«Siguiendo la voz de la vieja, yo me la pasaba ocultando la parte vulgar de mi cara -quiero decir que desde el día en que, a los siete años, ella me partió ante el espejo, yo intentaba ser solamente la mitad distinguida-. “Miren cómo aprendió a coger los cubiertos”, dijo una vez en la mesa, al tiempo que yo miraba hambriento, con la espalda recta, la escasa comida en el plato escarchado. “Ese niño va a llegar lejos”. Mi hermano, mientras tanto, comía con la boca abierta y hacía sonidos masticando: le gustaba provocar a la vieja.»
Estas frases son del libro La frontera encantada de Giuseppe Caputo, publicado por Random House y que desde el 26 de febrero está en todas las librerías, en donde el autor nos cuenta que en Barranquilla, un niño es partido en dos por su abuela. «Un lado de tu cara es elegante y el otro es vulgar», le dice ante el espejo, mientras traza una línea desde la frente hasta la boca, lanzando una suerte de hechizo social. Aunque ella, a toda costa, intenta que el lado «distinguido» del niño reluzca, la casa se suma en una bancarrota que provoca el quiebre mental del padre y que revela de maneras insospechadas e hilarantes, esa procedencia plebe que la abuela insiste en ocultar.
La frontera encantada es la historia de la vida que sigue a ese suceso fundacional. Es la indagación profunda, descarnada y entrañable de los meandros que recorre el narrador mientras le hechizo crece y se manifiesta en el amor, el sexo y la amistad. Y es, sobre todo, el recuento del enorme esfuerzo que hace por recomponer la libertad y el amparo a través del gozo del cuerpo. A la manera de unas «mil y una noches costeñas», esta novela oscila con delicadeza entre la narrativa, el ensayo, el archivo y la fantasía. Como un largo cuento de hadas, condensa la propuesta estética y política de un autor extraordinario.
Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982) es autor de las novelas Un mundo huérfano (Random House, 2016), Estrella madre (Random House, 2020) y La frontera encantada (Random House, 2025). Actualmente es profesor y coordinador académico de la Maestría en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo. Su obra ha sido traducida al inglés, italiano e indonesio. La traducción de Un mundo huérfano al inglés por cuenta de Juana Adcock y Sophie Hughes recibió un English Penn Award. Fue director cultural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) entre 2015 y 2018. En el 2017, fue seleccionado por el Hay Festival como uno de los 39 mejores escritores de ficción menores de 39 años de América Latina. Estudió Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York y la Universidad de Iowa.
Por La frontera encantada, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Giuseppe Caputo para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
«En el tiempo más deseante y difícil de mi vida, a orillas de un río perezoso, un loco me dijo una noche…». Giuseppe, así comienza La frontera encantada, y ese “río perezoso” que mencionas, nada más imaginármelo, ya me había conquistado.
Ay, qué bello. Me refiero sobre todo al río Magdalena, que cruza toda Colombia y desemboca en Barranquilla, a la altura del Magdalena Medio, o sea, por Barrancabermeja, por ejemplo, que, bueno, es esta ciudad petrolera. El río es muy caudaloso, muy caudaloso, y en Barranquilla ya está en las últimas. Siempre me pareció, cuando lo veía y sobre todo con la comparación al verlo, a otra altura, que estaba ya pereciando, como a veces pereciamos en Barranquilla en la hamaca.
Sobre todo para mí, esa imagen, la del río perezoso, da una escala poética del libro, digamos, porque siempre me imaginé el libro como un río, un río con sus propias interrupciones. Es decir, es un libro en fragmentos, que entiendo yo el fragmento como una forma de ponerle lupa a un momento de una escena, no el fragmento como un texto rodeado de vacío, rodeado de silencio, sino como una forma de subrayar algo.
Entonces siempre me imaginé que el libro fuera una sola larga escena que, como un río, va pasando por diferentes geografías literarias, físicas, emocionales, políticas.
Un río perezoso que, por el contrario, nos lleva por una historia en la que ocurren muchas cosas, en donde el ritmo y la imaginación de tu lenguaje es fundamental para leer una página y otra y otra.
La verdad es que a mí los libros empiezan como con un tarareo. Es decir, yo me imagino como una música que todavía no tiene palabras, pero es esa primera oración que tú leíste “En el tiempo más deseante y difícil de mi vida”, eso primero fue un tarareo. Yo me ponía a contar sílabas, cuántas sílabas sería para ponerla en palabras.
