«Esta es mi historia y este fue mi amor. Empieza un día limpio, con un cielo de cristal, al norte de aquí. Imagina una plaza y, en la plaza, un mercado. Estás en el mercado del pescado. Los puestos, mientras me acerco, semejan barcas quietas, amarradas, con las velas todas blancas y, en cubierta, haces plateados. Hay bastante gente y hace calor. La gente acalorada compra pan. También acarrea fruta. Racimos de uva y caquis grandes, maduros, a punto de reventar. Dejan el pescado para el final, para que no se eche a perder.
Las pescaderas llevan faldas y, alguna de ellas, peluca y capellina sobre el pelo corto y teñido. Gritan y trabajan. Separan cabezas, cortan aletas, quitan espinas, escaman. Lomos y filetes brillan como joyas bajo los chorros de agua. Hay mozos que trajinan hielo. Guantes de plástico amarillos y rosa. Tablas con cuchillos de hoja ancha. Depósitos y mangueras. Cubos ensangrentados que se llenan de vísceras. El olor es de pescado todavía fresco, olor de sal gruesa y perejil troceado.»
Estas frases son de la novela Peces de Eva Baltasar, publicada por Random House y que desde el 9 de abril está en todas las librerías. Peces es un libro que explora la pasión amorosa desde una perspectiva compleja y perturbadora, poniendo el foco en cuestiones como la dependencia, la idealización, el deseo y la pérdida de identidad. En un momento en que los debates sobre los vínculos afectivos ocupan un lugar central en la conversación pública, la autora aborda también sus dimensiones más ambiguas y oscuras.
La novela arranca cuando una escritora llega a un pueblo del norte para participar en un club de lectura. Mientras espera, observa a una mujer que vende pescado frito y sirve vino en una roulotte. Ese encuentro inicial desencadena una atracción inmediata que la llevará a acompañarla hasta su casa, situada en las afueras del pueblo y a adentrarse en un espacio marcado por la extrañeza: habitaciones cerradas, suciedad, objetos inquietantes y una atmósfera de misterio. A partir de ahí, la relación entre la narradora y Victoria se desarrolla entre el deseo, el alcohol, la naturaleza y una creciente sensación de amenaza, en una historia que avanza hacia zonas cada vez más inquietantes.
Recordemos que Eva Baltasar (Barcelona, 1978) ha publicado once poemarios y debutó en la novela con Permafrost, Premi Llibreter 2018 y finalista del Premio Médicis Extranjero en 2020, traducida a varias lenguas y uno de los fenómenos literarios de los últimos tiempos. En 2020 vio la luz Boulder, su segunda novela, Premi Òmnium a la mejor novela del año 2020 en catalán, finalista del Prix Les Inrockuptibles 2022 en Francia y finalista del Premio Booker Internacional 2023. Mamut (2022) cerró el tríptico sobre la vida y los deseos de tres mujeres. En 2024, publicó Ocaso y fascinación.
Pues bien, Peces es su última novela y, por ella, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Eva Baltasar, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Eva, por favor, haznos un pequeño resumen de tu novela.
En la contra de la novela dice que es una historia de amor.
Yo matizaría que es una historia de amor monstruosa. Es decir, las historias de amor, si son de amor de verdad, son puras, hay cuidado, hay responsabilidad. Y aquí nos encontramos con una protagonista, la voz narradora, una escritora que tiene una especie de revelación, encuentra una persona y siente que va a vivir un gran amor. Y decide ir hacia allí y, bueno, paga su precio.
Con esa gran historia de amor, ¿qué hizo que te liaras la manta a la cabeza y te pusieras a escribir esta novela?
Lo tengo claro [y Eva Baltasar, tan delgada como en las fotos, ríe al decir esto], te puedo responder. Estaba escribiendo Ocaso y fascinación, la novela precedente, y la parte de la fascinación es una parte que tiene muchas capas de lectura, pero hay una protagonista que vive en adoración perpetua a una especie de virgen que tienen en su casa y había unas capas de lectura que era como una reacción casi amorosa la que tenía hacia aquella figura. Y pensé, qué bonito sería poder quedarme aquí y explorar esa historia de amor.
No era el caso, terminé la novela, la entregué y decidí, entonces sí, voy a estar un añito o dos años más centrada en una historia de amor. A mí me gusta. Escribir es una especie de forma para mí de bucear en el inconsciente, donde tenemos los monstruos dormidos y reprimidos. Es muy fácil para mí enviar a las protagonistas, yo las acompaño, pero van ellas, van ellas. Y eso funciona tanto escribiendo como leyendo, porque la lectura también tiene este punto de que conectas con tu propio inconsciente, con tus propias emociones también, ¿no? Y puede ser en ese sentido catártica y una gran fuente de autoconocimiento, creo yo.
