«…Yo sabía que Bruno Lacombe estaba en contra de la civilización, que era un «anticivi», en la jerga de los activistas. Y que el departamento rural del sudoeste de Francia que era la Guyena —incluyendo aquel recodo remoto al que yo acababa de llegar— era conocido por sus cuevas, que albergaban evidencias de los primeros seres humanos. Sin embargo, había dado por sentado que era Bruno quien guiaba las estrategias de Pascal para detener los proyectos industriales de la zona. No se me había ocurrido que aquel mentor de Pascal pudiera tener una fe fanática en una especie fallida…»
Estas frases son de la novela El lago de la creación de Rachel Kushner, publicada por AdN Editorial y que fue finalista del Premio Booker 2024 (la ganadora de esa edición fue Orbital de Samantha Harvey).
Detrás de una portada anodina, que no induce a pensar lo que atesoran sus magníficas cuatrocientas y pico páginas, se esconde una historia de espionaje, de infiltración en una organización, a su manera, porque tiene mucho menos de intriga clásica que de introversión y pensamiento. Es una mezcla perfecta de literatura de entretenimiento y lo que se considera novela literaria. Una obra cuyo enfoque principal es la cultura, la profundidad estética, el estilo y la voz de la autora frente a las fórmulas comerciales, explorando la condición humana, los sentimientos y la sociedad a través de un uso muy cuidado del lenguaje.
Recordemos que Rachel Kushner es la autora de las novelas superventas La sala Marte, Los lanzallamas y Télex desde Cuba; del libro de relatos The Strange Case of Rachel K, y de una aclamada colección de ensayos, The Hard Crowd. Ha ganado el Premio Médicis y ha sido finalista del Premio Booker, del National Book Critics Circle Award, del Folio Prize y, en dos ocasiones, del National Book Award en la categoría de Ficción. Sus libros están traducidos a veintisiete idiomas.
Pues bien, en El lago de la creación, a través de la muy cuidada escritura de Kushner (por momentos, tan certera y contundente como la de Joan Didion), conoceremos a la impagable Sadie Smith (éste, desde luego, no es su nombre verdadero), quien fue una espía estadounidense hace años, arrimándose a un pringadete, un activista de veintipocos, pelo largo, barbita extravagante, dándole cuerda durante meses para hacerle hablar de sus planes para cometer actos ilegales en pro de los derechos de los animales, porque la agencia gubernamental para la que Sadie trabajaba por entonces estaba convencida de que su cohorte de “anarquistas verdes” eran capaces de pasar a la violencia. Y Sadie le indujo a ello, sí. Y posteriormente él, el joven activista de la barbita, cuando le estaban juzgando por sabotaje, la demandó. Y, claro, ella fue el chivo expiatorio y le echaron la culpa de haber sugerido al pringadete el sabotaje; y lo peor fue que ya no pudo seguir como agente gubernamental; todo responsabilidad de los federales y su obsesión por los chavales melenudos.
Y ahora Sadie trabaja de lo mismo, pero para el sector privado: o sea, su misión actual es infiltrarse y destruir una comuna, Le Moulin, de activistas eco-radicales, los moulinards, en un rincón inencontrable de la Francia interior, en la Guyena, aquella meseta recóndita en el Massif Central, influenciados por las creencias de un enigmático anciano, Bruno Lacombe, que ha rechazado la civilización, vive en una cueva neandertal y defiende que el camino hacia la iluminación es un regreso al primitivismo.
Con este comienzo de historia, Rachel Kushner nos introduce de cabeza en lo que viene siendo una típica comuna anticapitalista de las que empezaron a crecer y a tenerse conocimiento de ellas a raíz del Mayo del 68 y del movimiento hippie en Estados Unidos. Mucha gente al montuno en medio del campo, en las colinas que rodeaban Vantôme (localidad ficticia), cada uno de su padre y de su madre, en una especie de comunidad libre, contraria a las convenciones sociales del momento y con la ilusión y creencia de una vida mejor.
En El lago de la creación se nos hace ver, de manera detallista, por parte de Sadie, cómo funcionan los moulinards, ese movimiento revolucionario de ecologistas radicales que se sospecha que, seis meses antes, habían saboteado equipamiento de excavación en las obras de un megaembalse industrial que se estaba construyendo cerca del pueblo de Tayssac, no muy lejos de Le Moulin (el plan del Estado era ahogar a las granjas pequeñas y favorecer las explotaciones corporativas, que plantaban sobre todo maíz). Cinco excavadoras enormes, cada una valorada en varios cientos de miles de euros, fueron quemadas al amparo de la noche. Se sospechó de Pascal Balmy, profesor y mentor de los moulinards, pero nunca aparecieron pruebas. Sadie tiene que infiltrarse entre ellos para ver lo siguiente que están planeando contra las grandes corporaciones agrícolas, los contratistas que construyen los megaembalses, la policía y los representantes de los ministerios de Agricultura y de Coherencia Rural.
