parte del libro una guía de vida imprescindible. Les fascina la parte práctica sobre medicina ambiental: cómo purificar el agua que bebemos, cómo proteger el hogar de disruptores endocrinos y químicos, o qué pautas de cocina reducen la toxicidad en los alimentos.
Es maravilloso comprobar que el libro sirve tanto de refugio para quien está sufriendo una crisis de salud como de manual de prevención primaria para quienes desean construir un entorno sano para sus hijos y en general para cualquiera interesado en comprender mejor cómo funciona nuestro cuerpo y cómo cuidarlo. La prevención es la verdadera medicina del futuro.
P: – Tu libro también es una importante bibliografía de obras científicas que te sirvieron de mucho. ¿Podrías recomendar tres citando su importancia?
R: – Seleccionar solo tres entre los más de 70 autores que cito en el libro es complejo, pero hay obras que han transformado mi visión de la salud y el bienestar. En el plano puramente físico y molecular, considero imprescindible La vida en cuatro letras, del biólogo Carlos López Otín. Es una obra magistral para comprender cómo opera nuestro ADN y cómo el entorno dialoga constantemente con nuestra genética.
En el ámbito de la gestión emocional y la neurociencia cotidiana, destaco Cómo hacer que te pasen cosas buenas, de la doctora Marian Rojas Estapé. Sus libros ofrecen una perspectiva sumamente clara e integradora sobre cómo la psique, el cortisol y las emociones condicionan nuestra salud sistémica, convirtiéndose en lecturas fundamentales para equilibrar mente y cuerpo.
Desde la perspectiva de la nutrición metabólica, La revolución de la glucosa, de Jessie Inchauspé, aporta un conocimiento práctico de valor incalculable. Explicado con un rigor impecable, nos enseña cómo pequeños cambios en el orden en que ingerimos los alimentos pueden aplanar los picos de glucosa y prevenir la inflamación celular de bajo grado.
No puedo dejar de mencionar una cita que condensa todo mi trabajo, procedente de la investigación sobre los telómeros en La solución de los telómeros, de la Premio Nobel de Medicina Elizabeth Blackburn: «Tus células escuchan tus pensamientos». Comprender que nuestra actitud mental y nuestra gestión del estrés pueden impactar en la propia duplicación genética es el mejor argumento para recordar la importancia del autocuidado a la hora de construir una vida sana, plena y longeva.