Entonces, pues bueno, surgió así, fui hacia allí y me lo pasé muy bien, la verdad, sufrí un poco también, ¿eh?, pero lo pasé bien.
Siendo una novela tan intensa, ¿la escribiste de un tirón, a toda mecha?
No creas. A ver, fue una escritura larga, sí, larga de un año y pico largo, pero como yo también viajo mucho acompañando mis novelas y, cuando viajo, no puedo escribir, es muy fácil para mí salirme de la novela y es muy difícil volver a entrar.
Sí que hay parones de a veces un mes, en que he hecho algún viaje largo. Pero luego lo que hago muchísimo yo, más que la historia que se me va revelando de alguna forma y sobre todo cuando ya es buena, parte de mi proceso de escritura es cuando voy a pasear a mi perro y [entonces] me vienen las ideas, pienso mucho con imágenes, y luego las aterro una vez en casa, escribo, ahora escribo a mano y a ordenador, lo combino y, ¡ay, perdón!, la pregunta… se me ha ido.
La pregunta es si habías escrito Peces de un tirón.
¡Ah, sí! Pues no, sería que no. Hay algunos parones, pero luego sí que pasó muchísimo tiempo, [aunque] la historia está, trabajando el lenguaje poéticamente, sin hacer prosa poética, evidentemente, pero sí que me entretengo muchísimo.
Y se alarga el proceso porque trabajo mucho el ritmo, la musicalidad, crear imágenes para decir en pocas palabras lo que igual hubiera podido desarrollar en párrafos.
Te lo preguntaba porque hay autores que lo que hacen es escribir en plan borbotón y luego se ponen a modificar, a darle forma a partir de ese primer borbotón.
No, yo sobre la marcha voy trabajando, porque lo que más gozo de escribir es trabajar el lenguaje.
Yo me he formado como escritora durante muchos años escribiendo poesía y es algo que ya tengo, ya forma parte de mi forma de escribir, lo voy haciendo día a día.
Y se alarga el proceso de escritura precisamente por eso, aunque la historia de Peces es una historia pequeñita, una historia claustrofóbica, no tiene muchas ramas, es sencilla.
Hemos hablado de intensidad. Pero a mí me parece que destaca, más que la intensidad, la furia, incluso el encarnizamiento hacia la propia narradora o hacia Victoria, con que escribes.
¿Tienes la sensación de que me he ensañado? Sí, es posible. Son personajes, a ver, sobre todo el de Victoria es extremo, es una mujer que contiene mucha violencia.
Yo, es curioso, porque poco antes que saliera publicada [Peces] releía a Stevenson, Doctor Jekyll y Mister Hyde, y tenía la sensación de que ocurría algo parecido con estas dos protagonistas, que la propia escritora, como Doctor Jekyll, se enamoraba de su propio lado oscuro, de ese Hyde, de esa violencia que ella tiene que integrar de alguna forma, para luego huir de ahí porque es un sitio peligroso para ella.
Has mencionado que fue una escritura larga. Entiendo que te exigió gran concentración, durante el año y pico que tuviste esta historia en la cabeza.
Por eso digo que, cuando viajo, paro de escribir, porque no puedo compaginar una exposición exterior con la escritura, que es un ejercicio muy para dentro, muy interno. Y mientras estoy escribiendo, que estoy ahí en mi pueblo, en casa sola, sí que son semanas y semanas, meses de estar muy centrada en la historia.
De hecho, mi propia vida real, entre comillas, se va contaminando de la propia historia, del propio relato. Y es cuando se me quema la comida, me olvido las coladas. Mis chicas ahora ya son mayores, pero antes me olvidaba de ellas, pobrecitas, porque toma el poder la historia en ese momento, la novela. Y es magnífico. A mí me encanta porque me consuela de mi propia realidad en el mundo en que vivimos, que, vaya.
Y tu mundo que te rodea ¿no te dice: deja un momento de escribir, que queremos una Eva más a pie de tierra, más amable?
Mira, sí, sí, podría ser. Pero yo hago poquísimas cosas en mi vida. Ahora tengo la suerte que puedo vivir de escribir, no tengo ya otros trabajos, y esto, claro, me libera muchísimas horas.
