«No sé cuánto tiempo después, con la casa a oscuras, oí gritos en la planta superior. Un portazo. La hija que pedía silencio, que había invitados. Poco después sentí a alguien bajando las escaleras, un cuerpo que se me acercaba, me acarició la mejilla, me arropó con la manta y me pasó la mano por la cintura y la cadera un par de veces.»
Estas frases pertenecen a Corazón de pato, relato incluido en Era todo el mismo hueco de Eider Rodríguez, libro publicado por Random House y que desde el 5 de marzo está en todas las librerías.
Después del éxito de Un corazón demasiado grande, regresa la gran cuentista vasca con un nuevo y magnífico libro de relatos, en donde los personajes de estas seis historias habitan un territorio confuso entre el amor y el desamor, la vida y la muerte, la plenitud y un moderado bienestar, la fragilidad y el destino. A su alrededor hay cavidades, cuevas y abismos, a veces imaginarios, y otras no tanto: una hendidura profunda en la tierra o en la carne. Es a través de estos huecos que Eider Rodríguez se asoma, con feroz clarividencia, a aquello que corre bajo la superficie desgastada de los afectos, desde las mínimas asimetrías y ambigüedades que agrietan las relaciones hasta la felicidad perdida, iluminando con su prosa árida y clara las incómodas y desconcertantes emociones con las que traficamos cada día.
Eider Rodríguez (Rentería, País Vasco, 1977). Sus padres, Ana María y Juan María, trabajadores en una empresa familiar de material de construcción, veían la educación como una herramienta de ascenso social, y transmitieron a sus hijas la importancia de la cultura en general y de la lectura en particular.
Cursó estudios en la Universidad del País Vasco, en la Sorbonne Nouvelle de París y en la Universidad Complutense de Madrid. Licenciada en Publicidad, es doctora en literatura.
Siendo editora, publicó su primer libro de relatos, Y poco después ahora, a los veintiséis años, al que siguieron Carne (2007), Un montón de gatos (2010) y Un corazón demasiado grande (2017), galardonado con los premios Euskadi de Literatura y Euskadi de Plata. Literatura Random House ha publicado una antología con el mismo título que incluye los relatos de su último libro y una selección de sus mejores cuentos anteriores.
Eider Rodríguez, además, ha cultivado otros géneros, como el cómic (Santa familia), el ensayo (El cuerpo de las escritoras y El mar es el único camino) y la traducción (Le bal, de Irène Némirovsky).
Ha sido también guionista y traductora. Actualmente trabaja de profesora en el área de Lengua y Literatura de la Universidad del País Vasco en Donostia-San Sebastián.
Reside en Hendaya, un pequeño pueblo fronterizo y costero, alejada del ruido, con su familia, sus árboles, sus plantas, sus libros y sus gatos.
Bien, por Era todo el mismo hueco, su recién publicado libro de relatos, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Eider Rodríguez para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Si tuvieras que definirlo, Eider, ¿cuál es el tema central de tu libro?
El tema central, digamos, general, sería la incomodidad o la sensación de desazón que vivimos en la actualidad. Así como la sensación de incertidumbre, incertidumbre y desazón, diría, e incomodidad. Creo que estamos en un mundo que es difícil de leer y de decodificar en diferentes sentidos. Estamos, lo que siempre se dice, más informados que nunca. Cuesta menos hablar de ideología y, sin embargo, en muchas ocasiones creo que está sucediendo que la ideología no va a la par de las emociones o de nuestras vivencias más íntimas. Y eso genera una ruptura en nuestro interior.
Eso así, a nivel general. Y un poco filosófico o político, y a otro nivel, y además terrenal, diría que estoy hablando de cómo nos relacionamos actualmente, parejas, amigas. Sobre todo eso, relaciones sentimentales de amistad o de pareja. Y de cómo el exterior contamina nuestras relaciones.
¿Empiezas el libro con ese tema central y lo llenas de cuentos? ¿O es al revés, escribes los cuentos independientemente, los metes en el libro y luego encuentras el tema que los agrupa?
El tema central tiene mucho que ver con mi situación personal, o con mis vivencias, o con mi vida. Una sensación general de agotamiento, de ansiedad, de incertidumbre. Y luego esa sensación general tiene subsensaciones, que a veces son pequeños nubarrones, incógnitas, misterios.
Normalmente mis cuentos empiezan con un misterio, con algo que no consigo entender a través de la palabra, bien pueda ser a través del pensamiento o bien hablando con la gente. Entonces ahí optó por escribir. Y esa escritura a veces trae consigo que se vaya aclarando ese nubarrón, esa oscuridad, ese enjambre de abejas que pulula en torno a mí, y se vaya convirtiendo en otra cosa, se vaya clarificando esa duda, esa oscuridad.