Yo, a veces que escribo en un bar, en un café, y la barista me dijo un día, pero bueno, ¿tú qué es lo que haces, tú eres contador? [y Giuseppe se ríe] Pero sí, porque empieza con la música, con el tarareo, con el sonsonete, y a partir de ahí ya entran las palabras.
Es algo muy intuitivo, no es algo que sea rígido, ni mucho menos, pero que sí me da un sentido de la música, yo cuido mucho eso, la musicalidad del libro. Lo que hago es que yo escribo en las mañanas y, luego en las noches, leo todo en voz alta y, si detecto, por ejemplo, que de pronto sobra una sílaba, pero lo que te digo, es una cosa de oído, empiezo a mirar de qué manera reorganizo para que se vaya preservando.
Y sobre la imaginación, algo que me inspiró mucho a mí fue leer a Natalia Ginsburg, sobre todo con libros como Léxico familiar, Todos nuestros ayeres, Las palabras de la noche, porque ella convierte en una poética su rol de hermana menor, su lugar de hermana menor dentro de la casa. Es una escritora que cuando nació ya había pasado mucha historia familiar y empezaba a escuchar todas esas historias ya como espectadora, porque no las había vivido todavía. Y creo que ahí, digamos, entra la imaginación del testigo y luego la escucha del testigo. Y para mí era un libro que se oscilaba entre la escucha y la imaginación. Fue como la observación política de la familia y la imaginación de todo lo que no vio este protagonista, que también es el chiquito, y que de alguna forma se emborrona, se hace borroso ante toda esa historia familiar que ya sucede, ya sucedió.
Mis referencias en ese sentido fueron libros muy amados de la infancia como Peter Pan, Narnia, El País de las Maravillas, El Mago de Oz, que fueron libros que releí en la pandemia y que me reactivaron como el recuerdo de esa lectura durante la pandemia. Pero luego también libros cuyo pacto con el lector es de no ficción, libros teñidos no solo de literatura, sino de sociología, de historia, como puede ser Annie Ernaux, Didier Eribon. Entonces, entre Narnia y la observación sociológica [y Giuseppe vuelve a reírse], quise ubicar este libro.
Mientras hablabas, Giuseppe, me viene una imagen de La frontera encantada: el papá, las jaulas, las mirlas…
Es una imagen de mucho impacto óptico. El padre, un migrante que tiene como esta ansiedad de producir y de que la vida sea materialmente mejor. Y el padre empieza a caer en una bancarrota y, por un lado, la pregunta es qué fue primero, si la bancarrota o el quiebre mental del padre, o el quiebre mental del padre o la bancarrota. Es decir, qué vino primero, la quiebra o el quiebre mental, digamos, esa es como una primera pregunta.
Pero claro, en medio de toda esa situación, él empieza a extrañar su tierra. Que además es una tierra que ha sido muy ocultada por la abuela, porque la abuela lo que dice es no digan que era de un pueblo del sur, digan que era de Roma y punto. Entonces el papá tampoco entiende muy bien esa lógica. En medio de ese brote, todo eso que la abuela ha tratado de ocultar estalla y se explicita y se exterioriza. Y él dice voy a emular la tierra donde crecí, voy a emular el campo italiano. Terminé llenando la casa de tierra, de plantas, de pájaros, de perros. Y esa fue mi imagen impresionante, la del pájaro al lado de la cama matrimonial. Y para mí era importante, porque yo a partir de eso empecé a dibujar compulsivamente pájaros. En la página de atrás de los cuadernos y eso, yo dibujaba pájaros, pájaros, pájaros… Y me pareció como muy evidente de lo que es un trauma, entendiendo que la palabra trauma remite mucho a un lenguaje psicologista, pero el trauma es como una imagen de gran impacto óptico, o una situación de gran impacto óptico y psíquico y físico que se eterniza en un presente.
Me pareció que ahí había un arco para pensar esa situación, cómo esa situación pervive, para ya luego hacer una reflexión sobre la migración, porque pasado el impacto óptico, ya con más edad y que empieza a entrar un tono más ensayístico al libro, como que el cuento de hadas se va volviendo un ensayo, digamos, pero también narrativo.
Ahí está “la frontera encantada”, porque él se pregunta ¿qué es un migrante? O sea, que esa imagen de verdad qué fue; ese ver la casa llena de tierra, llena de plantas, llena de pájaros, llena, ¿qué fue? Y lo que él dice es que un migrante es como un atlas cargando el mundo y que lo que hizo el padre en ese momento fue descargar su tierra, descargar esa tierra que venía cargando, superponerla, y que eso fue lo que provocó el miedo en la casa.