Al principio, ella nos relata (toda la novela se cuenta en primera persona) que esta comuna, liderada por Pascal Balmy (de paso, conoceremos a Lucien Dubois, actor y amigo de la infancia de Pascal, quien hace de puerta de entrada a Sadie, siendo amante suya, como traductora al inglés del libro de Pascal, un manual de insurrección titulado Zonas de incivilidad), esta comuna, más que una célula terrorista que quiere sabotear complejos industriales que destruyen el medio ambiente, es una cooperativa agrícola radical, un grupo de burgueses con pasta que juegan a ser anticivis y una serie de individuos perdidos, como el americano Burdmoore, que rozan la delincuencia más violenta y habitual.
De esta manera, Rachel Kushner, a través de la mirada de su cínica protagonista (una mirada a lo Tom Ripley, de Patricia Highsmith), nos muestra un movimiento revolucionario típico, donde el reparto de tareas sigue siendo tremendamente sexista (y además pretendidamente justificado por los miembros de la comuna), donde los hombres al final lo que quieren es zumbarse al mayor número de mujeres posible y donde, a pesar de odiar al Estado, se vive del Estado.
La novela se hace fuerte al hablarnos de la tendencia anticapitalista del grupo, basándose en unos cimientos pseudocientíficos muy peculiares que se agradece descubrir, pero que a la vez suenan a alguien que le habla al viento. Este alguien, en el libro de Kushner, es el enigmático anciano Bruno Lacombe, quien conoció a Guy Debord -el mítico filósofo, escritor, cineasta y estratega francés (1931–1994), mundialmente reconocido por fundar la Internacional Situacionista y por su agria crítica al capitalismo moderno en su obra cumbre, La sociedad del espectáculo (1967); su pensamiento radical sirvió de inspiración directa para las revueltas del Mayo del 68- y que por una desgracia (que no desvelaremos aquí, claro está) Lacombe se recluye en el campo francés, en la Guyena, para vivir en una cueva y desarrollar una teoría un tanto particular, sobre un primitivismo medio chamánico en el que se aboga por volver a vivir como neandertales.
Así pues, la parte más reflexiva y filosófica de El lago de la creación recae sobre Lacombe, quien a través de cartas y correos electrónicos, que Sadie intercepta, desarrolla su teoría y cuenta su historia vital, haciendo a su vez replantearse ciertas cosas a Sadie (recordemos: una espía) en un giro final de la trama que cierra la novela de manera brillante, muy divertida y ágil. Rachel Kushner hace gala, no solo en este final, sino a lo largo de todo el libro, del uso de un lenguaje preciso y contundente, notables metáforas y un tono sostenido y cautivador que tiene un gran valor estético; junto con unos personajes principales, no solo Sadie, que muestran dudas, evolución y conflictos internos reales; mientras se habla sobre la vida, la muerte, la soledad, la memoria o la identidad; lo que hermana esta estupenda novela que es El lago de la creación con obras de la talla de Los perros negros de Ian McEwan, Noches de cocaína de J.G. Ballard o Leviatán de Paul Auster.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Chloe Aftel
Rachel Kushner
AdN Editorial, 448 pp., 22,95 €
Sinopsis:
FINALISTA DEL BOOKER 2024
Sadie Smith, una seductora y astuta espía estadounidense, ha sido enviada por sus misteriosos y poderosos empleadores a un remoto rincón de Francia.
Su misión: infiltrarse en una comuna de activistas eco-radicales, influenciados por las creencias de un enigmático anciano, Bruno Lacombe, que ha rechazado la civilización, vive en una cueva neandertal y defiende que el camino hacia la iluminación es un regreso al primitivismo.
Sadie, con su mirada cínica, observa esta región de antiguas granjas y pueblos adormecidos y se burla del idealismo de Bruno. Pero, justo cuando está convencida de que es la seductora y titiritera de todos a los que vigila, Bruno Lacombe comienza a seducirla a ella con sus ingeniosas contra-historias, sus lamentos llenos de arte y su propia historia trágica.
Bajo esta deslumbrante y tensa trama de espionaje e intriga, se esconde la historia de una mujer atrapada en el fuego cruzado entre el pasado y el futuro, y una profunda reflexión sobre la historia de la humanidad.