Y luego no hago grandes actividades ni nada. Leo, escribo, estoy con mi familia y paseo al perro. Es que no hago más.
Pero ese “no hago más”, el estar con tu familia y pasear al perro, no es lo mismo si tienes la presión de escribir a si no la tienes.
Esto he aprendido a hacerlo, a estar presente con lo que estoy haciendo. En el momento en que acabo de escribir a la hora que sea, si voy a otra cosa, hago intento de estar presente; igual que ahora, que intento estar presente para la entrevista.
Y todo lo que hago es un poco zen, es un poco budista. Al final es la forma de disfrutar la vida, porque si no estamos haciendo algo con la cabeza puesta en otro lugar y no estás ni en un sitio ni en otro.
Eso sí que lo he ido aprendiendo. Y no se quejan, no se quejan. Yo a veces lo que me gustaría es tener más tiempo para escribir. Pero, bueno, tengo paciencia.
Hay un momento, como a la mitad de Peces, que Victoria está con una taza, adivinando el presente y el futuro, y habla del “buen amor”.
Yo creo que aquí, más que amor-amor, hay la sensación de que están enamoradas, seguro.
Tenemos la visión de la escritora, ella reconoce que se ha enamorado, pero es una mujer que, como tantos de nosotros, tiene sus heridas que vienen de la infancia y que al final son siempre las mismas: el rechazo, el abandono. Y te encuentras con alguien que, de alguna forma, te está atendiendo, te está eligiendo, te está cuidando y, aunque haya todo un maltrato alrededor, a ti ese cuidado ya te sirve de bálsamo de tu propia herida y pasas por alto el maltrato. Por eso digo yo que amor-amor…
Hay la idea de qué es un amor. Pero, bueno, tengo un amigo que dijo: “es que toda historia de amor es una historia monstruosa, sino ya no sería una historia de amor”. Aquí cada cual con su bagaje. Yo he vivido historias de amor monstruosas, ya las reconozco y he aprendido de ello, y ahora aspiro a un amor sano. Y creo que es posible. Yo ahora lo estoy construyendo. A ver qué tal.
Victoria, cuando bebe, se hace más amorosa.
Puede ser más tierna, sí. Se vuelve más reflexiva por momentos. Pero hay una evolución hacia el final de la novela, en aquellos momentos sobre todo cuando ya el perro se queda en casa. Digamos que el perro es un personaje que es inquietante y parece como agresivo, pero está sosteniendo toda la violencia de Victoria. Y cuando el perro desaparece y Victoria bebe es cuando salen a pasear los monstruos de Victoria, que son muy peligrosos.
Hay una evolución en ese aspecto.
Y luego hay otro momento que a mí me ha parecido también crucial, cuando van las dos en el coche y Victoria le hace a la narradora una crítica que escuece. Pregunta: ¿la narradora deja de quererla por el daño que le producen esas palabras, o porque no acepta las críticas?
No, yo no creo que sea eso. Yo creo que, cuando las críticas tan injustificadas en principio vienen de una persona a la que tú quieres, y que quieres creer que te quiere, y esa persona realmente lo que está intentando es darte donde más te duele, tú puedes dejar… de hecho ella deja pasar una, dos, pero llega un momento en que ya no, ya se da cuenta de que eso es insostenible para ella, que la está destruyendo.
No, yo creo que eso no es una crítica, eso es un dardo.
¿Y venganza? ¿Hay venganza por parte de la narradora al escribir, de la forma que lo hace, sobre esto?
¿Venganza? Para mí, no, por supuesto. Pero eso es de lo que hablaremos en los clubs de lectura, seguramente. Porque termina la novela y ya está. Aquí no ves como ella publica una novela.
Yo creo que es más un necesito salir de aquí de alguna forma y uso la escritura. La venganza sería si después añadiéramos capítulos y acaba publicando un libro y la otra pasa por ahí y se ve retratada. Eso sería venganza. Pero yo lo termino antes.
Porque esta es la visión de la narradora y también hay ahí un retrato muy bonito de Victoria.
Claro. Hay un retrato muy bonito también de Victoria. Es decir, no es solo un monstruo, es una mujer que tiene un universo muy rico, que es muy magnética, que lee muchísimo, que sabe de psicoanálisis, que pinta, que tiene unas colecciones espectaculares, que sabe gozar muchísimo de la vida, una mujer que le encanta comer bien, hacer el amor. A beber mucho y vinos de la mejor calidad.