Y después, cuando ya tengo cierto material publicable en mi opinión, voy confeccionando un libro de relatos. No están todos los relatos que he escrito, pero sí los que creo que dan cuenta de una sensación común que estamos compartiendo hoy en día.
Al hilo de esto, cuando llevas ya cuatro cuentos, por ejemplo, ¿el quinto o el sexto no se ven condicionados por los cuatro anteriores?
De alguna manera, sí. Porque a veces sucede que pienso, bueno, aquí igual hay demasiado poco diálogo, voy a hacer algo más dialogado.
Sí que pienso en el concepto de libro. Y en cómo darle ritmo.
Me obsesiona bastante eso. Por ejemplo, el último de los relatos [“El cráter”], que tiene que ver con la muerte, sabía claramente que iba a ser el último de los relatos de algún compendio.
Eso es como la antítesis de tu anterior libro, que empiezas con una muerte también, o con un espíritu de muerte.
Sí, pero en este caso yo, cuando escribí este relato; que de hecho es el más antiguo de todos los relatos que tengo aquí, es el primero que escribí, mejor dicho; tenía la conciencia de que iba a ser el último de los relatos de algún libro.
Pienso mucho en el ritmo, en el concepto del libro, cuando estoy escribiendo los relatos. Justo antes de ponerme a escribir, es uno de los condicionantes que me autoimpongo. Estoy escribiendo este escrito sobre dos amigas que hablan mucho; aquí podría ponerme más introspectiva quizá; pienso en eso, en cómo respira todo el libro, cómo me gustaría que respirase.
Luego, por supuesto, voy moviendo fichas y voy moviendo cosas, pero sí que pienso en la totalidad del libro.
“Ya he aprendido que para no tener que trabajar hay que trabajar mucho”, dice un personaje tuyo en “Canícula”. Yo transformo esto y te pregunto: Para escribir como escribes, tan preciso, tan claro, hay que trabajar mucho, ¿verdad?
Me encantaría ser una escritora que pudiera decir que escribo de manera ligera y holgada e improvisada, pero no es mi caso, a pesar de que, como te digo, me encantaría. Al revés, soy alguien que reescribo mucho, que pienso mucho antes de escribir. A pesar de que es verdad que el inconsciente, el subconsciente y el instinto tiene mucho espacio en mi literatura. Pero siempre hay un canal, hay una presa que yo construyo antes de poder escribir el relato, para poder canalizar esas aguas de una manera u otra.
Y soy lenta, quisquillosa, ¿y qué más?, y pesada. O sea, como que escribo con cierta…
¿Terquedad, quizá?
Sí, un poco así. Y un poco rabiosa escribiendo. Pero una rabia contenida.
[en “Corazón de pato”] Otro personaje tuyo dice: “Siempre he querido escribir etiquetas de vinos. Cuando peor es algo, más literatura necesita.” Eider: Cuando hay mucha literatura, ¿es que algo no es muy bueno?
Creo que sí. A mí me gusta mucho el vino, pero me gusta todavía más la literatura.
Enseguida me engañan con las etiquetas y con los nombres de los vinos. Y realmente me haría tanta ilusión que alguien me contratase para escribir etiquetas de vinos, para embellecer aquello que no es tan bueno. Pero realmente creo que, a través de las palabras, un vino puede saber muchísimo mejor de lo que sabe.
Yo realmente lo quería enfocar…
Sí, sí, voy a lo otro también.
Y luego, creo que en los libros, como en el cine, hay demasiados minutos y demasiadas palabras. A mí un libro con muchas páginas a priori me causa cierto rechazo, porque pienso que no es imprescindible, que todas esas palabras no son imprescindibles.
Es verdad que tiendo a la economía del lenguaje, también [porque] soy sobre todo cuentista, y es uno de los requerimientos para ser cuentista, tienes que trabajar con lo primordial, con lo esencial, y con el menos es más. Entonces, cuando veo una novela así, pienso: no sabe escribir, no es un buen escritor; sobre todo pasa con los hombres, con perdón; y tiene mucho tiempo, demasiado tiempo; ergo, creo que no está muy anclado en la realidad o en el tipo de literatura que a mí me interesa.
Así que para mí, tanto películas largas como libros largos tienen que estar muy justificados. Hay, los hay; pero por lo general me parece una mala señal. Hablan mal de la película y de la novela y del ego de quien las ha llevado a cabo.
