«El edificio de la casa nueva es tan alto y delgadito que es como si hubiera intentado colarse entre los edificios contiguos hasta quedarse atrancado.
Ni para adelante ni para atrás.
Me lo imagino diciendo: “Paso, paso, creo que cabemos todos”, y a los edificios de al lado mirándolo como miran a mamá en la playa cuando quiere plantar la toalla sea como sea.
Eso sí que son miradas y lo demás tonterías.»
Estas frases son de la novela El jardín de los balones perdidos de Lola Llatas, publicada por Edelvives y que ha resultado ganadora de la XXXVI edición del Premio de Literatura Infantil Ala Delta, convocado por la misma editorial y dotado con 14.500 €.
El jardín de los balones perdidos comienza cuando un balón desaparece tras una verja oxidada. Una historia que combina ternura, humor y una pizca de misterio. Un niño recién llegado al barrio descubre que no todo es lo que parece, especialmente la casa vieja donde vive una mujer solitaria con fama de bruja. Lo que empieza como una travesura se transforma en una oportunidad para conectar con quien más lo necesita.
A través de una historia llena de sensibilidad e imaginación, El jardín de los balones perdidos nos presenta a un protagonista que ve el mundo con ojos diferentes. Dotado del don de hablar con los objetos, logra lo que nadie se atreve: entrar al jardín prohibido y, sin proponérselo, cambiar la vida de quienes lo rodean. Esta narración pone en valor la imaginación, el respeto por lo diferente y la magia de los vínculos auténticos.
Lola Llatas debutó en el panorama literario con la colección Los misterios de Sara (2018). Y ha publicado otros títulos infantiles como Min y el cazador de estrellas, El visitante de planetas, Los inventos del profesor Sapienti, Los intrusos, El club de los hermanos pequeños, Hay un fantasma en mi tienda de campaña, Jano salva el mundo, Anita Curiosidad, Trupulu, Cienbarbas y El jardín de los balones perdidos (Premio Ala Delta 2026). También ha publicado libros juveniles como El ojo inscrito; y para adultos, entre los que se encuentran Relatos intranquilos para viajeros, Las reinas de Asia, Bosque, El lugar invisible (Premio Ignotus a Mejor Novela 2024, y premio festival Terramur a la mejor novela 2024), e Hija de invierno. Además de escribir novelas, ha participado en antologías, revistas, prólogos, fanzines y proyectos audiovisuales, demostrando una versatilidad creativa notable.
Por El jardín de los balones perdidos, su último y recién publicado libro, estamos en Mansilla, libros y café (¡qué gusto encontrarnos con sitios así, rodeados de ejemplares y degustando un estupendo desayuno!), en la zona del Rastro, al lado de la impresionante fachada barroca de la iglesia de San Millán y San Cayetano, para entrevistar a Lola Llatas (y a Mónica Rodríguez, otra autora de la que hablaremos más abajo) y que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
El protagonista de tu novela es Luis Alfonso, un chico que “podía hablar con todas las cosas”. Lola, ¿de dónde sacas un personaje así, cómo se te ocurre?
Este es un personaje que extraigo de la infancia y que lidia también con un miedo mío, que es el miedo al cambio absoluto. Pues Luis Alfonso lo que hace es que se refugia en un mundo interior en el que las cosas no cambian. Habla con unas cosas que nunca van a cambiar, siempre van a estar ahí. Y le da muchísima comodidad y muchísima seguridad.
Le encantan las mates. Pues, lo mismo, porque el resultado va a ser siempre objetivo.
Y por eso he metido ese mundo interior que, además, le separa un poco del exterior, porque el exterior es continuo cambio constante. Y de ahí surge el hablar con las cosas.
Tu novela está contada en primera persona. Todo desde el punto de vista del protagonista, como si fuera una cámara de vídeo enfocando. ¿Por qué lo haces así?
Pues porque su historia es su manera de ver el mundo. Desde el primer momento, te metes en la cabeza de Luis Alfonso, te metes cuando llega al barrio, cuando ve los edificios, él no ve edificios como nosotros veríamos, él ve el delgadito, los ve con una personalidad y con unos rasgos totalmente animados. Desde esa primera página empiezas a entender quién es él y las diferencias con el resto del barrio.
Y también me gusta muchísimo el hecho de que sea un narrador no fiable. Tú cuentas solamente lo que él interpreta de la vida. Por ejemplo, hay un momento en el que sus compañeros del cole se burlan de él y yo quería en primera persona y en presente saber cómo él responde a esa broma y por qué responde a esa broma. No hay ninguna intención de herirlos ni de contestarlos, porque ni siquiera ha entendido que lo están ofendiendo.