Pero el hermano le dice, tú estás embelleciendo la desgracia, tú estás poetizando una situación que simplemente fue horrible. Y bueno, se discute eso, pero yo sí creo que hay algo de eso de un atlas cargando su propia tierra en la imagen del migrante.
Cuando empiezas La frontera encantada, ¿ya tenías todo el argumento o lo ibas encontrando a medida que escribías?
Lo iba encontrando. Con los libros anteriores, si bien ningún libro obedece a un orden cronológico, sí los escribí de la primera página a la última. Y con este libro me pasaba que escribía un tramo, que yo pensaba que iba a ser el inicio, y yo decía, bueno, este tramo queda pero no es el inicio. Entonces yo decía, ahora sí voy a escribir el inicio y volvía a pasar eso.
Y luego fue un tema de reordenar. Sobre todo, creo que lo más importante de reordenar esos fragmentos fue no permitir que la herida, la herida psíquica, la herida social de esa casa, se solidificara, como que al reordenarlos yo sentía que me iba como emancipando de la herida y no cristalizándome en la herida.
Hay un fragmento, que se llama Herida y espejo, en que justamente se pregunta como por la memoria, hasta cuándo recordar, cuánto más recordar para no volverse como Narciso mirándose en el lago. Se ve en el lago la herida. Cómo hacer para que el espejo se vuelva así un instrumento de conocimiento y no un objeto en el que es posible quedar mortalmente capturado. El espejo ahí entra como ese riesgo, sí, como te puede pasar lo de Narciso.
Para mí eso se fue resolviendo con la reorganización de los fragmentos. Hay una frase que el protagonista dice, es algo como: después de contar la herida, contar la historia del deseo. Y de esa manera terminar ya así como un sujeto más deseante y menos herido.
¿Cuál ha sido la mayor dificultad a la hora de escribir esta novela? ¿El ritmo, el punto de vista, la verosimilitud de todo lo que cuentas?
Yo diría que la estructura. El orden de las escenas. Pero luego también [Giuseppe piensa unos segundos] que no hubiera rabia. O sea, hay rabia en ciertos momentos, pero sobre todo que quería que fuera un libro muy amoroso, porque, por ejemplo, es un libro que sí, en un momento se pregunta por la abolición de la familia, pero de una manera amorosa, cómo podemos hacer para que haya un nuevo orden afectivo donde la familia no sea lo central, ni la amistad, como variación o reiteración o reproducción de la familia tipo: mi amigo, como mi hermano, mi amiga, como mi mamá. Entonces, se pregunta mucho por la sacralidad de los lazos.
Hay una escena que yo atestigüé, siendo mesero en un bar en Las Ramblas, en Barcelona, de una despedida de soltera que se desmadró, como se dice en México, y una madre y una hija terminaron haciéndole una felación al stripper. Y claro, todos mis compañeros vieron la escena como desde la monstruosidad psicoanalítica y yo lo que me pensaba es ¿y qué tal si se desvincularon y dejaron, sí…? Ahora yo me imagino que al día siguiente no se querrían mirar y se canceló el matrimonio. Pero qué tal si pasó otra cosa que no estamos pudiendo ver y qué tal si el psicoanálisis se está volviendo un obstáculo epistemológico para entender algo quizás más profundo, y es que dejaron de ser madre e hija y se volvieron dos amigas. Ahora yo entiendo que el componente sexual le agrega como una espesura. Pero entonces el protagonista trata de pensar en formas en las que el vínculo pudiera transformarse desde la alegría sin esa sacralidad. Entonces él dice, muchas veces decimos mi madre es mi mejor amiga, que es una forma de sacralizar aún más a la madre, pero otra cosa muy distinta es decir: mi mejor amiga fue alguna vez mi madre.
Pero claro, es una discusión. Porque luego hay otros personajes que le dicen, tú estás solo en esto, yo no creo que esto sea posible, yo no creo, ¿sabes? Pero es una discusión. A mí me interesa esto muy genuinamente y no me interesaba escribirlo como desde la polémica, sino realmente desde una reflexión. Entonces él dice, incluso hay una soledad cuando uno quiere hablar de unas cosas que uno vio, que uno atestiguó. Y que inmediatamente se apagan ya sea desde el pudor, ya sea desde la…, como el que dice yo quiero hablar de esto, entonces claro, ahí la dificultad era encontrar una suavidad para hablar de algo como lo que estamos hablando, sin que se recibiera como polemizante o algo así. Pero yo sí creo que muchas veces la casa se empoza, se estanca, que los lazos ahí se empozan.