Un cuento, ¿cómo surge? ¿Tienes una idea pensada antes o te viene una imagen y la sigues?
Yo siempre trabajo con muchos cuadernos de notas, siempre voy tomando notas en cuadernos. Algunas de ellas perviven y se van entremezclando con otras notas.
Esas notas a veces tienen que ver con un sueño que he tenido, otras veces con un retazo de conversación y otras tienen que ver con un malentendido o con una vivencia personal mía. Y otras veces son una imagen, por ejemplo, que puede ser un hombre; una imagen que escribí hace poco, hace poco no, hace mucho, que nunca ha llegado a un libro, pero puede ser; un hombre caminando por el arcén de una carretera con un carro de niños vacío. No sé si lo vi o si me pareció ver, pero se me quedó grabada esa imagen y, [cuando] yo voy luego repasando cuadernos y [encuentro] esa imagen, yo noto que todavía late, [lo que] podría llevar a que esa imagen se entrelazase con otra idea, con otra emoción, con un sueño, con un algo que para mí sea misterioso o enigmático o equívoco, o que lleva al equívoco, o incómodo, y que de ahí naciese una historia.
Pero es muy azarosa la manera en la que escribo, en este sentido. No hay [un] quiero escribir sobre esto, sobre eso, sobre aquello. Es mucho más orgánico, mucho más visceral, mucho más relacionado con lo oscuro y con la no palabra, paradójicamente, porque luego al final intento encontrar la luz a través de las palabras.
¿Se puede decir que estos seis cuentos son una prolongación de los seis primeros de Un corazón demasiado grande (2019)?
Yo entiendo toda mi obra como una prolongación. Como un continuo más que una prolongación.
Sí que veo que hay una coherencia y hay una manera de mirar el mundo que va evolucionando y va cambiando y va derivando y deviniendo también.
Entonces, sí, la respuesta es afirmativa.
Perturbación. En tus cuentos, parece que se cruza una línea y todo adquiere como una nueva dimensión, o una dimensión un tanto distorsionada de la realidad.
Sí, hay eso que tú acabas de decir. Una perturbación es muchas veces también lo que existe en el origen de esa oscuridad de la que te hablo.
Es algo que me perturba, algo que no me deja estar bien.
Y, sí, yo creo que mis personajes están en proceso de cambio o están justo, como tú bien dices, en esa frontera entre diferentes realidades, entre diferentes tierras, entre la bondad y la maldad, en ese lugar ambiguo que sirve para hablar de ambas caras de la moneda.
Decía alguien que hay una metamorfosis muchas veces en mis personajes y no me había dado cuenta. Pero pienso que sí. Precisamente porque están cambiando. Y sí que hay un algo que les azota, que los agita y que de repente hace que se cuestionen lo que tienen o que pongan en duda los cimientos de sus hasta entonces vidas. Eso no significa que el cambio tenga que ver con lo que ellos esperaban. O que las respuestas que vienen tengan que ser las respuestas a las preguntas que estaban en el origen.
A ver qué te parece esto, Eider: la perturbación existe en tus cuentos, está claro, pero creo que sobre todo viene del “darse cuenta”… Tus personajes a lo mejor ya estaban transformándose desde hace tiempo y no se habían percatado y, de pronto, se dan cuenta en ese instante. Ahí es donde está la perturbación para mí, cuando uno se percata de que ¡caramba! llevo 40 años con éste, con ésta, con estas amigas, lo que sea, y de golpe me doy cuenta… Ese “me doy cuenta”, es cuando yo me perturbo, cuando me perturbo y perturbas tú al lector. No el que se transforme, porque transformar entiendo que en todo cuento tiene que ocurrir algo, ¿no?
Muy buena observación. Es que al final en los cuentos se trabaja, o en mi caso yo trabajo, con cosas muy pequeñas, con miniaturas, con ideas, con personajes en miniatura y también con sensaciones de miniatura.
Y eso que tú dices, ese destello de verdad, de realidad, o destello de mentira también, eso es lo que intento atrapar, ese instante tan difícil. A veces, de hecho te das cuenta, lo vives, pero como la vida sigue, pasa. Pues yo intento trabajar muchas veces con eso, con esos instantes de revelación.
Me parece que ya habías respondido, al menos en parte, a lo siguiente que te voy a preguntar: ¿estos cuentos de Era todo el mismo hueco son de ahora? ¿O alguno es de antes y hasta ahora no lo has rematado?
