Cuando uno recibe una oferta que no puede rechazar —seamos sinceros, ¿cómo rechazar la posibilidad de presentar un evento literario de primerísimo orden en los Reales Alcázares de Sevilla?—, sabe que es un privilegiado (por favor, alejemos de nuestra mente esa cabeza de caballo tan bien fotografiada por Gordon Willis bajo la dirección de Francis Ford Coppola), y lo es porque va a ser el encargado de conducir un acto donde se va a fallar el Premio de Novela Ateneo de Sevilla —premio que en el pasado han ganado figuras literarias como Mercedes Salisachs, Juan Marsé, Fernando Marías, Espido Freire o Félix J. Palma, por citar un repóker ganador que alegraría la tarde a un Doc Holliday con el rostro de Kirk Douglas antes de liarse a tiros con los hermanos Clanton—; es decir, se va a estar inmerso en una ceremonia donde el protagonismo se lo llevan los ganadores (receptores de la fortuna y gloria creativa), los libros (en papel, por favor), la lectura y los lectores, todo a día (y noche) 11 de junio de 2026 en Sevilla, y a uno, que le gustan los libros —comprarlos, leerlos, anotarlos, colocarlos y recolocarlos, darles brillo (y esplendor) y hasta regalarlos (¡pero nunca prestarlos!)—, eso le parece sin duda tan fascinante como un viaje al centro de la tierra capitaneado por James Mason.
Una de las ventajas de ser el presentador es que, además, se tiene el sumo placer de cenar en privado con los ganadores; y ahora me explico para los no iniciados: mientras el grueso de los invitados da buena cuenta de los platos en el bellísimo Patio de la Montería —con la Giralda vigilante e iluminada en las cercanías— (Roger Deakins hubiera hecho maravillas con la luz en este espacio), lugar en el que se instala el escenario por donde al final de la noche desfilarán los premiados, estos y sus acompañantes disfrutan previamente en un reservado de esa misma cena. De esta manera, se mantiene el suspense del acto hasta los postres, que es cuando se procede a la lectura de las actas y a hacer público el fallo del Jurado que, en este caso, tiene lugar el día que justo precede.
Antes de todo esto, y camino de mi primera intervención —cuando avanzo hacia el escenario escucho en mi cabeza (solo en mi cabeza, aclaro) el tema The Throne Room de Star Wars compuesto por John Williams (y, al mismo tiempo, confieso que tratando de no tropezar y provocar un espectáculo involuntario y lamentable propio de algún personaje de Woody Allen)— me permito echar un vistazo al grupo de invitados que acaba de sentarse alrededor de sus respectivas mesas: Emilio Boja, presidente del Ateneo de Sevilla, José Luis Sanz, alcalde de la ciudad, diferentes personalidades, ilustres miembros del Jurado, patrocinadores, escritores (por ahí distingo a Juan Ramón Biedma, Francisco Robles, María Prior, Salvador Gutiérrez Solís, Andrés González-Barba, Daniel García Florindo, Francisco Gallardo…) todos unidos por una velada que va a dar a conocer a los ganadores del Premio de Novela (será Marta Robles con El anillo de Eloísa) y del Premio de Novela Joven (será Elías Cruz con De sangre y sombra).
Y ahí estoy ya en el escenario, recordando el espacio que ocupamos en la entrega del premio, en una noche que se empecina en retener el calor del día (y que no alivian ni el último botón anudado de mi camisa, ni la corbata bien ajustada, ni la chaqueta convenientemente abrochada), pero que, al imaginar a Federico García Lorca paseando cerca nuestra, a Ridley Scott rodando una secuencia de El reino de los cielos (extended cut, por favor), o, incluso, a un barbado Harrison Ford en visita privada (¡el mismísimo Indiana Jones en los Reales Alcázares de Sevilla!), de repente, ese calor se diluye y la velada se torna aún más mágica. Y es todo esto lo que les recuerdo a los asistentes, así como la presencia del jurado (aquí es donde explico la reunión que tuvo el día anterior, los descartes de novelas y la elección de las ganadoras… hechos que, subrayo, vamos a reproducir a lo largo de la cena), y entonces, sin que nadie me lo sugiera, me permito la libertad de fabular en voz alta sobre, precisamente, esa reunión del jurado: ¿habrá sido pacífica y dialogante, a lo 12 hombres sin piedad… (con la posibilidad de escuchar alrededor de una mesa alargada a Mercedes de Pablos Candón y a Manuel Pimentel exponer sus razonados y elaborados argumentos, como en la película de Sidney Lumet), o habrá sido gráfica y visceral, más en la línea de Reservoir Dogs o Kill Bill (imaginen aquí un duelo singular con katana y/o pistola entre María Zabai y Javier Ortega, igual que en el universo de Quentin Tarantino)? Ya haya sido más cercana a Lumet o más inspirada en Tarantino, lo cierto es que fantaseo con que haya habido tensas discusiones, posiciones distantes y férreas, cada uno y cada una convencidos de sus posiciones y donde, realmente, la batalla dialéctica haya sido acalorada, aguerrida, épica y hasta sanguinolenta… y que de ahí hayan emergido los dos ganadores (pero confieso que ignoro por completo lo que realmente sucedió; después de todo, como es bien sabido, lo que pasa en los jurados queda en los jurados…).
