Con Los ilusionistas (Anagrama, 2025) de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968), me he topado, y ya era hora, porque desde hacía casi un año tenía este libro en mente y lo he leído de un tirón como quien reconoce, en las páginas ajenas, las mismas ansias de contar acerca de sus propias raíces, y observa con cautela el merodeo del autor, sus reticencias a entrar de lleno en una masa de información que de pronto lo abruma y lo asombra: lo coteja frente a su pasado y siente en su rostro el golpe del fuego de tantas cuestiones latentes durante décadas, que lastiman y endurecen la piel, que lo empujan a un abismo en el que se hacen trizas los referentes y las certezas, emergiendo así nuevos atisbos y nociones que lo llevan a sopesar —en su justa dimensión familiar y personal—, qué contar y cómo hacerlo, sin que se vea como un ajuste de cuentas (que de hecho lo es), pero tan necesario para poner en claro todo aquello que se lleva sobre los hombros, y que ha llegado la hora de soltar para bien o para mal.
Esta novela, finalista del recién creado Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana 2026, es mucho lo que cuenta, aunque a veces sin orden ni concierto, y es solo a partir de las primeras setenta páginas (de sus 253) cuando el autor le toma el pulso a la narración, y nos sumerge con potencia en su mundo familiar, y hace de sus abuelos maternos pilares de una pieza narrativa que se hunde en reminiscencias, en nostalgia y desencuentros: en cartas cruzadas entre ambos, cuando, ya casados, por allá en la década de los años 30 del siglo pasado, él, aspirante a escritor (y que llegaría a ser el celebérrimo novelista Gonzalo Torrente Ballester), se marcha de manera intermitente a Madrid en busca de un destino literario, y ella, de origen campesino y egresada de la escuela de magisterio, se queda en casa criando a los hijos que fueron llegando uno tras otro.
La novela es definida por el propio Giralt Torrente como una “autopsia familiar” y en esto no se equivoca (aunque no sea muy feliz el vocablo escatológico que selecciona), porque ausculta, desde una técnica artificiosamente epistolar (ya que no transcribe las cartas por una supuesta imposibilidad de orden legal, y se da a la tarea de falsearlas como corresponde a un género ficcional), el cuerpo y el alma de ambos: sus anhelos y preocupaciones; las minucias de una vida hogareña signada por las penurias económicas; las dificultades que trae consigo la crisis española de aquellos tiempos oscuros y ominosos; las mentiras (o medias verdades) dichas por Gonzalo a su mujer para justificar sus ausencias; la actitud resignada de ella ante un destino inefable, en un mundo en el que hombre es quien gobierna con pulso firme las riendas del hogar; el tono erótico y libidinoso que muchas de aquellas misivas traslucen en ambos desde unos apetitos azuzados por la ausencia; el eterno problema asmático de la abuela que hace de su existencia un tormento; el entorno decimonónico de la Galicia de entonces; las rígidas normas sociales, y un sinfín de incidencias que otorgan fuerza y verosimilitud a lo contado.
Como ya lo asomé, es una novela autobiográfica y epistolar, así como la crónica de un tiempo ido o el retrato en sepia de toda una época, pero además es una metaficción, sin dejar de ser también la memoria de unos personajes entrañables, dispuestos a vivir sus vidas atados a la artificiosa esperanza de un tiempo mejor por venir, en el que se reunificarán como familia, en el que colmarán sus deseos y ansias amorosas, en el que les gritarán a sus familias que no se equivocaron al casarse, a pesar de todas las reticencias y desencuentros.
Si bien, los abuelos maternos son eje medular de lo contado, otros personajes relevantes emergen en la línea genealógica (padres, tíos, hijos, hermanos, sobrinos, y el propio narrador), que le dan toques trágicos (o de humor, como se vea) a la trama, y aquí en esta categoría entra el tío G. y su figura rompedora de normas y leyes: el hombre aspirante a escritor como su padre, que con un perfil funambulesco dilapida su existencia tras la quimera del dinero fácil, de la mentira, de la estafa y de la trampa, que para en la cárcel y a pesar de ello continúa con su trágico derrotero, o de su tía M. traductora, amante de los libros, encerrada en sí misma y en la fantasía de la palabra impresa, la figura de su madre, que emerge de las páginas con una rotundidez implacable, para posicionarse en el gusto del lector: la que se erige en norte y eje de la vida del propio autor (al ser hijo único): la persona que lo sostiene en lo personal y lo emocional.
Y así toda una galería de personajes entrañables y a la vez esperpénticos, que van y vienen, que como espectros llegados del pasado se nos muestran en sus debilidades y aciertos, para decirnos que la vida no es redonda como una obra maestra, sino una calle sinuosa en la que tropezamos con los otros y sus circunstancias felices o trágicas.
Dije al inicio que hay en esta novela un ajuste de cuentas, y no podía ser de otro modo, porque hay en cada relación tensada en estas páginas, tal grado de complejidad humana, que lleva al autor a mostrarse sin los ropajes de la contención social, y es aquí cuando nos relata el dolor que les causó a su madre y tíos (y a él también, lo que se tradujo en rencor) el testamento de su abuelo, quien los desheredó antes de marcharse de este mundo, dando preeminencia a los siete hijos de su segunda esposa (su primera mujer murió joven a causa del asma), y todo el proceso legal que esto conllevó, hasta que ambas familias pudieran llegar a incómodos acuerdos.
En cuanto al lenguaje, echa mano el autor de una prosa que lo estructura en distintos tiempos y espacios, y, si bien, es elegante, muchas veces echa mano de vulgarismos que no le restan brillo, sino que lo configuran dentro de entornos y circunstancias que le son connaturales.
A todas estas, no vi en ninguna de las páginas del libro, referencia alguna al vocablo que le da título (ilusionistas), lo que sugiere una suerte de licencia, con la que el autor busca denotar los artificios que cada uno de los personajes de esta obra ponen en juego, para mostrarse frente a los demás (o ante sí mismos) con aquello que no les pertenece, pero que podrían alcanzar por derecho propio. Tal vez —transijo— todos seamos ilusionistas en el no tan sutil juego de la vida.
Ricardo Gil Otaiza