Algunos de los relatos los había empezado a escribir antes de Material de construcción, mi anterior novela. Lo que pasa [es] que luego me surgió, porque realmente ese es el verbo, porque esta novela me desbordó y la tuve que escribir porque tenía relación con la muerte de mi padre y tal. Entonces, tenía algunos relatos escritos y posteriormente [a la novela] escribí otros relatos y también el resto de estos relatos.
Es así como he hecho este compendio.
¿Abandonas algunos cuentos? ¿O siempre, por narices, los acabas?
Por lo general los acabo. Los acabo, aunque esté insatisfecha. Y a veces, ¿sabes qué pasa?, que escribo relatos que no sé cuál es su lugar en el mundo.
Tengo relatos que van acompañándome, que los releo cuando voy a hacer un compendio de relatos, pero que tampoco [ese] es su lugar. Entonces, cuando los releo, los voy reescribiendo y corrigiendo y, de alguna manera, me gustan todavía. Pero no tienen el lugar. Y tengo así algunos relatos que me siguen y me acompañan, pero que no quieren ver la luz, o no pueden ver la luz, por lo que sea.
Y, cuando abandonas alguno, ¿cómo gestionas esa frustración, el que no haya salido la cosa como tenías pensado?
Nunca abandono del todo [Eider Rodríguez -alta, delgada, melena castaña- se queda pensando unos segundos], nunca abandono del todo. Hay veces que abandono, pero se queda ahí ese… [y vuelve a quedarse pensando].
Es una manera de hablar. Lo del abandono. Es como si digo: lo aparcas.
Soy muy tozuda. Muy tozuda, mucho.
Para mí es una gran pelea porque tiene que ver también con mi salud y con mi integridad como persona y como ser funcional, en la escritura de un relato y la escritura en sí. Para mí, cuando escribo, hay claves en esa escritura que, como te decía, tienen que ver con algo oscuro que no consigo poner en palabras. Entonces, es que tengo que conseguir ponerlo en palabras de alguna manera u otra, bien o mal. O al menos avanzar.
Es verdad que a veces aquello que estoy escribiendo no toma la forma de un relato. Estoy pensando en un par de historias. Pero están palpitando ahí siempre, también cuando estoy escribiendo otros relatos. Y a veces vuelvo a esos relatos, escribo una frase y digo: no está tan mal y tal. Y voy escribiendo. Pero realmente vuelve a decaer. También cojo de ahí fuerzas para escribir lo que estoy escribiendo en ese momento.
Abandonar del todo, creo que no lo he hecho nunca.
Siguen palpitando ahí [las historias] de alguna manera rara. Me las imagino ahí como en unas vainas vegetales. Y [en donde] hay unas células cociéndose.
¿Como los ultracuerpos?
Sí, algo así, algo así. [Y Eider ríe al responder.] Están ahí en un lugar. Y me están viniendo luces como verdosas en la oscuridad. Y ahí siguen.
Te he hecho esta pregunta porque la frustración también me parece que sobrevuela tus cuentos.
Es que es muy frustrante vivir. Y seguir adelante y seguir en nuestras vidas, que por lo general no son nada insólitas, ni épicas, ni aventurescas. Es frustrante y, a menos que eches mano de la imaginación, del humor, de la diversión, creo que puede ser, en vez de vida, existencia.
Eso creo que está muchas veces en el fondo de mis relatos, esa frustración, que es una capa de la sociedad y de la vida en la que nos movemos, y unos personajes que, de una manera u otra, intentan despegarse de ella, aunque sea solo por cinco minutos.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) Lander Garro
Eider Rodríguez
Editorial Random House, 152 pp., 18,90 €
Una pareja de largo recorrido se enfrenta a la verdad en mitad de un verano caluroso; dos amigas que son casi una misma persona, pero para quienes el mar no es exactamente lo mismo; un almuerzo compuesto de entrañas en el que se dirimirá quién hace mejor las cosas; una mujer que excava con sus propias manos en busca de más espacio; una turista con el tobillo roto que ya no puede caminar con su familia; la última mañana de una pareja que aún se ama.
Los personajes de estos seis relatos habitan un territorio confuso entre el amor y el desamor, la vida y la muerte, la plenitud y un moderado bienestar, la fragilidad y el destino. A su alrededor hay cavidades, cuevas y abismos, a veces imaginarios, y otras no tanto: una hendidura profunda en la tierra o en la carne. Es a través de estos huecos que Eider Rodríguez se asoma, con maestría y feroz clarividencia, a aquello que corre bajo la superficie desgastada de los afectos, desde las mínimas asimetrías y ambigüedades que agrietan las relaciones hasta la felicidad perdida, iluminando con su prosa árida y clara las incómodas y desconcertantes emociones con las que traficamos cada día.