Luego hay un capítulo que se llama Afectos conservadores, que el punto inicial es que el protagonista ve una escena que él mismo vivió y es un papá y una mamá que le van a tomar una foto al hijo y que el hijo espontáneamente se pone a mariquear. Como: una foto, y el niño hace, ¿sabes? [Giuseppe mueve mucho los brazos] y empieza como esta ansiedad porque es cómo se están dando cuenta que la reproducción sexual no implica una reproducción ideológica. Primero es como esta cosa, empieza como de dónde está saliendo esto. Y el papá empieza como a militarizarse mucho ante el hijo, lo amenaza con el castigo, le dice, si te sigues parando así, no hay helado, no hay no sé qué. Pero entonces la madre le dice lo mismo que le dice el padre, pero de una manera amorosa y ahí entra ese nudo, sí, porque le dicen, mi amor, es que así no te van a querer. Y eso también es homofobia, por supuesto.
Es decir, no solo la agresividad más explícitamente violenta es homofobia, también la tristeza ante el hijo gay es homofobia. Entonces lo que el protagonista piensa es que hay relaciones en el vínculo más cercano, más íntimo, que reproducen un orden conservador totalmente vertical e inferiorizante. Lo que él dice es qué se hace con el efecto conservador, qué se hace con el abuelito, la abuelita, el tío, la tía, la mamá, el papá, que dicen cosas como: yo te quiero aunque seas así.
¿Qué se hace con eso? Porque lo primero es decir, bueno, fueron educadas de esa manera, así fueron criadas, así entran todas esas justificaciones y esas lealtades que yo pienso que hacen mucho daño y que empozan y que paralizan y que conservan algo que tiene que cambiar. Ante ese tipo de afecto, el protagonista dice: hay dos opciones. Y es, una transformación política real del lazo o una ruptura. Como casi nunca pasa una de las dos, casi siempre se mantiene el afecto conservador, o sea, casi siempre se termina como con la justificación y con esa inferiorización asolapada, digamos.
A partir de eso, él se pregunta por la familia y él dice: yo sí creo que esto es una estructura que no funciona, que realmente provoca mucho daño. ¿Cuánta literatura hemos dedicado al dolor familiar? Él dice: quizás ya es hora de poner toda esa imaginación en repensar otro orden afectivo. Pero lo que te digo es una discusión, no es como que el libro se asiente en esa idea.
¿La frontera encantada es tu novela más difícil?
Más difícil de escribir. Pero yo creo que más, que más rico de leer [y Giuseppe estalla en una sonora carcajada]. Primero, yo tengo un trabajo en la Maestría del Caro y Cuervo [prestigioso instituto de Bogotá]. Ya en general, siempre con los libros, encontrar los raticos para escribir ya es difícil. Todo el arte es un desafío formal, es un desafío intelectual, es un desafío político, es un desafío estético, un desafío emocional. Y con este libro sentí todo ese desafío hasta el último momento, hasta el final, hasta la escena final.
Pero terminarlo fue la alegría de mi vida. Sí, me alegró mucho.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) David Leal-Palacios
Giuseppe Caputo
Editorial Random House, 328 pp., 20,90 €
En Barranquilla, un niño es partido en dos por su abuela. «Un lado de tu cara es elegante y el otro es vulgar», le dice ante el espejo, mientras traza una línea desde la frente hasta la boca, lanzando una suerte de hechizo social. Aunque ella, a toda costa, intenta que el lado «distinguido» del niño reluzca, la casa se suma en una bancarrota que provoca el quiebre mental del padre y que revela de maneras insospechadas e hilarantes, esa procedencia plebe que la abuela insiste en ocultar.
La frontera encantada es la historia de la vida que sigue a ese suceso fundacional. Es la indagación profunda, descarnada y entrañable de los meandros que recorre el narrador mientras le hechizo crece y se manifiesta en el amor, el sexo y la amistad. Y es, sobre todo, el recuento del enorme esfuerzo que hace por recomponer la libertad y el amparo a través del gozo del cuerpo. A la manera de unas «mil y una noches costeñas», esta novela oscila con delicadeza entre la narrativa, el ensayo, el archivo y la fantasía. Como un largo cuento de hadas, condensa la propuesta estética y política de un autor extraordinario.