Me despido del público (lo hago con un «Volveré» que Skynet hubiese apreciado), pero justo antes le recuerdo que cuando regrese al escenario (en lo que será mi segunda intervención) procederemos con la inestimable ayuda de Fernando Fabiani, Secretario del Ateneo de Sevilla, a reproducir los descartes de las novelas del día anterior, y entonces invito a todos los asistentes a continuar con la cena. Así, vuelvo al reservado donde ya dan buena cuenta de sus platos Marta Robles, la ganadora, Elías Cruz, el ganador del Joven, José María Arévalo, en representación de Almuzara (que recoge el testigo dejado por Planeta y Algaida) —editorial que publica a los ganadores del Premio de Novela Ateneo de Sevilla desde 2025, cuando ganó la estupenda El ángel y la muerte, de Óscar Soto Colás— y respectivos acompañantes. La conversación es apasionante y cenan con naturalidad en un ambiente refrescante, muy diferente al del exterior, donde el calor persiste e insiste a pesar de la noche que ya tenemos encima, y amablemente todos me invitan a que yo haga lo propio, a que cene, y a que lo haga antes de que de nuevo me toque salir (Laura, la responsable de Comunicación del Ateneo, dirige mis entradas y salidas con la precisión de un Martin Scorsese con Robert De Niro en cualquiera de sus películas), e imagino que es lo procedente, pero entonces, vaya usted a saber por qué, pienso en Peter Sellers, tal vez en El guateque o en La pantera rosa, y ya me veo en el escenario —en este único y prodigioso escenario histórico, literario y cinematográfico en el que nos encontramos— con mi camisa blanca teñida de salmorejo andaluz o de lo que vendrá a continuación, un delicioso lingote meloso de carrillada ibérica con un acompañamiento que, de detallar, haría demasiado extenso este artículo.
En ese momento, con una lucidez casi diríamos divina (con la iluminación propia de los milagros a los que pone música Miklós Rózsa), decido saltarme la cena; después de todo, no sé exactamente cuándo volveré al escenario y no quedaría bonito que saliese terminando de masticar la sabrosa carrillada de marras. En su lugar, intercambio algunas palabras con Marta Robles, que se sorprende al escucharme hablar y detecta mi acento, lo que la lleva a afirmar que no soy de Sevilla… y, mira que me fastidia llevarle la contraria a la ganadora, pero le digo que sí, que nací aquí, y así empezamos una conversación donde trato de explicarme: que si mi madre es de Granada (en realidad de Guájar Alto) y que si mi padre era de Asturias (en realidad nacido en Burgos, pero toda la niñez, adolescencia y juventud la pasó en Avilés), y entonces ella me comenta, precisamente, algo de Asturias, y así seguimos, entre small talk, breve charla literaria (¡El Quijote entra en la conversación! ¡La novela negra! ¡Los Clubs de Lectura!), e incluso el mismísimo nombre del ganador del Ateneo Joven, Elías, al que se le recuerda entre los comensales su origen histórico y etimológico.
Lo cierto es que acudir a un evento de estas características como invitado y como presentador es muy diferente: para empezar, como invitado tu máxima preocupación es saludar y charlar con viejos amigos y compañeros (también conocer, por qué no, a nuevos amigos y compañeros) con los que sueles coincidir en eventos literarios; como presentador tu máxima preocupación es no llevar un botón mal abrochado, quedarte en blanco justo cuando vas a nombrar a una personalidad, caerte encima del alcalde o detonar sin querer una bomba de tropecientos megatones que estropee el acto… y el espacio; entiéndase esto último (estamos en 2026) como metáfora hiperbolizada, claro. En cierto modo, uno se sabe un privilegiado —por el acto que presenta y la confianza depositada—, y eso hace que trate de tocar cada acorde del discurso con la mayor precisión (si no se puede llegar a Eric Clapton, al menos quedarse cerca de Noel Gallagher): no debe ir ni demasiado rápido ni demasiado lento, ni demasiado festivo ni demasiado apagado… solo conducir con algo más de solvencia que la que Cary Grant exhibía después de que Martin Landau le invitara a unas copas en Con la muerte en los talones.
Porque, después de todo, el presentador es invisible, ni siquiera llega a la categoría de secundario: las estrellas absolutas son los ganadores y los secundarios son los miembros del Jurado y las personalidades que suben al escenario. Como debe ser. El presentador es un mero conductor que funciona de nexo entre el público y los premiados: informa a unos y da paso a otros, y cuando termina se pierde en la niebla final de Casablanca, justo como Humphrey Bogart y Claude Rains hacen en la película de Michael Curtiz. Pero justo antes —porque los grandes momentos también llegan a su final— llegan mis últimas palabras (en la que será mi tercera y última intervención) sobre el escenario, que dejan de lado a protagonistas y secundarios —o, mejor dicho, los integran con el público asistente—, para recordar las dos efemérides que se nos avecinan en 2027, los cien años de la Generación del 27 (el propio Ateneo de Sevilla organizó y patrocinó su acto de fundación) y los cincuenta años del estreno de La guerra de las galaxias (George Lucas creó lo que para las generaciones nacidas en este siglo y en este país pasaría a ser Star Wars: episodio IV – Una nueva esperanza), y por eso elijo para despedirme un auténtico deseo —para ellos y ellas, para mí… y para todos los lectores que ahora se asoman a estas líneas—, una frase que aglutina esperanza y la defensa férrea de la cultura, y así, gracias a una oferta que no pude rechazar, tengo ocasión de cerrar la edición número LVIII del Premio de Novela Ateneo de Sevilla —con los ganadores y personalidades a mi espalda, el público atento y expectante en frente y un número importante de reporteros gráficos al pie del escenario— con una frase que, igual que haría un Luke Skywalker del sigo XXI, siempre quise decir: «Que la Fuerza y los Libros nos acompañen».
A la que ahora añado una única palabra más.
SIEMPRE.
José Luis Ordóñez
foto: Alberto Mas