Me gusta mucho el hecho de cómo entiende las cosas. Por ejemplo, cuando habla con su madre, cómo ve los personajes secundarios a través de sus ojos, cómo entiende ese jardín secreto con la bruja dentro, cómo la ve desde el primer momento, cómo lo que los demás ven es una cosa, o lo que le dicen es una cosa, y lo que él ve es totalmente diferente.
Y eso podía hacerlo si me metía en él. Y había que meterse cien por cien.
Además, todo está contado en presente.
Sí. Porque Luis es una persona que no tiene ningún filtro. Y, si encima lo coloco en presente, doy a entender que no ha habido ningún filtro, que eso es así.
No es como una interpretación que él después ha podido madurar, sino que simplemente esto es conforme le entra. Y, como tú has dicho, [él] es una cámara de vídeo que va recogiendo todo, no entiende la mayoría de las cosas que recoge. Pero todo lo interpreta. Y todo lo transcribe.
El jardín de los balones perdidos es un canto a la infancia: tanto a la soledad de la misma, como a que es la época en que todo es nuevo, todo es un descubrir las cosas.
Sí, totalmente. Es un canto a la infancia, pues son los ojos de Luis Alfonso, como decíamos antes: primera persona, presente, [pero] es un canto, más que a la infancia, a las miradas nuevas, a todo lo que de repente es fresco. Tienes que entender además que muchas veces pensamos que los niños lo entienden todo a la primera, que hay cosas que, bueno, ya se les pasará, esto no es importante, ya madurarán. Pero no, no. Existe ese trabajo de maduración, de entendimiento. Es un trabajo arduo, que tienen que llevar a cabo y que no siempre es fácil.
Quería también poner de manifiesto que la infancia no es tan preciosa y perfecta como la imaginamos los mayores. Que, cuando un niño te dice tengo un problema o tengo una inquietud, es tan importante como para nosotros la súper inquietud de no pagar la hipoteca. Es que es lo mismo.
Y eso unido a Violeta, que es lo contrario, que es la experiencia pura, piensa que lo sabe todo y, al final, hace falta que también tenga esa mirada infantil.
Lola, sobresale la empatía por todas las páginas de El jardín de los balones perdidos: el cariño por las personas y también ¡por las cosas!
Es algo que he trabajado desde un punto totalmente personal.
Yo soy incapaz de cambiar una cortina, porque después pienso, ostras, es que esta cortina la conocía mi abuela y mi abuela falleció y claro [si la cambio] esta cortina no será la misma que tenía mi abuela.
Llevo veinte años fuera de España, cambiando de país continuamente, y lidio muy mal con los cambios. Tengo fetiches que llevo conmigo a todos los lados. La mayoría son libros. Y tengo que aprender un poco a sanar y a confiar que se quedan en un lugar y [que] no les va a pasar nada malo.
Yo entiendo que muchísimas veces nos anclamos en los objetos para encontrar una estabilidad. Lo que quería un poco en este libro es desanclarme, entender a través de Violeta y Luis Alfonso que el ancla eres tú y, lo que tú decías, esa empatía y ese reconocimiento del mundo. Y tienes también que permitirte cambiar de opinión y permitirte cambiar de pareceres y cambiar de escenarios. Y no es tan malo.
Y en todo eso entran en juego los objetos. Por ejemplo, hay un momento en el que Violeta rescata todos sus objetos que tenía guardados, inutilizados, rotos, de estar guardados. Pues eso para mí es una lección de “no”. Las cosas tienen que ser útiles, porque si no tienen utilidad, también se apagan, se pudren, se quedan, pues eso…
Hablando de la relación entre Luis Alfonso y Violeta, sobre todo del miedo de Violeta al cambio, hay que ver lo importante que es darse cuenta de que hay que convivir con él, de que la vida es un cambio continuo.
Violeta es una persona que está enfadada y, creo, que le sucede muchísimo a muchas personas enfadadas que he conocido así con una edad avanzada. Y es que se olvidan por qué se han enfadado, saben que están enfadados por algo, no saben exactamente por qué y de repente es porque su familia a lo mejor ha emigrado y porque se ha quedado sola y porque el barrio es raro y porque entonces se van refugiando en ese enfado y se van quedando, pues, más solitarios.
Y entonces…, mmm, ¿cuál era la pregunta, perdona?
[Risas, ante esta muestra de espontaneidad por parte de Lola Llatas]
La pregunta era el darse cuenta del cambio, darse cuenta de que la vida es cambio y que hay que convivir con él.
Claro… Ella tiene un jardín enorme. Y el barrio, si [Violeta] le da un trocito, podría tener un parque. Pero ella no quiere cederlo porque se está anclando en una añoranza, en lo que es el pasado como ella quería que fuera.
Pero es que ese pasado nunca va a volver.