Es una mujer que conecta también con el placer, es muy dionisíaca. O sea, no es solo un retrato de un monstruo, sino de una especie de dios que tiene muchas caras, ¿no?
«Hay algo en el hecho de haber conocido a Victoria, de amarla y ser su amante, algo que me ha estropeado. No sé lo que es y me inquieta. Esa es la palabra que me domina cuando estoy sola, la inquietud. La mía es la de un hormiguero, un hormiguero en el que han dado muerte a la reina y cada hormiga ha perdido el norte y ya no sabe qué hacer. La inquietud me impide dormir, descansar bien. Me despierto tres o cuatro veces cada noche, encadeno sueños y a menudo tengo la sensación de estar a punto de caerme de la cama.»
Mencionar el lenguaje: muy preciso, con apuntes poéticos, con metáforas muy literarias. Peces lo has escrito originalmente en catalán. ¿Por qué no lo has traducido tú misma?
Porque no sé, no sabría. Yo hablo el castellano, leo en castellano. Podría escribir un ensayo si quieres, pero trabajar la lengua a nivel poético y darle la música que necesita, que tiene el castellano…
Estos son libros muy difíciles de traducir, los míos, y me lo dicen todos los traductores. Son libros breves. Tiene mucho peso poético el original en catalán. Ese peso poético yo no sabría trasladarlo a otro idioma. Hace falta que sea alguien que conozca muchísimo mejor que yo la lengua y su música y que le dé esa parte de autoría, ese genio poético que va a ser distinto, la música seguro que es distinta, el ritmo es distinto, pero mantiene el mismo nivel, la misma melodía de alguna forma, la misma musicalidad.
¿Y prefieres arriesgarte a eso, que haya otro que te traduzca?
A mí me encantaría poderme traducir, pero no lo haría bien. Es que no lo haría bien. Lo haría muy literal, seguramente, y eso no es una traducción.
Por supuesto, lo que hago luego con los traductores -solo con el de castellano, porque no conozco tan bien como el castellano otras lenguas- es que luego yo reviso la traducción, comentamos dudas, cambiamos palabras. Eso sí que lo puedo trabajar un poquito. Pero no más.
Yo doy gracias a Unai Velasco que encima ha hecho una traducción deliciosa.
Y por último, ¿corriges mucho?
Muchísimo. Reescribo continuamente. Ocaso y fascinación lo revisé doscientas veces entero y éste no llega a doscientas, ciento y pico seguro, y cada día voy… Ese es el tema, es que no quiero perder la música. Las revisiones no son del último capítulo, son siempre del inicio al final. A veces, un día que haya escrito un parrafito con seis líneas, yo me doy por satisfecha. Y seguramente al día siguiente lo voy a borrar, lo voy a tocar mucho. Pero yo avanzo así, es como hacer un bordado que tarda en salir la imagen, la flor o lo que sea, cada día son puntaditas, puntaditas, puntaditas. Y soy lenta.
Y tienes que estar enganchada.
Mucho. No dejarlo.
Sí, es laborioso. Pero es muy bonito de hacer.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © David Ruano
Eva Baltasar
Random House, 128 pp., 18,90 €
Sinopsis:
En Peces , Eva Baltasar parte del motivo del flechazo para llevarlo hacia un territorio próximo al cuento gótico y la exploración psicológica. La novela aborda temas especialmente vigentes, como la fragilidad de la identidad, la confusión entre amor y posesión y la atracción por aquello que puede resultar destructivo. A medida que avanza la relación, la narradora experimenta una progresiva pérdida de referencias personales y vitales, hasta quedar absorbida por el universo de la otra. La autora construye un relato de gran intensidad emocional, sostenido por una escritura física, precisa y de fuerte potencia literaria.
La novela incorpora también una dimensión metaliteraria de especial interés. La protagonista es una escritora acostumbrada a los desplazamientos, los encuentros con lectores y la exposición pública que acompaña al oficio. Desde ese punto de partida, Peces plantea una reflexión sobre la soledad de la escritura, la tensión entre vida y literatura y la capacidad de la ficción para dar forma a la experiencia. Tras la ruptura amorosa, la narradora abandona la novela que estaba escribiendo y comienza otra, impulsada por la necesidad de comprender lo vivido. En este sentido, la literatura aparece no como consuelo, sino como un espacio de elaboración y lucidez. Esta capa de lectura, unida a la intensidad del relato, hace de Peces una obra especialmente interesante.








