Me acerqué con reticencias a la más reciente novela del autor peruano Jaime Bayly (Lima, 1965), titulada Los golpistas (Galaxia Gutenberg, 2026), y digo “con reticencias”, no precisamente por el autor, a quien sigo con interés en su carrera literaria desde sus comienzos (cuando irrumpió con su novela No se lo digas a nadie en 1994) por ser de mi generación, así como en sus programas en la televisión abierta y en YouTube, sino por el tema que, como venezolano que viví y sufrí lo que en este libro se cuenta, temía remover el dolor y la desazón que todo este proceso político de 27 años ha representado para los venezolanos: regados por el mundo, no en calidad de turistas, sino de emigrantes, exiliados, desarraigados, y muchos como verdaderos apátridas y parias.
Mis reticencias iniciales pronto se esfumaron, al toparme con un libro que toma toda esa ingente masa de información, desinformación y de fábula generada a raíz del fallido golpe de Estado contra el entonces presidente venezolano Hugo Chávez en el 2002, y en un vuelco de tuerca inusitado, valiéndose el autor de los ardides del estupendo novelista que es, desentraña aquellos oscuros y funestos episodios para Venezuela y América Lantina, y los convierte con su magia narrativa en toda una anti-épica, o épica invertida, en la que no hay héroes ni gloria, ni vencedores ni vencidos, y hace de este desafortunado hecho histórico el eje articulador de una interesante trama, en la que entran en juego claros elementos de la perfidia humana, y de la que ninguno de los personajes de esta novela puede escapar: la mentira, la delación, la ruindad, la traición, el miedo trocado en cobardía, la impostura, la idiotez, la cortedad de miras, la hipocresía, la falsedad, la confabulación institucional (empresarios, Iglesia, partidos políticos, medios), la improvisación, la indecisión, y el astuto juego de la geopolítica latinoamericana, manejada a la perfección en aquel entonces por el siniestro tirano de Cuba Fidel Castro (que logra con astucia, desde la amenaza a líderes con el teléfono en la mano, nos lo dice el novelista, y ni para qué dudarlo): para convertirse así en el fiel de la balanza y llevar las aguas a su molino, evitando de este modo que se consumara la asonada, y lo que se tradujo, como el mundo lo sabe, en el impensado e inaudito retorno de Chávez a Miraflores: contrito, compungido, prosopopéyico, casi lloroso, blandiendo la cruz de San Benito Abad en la mano, prometiendo sanar las heridas, la reconciliación nacional y el olvido.
Pero regresaba, qué duda cabe, y la historia lo dice en detalle (y así lo muestran también los hechos del presente), para liquidar a sus enemigos y oponentes y consolidarse en el poder hasta la hora de su muerte (hecho novelesco, por donde se le mire).Chávez no olvidó, y fue moviendo a su estilo taimado pero maquiavélico cada una de las piezas del ajedrez de la política nacional, y no descansó hasta meter en la cárcel uno a uno a sus detractores (muchos pudieron partir al exilio, y otros murieron en las calles o en las mazmorras), así como a uno de los artífices de su retorno (no tan glorioso como le hubiese gustado para su trabajada leyenda): el general Raúl Isaías Baduel, quien permaneció enterrado en vida y en condiciones infrahumanas desde el 2009 hasta el 2021, cuando fallece bajo custodia del Estado en El Helicoide.
A diferencia de Bayly, que en su ficción eleva a Baduel a la categoría de héroe (toda historia tiene personajes que podrían calzar esas botas, pero el de esta historia no las calza, lamentablemente), pienso que fue un iluso y un oportunista: despertó tarde frente a la cruda realidad cuando el daño ya se había consumado. Fue desde siempre un aliado incondicional de Chávez, amén de compañero de armas y hasta su compadre, gozó de las mieles del poder y el día 13 de abril de 2002 estuvo al frente de la operación llamada “Restitución de la Dignidad Nacional”, desde la brigada de los paracaidistas, y así obró el milagro (al revés también, por decir lo menos) de restituir al derrocado. Su ruptura con el chavismo se produjo en el 2007, cuando se opuso a la reforma constitucional que abogaba por la reelección indefinida. Y aquí fue el quiebre definitivo.
Dijo Bayly en la reciente presentación del libro en su hotel de Madrid, que estuvo tentado de titular la novela como Cabrones de mala entraña, y el público que estaba en la sala se rio, pero al parecer, o eso entendí, al editor no le cuadró semejante título, pero considero que el mismo guarda la genuina esencia de lo que Hugo Chávez y Fidel Castro (y ni decir de la ruma de secuaces adulones y perversos) representaban en aquellos momentos de la historia, porque destruyeron a sus países desde la falsa premisa de una revolución reivindicativa de los pobres y desposeídos, y era falsa porque ellos y los suyos se enriquecieron y los pobres se hicieron mendicantes.
El caso venezolano es antológico: se dinamitó a la clase media, se destruyó el aparato productivo de la nación, se llevó a la ruina a la industria petrolera, se dilapidó la inmensa fortuna nacional y en el ínterin el país entró en crisis y en mengua: se cerraron los medios de comunicación díscolos y no plegados al régimen, se encarceló a todo aquel que osara disentir y de pronto la nación más rica y feliz de América Latina, quedó para exportar gente, que no halla en su patio las mínimas condiciones para seguir adelante con cierta dignidad.
Es Los golpistas de Jaime Bayly un retrato de un momento histórico, pero también la crónica retorcida de un golpe que, de haberse concretado con un final feliz en el ya lejano 2002, le hubiera evitado a Venezuela mucho sufrimiento y dolor, pero es un retrato, ya no desde la crónica policial o política, o desde la crudeza de lo historiográfico, sino desde la magia literaria de la prosa ágil y casi perfecta del autor, que le insufla a estas 240 páginas pinceladas de humor e ironía, así como ribetes altruistas y humanos a sus personajes.
En lo particular, como novelista que soy, y como venezolano, no hubiera podido escribir esta novela con total objetividad, sin que se asomara por allá el rencor, porque sería juez y parte de lo escrito, pero en cambio Bayly puede darse la libertad de definir a sus personajes deslastrándolos de su propia carga anímica y emotiva, contextualizándolos en su momento, poniéndose en sus zapatos, porque como espectador que ha sido, así como también defensor de la causa venezolana, toma distancia, mira con ojos de quien recrea unos hechos oscuros, y halla en las tinieblas hálitos de luz, y por allí se adentra.
Novela altamente recomendable. De 20 puntos (nota máxima en Venezuela), y como profesor universitario que soy, le doy 18, y con posibilidades de revisión.
Ricardo Gil Otaiza