La relación entre Luis Alfonso y Violeta [respecto al cambio], ellos son dos caras totalmente opuestas del cambio. Uno es: cambio porque no quiero que el pasado cambie, no quiero que el pasado desaparezca. [Y otro:] tengo miedo al cambio porque [en] el futuro no sé lo que me espera.
Entonces, esas dos caras se unen y, entre ellos, se van educando el uno al otro, hasta que al final, pues, admiten el cambio.
El jardín de los balones perdidos
Lola Llatas
Editorial Edelvives, 152 pp., 12,20 €
Sinopsis:
Luis Alfonso ha perdido su balón. El balón más «casi de reglamento» que ha tenido nunca. Ha ido a dar a un jardín al que nunca entra nadie, porque está custodiado por una despiadada bruja… Al menos eso dicen en el barrio. Pero ¿y si las cosas no son lo que parecen? Quizás valga la pena ir en busca del balón. A veces meterse en jardines puede ser la mejor de las ideas.
* * *
«Era una niña y tenía los ojos cerrados. Se hallaba acurrucada en el grueso tronco de un olmo, abierto como una mano para su cuerpo diminuto. Estaba muy sucia. Respiraba. El gato montés la vio y saltó de una rama a otra. Llegaban los sonidos de las explosiones lejanas y el olor a pólvora que se mezclaba con el aroma del río. Mientras sucedía aquel ruido, las aves y los insectos callaban, las culebras se escondían bajo tierra, los galápagos se ocultaban en el fondo del agua y todo el bosque parecía adormecido.»
Este fragmento es de la novela Nara de Mónica Rodríguez, publicada por Edelvives y que ha resultado ganadora de la XXV edición del Premio Alandar de Narrativa Juvenil, convocado por la misma editorial y dotado con 14.500 €.
Nara cuenta la historia de una niña en busca de respuestas en tiempos inciertos. Ambientada en el verano de 1938 –en plena Guerra Civil española–, esta narración sumerge al lector en un paisaje marcado por la contienda y la poesía. Con prosa cuidada y ritmo envolvente, la novela de Mónica Rodríguez muestra cómo la naturaleza, los versos y la memoria pueden convertirse en refugio.
La protagonista se adentra en un bosque cercano al río Ebro en busca de su hermano, un soldado cuyo rastro se ha perdido. Allí encuentra a un joven combatiente herido y un libro de poemas que la acompañará en su viaje interior. Las escenas se despliegan entre claros y trincheras, mientras la infancia se abre paso entre el miedo y la esperanza.
Mónica Rodríguez nació en Oviedo y reside en Madrid desde 1993. Tiene publicados más de setenta libros. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos, entre los que se destacan el premio Alandar en 2026 y 2016, premio Barco de Vapor en 2023, premio Edebé de literatura infantil en 2022, premio Ala Delta, el premio Anaya, el Gran Angular o el premio Fundación Cuatrogatos en siete ocasiones, el último en 2024 por La niña de los pájaros.
En varias ocasiones ha sido reconocida con el premio White Ravens de la biblioteca de Munich, entre ellas en 2019 por El viaje de Malka. También ha ganado en dos ocasiones el premio a los mejores del Banco del libro de Venezuela. En 2018 se le otorgó el premio Cervantes Chico a su trayectoria. En 2024 recibe el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Umiko, otorgado por el Ministerio de Cultura de España.
Por Nara, su última y recién publicada novela, también estamos en Mansilla, libros y café (junto a Lola Llatas), para entrevistar a Mónica Rodríguez y que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Este 2026, hace noventa años del comienzo de la Guerra Civil. Mónica: qué coincidencia con tu novela.
Es una coincidencia, sí. No estaba planificado ni nada. Pero me alegra que salga el libro en un momento en el que se pueda hablar un poco más, o se hable, o esté más presente, tenga más protagonismo la Guerra Civil, que no debemos olvidar.
¿Qué hace diferente a Nara, respecto a otras novelas sobre la Guerra Civil?
Pues yo creo que el punto de vista en el que está narrado, porque se cuenta la guerra y el momento de la batalla del Ebro desde la mirada de una niña, y desde la mirada también de un adolescente, un chaval de 17 años que es obligado a luchar en la Quinta del Biberón, los chavales que tuvieron que ir a la guerra siendo prácticamente adolescentes, y sin que seguramente les interesara lo más mínimo, y les dieron un fusil y que incluso con alpargatas se tuvieron que ir a hacer la guerra, toda una generación, que muchos de ellos murieron en la batalla del Ebro.
Y creo que lo interesante del libro es que esté contado desde esa mirada y que uno pueda ver desde la verdad de una niña, desde la verdad de un adolescente, lo que sucede en una guerra a nivel individual, la gran tragedia que supone.
Pero también hay cierta luz en el libro, cierta esperanza, que viene de la mano de la poesía y de la mano de esa naturaleza que protege a la niña.
Destaca el ritmo, sobre todo. Muy sostenido a lo largo de Nara.
[Es algo que] lo he trabajado muchísimo, la verdad, muchísimo. Quería que, desde la primera página, estuviera presente no solo el soto, sino también la poesía.
Entonces, tenía que trabajar mucho la palabra para que pudiera llegar ahí, envolver y mantener ese ritmo constante hasta el final. Así que ha sido un trabajo, la verdad, que muy intenso y muy de volver atrás y de corregir y de mirar cada palabra del libro.
Has mencionado el soto. En Nara sobresalen también las descripciones del entorno, la naturaleza, los animales, el cielo, el soto.
Sí, yo quería que fuera un personaje más, que estuviera muy presente.
Al final, quien protege a la niña es el soto, quien la rescata, quien la guarda con los árboles, con los animales, con ese gato que le enseña a sobrevivir y que también, bueno, no deja de ser también parte de la poesía, que al final está tan presente en el libro.
Y lo trabajé mucho también, que el soto estuviera ahí todo el tiempo.
Mónica, detengámonos un momento en esa presencia, tan destacada en Nara, de la poesía.
Yo creo que la poesía salva, que la poesía nos ofrece belleza y [es] consoladora ante la herida de la vida.
Somos seres asombrados y heridos. Y creo que a través de la poesía podemos poner en palabras lo que nos sucede, lo que nos pasa, llegar a lugares que no podríamos hacerlo desde el lenguaje coloquial.
Y por eso me parece importante que esa palabra poética esté siempre presente, esté presente también en la adolescencia, para poder dar luz a lo que somos, a quienes somos. Y acompañarnos en momentos difíciles. Y, sobre todo, en un caso como puede ser la guerra, un conflicto armado, pues la poesía también nos da un espacio para la esperanza.
¿Junto a qué libro o libros pondrías en una estantería a Nara?
Hay libros que han sido muy importantes para escribir Nara.
Uno de ellos, por supuesto, es el Romancero gitano [de Federico García Lorca], que lo tengo aquí. [y Mónica Rodríguez nos lo muestra, orgullosa]. En la edición del 37, que es el que tiene la niña.
Pero también ha sido muy importante el libro de Víctor Lamela, que se titula Nos robaron la juventud, donde entrevistó a los ancianos que sobrevivieron a esa guerra, siendo en su momento de la Quinta del Biberón, de los republicanos; y algunos perlagones, de la Quinta del Perlagón, de los nacionales. Un libro donde se ve lo terrorífico, lo que dicen estos hombres que vivieron la guerra. Ya el título Nos robaron la juventud es una de las frases que dice uno de los entrevistados. Y es terrible lo que vivieron esos chavales. Y de hecho, muchas de esas frases también aparecen en mi libro, con lo cual eso es muy importante.
También es muy importante un libro que he traído aquí, Las bibliotecas del frente, los estudios que se han hecho sobre ese primer bibliobús que existió en España, que era el bibliobús que fletó la Generalitat para llevar al frente del Este y del Ebro y que, además, [es importante porque] las bibliotecarias eran mujeres, porque solo podían estudiar esa carrera las mujeres, con lo cual eran mujeres y muy jovencitas, muy valientes, que se adentraban con su bibliobús durante la batalla del Ebro, iban hasta el frente para llevar libros a los soldados y a los hospitales de sangre… También este libro es muy importante porque hay partes de esos diarios que escribían las bibliotecarias del frente de los viajes. De los dieciocho viajes que hicieron, hay catorce que están escritos en esos diarios.
Desde luego, estos dos libros están aquí dentro [Mónica Rodríguez señala el Romancero gitano y Las bibliotecas del frente], estos dos los pondría juntos porque pertenecen a este libro [y señala el suyo, Nara]. Además del de Víctor Lamela.
Y bueno, del resto, pues no sé, me gustaría que Nara estuviera cerca de otros libros importantes sobre la guerra…
¿Cerca de Cercas? Ahora es el aniversario de Soldados de Salamina (hace veinticinco años que se publicó).
Sí, [es] uno de los libros que hablan de la guerra más impactantes. O de este de Chaves [A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (1937)], que es uno de los mejores libros sobre la Guerra Civil.
Me encantaría que Nara estuviera cerca de esos.
Carlos Castrosín
Mónica Rodríguez
Editorial Edelvives, 168 pp., 13,30 €
Sinopsis:
La protagonista se adentra en un bosque cercano al río Ebro en busca de su hermano, un soldado cuyo rastro se ha perdido. Allí encuentra a un joven combatiente herido y un libro de poemas que la acompañará en su viaje interior. Las escenas se despliegan entre claros y trincheras, mientras la infancia se abre paso entre el miedo y la esperanza.







